Qué sabe nadie

4 Abr

Te echo de menos. Significaste mucho para mí e incluso en algunos momentos fuiste esencial en mi vida pero por causas que no vienen al caso, nos abandonamos. Bueno, lo cierto es que la cita ya no era en el sitio adecuado –ni las formas tampoco- y te dejé. Te dejé porque no quería vivir lo mismo que los demás y decidí que prefería guardar mi mejor recuerdo que estropearlo con algo que sin duda sería peor. De ese amor incondicional a la más grande de las ignorancias sólo hubo un paso y casi puedo decir que te olvidé. Todo lo que representabas para mí se convirtió en puro dolor y angustia. Aquello no podía ni ser sano y te guardé aún más adentro, en zonas oscuras para condenarte al mayor de los silencios. Ha pasado bastante tiempo ya o por lo menos el suficiente para decirte que me sorprendo pensando en ti de vez en cuando, con ganas de volver a verte, de volver a sentirte y a fin de cuentas de reencontrarnos a pesar de que las circunstancias no han cambiado. Quizá ahora sea cuando el dolor ha dejado paso a los buenos recuerdos que sólo puedo eso, recordarlos, con tres o cuatro personas ¡pero qué personas! Los míos. Los que lucharon con un batallón. Como te decía, te echo de menos, me falta dejar de sentir el aire bajo tuya, me falta el anonimato, me falta revestirme, ajustarme el esparto y ver el mundo desde otro prisma. Me falta tu silencio, tu modestia y tu recogimiento. ¡Pero si incluso siento envidia sana de los que lo practican con la suya!. Llegan días en que veré muchas como tú, algunas más cercanas a mí que otras y sé que este año, volveré a echarte de menos, como el pasado y como el anterior. Espero que algún día volvamos a reencontrarnos, es la esperanza que tengo –bien que me enseñaste que tu verde no podía ser sino otra cosa que esperanza- pero mientras seguiré vistiendo de negro en recuerdo de aquel amor que te tuve y que te tengo que hace que aún te respete más si cabe. Negro y verde. Mi túnica.

Gracias

28 Mar

Antes si quiera de haber pisado la calle como corporación nazarena, la hermandad de la Sentencia escribía en una red social su agradecimiento a las más de 900 personas que formarán parte de su cortejo. Se cuestiona en la calle la falta de portadores, hemos tenido en este periódico la reflexión de Juan García Torres, presidente de la Asociación Cultural Daffari, afirmando que el relevo generacional en estos tiene un futuro estancado, algo que ya había escuchado entre amigos cercanos. Sabemos, oímos y leemos que faltan nazarenos y aunque patrimonialmente no hay duda de que se ha crecido en la Semana Santa, falta o empieza a faltar lo más importante: los cofrades y creyentes que asuman formar parte de las procesiones. No voy a analizar estos hechos aquí, quiero fijar la atención en esos mínimos gestos que forman parte de –al menos– la educación básica y que son un refuerzo positivo para quienes los hacen. Me refiero al simple hecho de dar las gracias. Un gesto simple y básico, educativo, al que si se le imprime el sentimiento verdadero hace que se convierta en algo muy especial. En el tratamiento de las cofradías a sus hermanos hay muchas fórmulas: desde los ´saluda´ del hermano mayor hasta los abrazos entre hermanos. Las cartas de agradecimiento personales se reciben cuando el favor otorgado a la cofradía es muy específico y hasta casi exclusivo, ya que el desuso ha hecho que las cartas por correo ordinario sean escasas. La imagen que proyecta una hermandad agradeciendo a sus componentes un hecho repercute ciertamente en la propia cofradía con buen fin. La maestría es hacerlo como si cada uno de ellos fuera único e intransferible –que lo son– y hacerles sentir lo más importante de todo el concepto cofrade: una individualidad que necesita de un conjunto para conformar la Hermandad. Es una manera de decir como aquella canción de Luz Casal: sin ti no soy nada. Algo que en la vorágine de la vida cofrade y sobre todo en Cuaresma se suele olvidar. Es de bien nacido ser agradecido?

Autocensura sorda

21 Mar

Esta Cuaresma se está sucediendo como una de las más agitadas en las redes sociales. A cualquier opinión hay un millón en contra. Ahora que por fin se están esclareciendo muchas actitudes que en años anteriores serían impensable reconocer públicamente –sí, hablo de la falta de portadores y nazarenos– y cuando el gesto de contarlo se hace con total normalidad, las opiniones se radicalizan y se inclinan hacia los extremos con una vehemencia que da hasta miedo. Las oposiciones cofrades en general siempre se han quejado de las censuras que existen sobre sus juicios o las que se ejercen desde el poder cofrade, pero no voy a quedarme en estas, voy más allá: la autocensura sorda. Dados los niveles de radicalidad y ´verdad verdadera´ que esgrimen muchos en las redes sociales, desde simples capillitas, cofrades o periodistas, somos muchos los que hemos decidido no opinar. Autocensura. Mi opinión puede tener o no valor, puede ser equivocada o acertada, pero no sirve y sobre todo no me sirve de nada meterme en berenjenales de los que sin duda no sacaré nada en limpio y no servirán excepto para tener tras de mí una serie de hooligans cofrades que aprovecharán para tener otro hilo sobre el que jurar en arameo. Se ha perdido el arte de la discusión, del debate enriquecedor, de aquel que pueda sacar algo de provecho donde reconocer errores e intentar mejorarlo sea mucho más productivo que ´ganar´ el debate a fuerza de improperios, acoso y derribo del contrario. No se trata de ´hacer bandos´ se trata de informar, debatir, discutir y si fuera posible aplicar las mejoras, no se trata tampoco de un debate tipo aula magna donde uno expone y cien escuchan con ´ruegos y preguntas´ al final. Se trata de escuchar –algo que se ha perdido– y replantearte y razonar las respuestas de otro para debatir o refutarlas si fuera preciso. En el fondo creo que es un tema educacional y religioso –pues un mínimo de caridad cristiana recortaría muchas lenguas o dedos– que se nos ha ido de las manos. Quizá ahora es cuando más valor cobra aquella frase de ´Valgo más por lo que callo que por lo que hablo´.

