De rebajas con tu hombre

27 Ene

Los veo caminar tras su señora con paso apático y la mirada patibularia del cordero que llevan al matadero. Van de rebajas y no les gusta ni un pelo. Entre el bullicio entusiasta de las señoras que revuelven en los montones de ropa, asisten de pie al espectáculo con gesto mortificado y ánimo ceniciento, sirviendo de perchero al chaquetón de la esposa, que explora el efecto de las prendas escogidas en el probador para salir luego a desfilar ante su hombre en la falsa ilusión de que esta vez muestre algún entusiasmo:

-¿Me queda bien, Gerardo? ¿Qué te parece?- pregunta Mari Tere, envuelta en un abrigo de color imposible, que es la última barrabasada de la moda.

A lo que Gerardo responde con la misma empatía abúlica de una merluza congelada:

-Hombre, a mí no me parece ni más bien ni menos bien. Lo importante es lo que te parezca a ti.

Y Mari Tere vuelve mustia al probador con la autoestima hecha ciscos. Si lo importante es lo que a ella le parezca, para qué se habrá traído a Gerardo, para qué. Y lo mismo se pregunta Gerardo, qué hago yo aquí, qué hago.

La situación, pese a lo decepcionante se repite, por esa fatalidad humana que nos empuja a reiterar los errores.

Después de tantos años, Mari Tere, como todas las esposas del mundo debería comprender que es más difícil que un hombre sienta algún interés por una tienda de modas que un camello entre por el ojo de una aguja. Será un tópico, pero como todo tópico, tiene una gran base empírica. Normalmente, si un hombre va a una tienda de ropa es porque vive solo y necesita sustituir su camisa azul, su jersey marrón y sus pantalones beige por otros del todo iguales, cuando estos se deshacen de puro viejos y sabiéndose las tallas con antelación, pide lo que quiere, lo paga, y se va como alma que lleva el diablo. En caso de estar en pareja, delega esta tarea en su mujer con la condición de que no se deje llevar por la fantasía. Que algunas lo hacen y ahí va la reacción colérica de Gerardo y el disgusto de Mari Tere, que es un poner nombres a los estereotipos:

-Pero, vamos a ver, Mari Tere ¿tú es que me quieres vestir como un payaso? Ve a descambiarlo todo ahora mismo.

Y bien sí, es lo que hay; camisa azul, jersey marrón y pantalones beige, lo de siempre. Y gracias, porque cuando el hombre se pone estrambótico en el vestir, ya sea en la crisis de los 40, los 50 o  los 60, es porque está viviendo una aventura. El hombre fiel viste siempre igual. E igual sigue yendo de rebajas con su mujer sin ninguna pasión.

Pero Gerardo, si de todos modos, vas a cumplir ese rito que tanto te mortifica, ¿por qué no le echas algo de chispa a la cosa?

Por horrorosa que sea la ganga con la que tu esposa se envuelva, cuando te pregunte qué te parece, dile siempre que maravillosa y alégrale la tarde. ¿Qué trabajo te cuesta?

Y, por favor, no la llames “hombre”. Si luego se desmotiva, se le cortará la mayonesa y tendrá crisis existenciales ¿merece eso la pena?

Ponle un poco de talento a la felicidad de tu mujer, pues una mujer feliz en casa es igual que tocar el cielo. Así que, atención al dato, estas son las respuestas adecuadas al salir del probador:

-Gerardo ¿Esta camisa no me queda muy estrecha?

-Qué va, realza tu figura. Estás muy sexy.

-¿Y la falda? ¿No es muy corta?

-Para nada. Así se ven esas piernas tan bonitas que tienes. Ya quisieran las niñas de veinte años.

-¿Y este abrigo en verde cobalto, no será demasiado estrambótico?

-En absoluto. Te favorece muchísimo.

Pues bien, ésa es la actitud. Nada que yo me haya inventado, pues procede del tratado de Ovidio, el Ars Amandi, que le valió al autor por inmoral el destierro dictado por el emperador Octavio Augusto, quien alegaba malas influencias en los textos,  sin pararse a considerar lo benefactores que habrían de ser para las generaciones postreras, ya que no sólo enseñaban a escoger y seducir a la mujer, sino también a conservarla. Ciencia que ahorraría al mundo tantas discusiones conyugales y tantos divorcios.

Sin duda, hay que volver a los clásicos. Complacer no cuesta tanto y el placer que se derivará por ello será el más grande de los galardones. Comparte, Gerardo, con entusiasmo la tarde de tiendas con tu mujer y verás que ella también se entusiasma con ese partido de fútbol.

Es inevitable que la simple cuestión de género nos haga preferir unos u otros placeres, pero ceder y conceder es el mayor de los talentos y la más grande de las sabidurías.

José María; la luna que fue un sol

2 Oct

José María Luna

Después de viajar por tantos lugares, de lo que he hecho un placer y, en cierto modo, un oficio, he llegado a la conclusión de que mi verdadero paraíso se encuentra muy cerquita. Justamente en la extensión de playas que van desde Bolonia a Conil de la Frontera.

