La nueva diputación

11 Jul

Cada vez son más los políticos, así como grupo humano aparte, y prójimos que avisan sobre un ataque a la democracia española llegado desde fuerzas oscuras e imprecisas. Se oyen voces en los distintos medios de información que piden una revisión de nuestro Estado de las Autonomías, de las Diputaciones, de las mancomunidades, de las funciones del Senado e incluso de la filosofía del gasto público en general. Una gran parte de la casta política ve peligrar sus intereses ante estas propuestas y, claro está, reacciona contra columnas, editoriales y artículos que pretenden quitarle el pan de sus hijos de la boca. Si no conllevara tanto dolor para los más desfavorecidos, una crisis económica viene bien como producto de limpieza. El Partido Popular exhibe los resultados de cómo dejó la Diputación el anterior despilfarro socialista. Quiebra técnica. Lo que no sorprende a casi nadie cuando se consideran los magníficos sueldos que allí se pagan frente a otros trabajadores del Estado o la dimensión de la plantilla tanto de funcionarios como de los cargos de confianza. Un virreinato a cuyo trono se accede mediante métodos democráticos de baja intensidad, sobre todo, visto el poder que sus prebostes manejan. El equipo de gobierno de esta nueva diputación airea los trapos sucios de sus predecesores. Un gasto disparatado y una ruina inminente y eminente dadas las dimensiones del organismo que agoniza. A la vez que los Populares anuncian una disminución en la cantidad de cargos y una contención en lujos sólo al alcance de políticos, como el disfrute de los vehículos oficiales, entregan veinte mil euros de los impuestos de todos a dos cofradías para que sus jóvenes puedan ir a ver al Papa y así Málaga tenga una representación digna en el evento. Vaya por delante mis respetos a la Iglesia Católica y a las cofradías; vaya también por delante mi falta de respeto a una corporación nueva que vocifera la contención del despilfarro del dinero público y lo entrega a dos organismos privados de la capital para que su joven militancia acuda a un acto sea este del cariz que sea. Mis felicitaciones a los agraciados con tan magnífico viaje. Espero que en la retransmisión televisiva se vean las banderas de la Diputación o que la Diputación se sienta representada con cuanta bandera de España en el evento ondee.

Yo estoy seguro que las cofradías que son casas de hermandad y caridad cristiana al cabo, hubieran visto mejor la entrega de ese dinero a Cáritas por ejemplo. Los proveedores de Diputación que seguro que rezan a su dios cada día, hubieran preferido un alivio de la soga dineraria que atenaza su cuello aunque hubiese sido mediante el método de la rifa de esos veinte mil eurazos. Y aquí queda sobre las líneas de los informativos una macetita más con este desprestigio que la clase política, así como grupo aristocrático, cultiva con tanta insistencia. España es un país caro para el trabajador asalariado y para el trabajador al que Hacienda le pueda controlar la nómina. La casta política que nos gobierna, lejos de minimizar el número real de sus miembros y de minimizar el dinero que los diferentes órganos del Estado consumen como una hoguera, teatraliza frases con más o menos pompa y boato que ocultan una continuidad en la colocación de sus efectivos y la idea crónica de que el dinero de todos se reparte para favorecer a unos cuantos allegados. Ese pago de dinero público en rima con viaje lúdico, sería inadmisible en cualquier otra sociedad europea, salvo tal vez la polaca. Y repito mi respeto por el Papa y por los cofrades. Ya están aquí los nuevos diputados. Ya aparecen los viejos vicios que no distinguen entre el ámbito público y el privado. Urge un replanteamiento de cuántos organismos públicos deben existir, pero esa idea tiene que ser analizada y propuesta por nuestros políticos y la vida está muy mala para tener que plantearse ahora dónde va a trabajar uno. Así que nada. Que todo cambie para que todo siga igual como dijo Lampedusa. En efecto, todo sigue igual. Esta nueva aristocracia considera las críticas a sus actos, ataques al Estado y a la democracia, como acostumbran a decir todos los dictadores.

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