La ciudad de los demonios

18 Mar

Mestre en Gai Saber

Así se denominaban en el siglo XIX al ganador de tres premios ordinarios de los Juegos Florales de Barcelona, premios cuya denominación son la Englantina de oro, la Flor natural y la Viola oro y plata.

La autora de este libro, Montserrat Rico, nos ha introducido en la Barcelona de la segunda mitad del siglo XIX. Con una visión muy amplia de todas las parcelas de la sociedad y multitud de detalles históricos, la trama se desarrolla alrededor de la vida del gran poeta y sacerdote Jacinto Verdaguer.

Verdaguer, Mestre en Gai Saber, vivió a la sombra de Marqués de Comillas y de su Compañía Trasantlántica como capellán y limosnero. Viajó bastante hasta que a la vuelta de un recorrido en Tierra Santa sufre una gran crisis personal y comienza a moverse con grupos de videntes y espiritistas cuando Barcelona era una de las pioneras de estos usos aunque París se llevara la fama. En estos ambientes es donde sitúa a uno de los personajes más carismáticos de la novela, Apolinar Bohígas, un médico que intuye que la medicina es mucho más que aplicar una serie de instrucciones, quien cree firmemente que la asepsia es fundamental al igual que las vacunas y donde las enfermedades mentales aún están en los inicios de los estudios que conlleven a unos diagnósticos acertados.

Sin embargo nuestro protagonista es Ricardo Seixas, un forastero que ha de volver a Barcelona el cual se ve inmerso en una investigación policiaca que dejará al aire más de un secreto y una venganza perfectamente planeada al más estilo Dumas y su ‘Conde de Montecristo’.

La obra que ha conseguido el Premio Albert Jovell de Novela del 2016 es rica en imágenes barcelonesas, profundiza en la historia del siglo XIX de esta ciudad con detalles muy perfilados y exquisitos, analiza con precisión grandes personajes de la época como Antonio López y López (futuro marqués de Comillas), Güell, Gaudí, Verdaguer, el obispo Morgades y relata los hechos históricos, entrelazándolos con la trama, de forma hábil y perfeccionista.

Recomendado para todos aquellos amantes de la ciudad de Barcelona, su historia, sus personajes, a los que gusten de la poesía, en especial a los que sean admiradores de Verdaguer, a los que busquen los inicios conceptuales de lo que hoy entendemos como la praxis médica y en general a todos aquellos que busquen una nueva dimensión de una novela policiaca donde prima más la intrahistoria que el propio hilo conductivo.

La primera vez

15 Mar

Siempre hay una primera vez y esa primera vez genera mucha ilusión, esperanzas y motivación. Todos recordamos la primera vez que fuimos a la que hoy es nuestra cofradía, la primera vez que tuvimos en casa la túnica, la primera vez que nos tallamos, la primera salida, la primera mirada a los Titulares desde el anonimato de los capirotes y capillos o el primer encierro. Este año va a ser una Semana Santa de primeras veces por lo menos en cuanto a nuevos Titulares que se incorporan al recorrido oficial. Aún tenemos en las retinas las imágenes de la primera vez de Mediadora, Humildad y Paciencia o Lágrimas cuando vamos a poder disfrutar de la primera vez del Nazareno del Redentor del Mundo o de la Virgen del Patrocinio que lleva esperando 31 años a ver la luz en la Alameda. Hoy quiero hablar de esta última, una Virgen que llegó incluso antes que el Nazareno de Salutación y que amorosamente ha esperado tantos años para salir. Porque las madres son así: los niños primero, ¡Y aún más esta Madre! Que hizo todo por Él hasta llegar a ser Corredentora de nuestra salvación. Pues bien, hace poco, Manuel Calderón contaba en un programa de televisión cofrade la ilusión –no sólo la contaba, sino que la transmitía– de todos estos años que llevan preparando esta salida y que gracias al último empujón de los hermanos se ha conseguido el trono que no tenía para poder procesionarla. Pero como todas las primeras veces, además de la esperanza, están los miedos, los imprevistos y toda esa paleta de colores que intentan convertir lo soleado en una mañana gris. Y en este caso el cuadro tiene nubarrones que no dudo que se despejen con ayuda de todos: hermanos y no hermanos. Las expectativas han fallado y aún no han cubierto el trono de la Virgen del Patrocinio ni parte de la sección. Málaga es muy grande y tiene mucho corazón, somos así, bombeamos sentimientos, así que seguro que esto es sólo una mínima prueba más que los hermanos de Salutación superarán y que entre todos conseguiremos que esa primera vez sea única. Como todas las primeras veces