Cuando atravieso algún momento difícil en mi vida, siempre vuelvo a buscar un lugar para tender la toalla sobre la grata suavidad de sus arenas blanquísimas y perder mi mirada en el generoso océano de aguas transparentes que riza la espuma de las olas, que lánguidas o encrespadas, según sople el levante, traen a mis oídos el mensaje exacto y milenario de la naturaleza. Entiendo su lenguaje, que, a veces, se contagia bravío con el rugir del viento, colmándote de energía, y otras te llena de calma con sus dulces y rítmicos susurros.

Hace dos semanas estuve allí y, contra todos los pronósticos metereológicos, que prometían clima apacible, el cielo amenazaba con una artillería de nubes negras y el levante tan furioso como nunca lo recuerdo envolvía, a cuchillazos, los cuerpos de los bañistas en una tenaz tormenta de arena, que nos cegaba los ojos. Si fuese supersticiosa, pensaría que aquella intempestiva cólera traía un mal presagio; que anunciaba una tragedia. Y creo ahora que, después de todo, así fue.

Mi móvil sin conexión ni batería no me pudo advertir de lo que ya me decía aquel crepúsculo fúnebre y violáceo. El sol sepultado en el mar, dio paso a una noche negrísima y ventosa que amenazaba con arrancar de cuajo las palmeras.

Conocí estos lugares, hace muchos años, gracias al viaje que hice con una amiga; mi mejor amiga. Yo estaba pasando por una fuerte ruptura sentimental, quizás la más traumática de toda mi vida, y ella pensó que me aliviaría acompañarla. En estos casos, nada hay como cambiar de aires. Otro de sus objetivos era presentarnos al hombre de su vida, José María Luna, que era natural de Barbate. Digo presentarnos porque, en la comitiva, iba también mi prima Loles como cupo del tribunal implacable que suelen ser las amigas frente a un nuevo candidato. Estábamos dispuestas a escrutarlo y, con ley severa, a suspenderlo al primer fallo. Más aún yo que, en ese momento, odiaba a todos los hombres.

Vino con un amigo a recogernos del autobús en la Barca de Vejer. Magdalena, la enamorada, lo recibió con los brazos abiertos y mi prima y yo con gesto hosco y miradas hostiles. No estábamos dispuestas a ceder ante el extraño y, en los sucesivos días, lo sometimos a toda clase de desaires que él, por su parte, afrontaba como un buen gaditano la mala uva del viento de levante. O sea, con una paciencia y un buen humor al que era imposible resistirse. Por otra parte, cuando veía cómo se abrazaban entre carcajadas a la orilla del mar, Magdalena y él, no podía admitir sino que eran la pareja más feliz que había visto en mi vida. Y qué se le puede desear a tu mejor amiga, sino la felicidad absoluta.

La aventura de Magdalena con su novio barbateño se transformó en una relación sólida de más de veinte años. Gracias a José María, ella conoció la estabilidad sentimental y que no sólo el amor; sino también la risa, la complicidad y el compañerismo pueden ser el pilar básico de una pareja. Yo que entonces estaba sola le suplicaba; búscame otro igualito, por favor.

Y es que la bondad y la generosidad de este hombre no se limitaba a su mujer. Se volcaba con sus amigas, sus amigos, incluso con su exmarido y con Antoñito al que, sin exclusividad, trataba como a su propio hijo. Y con la misma dedicación cuidó a su suegro hasta sus últimos días.

Cuando recuerdo a José María, sólo me viene a la cara, una sonrisa. Era gracioso, ocurrente, con ese talento para hacer reír que sólo tienen los mejores gaditanos. Con esa chispa crítica, sana, e ingeniosa para aplicarle un juicioso análisis a la realidad actual de la que estaba muy al tanto.

Era un atento lector de periódicos, semanales y publicaciones de cine que complementaba con su hacer como bibliotecario. Aunque nada que ver con un ratón de biblioteca.

Me parece muy raro ahora hablar de José María en pasado, aunque me mueve a ello una ya resignada certeza. Mientras estábamos en sus playas, él se desplomó por un infarto cardiaco en la calle de una urbanización de Granada. Así, de la noche a la mañana, con sólo cincuenta y tres años. Si hay Dios que nos lo explique, que nos diga por qué se tiene que llevar a los mejores.

Lord Byron dijo que los amados de los dioses mueren jóvenes, pero me cachis en Lord Byron ahora mismo.

Mi móvil modernísimo e ineficaz no me supo traer aquella tarde la noticia de la muerte de este gran amigo, pero la naturaleza de sabiduría milenaria se puso en pie y desordenó el paisaje con el rugir del levante sacudiendo las arenas y encrespando las olas, soliviantada por el cerco de las nubes negras. Ni siquiera la naturaleza, que es madre, comprende por qué ley le arrancan a uno de los suyos.

