Del sidonita que consultó a su profesor

1 Ago

Un par de notas en la zona de calle Ferrándiz anima a los amigos de una pareja a comer de gorra en su casa, móvil incluido. Todo apunta a una broma. Aquí va una de las más antiguas, de propina.

Un estudiante de Sidón preguntó en una ocasión a un profesor también sidonio: ¿Cuánto líquido cabe en un envase de dos cuartos? Y el profesor le pregunta a su vez: ¿Hablamos de vino o de aceite de oliva?

Este chiste tan malo es uno de los más de dos centenares incluidos en una recopilación de chistes romanos del siglo IV de nuestra era llamada Philógelos, en la que los habitantes de la fenicia Sidón y las ciudades griegas de Abdera y Kyme, protagonistas de buena parte de los chistes, eran considerados por los romanos los leperos de los chistes actuales (en el siglo XIX y parte del XX, por cierto, los leperos eran los baturros).

Como se ve, no hay nada nuevo bajo el sol y hace 1.700 años la vida también se veía con sentido del humor aunque todavía no se conociera el club de la comedia.

Y sentido del humor, aunque no sabemos si compartido por las posibles víctimas, es el que parece destilar una nota escrita a mano, en el lateral de la iglesia de San Lázaro, en la que Antonio y Laura (omitimos los apellidos de los protagonistas, que aparecen) anuncian que invitan a todas sus amistades a comer en su casa, supuestamente en el Paseo de Chinitas (sic) y a continuación, aparece un número de móvil. Otra nota de las mismas características podía verse en el cajón de un semáforo, ya en la calle Ferrándiz.
Todo tiene el aire de una broma, como esa foto carné ampliada y colgada en los años 90 cerca del Palo, con el rostro de un joven y debajo, la leyenda, «se busca, pero no lo esperes», por la legendaria impuntualidad del muchacho, en absoluto perdido pero sí tardón.

Al hilo de esta anécdota, servidor recuerda una broma contada por su protagonista, que llegó a ser hermano mayor de una conocidísima cofradía de Málaga, aunque esta trastada fue anterior al cargo y la perpetró en su juventud, nada más concluir la boda de un amigo muy cercano.

El matrimonio se disponía a partir a Canarias de viaje de bodas y el novio pidió al amigo que bajara por favor las dos maletas de la pareja. El futuro hermano mayor, que había ingerido lo que se suele ingerir en una boda y en cantidad, lo que hizo fue vaciar el contenido de sendas maletas y llenarlas de los objetos más dispares: unas alpargatas viejas, un camisón de la suegra, un reloj despertador… objetos que no fueron muy bien recibidos por los recién casados cuando vieron su contenido allá en las islas.

Y cosa sorprendente, según comentaba, sin explicárselo, el futuro dirigente cofrade: este amigo estuvo un par de años sin dirigirle la palabra. Confiemos en que no ocurra lo mismo con el autor que invitó a los amigos de Antonio y Laura, seguramente sin permiso. Lo mismo nació en Sidón…

El museo de la Aduana

Continúa cerrado las tardes de verano. Estupendo ejemplo de gestión cultural irracional.

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