España en el corazón

30 Oct

Durante la semana anterior fue realizado en Ronda un congreso promovido, entre otros, por la Universidad de Málaga para reivindicar el ideario de Francisco Giner de los Ríos Rosas, nacido en aquella ciudad en 1839. Falleció en 1915 a efectos bioquímicos y forenses, no vitales. Una buena parte de sus conceptos pedagógicos, en plena vigencia por lúcidos, aún se están expandiendo, con mucha dificultad, un siglo después. Hay personas que vivifican y personas que pasan por este mundo sin dejar nada a cambio. Cada uno desde sus posibilidades. Francisco Giner supo articular un tipo de razonamiento del que, en gran parte, su propia familia se hizo constructora. Si me permiten, recorré algunas alcobas de esa casa. En su Institución Libre de la Enseñanza, se convirtió en maestro de su sobrino Fernando de los Ríos Urruti, rondeño nacido en 1879, jurisconsulto, embajador y ministro de Estado del gobierno republicano en el exilio que murió en su destierro neoyorkino durante 1949. Ese mismo afán por la justicia social y el pensamiento libre de la mano de la sensatez, arraigó también en el sobrino nieto de Francisco, esto es, Francisco Giner de los Ríos Morales, magnífico poeta y político republicano nacido en Madrid en 1917, malagueño de corazón. Murió en 1995 en nuestra tierra de la que durante tanto tiempo la dictadura de Franco lo mantuvo alejado. El caso es que la semblanza del gran patriarca de esta familia demuestra que los conceptos que sitúan al humano en el centro de la mirada, dan frutos incluso en la lejanía. La evolución, más que revolución, que soñaba Francisco Giner no hablaba sino del viaje y la experimentación como métodos de aprendizaje. La benemérita Institución Libre de Enseñanza no cultivaba otra modernidad sino la de aprender en un ambiente agradable y preparado para ello, donde los escolares asistían a un concierto por la tarde o a una conferencia por la mañana sobre los últimos avances científicos. Nada espectacular desde nuestro punto de vista, pero hasta en estos días, es complicado encontrar un centro educativo con tales características por más que gran parte del profesorado encamine sus esfuerzos hacia ello.

Hace algunos años, de la mano de mis amigos Enrique Fernández y Gaby Beneroso, trabajé en la documentación fílmica de la vida de la malagueña revista “Litoral” (1926) resucitada en México (1944) al amparo del cordón umbilical de su fundador Emilio Prados, entre otros. Empujados por el devenir del guión fuimos a Nerja para entrevistar a María Luisa Díez-Canedo, viuda de Francisco Giner, el sobrino nieto, claro está. Era una agradable tarde de verano y fue un encuentro emotivo donde hablamos de todo, excepto de todo lo que íbamos a tratar. Para los tres nos queda en la retina y la memoria aquellas preciosas horas. La preparación del encuentro significó una profundización en la vida de los exiliados españoles en México tras la Guerra Civil. Puedo afirmar que, a pesar, del cainismo demostrado por los generales de aquella España que venció, jamás, nunca, de ningún modo ni en ningún espacio o documento, aquellas mujeres y hombres arrojados al destino como basura al mar, perdieron su amor por España. En cada barco viajó España en el corazón. En estos días conviene el recuerdo del abuelo Giner, tanto como el de Unamuno, Machado padre, Azaña, Alcalá Zamora y el de todos aquellos que imaginaron España como una sociedad y no como aquel reducto de esclavos a la sombra de Caín. La gran victoria de Franco consistió en hacer creer que España era suya. Una buena parte de la izquierda, en efecto la ha entregado, seducida por la idea de destruir España aunque no sepa qué construir después en su limbo de Aristóteles. En España sobran ideologías y faltan ideas, empachan las doctrinas, los dogmas, los pre-juicios y la emoción, mientras están ausentes la investigación, el razonamiento y el afán de construir. En efecto, la obra de Francisco Giner de los Ríos aún no se ha llevado a cabo.