Viva la v

18 Abr

De todas las letras del abecedario, mi favorita es la v. Hace tiempo que perdió su sonido original que exigía apretar las paletas dentales contra el labio inferior y tan difícil era de pronunciar que terminó por adoptar el mismo sonido de la b, que es una letra tan bondadosa que se pronuncia uniendo los dos labios con el mismo gesto de un beso.
Existiendo la b que globaliza los sonidos de la v, podría parecer que la v es una letra innecesaria, que está de más y, sin embargo, conviene que siga vigente y sea visible, porque no resultaría válido, por ejemplo, que las palabras trabajo y esclavitud se escribiesen con la misma letra, aunque a la postre hayan acabado sonando igual.
De alguna manera, la ortografía tiene normas más éticas que el sistema económico con sus números despiadados.
Vale decir que la v, colonizada por otro fonema, resiste, pese a todo, como una letra cabezota y disidente que reivindica su existencia y provoca revueltas en la lengua escrita, donde confunde a los bastos que la ignoran y les coloca la b de burros, llenando de vergonzosas faltas sus dictados y sus textos virtuales en Internet. La veleidosa v es una zancadilla que a los vanos vanidosos les aviva el rubor, pues les hace escribir muchas barbaridades.
Es una letra exquisita que sirve para distinguir a los hombres de vasta cultura de los hombres de basta cultura y frecuenta los vocablos más privilegiados. Las palabras más importantes se escriben con v como es el caso de la palabra vida, que es, sin vacilación, la más valiosa. Defiendo la palabra vida sobre la palabra amor, que debe su prestigio a ser la más votada por los hispanohablantes. La vida no es siempre bella, pero es lo que hay y, si no la hay, ninguna otra cosa es posible. La vida está cargada de uves, pues, como dijo Kavafis en sus versos, es un viaje lleno de aventuras, que hay que afrontar con valentía y voluntad para con vuelo alto alcanzar el vértice de la victoria.
La v como la propia vida está cargada de contradicciones, pues nombra a una cosa y a su contraria; lo joven y lo viejo, el vicio y la virtud, el verano y el invierno, pues, ante todo, nombra a la verdad donde caben tantas versiones como las variopintas visiones de cada ser vivo.
Me gusta la v, diversa, divertida, disidente que, a veces, contra lo previsible, en el devenir de las vicisitudes, pone también nombre a la revolución que vuelve al universo del revés y hasta guardo con reverencia su fonema difícil y olvidado en el desván de mis más valiosos recuerdos. Me lo enseñó la madre Victoria, veterana maestra de lengua, que andaba obstinada en que pronunciásemos “vaca” y “vaso” apretando los dientes contra el labio inferior como hacían los castellanos “fiejos” antes de la influencia de los vascoparlantes, que nos impusieron la h muda y la b hasta para decir “basco”.
A feces reifindico el fonema perdido de la v como me enseñó la madre Fictoria, lo saco del desfán, lo desempolfo y le doy fida, pero me sale esta f sorda, que es lo más parecido a ese sonido que sólo he podido oír con verosimilitud originaria en los labios de aquella monja reivindicativa y nostálgica. Definitivamente, la v en la lengua hablada ya nunca será lo que era en el siglo XV y su última heredera se llevó el secreto de su pronunciación a la tumba.
Sin embargo, esta letra sin fonema propio, aun colonizada por la b, resiste en la lengua escrita para nombrar las cosas de valor; vida, verdad, valentía, voluntad y marca la elegancia en sus mayúsculas de ciudades idílicas como Venecia y Viena con sus valses y violines, inconcebibles de imaginar con b (Benecia, Biena, qué barbaridad…)
Siento simpatía por la v, que resiste en el alfabeto como un ave en pleno vuelo, y en la v me identifico. Bajo el signo de Venus nací, mi apellido es Clavero y mi nombre intencional, Victoria, que es el nombre que le corresponde a una hija de familia malagueña, desde que pueda remontarse la memoria. Iba yo a llamarme Victoria, pero murió mi abuela Dolores y recogí en el bautizo esa herencia de su nombre. A veces, creo que me hubiera ido mejor con mi nombre intencional de Victoria, porque, como Dolores, cada triunfo en esta vida me cuesta muchas lágrimas.
Sólo vivir basta y encontrar en la v, a veces, maravillosos alivios; digamos viernes y vino. Viva la v y buen fin de semana.

