Cuestiones físicas

26 Sep

La semana anterior se hizo pública la posibilidad de que los neutrinos sean partículas más rápidas que la luz, lo que invalidaría la física tal como la explicó Einstein. Los físicos cada vez se parecen más a los teólogos y hablan de conceptos ininteligibles para toda persona que no esté ya iniciada en esa especie de secta que constituyen a causa de los misterios insondables sobre los que reflexionan. Hay quien dice que el experimento con los neutrinos se hizo mal, y hay quien dice que es que llegaron a su destino antes que la luz porque se metieron por otra dimensión y por tanto acortaron la distancia. Si algún físico pudiera darme la dirección de la tal dimensión se lo agradecería; desde que a nuestro alcalde le dio por la que iba a ser breve remodelación de la Plaza de la Merced tardo casi veinte minutos en cruzar calle Victoria y a veces llego tarde al trabajo. Me dan ganas de ser neutrino; aunque también me dan ganas de ser rico y entonces, entonces sí que el tiempo se hace relativo y la hora de acudir a mis obligaciones de rico sería cuando a mí me diera la gana en el marco de esa absoluta relatividad física y moral en que convertiría mi vida. Igual que los neutrinos que son partículas que no se relacionan, si fuera rico sería un rico neutrino para que ni amigos ni parientes me fastidiaran con sus angustias monetarias que ya quedarían fuera de mi universo y de las dimensiones por las que me movería a la relativa velocidad que quisiera ya sin estar coartado por miedo a las multas de los radares y sus consecuencias desastrosas sobre mi final de mes. Mis abogados relativizarían todo y algún fajo de billetes enviado a algún juzgado imagino que también transformaría los hechos absolutos en muy relativos. El campo de la física y la relatividad tiene grandes aplicaciones en la vida diaria. Apenas uno inicia su especulación ya surge en su horizonte personal teoría tras teoría. Pero un aspecto misterioso de las ideas de Einstein era la posibilidad de viajar en el tiempo si existiera algo más rápido que la luz. Si se confirmara que los neutrinos no han sido tramposos con sus atajos y que el experimento no ha sido calculado como el metro de Málaga, entonces ya tendríamos el elemento que faltaba.

Consideraría un error grave el que la humanidad dispusiera de una máquina para viajar en el tiempo. Sería carísima, pero se podrían buscar patrocinadores y, por ejemplo, enviar folletos publicitarios a la Edad Media o gastar a aquellas ingenuas y crédulas gentes bromas que se retransmitirían en directo por televisión. Todo es ponerse a pensar. Lo malo sería la tentación de eliminar esos personajes históricos a los que tanto sufrimiento se debe. ¿Quién se resistiría a pegar un par de collejas y un chicle en el pelo a un Hitler adolescente en la cola del tranvía? La lista inicial sería fácil. Pues eso, eliminemos a Hitler y al gordo Göring, a Bin Laden y a Stalin. Woody Allen incluiría al que inventó los muebles de metacrilato y yo al que hace sonar el claxon de su coche bajo mi ventana todos los domingos. A partir de aquí las propuestas constituirían un disparate irrealizable e incluso peligroso por el estado en que podría quedar el planeta. Los anti-progreso querrían devolvernos a la época cavernaria y pretenderían borrar a todo inventor, Arquímides incluido. Los naturófilos a los médicos desde Pasteur a nuestros días. Los del Real Madrid ya se sabe. El chiste ese que comenzaba con la viuda de Jordi Pujol camino del entierro de Arzalluz, se intentaría hacer realidad. Unos se querrían llevar por delante a unos y otros a otros, lo que encendería el debate de tal modo que frente a la puerta de la máquina para viajar en el tiempo se entablaría una batalla por entrar e impedir la existencia, no ya de los personajes abyectos que cada uno inscribió en su boletín ideológico, sino de la madre del tipo con el que se ha discutido media hora antes por si era conveniente que no existiera Jesulín de Ubrique y su circo, o María Jesús y su acordeón. Como vemos, los avances físicos deben ser entregados a los humanos con mucha prudencia; nuestra condición biológica arrastra aún ciertas taras incompatibles con algunos descubrimientos de la ciencia y hasta con revelaciones teológicas. Así somos.

