Push-up

29 Dic

La Navidad es un estado de embriaguez colectiva; una zozobra contagiosa que abarca todos los estados anímicos propios de una solemne borrachera. Igual nos ponemos cariñosos, prodigando besos y hermosos deseos al resto de la humanidad que nos da la llorona y, por tanto, el espíritu se declina hacia las añoranzas y la melancolía. La embriaguez navideña, con toda su carga tan espesamente sentimental, se contagia con sólo enchufarse a la tele y ver los anuncios o pasear por las calles donde los comercios nos animan a adquirir regalos entrañables o unos muchachos con sonrisa angelical piden contribución para alguna causa benéfica. Se contagia también con asomarse a las redes sociales para ver post que invitan a la buena voluntad con gran profusión de muérdagos y velas con llamitas titilantes y escenarios nevados que llaman a la más pródiga ternura o con la inevitable visita al súper, donde te envuelven esos lacrimógenos villancicos, cantados por Frank Sinatra, que era también mucho de darle al pirriaque.

Nos embriagan estas fechas desde la sugestión y también desde la ingestión, pues lo cierto es que en este tramo del año las ocasiones se multiplican para darse a la cogorza sin incurrir por ello en falta alguna, porque mira como beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver a Dios nacío; beben y beben y vuelven a beber, (qué gran coartada la de los peces). La cogorza en Navidad es una comunión espiritual con los tuyos, no es pecado, porque hasta los pescados pican sin pecar en el sentido más navideño de la ebriedad. Los langostinos son más fríos, sin embargo, porque vienen ultracongelados y los corderos, que son tan bíblicos como los peces, salen del horno con la mirada extraviada de los místicos y el silencio típico de los corderos; pues son corderos de Dios, que quitan el pecado del mundo. Éstas son las fechas de la carne y el pescado, pero también de los espárragos. Los espárragos de Navarra no tienen esos ojos tiernos del cochinillo, pero, como todos sabemos, son cojonudos y aptos para Navidades veganas, que son también cariñosas con los animales.

Si bien el punto álgido de esta tormenta sentimental es la llegada del nuevo año. A esas alturas el estado anímico colectivo tiene un efecto eufórico de push-up como el de esos sujetadores que levantan los pechos para recogerlos en el escote, en curva apretada y sugerente, bien ceñidos y levantiscos hasta desafiar las leyes de la gravedad. Con el push-up se acabaron las carnes tollendas. Lo mismo enmiendan unos pechos caídos con un sostén que en unos pantalones dan al trasero tal aire respingón y brasileiro que lo que fue bajiculo se convierte en un garabato aerodinámico. Ya me han informado incluso de que hasta algunos tienen relleno. Y será porque la Navidad me pone melancólica, pero me da mucha pena pensar que nuestras abuelas hicieron la revolución quemando sujetadores como para que ahora tengamos que regresar al corsé, el miriñaque y el polisón. No es momento de vanos lamentos, sin embargo; estas fiestas por el desatado consumo tienen cierto tufillo capitalista, pero, a la vista está que son rojas, muy rojas.  Los escaparates de las tiendas de lencería rebosan de conjuntillos sugerentes en este color de la pasión, todos con efecto push-up. El efecto push-up suena como una botella de champán al descorcharse. Es, digamos, del todo efervescente. Levanta las carnes, levanta los ánimos y levanta, en fin, en general.

Rajoy ha dicho que también nuestra economía está en levante. Nada raro de pensar, porque en Levante, por tradición, ya sabemos que se hacen milagros con la economía cuando uno tiene un buen cargo y eso. Y por levantarse allí, se ha levantado hasta la liebre.

Nosotros también nos levantaremos, cuando acaben estas fiestas y haya que sacudirse por fin la pereza festiva. Nos levantaremos tempranísimo, porque las jornadas laborales no han admitido los recortes propuestos. No habrá rebajas de enero para los horarios de los funcionarios y quienes no son funcionarios, seguirán currando sin prejuicios horarios. Para jornadas agotadoras, las de los autónomos y las de los parados, porque el tiempo para los desocupados pasa mucho más despacio.

Pero, en fin, un nuevo año es como un cheque en blanco y abre un amplio espacio a toda suerte de expectativas. La idea es que nos salga bien, pero si sale mal nos hará valorar el año anterior que despedimos. Un año malo parece bueno cuando le sigue otro peor.

Por el momento, este próximo año viene marcado por la suerte, si pensamos que el gordo de la Lotería ha terminado en ocho. El ocho es el más gordo de todos los números, el más redondo; es un cero doble como el que se ve con la mirada eufórica de la embriaguez. Si es cuestión de actitud, por nosotros que no quede. Hay que llenar el cuerpo y el ánimo de rojo efervescente. Levantar las carnes y el espíritu y, por supuesto, levantar las copas. ¡¡Push-up!!

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