Carta del abuelo

1 Nov

Queridos hijos y nietos:
Me hago cargo de lo mucho que os debió sorprender, cuando fuiste a visitarme a casa, que os abriese la puerta Mamadou, que es un chico de lo más agradable, pero la verdad que impone por su piel tan oscura y su altura de casi dos metros. También él mismo se sorprendió de veros, lo que justifica que al pronto tuviese una reacción algo recelosa y huraña. No se lo toméis a mal, él tiene más motivos que vosotros para asustarse, tal y como están los controles sobre inmigrantes y el asunto de los desahucios.
Por lo demás, qué os puedo decir, hay muchas cosas que pueden cambiar en un año, incluso en la vida de un jubilado. Con esto, no quiero reprocharos la escasa frecuencia de vuestras visitas, ya sé que siempre estáis muy ocupados y ni siquiera encontráis un momento para hablar conmigo por teléfono. Era tan notoria vuestra impaciencia por colgarme cada vez que os llamaba, que, por no molestaros más, decidí dejar de hacerlo. Eso explica que no os haya contado qué hace en mi casa Mamadou y por qué yo ya no vivo más allí, cosa que supongo os alegrará saber por lo mucho que en un tiempo me aconsejasteis irme de aquel piso tan frío y húmedo para ingresar en una residencia, donde podría estar más atendido y acompañado.
Sabréis que, en aquel momento, como siempre, valoré vuestros consejos y vuestra gran preocupación por mí y que, si no os hice caso entonces, sólo fue porque soy muy mío y me gusta apañármelas por mi cuenta, si bien en alguna ocasión me hubiese gustado que me ofrecierais esa habitación que, según sé, os queda vacía en casa. Sobre todo, cuando se murió la abuela y me sentía algo solo y añorante de calor familiar. Por fortuna, fue una racha de morriña que se me pasó y, qué caray, empecé a tomarle el gusto a la independencia y a hacer lo que me viniese en gana; tanto que, al verme libre como un pájaro, cometí excesos propios de un chaval que terminaron pasándome factura. Porque, aunque mi espíritu era el de un veinteañero, mi cuerpo vino a recordarme las setentas castañas cumplidas y a salirme con las goteras propias de la edad. Primero el corazón, luego el hígado y, a la postre, las piernas que empezaron a fallarme.
Así fue como entablé amistad con Mamadou, un día que me di un trastazo por la calle y estuve a punto de romperme la cadera, de suerte que el moreno me recogió y me llevó a urgencias algo nervioso por si venía alguien a preguntarle por sus papeles.
A Mamadou yo lo conocía de vista porque era vendedor ambulante de relojes y estaba empeñado en colocarme uno. Sin éxito, pues yo siempre le respondía:
-¿Y para qué leches quiere un reloj un jubilado?
Desde aquella visita al hospital, Mamadou dejó de vender relojes y se vino a mi casa de interno para atenderme. Le hice un contrato de trabajo y así obtuvo los papeles, conviviendo ambos en perfecta armonía; yo perfectamente cuidado y él tranquilo y con la ilusión de traerse a su mujer y sus hijos de Senegal. Con mi ayuda, se los trajo, a ellos y a otros tres amigos que, desesperados por las miserias de su país, buscaban una oportunidad en Europa. De ahí, os podréis explicar el bullicio que encontrasteis en la casa. Lo he arreglado todo para que Mamadou se quede con mi piso. Sé que no os importará porque nunca os gustó, ya que os molestaba incluso pisarlo por ser tan húmedo, frío e incómodo. No obstante, para Mamadou y su gran familia se ha convertido en un hogar luminoso y feliz, como podéis apreciar.
Por mí no debéis preocuparos. Quien tiene una pensión, tiene un tesoro y, más aún, si la ha ido aliñando con otras inversiones que en otros tiempos prósperos dieron su fruto. No os conté nada de esto, porque soy muy mío y por miedo al corralito, en prevención, abrí mis cuentas en Suiza.
Por supuesto, no me he ido a vivir allí, que ya sabéis que soy muy friolero, sino a un país de clima caribeño donde he encontrado una residencia de lujo, en la que me tratan como a un marqués. A mi asistenta personal, Yanira, una chiquita muy exuberante y simpática, la tengo tan encandilada que hasta viene a visitarme su familia y ya su padre de cincuenta y tantos me llama “hijo mío”, lo cual a un señor de setenta y tantos, como yo, qué quieres, le rejuvenece.
No obstante, no os preocupéis; no os voy a dar una madrastra, le debo fidelidad al recuerdo de la abuela y, qué caray, de matrimonio he tenido ya bastante.
Por lo demás, ya sé que hay otros abuelos que vuelven al hogar para ayudar con sus pensiones a subsanar la economía de sus familias en estos tiempos difíciles que corren. Sin embargo, creo que es mi deber como padre y abuelo, daros la oportunidad de creceros en los obstáculos y así obtener la satisfacción de ganaros la vida por vuestros propios medios. Que las dificultades os den madurez, altura y espíritu de sacrificio. Que os den.

Suspenso en educación

23 Dic

Suspender nunca es un cometido agradable. En especial, cuando el objeto de ese suspenso es un alumno simpático, agradable y tal vez muy buena persona. Una tierna criaturita de ojos dulces que, a lo peor, se echa a llorar. A cualquiera se le parte el corazón, a cualquiera le entran ganas de regalarle un cinco en el último momento y desearle feliz navidad y próspero año nuevo. Pero eso no sería serio ni para el docente ni para el propio alumno, que debería de saber que el suspenso no es una descalificación a su persona, sino una simple advertencia de que tiene que prepararse más para lograr los objetivos que exige el aprendizaje, lo cual no lo exime de seguir siendo un muchacho excelente ni implica la enemistad del profesor. Un suspenso no atenta contra la integridad del individuo ni le resta méritos para ser querido.

