El parque malagueño de los Monegros

27 Oct

La nueva zona verde de Soliva necesita mejorar bastante para acabar con la imagen de precariedad que transmiten sus áridos horizontes.

Entre Zaragoza y Huesca se extiende el desierto de los Monegros, un horizonte rocoso de sobriedad que si no ha saltado a la fama ha sido por la escasez no sólo de agua sino sobre todo de rodajes de películas del Oeste. Y eso que fue cruento escenario de la Guerra Civil y testigo del trajín de tropas durante las guerras carlistas, además de lugar de trabajo de un bandido apodado el Cucaracha.

Los Monegros, o al menos su espíritu de escasez, podemos encontrarlo en nuestros días en el nuevo parque de Soliva, inaugurado el pasado verano.

Resulta desde luego imposible inaugurar un parque y que este luzca, desde el primer día, lo más parecido a los jardines colgantes de Babilonia. Tienen que pasar muchos años y hasta décadas para que una incipiente zona verde se convierta en vergel. Ahí están, por ejemplo, las fotos primerizas del Parque de Málaga, varias hileras de bonsáis por las que paseaban, parasol en ristre, las damas contemporáneas de Marquina y Echegaray.

El caso es que el mundo ha avanzado desde entonces, sobre todo en la técnica, y hoy es posible trasplantar con éxito grandes o medianos ejemplares de árboles. No es necesario aguardar a que los arbolitos enanos peguen el estirón en los próximos lustros mientras el sol cuece y recuece a los escasos paseantes de estos parques del futuro.

Pero incluso si se asegura que estamos en crisis y no hay dinero para plantar arbolitos de cierto porte el secular invento de la pérgola puede suplir muy bien la falta de sombra, la sensación de pasear por el desconocido desierto de los Monegros que un servidor tiene cuando se adentra en el árido Jardín de Soliva, que así se llama.

Incluso quienes descarten la pérgola como modelo demasiado clásico cuentan con pérgolas curvilíneas de diseño que pueden tomar de modelo. Es el caso del parque de la Alegría, en Ciudad Jardín, del que hablamos hace unos días en esta sección. Estas aerodinámicas pérgolas, con grandes piezas de lona como las de un barco del futuro, suplen la escasez de sombra y frescura, fundamentales en todo parque que se precie.

No es el caso del Jardín de Soliva. Los Monegros pero también el cantar épico más famoso de nuestra lengua («Polvo sudor y hierro, el Cid cabalga) se materializan durante un paseo por este terrizo con árboles como palillos de dientes.

Hasta la zona infantil tiene como suelo no ese mullido acolchado de los parques actuales sino los chinos tan de moda en los años 60, 70 y 80, ideales para que en las rodillas de los niños florezcan las clásicas mataúras.

Sólo una loma rodeada de plantas menudas, y por la que pronto será imposible subir, atesora algo menos de una decena de cipreses viejos. Dan sombra, sí, pero sólo para contemplarla de lejos.

Málaga cuenta con un nuevo parque inspirado en el desierto aragonés. Por eso mismo los vecinos deberán armarse de paciencia y sobre todo cargarse de años para disfrutarlo a fondo. El Cid cabalga.

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