Justo antes de morir

29 Oct

Unos científicos alemanes han hecho realidad aquel relato de E. Allan Poe en el que hipnotizaban a un moribundo segundos antes de su fallecimiento. Aquellos personajes sondearon, así, los laberintos de la muerte para descubrir como moraleja que al final la Parca siempre gana, igual que los bancos y casinos durante el periplo terreno de los humanos. Nuestros estudiosos actuales han descubierto, sin que yo pueda explicar el asunto, que la conciencia permanece activa hasta cinco minutos después de que el cuerpo esté muerto. Luego las neuronas se vuelven hiperactivas y se quedan totalmente en silencio de golpe. El sentido de esta investigación pretende iluminar a los médicos sobre el tiempo del que disponen para reanimar a un paciente. A mí, sin embargo, me sume en un profundo agobio existencial de consecuencias imprevisibles para el ánimo cuando me tenga que enfrentar ante el desenlace de todos los nudos. Por desgracia soy ateo. Cuando Unamuno se dio cuenta de que no podía creer en Dios ni en una realidad ultraterrena, pasó la noche llorando con amargura. El maestro de lenguas muertas comprendió que ir por la vida sin una idea de más allá, esto es, con fecha de caducidad como un yogur incapaz de leer su tapa, significa una situación amarga incluso para un tipo de Bilbao como él. Es mucho más fácil el conducirse bajo unas reglas dadas por un ser supremo y esperar que cuando las neuronas corten la fiesta uno se encuentre con los seres queridos y hasta con los acreedores que ya habían abandonado esta dimensión y nos habían dejado tranquilos durante algún tiempo. ¿Ven ustedes? Ahí el ateo tiene la ventaja de que nadie le podrá exigir sus deudas en el más allá. Sin embargo, como no se realizan convenciones de ateos, ni existen doctrinales, no sé cómo piensan mis correligionarios, salvo algún trazo que, de vez en cuando, alguien deja por esos renglones que dicen que Dios también escribe, pero en torcido y, la verdad, con un nivel bastante obtuso de intelección por exceso de retórica.

Dentro de mi ateísmo, tan particular como el patio de casa en la canción infantil, no creo en el cielo pero sí en el infierno. Con toda modestia escribo que mi intuición se adelantó a la de los científicos alemanes y sin muchas precisiones, ni datos aportados por conectores y cables, hace años que me convencí de que, salvo un balazo en la nuca o que te aplasten la cabeza con una apisonadora, deben quedar unos instantes de conciencia al cerebro incluso cuando el corazón ya esté parado. Y ahí se abren las puertas del infierno si uno considera que ha desperdiciado su vida o que se ha conducido como un gilipollas durante los años de su existencia. Perdonen la expresión. Hay vidas que dan pena contempladas desde el exterior, y hasta las hay que provocan vergüenza ajena. Le tengo mucho miedo al infierno. A mi infierno. Como todos los humanos, al menos los humanos de los que me fío, he cometido estupideces e, incluso, he jugado con imprudencia contra la voluntad del destino al que tengo que agradecer que sólo me haya enseñado los dientes en algunas ocasiones. Como le conté a mi amigo el escritor y pianista Javier Puche, yo también tuve mi etapa de lecturas de Ciorán y otros autores depresivistas, como Thomas Bernhard. Los jóvenes como Javier son los nuevos ricos del tiempo. Cuando se hacen conscientes de que, a priori, poseen una inmensa fortuna de días por delante, se permiten gastarlos a lo loco y en sinsentidos como en el cultivo de una tristeza perpetua, o un permanente dolor de los pecados. Cuando uno se da cuenta de lo pronto que gastó una amplia parte del saldo de décadas concedido, aparece el pánico a los números rojos de la muerte de la que ahora sabemos que es un punto y coma, previo al final. Algo tarde, he aprendido a desechar la pena y a otorgarme la absolución después de cada noche en que me confieso que he pecado, casi siempre por el ansia de alargar la noctambulia como símbolo de vida. Justo antes de morir aparecerá el infierno descrito por los científicos alemanes. Perdonen que no me levante entonces y les cuente cómo me ha ido.

