Partidas de ajedrez bajo el implacable Lorenzo

22 Jun

La tradición malaguita de instalar pérgolas que no dan sombra tiene entre sus ejemplos más señeros las pérgolas de la plaza de la Biznaga que disuaden de jugar a ajedrecistas de todas las edades.

En la plaza de la Biznaga, en la barriada de García Grana, se encuentra uno de los hitos de Málaga, presente en mil y una postales de las primeras seis décadas del siglo XX: el Sonajero.

De 1902 a 1959 la farola presidió la plaza de la Constitución, que en esas seis décadas vivió la irrupción del tráfico rodado, el cierre de negocios históricos y apertura de otros, y momentos brillantes y terribles de la historia de Málaga. En el 59 cedió el lugar a la fuente de las Gitanillas del escultor Adrián Risueño y la farola se marchó a la barriada García Grana, para presidir el barrio surgido tras las inundaciones que acabaron con el núcleo de chabolas del Arroyo del Cuarto.

El arranque de este siglo ha sido testigo del renacimiento de la barriada, que fue construida de forma apresurada por la urgencia de la situación y ha dado paso a unos pisos más amplios y de mejor calidad. A la reconstrucción del barrio le siguió, pocos años después, la rehabilitación del veterano Sonajero, que se encontraba en muy mal estado. Hoy luce impoluto en la plaza de la Biznaga, un espacio que, todo sea dicho, en cuanto se aproxima el verano no es aconsejable frecuentar mucho, salvo cuando aparece la luna.

Algunos aficionados al cine de acción recordarán cierta película de Sylvester Stallone (¿Rambo?) en la que el limitado actor se cuece en su propio jugo, atado casi en cueros mientras el Lorenzo cae a destajo.

Así puede sentirse, aunque quizás con más dotes actorales, el paseante que ose sentarse a descansar en la plaza de la Biznaga desde la primavera hasta el otoño.

El lugar más desquiciado se encuentra, paradójicamente, bajo unas pérgolas, a unos pasos del Sonajero. Como saben, una ancestral e incomprensible tradición malaguita establece que las pérgolas deben permanecer desnudas, sin enredaderas que sostener con el fin de que así no haya sombra alguna, con excepción de la que dé la propia instalación, que no suele ser muy generosa. El Ayuntamiento planta la estructura metálica y en la mayoría de las ocasiones ahí se queda y que los vecinos se las apañen con gorras.

Lo que convierte este rincón de Málaga en un desnortado ejemplo de planificación del mobiliario callejero, aparte de las pérgolas desnudas, lo ejemplifican las mesas de piedra para jugar al ajedrez y las damas que hay justo debajo. Nuestro Consistorio habría actuado con más lógica si hubiera colocado en su lugar parrillas para asar carne, pues las temperaturas que se alcanzan son de las que echan para atrás a John Rambo.

Imagínense qué partidas de ajedrez se van a jugar ahí mientras los sesos, en lugar de maquinar enroques y jaques sorpresa, se derriten poco a poco.
La guinda a todas estas mejoras en García Grana bien podría ser una modesta parra o una enredadera de glicinias. Pues siguen sin caer.

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