De angustiosa vía de escape a calle inolvidable

5 Ene

La nueva calle Keromnes deja atrás una existencia atosigada por un tráfico absurdo para ingresar en el elitista grupo de calles vivibles y paseables.

El callejero Málaga ya podía decir misa, pero la calle Keromnes no era una calle, era una vía de escape. Por allí la gente pasaba y sólo algún volao de la vida paseaba. El objetivo primordial de quien entraba en la calle Keromnes era salir lo más pronto posible de ella por el desaguadero de tráfico que conducía al paseo marítimo, por eso ningún conductor la contemplaba. En su ángulo visual sólo cabía el semáforo del fondo, de ahí que aceleraran, en ese eterno descenso, para tratar de dejar atrás la calle antes de que se pusiera en rojo.

Con semejante uso de la vía pública, ya me dirán el reconocimiento que recibía el homenajeado, Keromnes, que no es una ópera de Verdi sobre un faraón egipcio sino el apellido del primer director de los Ferrocarriles Andaluces, Leopoldo Keromnes, que además fue uno de los pocos ciudadanos en lucir palmito en su propio automóvil en la Málaga de comienzos de siglo XX. Don Leopoldo era francés y vivía en lo que hoy es el Colegio de la Presentación, en el Valle de los Galanes. La calle guarda mucha relación con su persona porque está situada entre el Hotel Miramar –que nunca llegó a ver construido, porque murió en 1913– y la sede de los Ferrocarriles Andaluces, que ha pasado a la posteridad con el maravilloso nombre de Palacio de la Tinta.

En una de esas raras ocasiones en las que la Junta y el Ayuntamiento no se han tirado los trastos a la cabeza –cuando dejan de ver Málaga como un patio de colegio– han colaborado para (semi) peatonalizar la atosigante calle Keromnes, que hasta esta obra, aparte de lo dicho, era un alargado cuello de botella cuya circulación podía quedar extrangulada por la aparición de un coche que quisiera aparcar. Entonces, sólo quedaba confiar en que el usuario del auto no fuera un morcón y maniobrara con celeridad.

Sin duda, la nota informativa de las obras no tiene nada que ver con la realidad. Como ya sabemos, la comunicación institucional en España, lejos de servir de traducción de la espantosa jerga técnico-política que se gastan la mayoría de nuestros cargos públicos, profundiza en ella, con lo que se consigue que, salvo unos pocos elegidos, la mayoría no entienda un pimiento y pase de leer cosas tan farragosas.

Gracias a estas notas, en España están desapareciendo cosas tan obvias como los árboles y las aceras para dejar paso a cursiladas sin chispa como el «arbolado» y el «acerado», que es podar la poesía para dejar que florezca una burocracia intrínsicamente marchita.

En la nueva calle Keromnes, felizmente (semi) peatonalizada, hay arbolado y acerado pero sólo si pasean por ella descubrirán lo mucho que gana con su amplia acera y los árboles que, por fin, acompañan al paseante en un suave descenso hacia al mar (o ascenso al Paseo de Reding, si hacen el camino contrario, claro).

La vía de escape es, después de tantas décadas, una experiencia inolvidable. Felicidades.

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