(más…)

Bajo el signo de Venus

29 Sep

La concha de Venus

Viernes, día consagrado a Venus y a orillas de octubre, mes en el que nacen las criaturas Libra bajo el signo de Afrodita. Un viernes de otoño es una redundancia venusina o venérea, según se mire. Ya lo decían los versos de Alberti, dedicados a mi venerado y fallecido, Terenci Moix, “Roma en su luna de otoño/ te quiere enseñar el coño/. Precisamente, Roma, la gran puttana, que leída al revés, significa amor. Un viernes de otoño en Roma es la repanocha del erotismo ambiental; propicio, en sazón. Pero no estamos en Roma, sin embargo, encontramos un delicioso sucedáneo, ante el recién restaurado teatro romano a los pies de la Alcazaba malagueña, cuando cae la última hora de la tarde de templados suspiros marinos y luz de oro viejo. La eternidad de piedra donde hace poco volvieron a reverberar los diálogos de Aristófanes, la calma reestablecida después del bullicio veraniego; todo es un dejarse llevar serenamente por los sentidos. Viernes de otoño; Afrodita al cuadrado.
Posiblemente, no hay poemario tan sensual como el titulado “Junio” de Pablo García Baena, que desliza la pulpa de los frutos en los paladares con resabios exquisitos, si bien hubo, con el mismo afán, que dedicarle al menos una larga oda a este otoño nuestro que no desmerece en armas seductoras del arranque del verano y el falso prestigio de la primavera. Científicamente está demostrado que los cuerpos y los ánimos andan más proclives al abrazo carnal sobre el lecho de las hojas caídas de los árboles. Marzo, bajo el signo de Marte, arengaba a los guerreros a iniciar sus campañas militares, pero era, al final del verano, cuando recogían sus armas y volvían a casa a fecundar los vientres de sus pacientes esposas. No, por casualidad, octubre es el mes llamado ocho, que también tiene rima albertina y ordinaria, referida a Venus – a la “concha” de Venus, concretamente-.
Desmayadas de dulzura son las frutas del otoño; el racimo de uvas que se derrama en los labios del epicúreo recostado en el triclinio y que el emperador Diocleciano hacía pisar, en tiempos de vendimia, a una docena de doncellas vírgenes y sin ningún lunar en el cuerpo para elaborar un vino de uso exclusivo en sus más privados banquetes, según cuenta esa célebre leyenda que me acabo de inventar. Las uvas y ese tomate jugoso de almíbar que es el caqui, el merengue blanco de la chirimoya que se mastica, disparando las pepitas y provoca pícara batalla a la hora del postre, los boniatos que horneados lentamente enternecen su carne anaranjada con su punto de miel de caña, ofrecida a la cuchara, el membrillo hirviendo en su punto de azúcar, con el cual, la abuela solía darnos la lata; la lata de la carne membrillo, en aquellos tiempos en los que todavía existían estaciones. Y el otoño podía reconocerse claramente cuando las tardes frescas pedían chaqueta de paño y volvía a representarse Don Juan Tenorio. Eso fue antes de que la globalización nos empujase a disfrazarnos a todos de mamarrachos de Halloween y gozábamos aún de cierta idiosincrasia. Entonces eran las acerolas, los huesos de santo y nuestro Tenorio, emblemático burlador de mujeres; misógino y marica, según el ilustre ensayista, Gregorio Marañón. Ahora la misoginia nos viene también de importación con protagonistas más sórdidos. El asesino de Mijas, llegado de Alemania, encontró espacio para su matanza compulsiva de mujeres en la Costa del Sol como Tony Alexander King. Ambos tenían antecedentes criminales en sus respectivos países, por lo que ese necesario seguimiento que no se hizo, pudo haber evitado sus desmadres sangrientos. De violencia de género ya tenemos bastante con la autóctona como para tener que añadir la de psicópatas advenedizos. Marte contra Venus; el caso huele a la huella de Jack el Destripador que, a su vez, asesinaba prostitutas, se teoriza, que por liberarse de la sombra castradora de una madre en exceso posesiva. Como el americano, Ed Gein, quien coleccionaba cabezas femeninas en su sótano. O, a lo peor de la hipótesis, fue sólo por la mezquina codicia de dinero. No obstante, el criminal convivía con la complicidad complaciente de su madre y una novia que guardaba las tarjetas de crédito de sus víctimas, por amoralidad compartida o por ceguera de amor. Dicen que los psicópatas resultan fascinantes a los ojos de muchas mujeres como lo son los sinvergüenzas del cuño de Don Juan.
Si Venus se hubiera mantenido fiel al bueno de Vulcano, le hubiese ido mejor. Lo peor de su leyenda llegó cuando se enamoró de Marte.