Chiquito

16 Oct

La noticia corrió por Málaga igual que llama por estopa. Como si hubiéramos regresado a aquellos años de los lavaderos públicos y las tabernas de esquina que lo vieron nacer, cuando el boca oreja suplía un analfabetismo que impedía la lectura de titulares. Los bomberos han encontrado a Chiquito en el suelo de su casa y lo han llevado al hospital. Una vez le oí decir que cuando alguien lo llamaba Gregorio, él salía corriendo. El final de la anécdota tal vez se condensara en que era el nombre mediante el que cualquier acreedor quería cobrarle alguna deuda pronunciando las palabras mágicas que figuran en su DNI. O lo peor, de lo que es más difícil de escapar aún, se trata del apelativo con el que el listo de turno pretende sacarle unos billetes recién cosechados bajo aquel sol bíblico del sudor y las lágrimas. Decidió llamarse Chiquito aunque su altura fuese mayor que la media de su época según he podido comprobar en fotos de cuando se buscaba un jornal palmeando por esos tablaos que la noche cargaba con un arte que sólo surge de la necesidad elemental de comer. Chiquito es un hombre respetado y querido en Málaga. Uno de esos vencedores en su tierra que despierta cariño y sonrisas porque supo enfrentarse al dragón de la vida y asestarle las puñaladas certeras. Una persona que se arriesgó sobre la barca de sus ilusiones y mareó el oleaje. Al final, Chiquito ganó a Gregorio. Apostó muy fuerte a que su vida trascurriría en la incertidumbre entre un camerino y otro. Poco a poco, con el temor de quien no sabe qué cielo se nublaría mañana, ni en qué Antequera amanecería, fue capaz de sacar su casa hacia delante junto con la compañía de su adorada Pepita, y el cuento acabó bien. Incluso pudieron vivir juntos las alegrías de un éxito que tardó en llegar, pero que lo hizo así con lentejuelas, focos y fanfarrias que anuncian una victoria como debe ser, como dicen que dios manda, aunque la inmensa mayoría de las veces parece que el destino no cumpla sus órdenes.

Chiquito es una persona que cae bien porque consiguió su gloria casi al borde de un abismo y, a pesar, de esto, de que podría haberse endiosado, ha sabido pasear por las calles de su ciudad. Recibe el cariño de sus vecinos conocedor de que sus días se jugaron a un cara o cruz, con la fe anclada en sus ilusiones, su trabajo y su ingenio pero, consciente de que la moneda podría haber caído de la otra cara; entonces habría aparecido Gregorio y su invisibilidad. Chiquito se ha sumado, así, a una lista de malagueños (adoptados o nacidos) de escenario que logró materializar sus proyectos vitales. Málaga los quiere. Pepa Flores, Antonio Banderas, Bibiana Fernández, Carrete, Tabletom, Danza Invisible, Nuria González, Kiti Mánver, Dúo Sacapuntas, Pepón Nieto, Antonio Meliveo, Domi del Postigo, María Teresa Campos, Fran Perea o Pablo Alborán, representan las cimas de una compleja cordillera malagueña que se lanzaron hacia los focos y, con más o menos éxito monetario, han sido capaces de exhibir su arte y vivir de ello. De todo hay como en botica y para cada gusto. Sin duda habrá olvidos por mi parte. Perdón. Aún quedan en la recamara del arte malagueño muchas y muchos jóvenes que están iniciando sus caminos por esas luminarias de Madrid; por desgracia sigue siendo paso ineludible. Ojalá hubiéramos sabido desarrollar un concepto industrial de teatro, cine, espectáculo o televisión para que nadie tuviera que mudarse por imperativos laborales de su Málaga. Así es la situación y no prevemos cambios. Las dos Españas existen, la rica y la pobre; al menos, aquí al sur de los secarrales y las estepas sedientas, junto al rebalaje, disponemos de un buen arsenal de sueños, aunque sea a la busca del productor ejecutivo que los ampare. Chiquito consiguió los aplausos que quería, de salto en saltito, de tablas en tablero. Que todo quede en un susto de esos que nos da la vida para recordarnos las reglas de este juego en que nos vimos inmersos cuando nuestros ojos contemplaron la primera luz, y alguien nos dio un nombre para destruir o construir mediante el afán nuestro de cada día.

