Portavozas

13 Feb

Portavozas en el cruce de caminos de la igualdad

 

Del miembros/miembras a portavoz/portavozas el feminismo irredento insiste en destrozar el idioma en pro de la igualdad. No parece que esa vía vaya a disminuir el machismo asesino

Tenemos una Ley de Igualdad desde 2007. Se cumple poco es la verdad. Se debate en estos días cosas sustanciales, importantes, sustantivas, y no adjetivas como esto de autodenominarse si la portavoz es una política. La equiparación salarial entre hombres y mujeres. Igual trabajo, igual sueldo. Es una recomendación de la Unión Europea (UE). Sigue en estudio. Que la prisión permanente revisable sea efectiva para ciertos crímenes, los asesinos de mujeres, por ejemplo. Sigue en estudio, con escasa posibilidad de ser aprobada en las Cortes. La sociedad española está sensibilizada contra la violencia machista. Ha crecido porcentualmente de 1,8 al 4,6%. Aun así, en 2017 murieron 49 mujeres, cinco más que el año anterior. Pero el mayor dolor de cabeza para los españoles sigue siendo el paro, lo apunta el 65,8%, son datos del más reciente barómetro del CIS. Introducir ‘palabros’ no parece ser el camino más eficaz para detener a esa lacra de machistas agresores. La aplicación de una legislación dura, pero justa, puede que ayude. La educación en casa y la escuela también. La sociedad está escandalizada por casos como los de una niña de once años embarazada por su propio hermano de 14, ¿dónde estaban esos padres? O de varios menores de unos 13 años que, al parecer, han violado a un compañero de 9 durante un recreo de su colegio público aquí en Andalucía. Que las políticas Irene Montero o Adriana Lastra quieran autodenominarse ‘portavozas’ sólo ayuda a destrozar al idioma español. Es una reivindicación seguramente justa, pero suena mal. Mejor ‘la portavoz’ o ‘la vocera’. “El feminismo no plantea derechos de las mujeres frente a los hombres, sino un modelo de igualdad”, afirma Eduardo Madina (PSOE).

Lo que dice la RAE, casa carpetovetónica para ellas, es textualmente: “El sustantivo «portavoz» es común en cuanto al género, lo que significa que coinciden su forma de masculino y de femenino. El género gramatical se evidencia, en esos casos, a través de los determinantes y adjetivos: «el portavoz español»/«la portavoz española». Seguramente que el lobby feminista español no podrá instaurar esta nueva voz. Nadie dice ‘miembras’. Implantar ‘portavoza’ es un despropósito gramatical inaudito. Existe voz, no voza. Voz es femenino, por cierto: La Voz; y los artículos en nuestro idioma están para diferenciar el sexo de quien habla. El/la Portavoz es quien lleva el parlamento de una agrupación pública o privada. Se entiende con facilidad con sólo cambiar el artículo que para eso está. Se estudia en la escuela primaria: El, La, Lo y ya está.

Se insiste en un discurso supuestamente igualitario. Se restringen los artículos determinantes. Una moda de políticos que temen perder votos. Y abrazan complicar el ejercicio del idioma hablado o escrito. No hay quien olvide dirigirse a sus audiencias con ciudadanos/ciudadanas; vascos y vascas; andaluzas y andaluces. Se estrellan con ciertas palabras: militantes, periodistas, donde si hay que echar mano de los artículos. Los o las militantes; los o las periodistas, por poner un par de ejemplos. ¿O habría que decir militantes/militantas; periodistas/periodistos? No quiero dar ideas.

Si bien es cierto que la RAE es lenta en su discurrir, durante los últimos tiempos viene siendo más diligente en observar y aceptar incluir palabras de uso cotidiano. Piensan que así resguardan el buen uso del idioma y le dan esplendor al adoptar lo que la gente habla por la calle. Y no sólo en esta tierra, sino en el inmenso territorio del mundo hispánico, que es ancho, pero no ajeno a la lengua española que nos une. Tras mucho uso, ‘guay’ entro en el diccionario. Habrá que esperar que ‘miembras’ y ‘portavozas’ se calque en el habla cotidiana para que la Academia las incluyas. En aquella disputa, que puso sobre el micrófono la entonces ministra Bibiana Aido, la académica Ana María Matute, explicó que la RAE no inventa palabras, actúa de notario de la realidad lingüística. Así entró ‘abogada’, que no estaba. Demuestra que los estudiosos que ocupan esos sillones prestan oídos al habla del común. Es su trabajo.

El tema del sexismo en el lenguaje se viene trajinando desde la Conferencia Mundial sobre la Mujer (México, 1975). En inglés se cambió fireman (bomberos), por firefighter, para eliminar ‘man’ (hombre); en un principio ese era oficio exclusivo de hombres, no es así ahora. Demuestra que la realidad misma exige tales cambios idiomáticos. Eulalia Lledó dijo en aquella oportunidad: “Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas sólo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan”.

Seguramente eso pasará con las ocurrencias de las políticas que hemos citado. El uso tiene la última palabra. En la justa defensa de quienes exigen mayor igualdad entre los sexos, hay que apuntar que la RAE mantiene algunos términos, que a estas alturas del desarrollo del mundo, pueden ser señalados como sexistas. Que los revisen y adecúen a las nuevas sociedades. Ayudarán a que el idioma se ponga al día y la igualdad se refleje en el habla y escritos cotidianos.

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