Porca miseria

26 Dic

la-verdad-sobre-papa-noel3Ante todo, querido lector, gracias por leer estas líneas en tal día como hoy. Has de tener un espíritu magnánimo de la muerte para darte a tales esfuerzos tras ese escaso y mal sueño que quebranta a la mayoría de los adultos la digestión de la cena de Nochebuena. Liviana que se anunció por la crisis pero, en todo caso, excesiva sin duda en parangón a esas cenas saludables de mendigo que aconsejan los médicos o dietólogos por si alguna vez la criatura humana, si no es a pique de la muerte, se anima a hacerles caso. Tal vez faltaron las angulas sobre tu mesa y hasta el jamón o el cordero de otros años más prósperos, pero no hay duda de que, en su lugar, esa madre o suegra entrañable se las ingeniaron para poner en su lugar otras modestas aunque abundantes viandas con las que hacerte rebosar y burbujear el vientre de modo que hayáis pasado la susodicha velada de sofá y especial televisivo con los siempre inexcusables villancicos de Raphael, toda la familia aunada en el ejercicio de contorsionarse a la búsqueda de la postura exacta con la que impedir el libre tránsito de las acuciantes flatulencias. Luego de lo cual, cuando los dulces pequeños del clan se cansaron de berrear a grito pelado los deliciosos himnos al niño Dios hasta en la más remota versión anglosajona que tuvo la deferencia de enseñarle el profe, acompañándose de esa deliciosa artillería de zambombas, panderetas con ese exacto compás capaz de cabalgarte en las sienes y taladrarte los tímpanos para dejarlos lirondos, te metiste en el lecho bien anonadado por los vapores del alcohol que regaron la nocturna pitanza, de la cervecita al rioja hasta el brindis de cava y los chupitos espiritosos con los que complementar el ir y venir a la bandeja de turrones en el último estertor de la orgía gastronómica. Desordenado y abundante batiburrillo etílico que hace frágil, accidentado y discontinuo el primer sueño de Navidad –con sus correspondientes visitas al urinario, inhóspito y gélido de madrugada- y te pone la mañana de ese humor entre plomizo, mustio, gris y melancólico, propio del solemne resacón. El día de Navidad, sublimado de glamour por la falsedad comercial de los anuncios publicitarios con todo su repertorio de familias engalanadas en torno a la chimenea de la mansión solariega, suele ser, contrariamente, un día bastante cutre en el que las familias de a pie, las de verdad, comen en pijama-y acaso en la cocina- las sobras recalentadas de la noche anterior, con sabor a microondas y decadencia, mientras brindan con sales de frutas y Alkasezer y se disputan el baño, violentos por las apremiantes urgencias gástricas y la incómoda concurrencia que supone el haberse juntado los tantos y pico de familia. Si toca que regale Papa Noël, la casa se desperdiga de envoltorios purpúreos y te tocan en suerte dos o tres bufandas, esa prenda ideal para dejarse olvidada en los bares y los taxis y ofrecer de regalo cuando urge regalar y no se te ocurre otra cosa. Por ejemplo, en Navidad.
Sobre los regalos de Navidad habría que decir que son un engorro tanto para el que los hace, que ocupa gran parte de su estimado tiempo de ocio en esta actividad de compromiso, sólo placentera para el comprador compulsivo, como para el que los recibe quien, normalmente, no sabe dónde ponerlos.
Pocas veces se acierta si no es con un buen sobre de billetes como se va haciendo de rigor en las bodas por no verse abocado a la inútil colección de cursis juegos de café. No obstante, dada la proverbial falta de imaginación de Papa Noël y la crisis, intuyo que el saco habrá venido otra vez cargado de estuches de colonia y bufandas. Esto en materia de adultos, esperemos que en lo tocante a la infancia la oferta sea más generosa. Por patriotismo y mera observancia de nuestras más rancias tradiciones, como están hartos de saber mis pacientes lectores, nunca he sido muy partidaria del intruso yanqui, pero al final me gana su pragmatismo. Si Papa Noël, desde el primer día de Navidad, consigue entretener con sus regalos el aburrimiento temible de esos niños enclaustrados por el frío en apartamentos cada vez más diminutos, bienvenido sea. Pero, por favor, que no traiga tamborcillos u otra suerte de presuntos objetos musicales. O suprimamos esta adulta costumbre patria de celebrar toda fiesta con alcohol. O tirémonos todos por la ventana.
En todo caso, desconfío bastante de la solvencia de Papa Noël en estas fiestas. El otro día me encontré a tres de ellos a la altura del parque, bastante escuálidos y con pinta de gorrillas, y andaban pidiendo limosna. Va a ser que va en serio esto de la crisis. Porca miseria.