Reír y llorar

17 Jul

Con los años uno comprende que la vida iba en serio y que todo nuestro paso por este mundo se resume en la canción de Kiko Veneno que da nombre a este texto. Joaquín Marín, el primer director de La Opinión, murió la semana pasada pocas horas después de que yo recibiera en mi móvil la noticia de que Fernando Sánchez, escritor también de este periódico en la etapa de Joaquín, había presentado un nuevo libro suyo sobre el gastrónomo vasco Juan José Lapitz, y en San Sebastián. Varios sueños cumplidos de una sola vez. Fernando, malagueño, quería ser escritor y periodista, además le encanta la gastronomía y lleva trabajando en ese campo un montón de años y, encima, adora Euskadi y, por supuesto, los fogones de aquella tierra donde aprendió a cocinar. La presentación de un libro en aquellos altares de las ollas y las salseras colma las expectativas de cualquier autor especializado en tales materias. Málaga debe sentirse orgullosa de que uno de los nuestros haya realizado tal conquista, uno de los muchos a quienes Joaquín Marín nos dio la oportunidad de saltar al cuadrilátero del papel para noquear la actualidad de cada jornada. Recuerdo que estábamos en el Mariano cuando, o Álvaro García o yo, le presentamos Fernando a Joaquín. Fernando le dijo a Joaquín que escribía todos los días en los principales periódicos de España. Ante el gesto de extrañeza de nuestro director, Fernando le explicó que cada mañana cogía un lápiz y sobre la cabecera de los periódicos escribía el nombre de quien lo hubiera reservado. Su familia tenía un quiosco. Joaquín se rio y le concedió la primera oportunidad para que Fernando demostrase lo que le gustaba hacer, escribir dentro de los límites de estas columnas en las que diseccionamos, sazonamos y limpiamos aquello que el lector quiere saber, si me permiten que use la metáfora culinaria. Al fin y al cabo, quienes redactan la prosa matutina, toman un producto al natural y lo sirven procesado sobre una mesa, si puede ser, junto a un sombra doble con pitufo y que ustedes lo disfruten, y mira que es difícil a veces no cerrar ojos y oídos ante lo que sucede.

Joaquín tenía las ideas claras acerca de lo que debía ser un periódico. Lo recuerdo en varias charlas. De no muchas páginas, rentable y con trabajadores bien pagados. Quizás el signo de los tiempos le ha ido dando la razón en varios de aquellos asertos. A muchos de nosotros, además, nos incidía en que el periódico era de Málaga y tenía que tener la mayoría de los focos sobre Málaga. Los columnistas que llegamos al periódico por su generosidad, fuimos muy pronto conscientes de que él nos quería para que sirviéramos a la ciudadanía que tiene la bondad de pagar por situarse frente a lo que la rodea, esto es, aquello de Juan de Mairena de lo que pasa en la calle. Joaquín no quería lucimientos de estilo, ni alardes de ventoleras en prosa, quería denuncia y calle, mucha calle, así nos lo dijo con su gin-cola de Larios en la mano, porque era malagueño hasta para las marcas de consumo. Fernando Sánchez había querido ser periodista desde niño; por diversos motivos tuvo que estudiar Filología Hispánica. Tras su paso por La Opinión, cuando ya comprobó que aquel trabajo le gustaba, cursó sus estudios de Ciencias de la Comunicación en Euskadi, donde también se sumergió en las artes culinarias y se doctoró mediante un magnífico trabajo sobre el artículo periodístico gastronómico, que tuve el honor de conocer en mecanoescrito. Y creo que eso es lo que a Joaquín le gustaba de Fernando, que veía en él un luchador, por más que algunas veces le regañara porque había asumido entre sus líneas más riesgos de los prudentes. Fernando es así y nunca le importó usar una actitud y prosa de choque contra lo que él considerase una situación injusta. Ahora va recogiendo los postres del triunfo y del reconocimiento en otras tierras donde ya lo consideran profeta. Y así es la vida, como aquella frase final de El gran Lebowski: unas veces cazas al oso, otras el oso te caza a ti. En fin, reír y llorar. Descansa en paz, Joaquín. Muchas felicidades Fernando, aurrera.