De otro tiempo

19 Sep

En Fuengirola, los pescadores de moluscos se encuentran al borde de la ruina. Sus habituales fondos de marisqueo no dan más que disgustos entre la marea roja y el necesario paro biológico. El desplazamiento a otros caladeros ni es rentable por el gasto en combustible, ni por la talla de las capturas. Además la crisis económica ha provocado lo que siempre provocó en Málaga, que el paro obligue a muchas familias a lanzarse al oleaje de la pesca furtiva. El caso es que los tripulantes de unas veinte embarcaciones se encuentran desde hace cuatro meses como la Penélope de la canción de Serrat, esto es, mirando al horizonte por si llegara, no el novio sino el momento de la faena. En el mar ya se sabe, camarón que se duerme, pues eso, que no come. Estos marinos ya llevan cuatro meses en paro obligatorio. Una situación de otro tiempo más que de este siglo. Los pescadores europeos son el último reducto de los pueblos primitivos de cazadores-recolectores. La semana anterior se hizo público que la dieta de los neandertales en Torremolinos se componía en gran parte de marisco, como la de los actuales turistas y autóctonos que casi con tan poca o menos ropa que ellos nos lanzamos hacia los restaurantes de la Carihuela y de la Costa en general. Aunque aquellos hombres parecidos a los trol de los cuentos nórdicos se hubiesen alimentado durante toda su existencia con todo el pescado y frutos del mar que hubieran deseado ingerir, sus raspas y conchas no habrían llenado las bodegas de una sola noche de capturas de unos pocos barcos actuales. El mar es el mismo, la población que demanda coquinas, almejas y friturita malagueña se cifra en los meses de verano en muchos cientos de miles más que todos los neandertales que poblaron Europa.

No hay molusco para tanta gente. A pesar de los cambios tecnológicos, la actividad pesquera sigue siendo en su esencia la misma que realizaron los humanos recolectores y cazadores hace miles de años. Pero aquellas gentes no tenían que pagar el seguro de autónomo ni las cotizaciones a la Seguridad Social mes tras mes, ni todos esos recibos que no entienden de mareas rojas, de regeneraciones biológicas ni de inmaduros. Como toda actividad humana las faenas piscícolas tienen que cambiar. Lo están haciendo, pero aún quedan demasiadas situaciones penosas producto de un método de caza preso en las redes de una época que caducó hace muchos años. Mi madre alimentaba los veranos de mi niñez con gazpacho, chanquetes fritos, boquerones, almejas y unas coquinas que se venían en las manos apenas los niños escarbábamos en la arena de la Misericordia o del Chanquete. Toda esa escena dibuja una estampa costumbrista. Nostalgia de lo que fue y varó en el rebalaje del recuerdo, seguro deformado por las pequeñas trampas con las que la memoria confunde al pasado. Las mallas se han hecho más estrechas, los mares se esquilman porque la población humana crece y crece. Los pescadores no pueden quedar como aquellos cazadores de búfalos de las praderas americanas. Las almejas de criadero son insípidas y el paladar detecta rápido una lubina o dorada salvaje, pero esto nos ha tocado vivir, y tampoco es una tragedia. Las inversiones en piscifactorías deben arrinconar las subvenciones; los aguerridos capitanes de barco y marinería se tienen que transformar en biólogos e ingenieros. Quizás las tecnologías necesarias o los problemas que plantea la sanidad del pescado aún no estén tan resueltos como para que la pesca tradicional pueda ser hundida en el baúl de las curiosidades antropológicas, pero para eso están las inversiones en ciencia, para lograr lo imposible. La prioridad administrativa en este momento debe ser la de ayudar a todas estas familias de Fuengirola que por imperativos legales y de la naturaleza ven peligrar su subsistencia; si este capital se hubiese invertido en unas líneas de investigación precisas hace décadas, el problema de gasto ahora sería menor y las tareas pesqueras continuas como en cualquier fábrica. Si está claro, camarón que se duerme… Y la ciencia española aún está muy dormida.

