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Llanto por la muerte de Gregorio Sánchez

11 Nov

Se quería ir y se ha marchado. Lo más pronto que ha podido. Se le notaba muchísimo desde que faltaba su mujer a su vera. Era evidente. Y eso, al final, no es sino síntoma de persona normal y llana. Con sus dependencias mundanas y la soledad propia de aquellos que ya no tienen interés por nada pues éste se sustentaba en dos y no en uno.

La tristeza que deja es menor si se empatiza con Gregorio. ¿De verdad se fue Chiquito ayer? Yo creo que no. Estoy convencido que llevaba yéndose mucho tiempo. Y se comprende. El del humor y la magia ya solamente dejaba píldoras discretas repetitivas pues su vida no era más que una cuenta atrás. La sonrisa y su gesto cambiaron para siempre. Y es por eso por lo que más apena su partida. Por ver cómo se deshace la vida con la vida. Y cómo llega la muerte para devolvérsela.

Es evidente que, desde ayer, Chiquito estará mucho mejor. Si hay otra vida lo será por reencontrarse con su amada. Si no la hay por descansar de ese goteo agónico de camuflaje de sonrisas en alguien que solamente piensa en lo que le falta. Se lamenta su pérdida y mucho, pero hay que verse en su lugar para entender cómo nos sentiríamos nosotros.

Su final, dentro de lo que cabe, ha tenido una parte rápida y escueta de la que todos debemos estar contentos. Era injusto mantener una figura sin verlo bien. Chiquito estaba subiendo escalones hacia el cielo poco a poco y se merecía el mínimo tiempo de impase entre ambos mundos. No era agradable su final entre hospitales y bomberos. No queríamos quedarnos con un epitafio de persona perdida en vida cuando tenemos todo un catálogo de alegrías gracias a su figura.

Ha dejado de existir en este mundo un señor humilde, pobre y pequeño que llevó una vida de dureza sin igual hasta que fue pescado por un maestro de las artes escénicas. La pena y los miedos de Gregorio en sus últimos tiempos es la de cientos de personas que, al margen de familiares y amigos, quedan en la soledad eterna aun estando en vida.

Pero con Chiquito pasa que, a diferencia de con la gran mayoría de artistas, no se le encontraban dobleces. Era casi imposible vislumbrar un disfraz de personaje cubriendo la estampa de un hombre más. No. Chiquito era Chiquito de noche y de día, desayunando, paseando, en un taxi o actuando. Y así se comprende aún más cómo vendía de bien su producto pues era él mismo.

Para Málaga la perdida es de un romanticismo importante. Ha quedado huérfana su silla en El Chinitas en el que era fácil encontrarlo pues tenía en ese rincón a su familia real. Ligero, Moltó y Sánchez Rosso. Un equipo de veteranos que ya , en parte, brindan con moscateles celestiales en la Málaga menos efímera: la eterna.

No pararán las odas a su ingenio, su creatividad y la capacidad de hacer marca de algo tan extraño. Su vestimenta, sus inventos, sus frases, esos chistes sencillos de los que sacaba petróleo y que lo convirtieron en alguien ilustre con la solvencia de quien se lo ha ganado con méritos más que propios.

Lo vamos a echar mucho de menos en Málaga pues estamos empezando a perder de manera preocupante a todas esas personas que hacían de nuestra ciudad un lugar más interesante. Ver caminar a Chiquito por calle Larios era parecido a observar un diorama de escaparates modernistas con un elemento rompedor y genuino. Es cierto que no era persona de mostrarse en las fechas punteras. No tenía su lugar en la Semana Santa aunque hubiese vestido la túnica trinitaria durante años. Tampoco era hombre de feria y de saraos. Él era de Pepita. Y de Málaga. Pero sin apreturas. De mujer cordobesa y de padre de las Siete puertas de Viriato en Sevilla. No necesitaba usar las costumbres para ganar seguidores pues él usaba un lenguaje distinto. El suyo propio. Y con ello conseguía lo que buscaba. Sin más.

Por suerte, Gregorio empezó a marcharse a la vez que dejaba de crear y actuar y por tanto su obra queda intacta. Él era verdad y por eso cuando dejó de ser él, abandonó también el espectáculo.

Así que, sea como sea y se mire como se mire, no podemos estar triste por la muerte de Chiquito. Ha sido un final justo aunque no feliz. Y tendremos una vida entera para darnos cuenta de su creación, del valor de lo genuino y de la sencillez de quien jamás impostó nada. Ahora llegarán a revolver los unos y los otros. En busca del dinero que guardaba. En busca de la familia nunca aparecida hasta que hiciese falta parné. En busca de la fama que muchos anhelan e incluso del interés político.

Chiquito merece la medalla de Andalucía. Eso es incuestionable. Y es igual de cierto que mejor el reconocimiento en vida que al marchar. Pero hasta para eso debió estar presente Pepita. De lo contrario no hubiera servido de mucho, así que estaremos todos presentes el día en que se le haga entrega a título póstumo.

Llanto por la muerte de Gregorio Sánchez. Sin Mejías. Pero con la gracia que jamás nadie pudo generar. El pecador que ha entrado en el cielo con camisa de flores y andares anárquicos.

“No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

La madurez insigne de tu conocimiento.

Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura”.

Descansa en paz, Chiquito.

Viva Málaga.