Ladrones sin guantes

24 Nov

ladrones2013El mangante malagueño no es un ladrón de guante blanco. Ni de guante negro. Lo suyo es no llevar guantes, dejando huellas por doquier. El desaliño de la chapuza toca a todos los oficios por estos lares, desde el sector servicios a los cargos municipales, sin dejar atrás las actuaciones delictivas. Los ladrones malacitanos, pues, suelen ser mangantes chapuceros que, lejos de cuidar el detalle del disimulo, van dando pistas a lo bestia en el plan más cantoso. Como primera muestra; el caso reciente del policía de Coín quien, fingiendo un registro domiciliario, asaltó una casa mata de Vélez-Málaga, con un escándalo de mil demonios y el exiguo botín de dos mil euros, y huyó, olvidando en su fuga el móvil por las inmediaciones de la vivienda expoliada. Móvil que cae, de inmediato, en manos de la Guardia Civil, quien, sin necesidad de grandes pesquisas, descubre al delincuente, que, por supuesto, ha dejado registrados en el aparato un montón de mensajes que lo delatan como autor de la fechoría. Vamos, que, por poco más, el torpísimo bandolero no se deja en el camino el carné de identidad como el ex –policía corrupto que encarna Santiago Segura en su primera versión de Torrente. El latrocinio malacitano tiene cierta vocación de Rufufú y, en muchas ocasiones, más que indignación, da risa o pena. Sonado fue el golpe que protagonizaron unos jóvenes rateros el pasado noviembre en el Puerto de la Torre. Un desastre en toda regla, propio de figurar en el inventario del legendario Rompetechos de Ibáñez o sus “Pepe Gotera y Otilio”. Cuentan las fuentes informativas que el cerebro de la operación, un tal Rafael Jesús R.P, natural de Málaga, junto a dos compinches, se introdujeron en una vivienda del susodicho barrio con la intención de hacerse de oro, vana expectativa que quedó en agua de borrajas, dado que el único botín que encontraron sobre el poyo de la cocina ascendía a veinte euros. Pero, ya que estaban allí, con la despensa a mano y una hambruna de madrugada, se pusieron cómodos y como Pedro por su casa cogieron un Actimel de la nevera para matar el gusanillo y se llevaron una lata de paté para el camino. Así, tras el frugal piscolabis, y la satisfacción de la misión cumplida, huyen los salteadores por la ventana con un estrépito tal al punto de despertar al propietario de la casa y darle tiempo a pillarlos in fraganti y hacer la correspondiente denuncia a la Policía local, que, finalmente, hubo de trasladar al cerebro de la operación no a Comisaría sino al Hospital Clínico, ya que el hábil delincuente terminó su intrépida fuga cayendo desde el tejado y partiéndose la crisma. De modo que el tal Rafael, marcando un nuevo hito en la historia del latrocinio chapucero malacitano, acabó dando el gran golpe pero en su propia cabeza. De robos con tan poca y mala fortuna se alimenta la crónica diaria de esta ciudad, protagonizada por ladronzuelos de entusiasta vocación, pero con poco oficio y menos beneficio. Veo esta tarde, desde el taxi, salir a un individuo del Mercadona a la carrera. Bajo el destartalado abrigo, el objeto de sus prisas y su robo; una botella de vino. Que nunca se llega a beber porque, a la primera de cambio, da un traspié y cae sobre los vidrios rotos del cuerpo del delito, haciéndose de camino alguna herida entre las mal contenidas carcajadas de los viandantes. Lo ayuda a levantarse del suelo el propio vigilante del supermercado, más conmovido que indignado. Hay hombres pobres que además son pobres hombres, qué desgracia. Otra gran injusticia social; a los pequeños ladrones desgraciados los pillan enseguida, sin embargo a los que roban a lo grande, los pillan cuando ya se han forrado. Pese a ser igualmente chapuceros en el arte de mangar sin arte. Ni disimulo. Mangaron los malayos a placer años y lustros dejando la pista de sus lujos sospechosos a la vista gorda de las autoridades. Bien cantaban sus yates, sus chalés, sus colecciones de arte, la fauna disecada en el jardín; que allí había poco guante blanco y mucha mano negra y alargada. Vale, que, al final les pusieron el pijama a rayas, pero nadie ya les quitará lo bailado. Entre los ladrones sin clase, también hay clases y a algunos les toca sólo un bote de Actimel y unos cuantos chichones. O una botella de vino, sin comerla ni beberla. Porca miseria.

El Destino de Barbie

10 Nov

ken_barbiePues no, los matrimonios entre homosexuales no van contra natura; los que van contra natura y contra toda lógica son los matrimonios entre homosexuales y heterosexuales a los que nos ha habituado la tradición.
Solían darse en los pueblos y en los tiempos de posguerra como un pacto: el gay necesitaba protegerse de las habladurías; la mujer necesitaba comer. Se trataba, en fin, de un sacrificio inútil, pues, tarde o temprano, la pluma salía “al vento”. Cantaba la genética, cuando los hijos del gay salían gays o, en el caso de no haber hijos, cantaba la mujer a las vecinas sus décadas de abstinencia (“30 años me ha tenido este hombre a palo seco”).
Aunque parece que estas cuitas también se dan en los más glamurosos círculos, como demuestra la trágica historia de Barbie, presente estos días en diarios y telediarios. Asistimos a la ruptura de un noviazgo que ya formaba parte de nuestra educación sentimental. La exuberante rubia junto al circunspecto Ken de la pajarita formaban el arquetipo de pareja que varias generaciones de niñas identificaron con su ideal de armonía conyugal
Barbie, desde un principio, aceptó entusiasta al compañero que le había diseñado Mattel. Le gustaba su porte viril a lo Rock Hudson y esa puntualidad galante con la que la recogía en su casa rosada para llevarla de pic-nic o de fiesta en fiesta. Pero no tardó mucho en advertir cierta rígida frialdad contra la que nada podían sus elegantes y provocativos modelitos. Ninguna de sus artificiosas armas de mujer lograban perturbar su caballerosidad cartón piedra: ni un guiño, ni una caricia, ni una pícara proposición.
Así que ella, como la gata sobre el tejado de cinc caliente o como la gata caliente sobre el tejado de cinc, lo intentó todo. Pasó por el cirujano: aumentó el tamaño de sus pechos y redujo el contorno de su cintura. Pero Ken, ni puto caso.
En un último intento desesperado, cierto día, que se dirigía a casa de Ken para sorprenderlo con su nueva colección de ropa interior, lo encontró sobre el lecho en pleno desafuero erótico con un Geiper-man.
Hasta aquí hemos llegado, Ken, sentenció Barbie, intentado mantener la entereza.
Ahora dicen que tiene un nuevo amigo californiano; sólo amigo, porque a éste se le ve la pluma desde un principio. Él es el confidente de sus aventuras, pues la desengañada rubia ha decidido practicar la frivolidad: Hoy sale con un clic de Famobil, mañana con el madelmán explorador, pasado con un Master del Universo. A día de hoy se acomoda a su Destino y no quiere sufrir más.