A clase

12 Sep

Hoy comienza otro nuevo curso escolar. Lo que en otras sociedades incluso significa una jornada de celebración colectiva, aquí se inicia tintado por esos goterones de desprestigio que sobre los docentes salpicaron Esperanza Aguirre y Ana Botella, ambas la más clara prueba de que en efecto existen maestros tan malos que ni las eneñaron a razonar. A mí lo que cualquiera de estas dos políticas diga, la verdad, me trae sin cuidado; ambas han demostrado hasta el hartazgo que su equipaje intelectual se reduce al neceser. El problema no son ellas ni su grupo de palmeros, el problema es que sus palabras corretean por los medios de comunicación y a veces arraigan en los territorios sociales menos propicios para que la idea de que el maestro, igual que el médico, el funcionario -así a bulto-, el policía e incluso el político, no trabaja y cobra del tesoro público. Este mismo viernes asistí involuntario a un monólogo improvisado en el bar de un barrio de esos por donde nunca pasarían ni la Aguirre ni la Botella. En aquel cenáculo con intelectualidad de muy baja tensión un tipo vociferaba a todo aquel que quisiera mantenerle la mirada, lo vagos y lo malos que eran los maestros. No sé si aquella criatura se ha reproducido, o nos ha hecho el favor de que su ADN no siga ensuciando el planeta, pero si alguna vez se viera obligado a acudir a la Jefatura de Estudios de un Centro escolar, se sentaría frente a una persona a la que odia de antemano y a quien percibe como alguien desprestigiado incluso por políticas que salen en la tele y hablan fino. De poco vale las explicaciones ofrecidas por la Aguirre después de su eructo; el primer titular ya funcionó como un torpedo a la línea de flotación del necesario prestigio de los docentes. Una clara incoherencia germina esta mañana en familias que mandan a sus hijos a clase con tipos y tipas a los que previamente se ha, si no insultado, al menos puesto en duda. Los niños no son tontos y aplican la deducción lógica con mayor lógica que la Aguirre y la Botella, o señora de Aznar ¿Por qué va a aguantar a alguien del que en casa dicen que es un chupón y lo único que quiere es tener vacaciones? Es verdad que hay maestros malos, pero también los hay peores, como los que ahora se sentirán avergonzados de haber formado a la Aguirre y a la Botella.

Aún quedan amplios segmentos sociales que guardan odio a la escuela. Las y los nacidos en los principios de los años sesenta del pasado siglo, cuando el baby-boom y el desarrollo de la economía española basado en la emigración interna y externa, se vieron inmersos en un sistema educativo selectivo. La escuela-cernedor. La función de las escuelas e institutos consistía, entre otras cosas, en uniformar la sociedad española bajo la ideología del nacional-catolicismo y en segmentarla de forma piramidal, una elite dirigente y una masa obrera preparada para obedecer. En este tipo de sistema el fracaso escolar se consideraba un elemento natural del aula y el maestro se convertía en un educador de niños sumisos mediante el uso de la violencia si encartaba. Quienes ahora nos acercamos a la cincuentena podemos contar anécdotas y anécdotas sobre guantazos, palmetazos, brazos en cruz, de rodillas contra la pared y demás. En parte de aquella legión de desheredados del sistema aún flota cierto rencor hacia unas aulas y unas figuras que en su día no sólo inculcaron miedo sino además un sello de marginalidad. En esos pastos es donde prenderá la llama que defecó la cochambre ideológica de la Aguirre y la Botella, señora sólo de Aznar. En otras sociedades ya digo que el inicio de curso se celebra con desfiles y festejos. Yo prefiero la discreción de una maquinaria que funciona sin que nos demos cuenta y hoy arranca un motor que siginifica la civilización, la luz contra las tinieblas de la ignorancia, el triunfo de la humanidad frente a la animalidad. Cada pupitre es un escalón hacia el sueño de una sociedad feliz, cada maestro la mano que ayuda. Hoy comienza el curso, un motivo de alegría.

