Excava y recuerda

15 Dic

LVMM

Por el zaguán de lo que antes fue una casa y ahora es un derribo asoma una mirada vieja. Gastada y perdida. Es el rostro de quien fue algo y ya no es nada. De quien habló de sí misma con suficiencia, representó a mucha gente y se enseñaba orgullosa. Un ser de gesto sereno pero con la memoria interrumpida en los tiempos en los que se conocía y sentía. Camina por la vida sin ganas porque no se siente bien. No está cómodo con lo que ve y vive con pesadumbre por no ser reconocido por nadie.

Esta entidad viaja en el tiempo y se encuentra con su gente que tanto la admiró. Con personajes variopintos de todas clases sociales y de diferentes mundos. Tenía a su alrededor pintores, músicos, periodistas o personas anónimas que se enamoraban de ella al contemplarla. Nadie se atrevía a dañarla puesto que siempre estaba observada y cuidada por muchos.

Las tornas han cambiado y ahora nada es igual. Vive en el desazón de pasar desapercibida y convivir con un entorno que poco a poco va muriendo bajo la mirada cómplice pero inerte de quienes comparten su vida con ella.

No hay mayor dolor que contemplar cómo desaparece algo que quieres mientras a tu alrededor hay quien, bajo un criterio almibarado, se considera satisfecho por lo que tiene aún siendo incierto. Estamos quedándonos ciegos.

Se trata del ejemplo inequívoco del paso del tiempo en la vida de los muchos personajes de esta ciudad. A día de hoy, la memoria colectiva en la que sustentarnos para valorar nuestra tierra está reseteada. Para crecer en respeto e identidad propia necesitamos lazos y pruebas de lo que somos para así creer en ello. Poco a poco Málaga ha ido destruyendo esas pruebas y de igual manera que íbamos olvidando quiénes somos nos iban inyectando dosis de memoria prefabricada para crear un falso convencionalismo representativo de nuestra tierra.

De la etnología a domicilio y de cómo solventar las carencias identitarias está Málaga bien servida. Las causas y razones de las costumbres y tradiciones propias son puestas en cuestión en innumerables ocasiones con el fin de que la sensibilidad malacitana no se vea mancillada por datos o evidencias que nos lleven a pensar que no somos los mejores y que lo de aquí proviene de extramuros sin ser esto cierto ni malo en muchos casos.

En este sentido, debemos hacer especial hincapié en el significado real de la etnología. En el verdadero sentir y devenir de nuestra gente y considerar que, si somos algo, lo somos en todos los ámbitos. Que si somos malagueños, lo somos porque conocemos nuestra historia, sabemos quiénes fuimos y cómo se construyó nuestro patrimonio. De igual manera que en los museos de costumbres y artes populares se muestra el funcionamiento del arado o nos enseñan cómo parían las mujeres en Málaga hace cien años, deberían enseñarnos quiénes somos y qué personajes han conformado el desarrollo de nuestra sociedad en los últimos tiempos.

De nada sirve manifestar con convicción que nuestra ciudad es contemplada por todos como una pieza maravillosa de estética, funcionalidad y sociedad enriquecida si a diario comprobamos cómo Málaga va dejando atrás restos de su propia fisonomía y forma de ser para convertirse en un cúmulo de retazos importados. No es esa la realidad de Málaga. Y si lo es no podemos permitir que continúe siéndolo. Málaga está viva. Muy viva. Y se mantiene gracias a personas anónimas que son a día de hoy las que siguen sosteniendo la cultura y los modismos de los cuales debemos sentirnos orgullosos.

Se suele culpar al extranjero de la impronta de pandereta y jarana a la que nos vemos expuestos en innumerables ocasiones. Nada más lejos de la realidad. Es aquí, en nuestra tierra, donde nacen ambos elementos. Es aquí donde producimos valores artísticos y sociales exclusivos y de un valor incalculable en comparación con el resto. Y es aquí donde somos capaces de dar la espalada a esos elementos en la búsqueda por la restauración y el enriquecimiento cultural.

Somos culpables por caer en el error de no reconocer la circunstancia de que convivir con tan variada sociedad es un elemento que nos enriquece y en la que reside la clave de nuestra cultura propia.

Desde este espacio, humildemente y con la ayuda de muchos intentaré correr las cortinas y abrir la ventana que da a las entrañas de la otra ciudad.

Igual con el tiempo nos cambia la visión. Excava y recuerda.

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