Indultos

24 Sep

Diferentes miembros del gobierno están comenzando a soltar, por ese cielo de los medios de comunicación, los globos sonda que hablan de un posible indulto para los políticos presos por el presunto intento de golpe de estado en Cataluña. Por una parte, como para cualquier hijo de vecino, para cada imputado tiene que ser celebrado un juicio que culminará en una sentencia, como todo acto administrativo. Por otro lado, si esa sentencia resultase condenatoria, una vez constatada la fortaleza y el imperio de la ley en el Estado Español, la situación más deseable sería la de acudir a una negociación como tantas veces ha ocurrido en nuestro país (me refiero a España, Cataluña incluida) desde el abrazo de Vergara por no irnos mucho más atrás. Los nacionalismos en España representan la materialización política de la nostalgia de aquello que nunca fue, junto con el irrefrenable deseo de los ricos de separarse de sus pobres, junto con el afán de aquellos que eran pobres por calzarse esas botas de los señoritos que los distinga de la miseria ambiental donde se cuajó su ADN. En este último apartado podemos enmarcar a personajes como Rufián, Jaume Roures Llop, nacido Jaime Robles Lobo, o Raúl Romeva. Estos conversos fueron los mayores voceros de aquel “Espanya ens roba”, etiqueta para una revolución que persigue bloquear, mediante aduana, la redistribución de una riqueza concentrada en Cataluña y País Vasco por los dictados de ese mismo Generalísimo a quien tan poco agradecimiento demuestran ahora por aquellas tierras. Además, la independencia, como paso lógico del nacionalismo excluyente, ofrece unas oportunidades de mejora para una legión de mediocres que jamás sobresaldrían fuera de su pueblo, junto con el extravío de investigaciones para una caterva de políticos corruptos entre los que figuran con profusión de titulares, los Pujol y, al menos, un 3% de Artur Mas.

El caso es que nos encontramos en un escenario que evidencia una falla socio-sentimental en España y en el seno de Cataluña donde, a pesar de las presiones a los unionistas, de su persecución, y de la permisividad mostrada con grupos mafiosos como los CDR, el divorcio no ha sido llevado a término porque en esa cama había más de dos que tenían que discutir sobre el abandono del hogar. Los independentistas saben que el momento histórico de crisis actual es único. Buena parte de la sociedad catalana la ha sufrido tanto como la sociedad española en su conjunto. Los mesías del “bon cop de falç” señalaron en España a los culpables de las desgracias de Cataluña, tal y como los nazis impulsaron el odio de sus masas hacia los judíos. La masa es la masa. Para esta quiebra de lazos y sentimientos no dispondremos de aglutinante durante décadas. Destruir es muy fácil, construir muy lento y complejo. Pero no hay otra salida que la negociación con los independentistas que hoy representan a la otra mitad de la sociedad catalana. El Estado tiene que evitar la figura de esos mártires por la patria catalana a pesar de que sus discursos tan sembrados de odio y de tempestades, nos provoquen náuseas. El nacionalismo se combate mediante la disolución argumentada de sus cimientos, y mediante la explicación de las mentiras a esa parte de la sociedad catalana que creyó, o prefirió creer, una propaganda que ha enfrentado a quienes hace días eran amigos. Al mismo tiempo, la libertad de pensamiento, de expresión y la seguridad de quienes no sean separatistas tienen que ser garantizadas y protegidas por todos los poderes públicos, incluida la Generalitat y los ayuntamientos. Calmemos las aguas de este desenfreno. En este río revuelto obtendrán beneficios quienes, faltos de escrúpulos, prediquen el odio hacia la convivencia y hacia la concordia. Si antes hemos ido de la mano, podremos regresar a la armonía. Hablemos de paz, hablemos de sociedad, hablemos de fraternidad. La solidez del Estado Español no puede ser difundida como martirologio de los santos delincuentes golpistas. Seamos generosos. Acudamos a un momento cero con indultos y las flores del olvido en la mano.