Algunos se llaman Pablo

22 Oct
Pablo Pineda

Pablo Pineda

Por fortuna, la normalidad no existe. Vivimos en un mundo lleno de irregularidades apasionantes, movido por singulares prodigios y misterios insondables. Un mundo normal de mecanismo cartesiano, predecible y pautado sería un mundo sin noticias, sin emociones ni sorpresas; un tremendo aburrimiento. Si pasan cosas se debe sin duda a la naturaleza anómala de este planeta que, en sus raros desvaríos, aún conserva la capacidad de sorprendernos. Un planeta normal poblado de criaturas normales nunca hubiera tenido guerras, pero tampoco revoluciones ni arte ni ciencia ni historia. Se hubiera detenido hace siglos con el mecanismo perfecto y silencioso de un reloj suizo. Sin movimiento, no hay vida. Los acontecimientos que ponen en marcha este engranaje se producen por el comportamiento anormal de este mundo y sus criaturas con sus conductas impredecibles, a veces nefastas y otras prodigiosas. No hay nada normal ni mucho menos nosotros por eso seguimos aquí, vivos y curiosos, cada cual diferente e irrepetible como producto del encuentro único entre un único óvulo y un espermatozoide en un instante preciso, como una fórmula singular e intransferible, como una posibilidad entre millones de posibilidades, enriqueciendo con nuestra diversidad este medio plural y variopinto. No sabemos en qué consiste ser normal –no lo somos, no podemos serlo- sino un deseo, una franca necesidad de supervivencia que nos asalta, sobre todo, en el patio del colegio a esas cortas y crueles edades en las que el exceso de originalidad resulta tan mal acogido. Ignoramos quién haya decidido que, una cabeza una nariz o unas orejas grandes queden fuera de la norma, pero a aquel desgraciado que le toquen en suerte lo común es que lo asocien a un apodo doloroso, tal que “Cabezón”, “Pinocho” u “Orejones” que sirva de veredicto de culpabilidad sobre el susodicho, abriendo la veda a la agresión física a su vez. A aquel chaval de físico, digamos que fuera de la norma arbitraria, en ocasiones no le salva ni Dios de una buena paliza por su osadía genética de haber escapado a la pauta. El niño anómalo, según este pobre y miserable concepto de la normalidad, tiene entonces dos opciones; hundirse en el complejo y padecer de inseguridad toda su vida o transcenderlo mostrando a cambio otras virtudes que lo achiquen. De ilustres narigudos se alimenta el historial de la literatura; Ovidio Nasón – al castellano, “Ovidio narigón”- y el célebre visitante que, en forma de estatua sedente, se ha quedado a vivir en nuestra emblemática Plaza de la Marina, el danés, Hans Christian Andersen, que dignificó como nadie esa falsa lacra de la anormalidad en aquella autobiografía con forma de cuento llamada, “El patito feo”, la hipótesis; si uno no nace pato, a lo mejor es porque es cine, o sea, si uno no nace como los demás quizá sea porque es más. Sin duda, el diferente necesita para valorarse a sí mismo verse antes en las transparentes aguas de un lago, su espejo natural, que reflejado en la parca visión de los que le juzgan con estúpidos parámetros y siempre falsos prejuicios. Si no eres ordinario, será que eres extraordinario. Así lo supo contar Andersen con su relato y Pablo Pineda con su propia biografía, que narra en parte la película “Yo, también”, presentada y premiada en el Festival de Cine de San Sebastián. La vida de Pineda, malagueño nacido con síndrome de Down, es la esforzada historia de una superación. Gracias a la esmerada educación que este joven recibió de sus padres y a la confianza que éstos mismos y algunos profesores depositaron en él, la cual contribuyó a reforzar su ya predispuesta autoestima, ha sido el primer down de Europa que logró finalizar la carrera de Magisterio y diplomarse en Psicopedagogía como testimonia el susodicho filme en el que actúa como protagonista y por cuya interpretación ha obtenido la Concha de Plata. Hace ya tiempo por la fluidez y la sensata sabiduría de las declaraciones de Pineda en los medios, podía quedar bien demostrado que la naturaleza hace en parte al individuo y lo demás lo pone éste mismo con su voluntad. Nadie puede decidir su altura o el color de sus ojos, pero sí el desarrollo de su inteligencia, por lo cual habría que plantearse más la posibilidad, si uno quiere de veras mejorarse, de pasar antes por la biblioteca que por el quirófano. Apunten.
Esta ciudad a ratos caótica, a ratos incongruente, pero siempre personalísima y singular, nos sorprende no tan raramente con la aparición de personajes extraordinarios que mueven con sus hazañas el noticiero. Algunos se llaman Pablo; Pablo Pineda. Quién quiere ser normal.