Familia y escuela

5 Sep

La Junta de Andalucía ha editado una guía en la que indica a las familias cómo colaborar con las escuelas e institutos en el proceso de aprendizaje de los hijos, además de sus deberes y derechos. Si la familia no educa en casa, si no fomenta el interés de los chicos en sus estudios, los niños y adolescentes se tienen que convertir en auténticos héroes de su autoconstrucción personal para que el periodo escolar sea una época fructíifera que aunque no garantice el éxito económico a lo largo de toda la vida, si minimizará los efectos de esas trampas dañinas con que la existencia nos fastidia paradójica la propia existencia. Si la familia no se implica en la enseñanza de sus retoños, si no inculca en el hogar y desde la temparana edad de los hijos el respeto al profesorado, que no es otra cosa sino hacerle ver a los chicos que sus profesores son sus guías durante una gran cantidad de años, quedarán pocos recursos a las aulas para evitar un fracaso escolar casi inevitable. La única cualidad positiva que se puede encontrar en la deprimente cifra con que el paro nos golpea dos meses no y diez sí, es que hace palpable la exigencia de una sociedad española mejor formada. Legiones de estudiantes se lanzaron hacia el dinero rápido en los sectores vinculados con la construcción; ahora se encuentran sin trabajo, sin una cualificación profesional que les permita encauzarse hacia otros oficios y, lo que es peor, sin muchas posibilidades de regresar a unas aulas donde puedan paliar sus graves carencias formativas. Cuando hemos llegado a la conclusión de que no podíamos asfaltar y enladrillar toda la Península e islas a ver en qué van a trabajar nuestros obreros. Una educación social sólida no asegura el bienestar colectivo, ahí quedan los países del Este de Europa para demostrarlo con la antigua Unión Soviética a la cabeza; son muchos los factores que acompañan a un Estado hacia los podios de la gloria, pero si falta ese primer pilar educativo entonces es seguro que una sociedad ni llegará, ni consolidará un solo peldaño de su fortuna común. La colaboración de las familias es imprescindible para que esa base fragüe.

Sin embargo, en nuestra España donde a causa de la crisis arrecian las reflexiones sobre la importancia de la educación y formación de los ciudadanos, las instituciones, como colectivo, no ayudan para que las familias a su vez puedan colaborar en ese proceso del que, según parece, nadie duda de su importancia. Una contradicción más que corretea por estas tierras del dios ibero. Una serie de televisión -donde por cierto se retrata a un instituto como una especie de sucursal de Sodoma y Gomorra- destinada a un público adolescente se emite hasta la una de la madrugada sin ninguna consideración al horario escolar del día siguiente. Ante este hecho los padres se ven obligados a estar como guardianes de discoteca frente al televisor para que los chicos vayan a la cama. Están en la edad de las irresponsabilidades y las pequeñas aventuras como la de intentar quedarse a ver la tele en un tiempo poco adecuado. No sé si alguien se ha quejado por estos horarios de emisión de un producto destinado a un público en edad escolar. La audiencia manda, la publicidad manda y a la familia toca la bronca o al profesor la tarea de despertar a los niños. Es necesario un pacto por la educación donde se revisen no sólo la pertienencia de las ofertas de ocio, sino los horarios laborales que impiden a los padres estar con sus hijos, o el calendario escolar donde la devoción y la tradición mantienen festividades que en ocasiones obstaculizan el necesario ritmo en el aprendizaje de los contenidos. Está muy bien que la administración educativa promueva este tipo de cuadernos al que nos hemos referido, pero mejor estaría que desde la misma Consejería, o mejor desde el Ministerio, se impulsara ese pacto global y amplio sobre educación que la sociedad democrática española arrastra como un suspenso aún no recuperado igual que un mal estudiante al que su familia olvidó en la cola del desempleo.