Onda Pasadena

6 Ago

Borges planteaba en un relato que la inmortalidad desembocaría en la abulia. Sus personajes ya bebieron de todas las aguas y de todos los licores; los amigos murieron en épocas sucesivas y desapareció el interés por el encuentro de nuevos conocidos; incluso por salvar a cualquiera de ellos que hubiera caído a un pozo seco en mitad del desierto. Nuestra condición es efímera e ilusa como la de un surfista que sobre su tabla recorriese un río. Su óptica le conferiría la mentira del movimiento. La semana anterior cerró el Onda Pasadena. Pasa la vida, pasa la gloria y nada hay que perturbe este antipático correr de la edad ligera; cambia todo excepto la mala leche con que su dios la trajo al mundo. Yo conocí el Onda, allá por 1989, cuando me hice parroquiano de La época, bar regentado por José Antonio Garriga y José Antonio Mesa, y frecuentado por artistas y escritores. Allí se orquestaban instalaciones con las fotos de comunión de su clientela, se pergeñó la revista “Puente de Plata”, o se organizaba un partido de fútbol de los plásticos contra los letrados, en alusión a las aficiones de cada cual. En una de esas fotos, que sabrá el diablo por dónde andan, aparecía Dani, dueño del Onda cuando entonces eran locales distintos, el Onda y el Pasadena. La vida cultural malagueña cerca de 1990 transcurría ente el Cantor de Jazz, La época, El café teatro, el Onda, el Pasadena, Arribabar, Barsovia, Armenia, Casa Blanca y algunos chiringuitos más, absolutamente todos con clientela hasta altas horas de la noche, gracias a que sus cartas fundacionales se basaban en un ánimo de difusión y promoción de nuevas músicas, jazz, grupos en directo, lecturas o exposiciones. Esta peculiaridad hostelera, combinada con la galería de Alfredo Viñas, o la de Pedro Pizarro, el Centro Generación del 27 y el Colegio de Arquitectos, junto con otros tugurios, mantenían en aquella Málaga una actividad creadora de mayor proporción a la de hoy si comparamos los dineros invertidos, o el poder adquisitivo medio.

Casi toda la vida cultural ya está en manos de esas instituciones que nos guiarán por nuestro bien, doctrina grata para la cultura de consumo pero letal para la definición íntima de tal término, emparentado con el concepto de cultivo y más del auto-cultivo de una visión propia que, por necesidad, siempre tenderá a ir peleando a la contra, como habría dicho Bukowski; de otro modo, descubriríamos lo que ahora tenemos, esto es, lo de siempre. No escribo un discurso catastrofista en absoluto. El tiempo pasado no fue mejor. El devenir de la creación en Málaga jamás ha estado tan efervescente. El nivel de la joven poesía y prosa malagueñas, o el de sus artistas, actores y músicos es para sentirse orgulloso. Y aún existen héroes que luchan desde la iniciativa privada, como La Cochera, Los interventores, el Muro, Sergio G. Orbegozo, el Speak Easy o el reciente Culture Club, para que no se agoten esos imprescindibles recintos donde el divertirse, beber y ligar, que no es poca lucha contra el paso de los días, aparezcan además arropados por otra serie de inquietudes creativas que polaricen un punto de encuentro desde el que puedan brotar ideas, estéticas o proyectos, acaben en nada o en algo. El Onda Pasadena, del que cada quien puede contar muchas anécdotas, ha sido una víctima más de la dinámica en que nuestras autoridades han sumido a esta ciudad para que su centro quede en manos de grupos de inversión y franquicias más o menos evidentes. No es globalización, se llama uniformidad. Una nueva dictadura capitalista cubre con tintes de democracia todos los apartados de nuestra existencia. La nostalgia por aquellas aventuras mías en las escaleras del Onda Pasadena es inevitable. Me aterra el verme en un local semejante al de todos los sitios, vestido con el logo de moda propio de ese año bordado sobre el pecho, bebiendo el cóctel de la semana mientras contemplo a las niñas con las que ya no me acostaré, que bailan los sones principales de esa temporada. El tiempo huye y, si uno lo mira con calma, tampoco está mal esa cualidad suya, tan inmutable.