Orgullo

3 Jul

Para comprobar el complejo devenir de la sociedad española sólo hay que alzar el peso de los tomos que describen esos senderos trazados desde los Reyes Católicos hasta nuestros días. Un empeño de titanes si nos decidiéramos a cargar también con los ejemplares que husmean entre los pueblos prerromanos de la península Ibérica, o los que deambulan entre Roma y el Reino de Granada. Hoy está de moda entre algunos círculos el denostar los avances socio económicos que La Transición, así en mayúsculas, permitió y promovió desde un reino casi uniformado en gris, hasta la sociedad tolerante y de mentalidad abierta en que hoy, con gran orgullo, podemos decir que nos hemos transformado. Las conquistas colectivas son como las coplas sin autor, una vez que las canta el pueblo ya no pertenecen a nadie, y padecemos políticos que si no son protagonistas meten una patada a la mesa mientras los demás comen. Madrid, de nuevo en la historia, ofreció el pasado sábado un ejemplo de dignidad y libertad como capital de España, no como capital de Madrid. Quedarán estratos de cerrilismo pero ya anecdóticos. Hace poco más de un siglo que un cura vasco al frente de un grupo de cejijuntos con escopetas quemaba la correspondencia en la frontera francesa porque no era sino un instrumento del diablo. Hace décadas aún no era permitida ni siquiera la diversidad de pensamiento en una España propiedad espiritual e intelectual de la iglesia católica y del Movimiento. El concepto de tolerancia sólo existiría en el diccionario y ni de eso estoy seguro. La homosexualidad era considerada una aberración penada con cárcel, además de un motivo para abrir la puerta a todo tipo de humillaciones y vejaciones contra los más elementales derechos humanos. Un país transformado en cuartel no pretendía albergar más personas que a sus propios monaguillos, el resto era basura humana que había que condenar a un exilio interior o exterior, a un destierro de invisibilidad en aquella España que era cosa de hombres, como los brandis de Jerez.

En Málaga el régimen franquista tuvo que transigir con la burbuja de Torremolinos. Sus noches y fiestas fueron protegidas por la necesidad estatal de dólares y marcos, junto con el deseo del régimen de proyectar hacia el exterior una apariencia de progreso, al menos en una delgada franja de cuatro kilómetros de libertad y leves dosis de permiso de las autoridades para poderse desenmascarar en los locales señalados. Los de la brigadilla político social descubrieron en alguna redada al hijo díscolo de algún cabezón del régimen y disminuyeron los acosos, pero eso son historias de Torremolinos. Como todos los españoles nacidos en los sesenta, yo nunca fui educado en conceptos como el del respeto hacia la diferencia ni, mucho menos, en el de la diversidad sexual y de género. Varias generaciones de españoles han reciclado su modo de ver el mundo y sus enfoques morales hasta llegar a la celebración de este hito histórico, tan cargado de simbología, que ha sido la manifestación por los derechos del colectivo LGTBI de este sábado. Los pueblos necesitan esas marcas en el recuerdo que demuestren que arraigaron las semillas plantadas por muchas y muchos heteros, lesbis, gays, trans, bi e ínter, para que consiguiéramos una sociedad donde cada quien sea cada cual, en efecto, y baje las escaleras como le venga en gana, tarareando aquella canción de Serrat. Ha sido un día de orgullo por esa capacidad de reflexión y adaptación que la sociedad española demuestra en su devenir histórico, a pesar de quienes han intentado anclarla bajo las aguas muertas del odio y el miedo a que los seres humanos tomen sus propios caminos protegidos y aceptados por el resto de sus conciudadanos. El arco iris inició su tímido brillo en España desde hace tiempo, por más que algunos estratos de irracionalidad hayan afeado los márgenes de un río común ya incontenible. Hoy sólo cabe sentirse orgulloso de tanta civilidad española.

Estudiar historia

22 Feb

Mañana se cumple el 35 aniversario del golpe de estado fallido que amenazó con descambiar, así en malagueño, la democracia española. Un aviso de que los raíles de la historia en España transitaban hacia adelante y hacia atrás. Las vías de ferrocarril disponían de un ancho especial incompatible con el del resto de Europa. Los generales filonazis de Franco habían conseguido adelantar el reloj nacional para que el huso horario coincidiera con el de Berlín en lugar de con el de Londres. Franco no se metía en política. Sólo oía al pueblo español cuando se concentraba en la Plaza de Oriente para vitorearlo como al alcalde en la película de Berlanga. España era diferente. Recuerdo que aquel 23 mi amigo Enrique, algo mayor que nosotros, llegó a la puerta de nuestro instituto, Nuestra Señora de la Victoria. Atardecía un día primaveral y cálido de febrerillo el loco. Nos dijo lo que había oído en la radio. Estábamos en 3º de bachillerato. Nuestro profesor, Don Jesús Cuesta, había programado un control de historia para el 24. (más…)