Una porra

16 Jul

Cada ciertos veranos me sumerjo, involuntario, en la nostalgia de mi niñez antequerana. El ánimo nubla la memoria y, por afán de supervivencia, anula las fotos feas como las de aquella sensación de temperatura infernal que no distinguía entre la mañana o la noche; o las siestas a las que, sorpresas de la vida, entonces me tenían que obligar mis mayores y, ahora, me conducen mi cuerpo y mente confabulados en su armonía de sueño después de comer. Quedan páginas bonitas en este intransferible ojeo de mi álbum junto a la lámpara como versificó Philip Larking. Las huidas junto a mi perro por llanuras solitarias bajo una sed superada por el ímpetu de la aventura, las sillas en cada puerta cuando el anochecer convertía la calle en un salón común, o aquellos platos de porra de los que no recuerdo haberme cansado jamás. Como ya uno conoce las mentiras de la remembranza ante estos envites de los años, que no significan sino que ni viví deprisa ni ya dejaré un bonito cadáver, procuro volverme objetivo, como hizo el maestro Mondéjar cuando investigaba la etimología de la palabra “rodaballo”: asó uno al horno y, cuando los postres, dio paso al estudio de tan complejo término. Yo planifico el día siguiente. Tras el desayuno, temprano, me dirijo hacia Atarazanas donde encuentro una panadería muy pequeña pero con un pan de cochura y densidad antiguas. Compro más del que necesito porque me conozco y sé que caen luego varios pellizcos. Busco tomates de pera lo más aromáticos posibles, un pimiento verde y una cabeza de ajos de la que sólo usaré uno, fresco, pero uno. Después, en tiendas celosas por los productos que ofrecen, localizo un aceite cuyos matices me convenzan, el vinagre parido por una buena cosecha, y algunas botellas de algún blanco seco, junto a un fino que, una vez refrigerado, usaré para el inicio de este ritual que me reconcilia con mis nostalgias, ficticias o reales, y con mis señas de identidad que, aunque uno no sea raza euskalduna, ni catalana, también las tengo.

Como toda la gran cocina, con permiso de los nuevos chef, la porra tiene su origen en la necesidad que vuelve erudita a la pobreza. Una rápida inyección de hidratos de carbono, grasas saludables, vitaminas y minerales que podrían alimentar como plato único a una familia sin que padeciera carencia nutricional alguna. Tras el plato de porra con su huevo duro, su jamón, el atún y las rodajas de pepino a su alrededor, procede tomar el sendero de la cama como una metáfora de una existencia de la que sabemos en qué hoyo desembocará. No admito que se confunda la porra con salmorejos, pimporretes u otros gazpachos cremosos, ni que se afirme que tiene su cuna en Archidona o en geografías ajenas a su plebeya estirpe. Mi porra es de Antequera porque para eso es mía y sitúo su mito de origen donde lo considero oportuno; en las calles y campos que pasearon mis padres y mis abuelos. Por si alguien tuviera la idea de retarme, acto que siempre acepto como buen megatauro, explicaré cómo elaboro un plato que para mí alcanza categoría de poema épico, regalado a Málaga completa, como la visión de la Peña de los Enamorados desde los dólmenes. Primero se mezcla, entre un poco de aceite, el pimiento limpio con un solo diente de ajo desprovisto de su savia. Luego debe aparecer la pericia del cocinero pues, entre copa y copa del fino, tiene que unir en una sola alma, la carne de tomate, el pan sin corteza, mojado y estrujado como esponja, junto con el aceite. La batidora se usa con paciencia hasta que brote, desde su fondo, el culo-pollo, señal precisa de que el tornado es denso y no se ha parido un sucedáneo. Batidas estas fases en un bol, se añade sal y vinagre, con cuidado, que licua. La porra se come con tenedor; en otro caso, se ha cometido una heterodoxia, tan imperdonable como ese chorro de aceite redundante que algunos perpetran cuando es servida. Ni creo en el cielo ni en la otra vida, pero sí en el infierno, en todos esos errores de los que el propio cuerpo sufre su penitencia, igual que una mala porra, lo mismo que un agosto que no se reconcilia con sus noches.

España en el corazón

30 Oct

Durante la semana anterior fue realizado en Ronda un congreso promovido, entre otros, por la Universidad de Málaga para reivindicar el ideario de Francisco Giner de los Ríos Rosas, nacido en aquella ciudad en 1839. Falleció en 1915 a efectos bioquímicos y forenses, no vitales. Una buena parte de sus conceptos pedagógicos, en plena vigencia por lúcidos, aún se están expandiendo, con mucha dificultad, un siglo después. Hay personas que vivifican y personas que pasan por este mundo sin dejar nada a cambio. Cada uno desde sus posibilidades. Francisco Giner supo articular un tipo de razonamiento del que, en gran parte, su propia familia se hizo constructora. Si me permiten, recorré algunas alcobas de esa casa. En su Institución Libre de la Enseñanza, se convirtió en maestro de su sobrino Fernando de los Ríos Urruti, rondeño nacido en 1879, jurisconsulto, embajador y ministro de Estado del gobierno republicano en el exilio que murió en su destierro neoyorkino durante 1949. Ese mismo afán por la justicia social y el pensamiento libre de la mano de la sensatez, arraigó también en el sobrino nieto de Francisco, esto es, Francisco Giner de los Ríos Morales, magnífico poeta y político republicano nacido en Madrid en 1917, malagueño de corazón. Murió en 1995 en nuestra tierra de la que durante tanto tiempo la dictadura de Franco lo mantuvo alejado. El caso es que la semblanza del gran patriarca de esta familia demuestra que los conceptos que sitúan al humano en el centro de la mirada, dan frutos incluso en la lejanía. La evolución, más que revolución, que soñaba Francisco Giner no hablaba sino del viaje y la experimentación como métodos de aprendizaje. La benemérita Institución Libre de Enseñanza no cultivaba otra modernidad sino la de aprender en un ambiente agradable y preparado para ello, donde los escolares asistían a un concierto por la tarde o a una conferencia por la mañana sobre los últimos avances científicos. Nada espectacular desde nuestro punto de vista, pero hasta en estos días, es complicado encontrar un centro educativo con tales características por más que gran parte del profesorado encamine sus esfuerzos hacia ello.

Hace algunos años, de la mano de mis amigos Enrique Fernández y Gaby Beneroso, trabajé en la documentación fílmica de la vida de la malagueña revista “Litoral” (1926) resucitada en México (1944) al amparo del cordón umbilical de su fundador Emilio Prados, entre otros. Empujados por el devenir del guión fuimos a Nerja para entrevistar a María Luisa Díez-Canedo, viuda de Francisco Giner, el sobrino nieto, claro está. Era una agradable tarde de verano y fue un encuentro emotivo donde hablamos de todo, excepto de todo lo que íbamos a tratar. Para los tres nos queda en la retina y la memoria aquellas preciosas horas. La preparación del encuentro significó una profundización en la vida de los exiliados españoles en México tras la Guerra Civil. Puedo afirmar que, a pesar, del cainismo demostrado por los generales de aquella España que venció, jamás, nunca, de ningún modo ni en ningún espacio o documento, aquellas mujeres y hombres arrojados al destino como basura al mar, perdieron su amor por España. En cada barco viajó España en el corazón. En estos días conviene el recuerdo del abuelo Giner, tanto como el de Unamuno, Machado padre, Azaña, Alcalá Zamora y el de todos aquellos que imaginaron España como una sociedad y no como aquel reducto de esclavos a la sombra de Caín. La gran victoria de Franco consistió en hacer creer que España era suya. Una buena parte de la izquierda, en efecto la ha entregado, seducida por la idea de destruir España aunque no sepa qué construir después en su limbo de Aristóteles. En España sobran ideologías y faltan ideas, empachan las doctrinas, los dogmas, los pre-juicios y la emoción, mientras están ausentes la investigación, el razonamiento y el afán de construir. En efecto, la obra de Francisco Giner de los Ríos aún no se ha llevado a cabo.