Málaga a medias

18 Oct

El club de fútbol base CD Puerta Oscura ya no puede entrenar en su campo de fútbol, junto al Arroyo de los Ángeles, por la denuncia que tramitó un vecino de aquellas, mal llamadas, instalaciones deportivas, a causa del ruido que generan el natural bote de los balones junto con los gritos inherentes a toda actividad en equipo. Imaginen un partido de fútbol con jugadores silenciados por cinta adhesiva en la boca que patean balones de goma espuma. El fútbol es así. Además, el equipo que entrena en el colegio Lex Flavia Malacitana, rodeado de bloques de viviendas, también está avisado para cesar su actividad. Debemos situarnos en ambas trincheras. Llegas a casa e intentas leer tranquilo, relajarte con la tele, o tumbarte en el sofá y hacerte un Gaby, esto es, ni pensar, ni dormir, ni nada, permanecer en pijama; mientras, te están bombardeando desde un campo de entrenamiento con chillidos infantiles que siempre conllevan un exceso de agudos. Pero regresemos a la trinchera inicial. En Málaga llamamos polideportivo, así como eufemismo, a un descampado con cualquier suelo, lo que son las pistas deportivas de los centros de enseñanza que he visto. La excusa del buen tiempo ocasiona que la Junta regatee la inversión necesaria para evitar que los chicos se hielen o se mojen, pero no para impedir las insolaciones y sus posibles melanomas futuros. Los malagueños padecemos un exceso de buen tiempo que impide construcciones correctas. Los edificios, sobre todo los escolares según mi experiencia, son poco más que contenedores de ladrillo visto y sin otra comodidad ambiental que las ventanas de aluminio.
Málaga erige una especie de disfraz arquitectónico, como su feria, un trampantojo que deja un buen recuerdo si no te acercas, lo rascas un poco y te llevas el maquillaje en las manos. Cuando mi familia se trasladó de San Sebastián, por ejemplo, me había acostumbrado a que los ríos llevaran agua. Igual fenómeno contemplé en Valladolid. El río de nuestra Málaga tiene un nombre más bonito que el de aquellos, Guadalmedina, suena bien, pero delimita un espacio de atrezzo con puentes sobre la nada, también con apelativos preciosos, La Aurora, La Rosaleda, que esconden su verdad a medias. El turista disfrutará del centro de Málaga mientras su curiosidad no lo adentre detrás del Cervantes y, sobre todo, mientras no tome el autobús equivocado y acabe en alguno de los deficientes barrios lejanos. Esta cadena de despropósitos urbanísticos históricos pasa factura a todo el vecindario y ahora lamentamos una de ellas.

El vecino no tiene la culpa de pretender que su casa sea un hogar como si viviera en una de esas zonas tapizadas por arboledas donde sólo se escucha a los pajaritos, y que coinciden con las mayores rentas per cápita de nuestro conglomerado urbano. La culpa no la tienen los clubes de chicos de barrio que están practicando una actividad sana y divertida durante la que es necesario y deseable dar chillidos y balonazos, a no ser que se conviertan en zombies futboleros o similar. Ambas partes defienden unos intereses elementales. Tampoco la culpa la tiene la playa, ni la noche, incluso ni el boogie de la canción. La culpa, una vez más, la tiene el sentido de especulación urbanística salvaje que, como una enfermedad crónica, ha amasado Málaga como un hormiguero por cuyas cavidades transitamos. Barrios con miles de habitantes sin jardines, y colegios con instalaciones de cartón rodeados por edificios de viviendas. Esta es la Málaga siempre a medias que sufrimos los malagueños que no podemos vivir en las áreas urbanas elegidas para la gloria de zonas verdor y silencio. Luego, nos sorprenden los bajos índices de lectura que esta ciudad arroja, o que Holanda o Islandia nos ganen un partido de fútbol. El problema del ruido se termina con unos pabellones deportivos bien adecuados que eviten las insolaciones por la mañana y la desesperación del vecindario por la tarde. Pero no, con cuatro ladrillos el Ayuntamiento o la Junta montan, no sé, un auditorio. Ah no. Existe. También a la intemperie.

Ay, Balbín

11 Oct

Lástima que no llueva ni refresque, porque haciendo limpieza en casa ha aparecido un pullover Fred Perry de cuello alto, y creo que con eso y repasando un poco a los cantautores de la Transición, en estos días podía haber dado el golpe en los bares que frecuento. Claro, no tiene las estrellas de la UE, pero qué sabía mi padre de lo que se iba a llevar 40 años más tarde. En los tiempos en que él se ponía aquel pullover, yo apoyaba la cabeza en sus rodillas mientras veía La Clave, con la condición de no interrumpir hasta que el debate terminara. Recuerdo su concentración; el cabeceo reprobatorio cuando intervenía algún invitado con el que disentía o el gesto complacido si el argumento coincidía con sus ideas. A los niños aquel plató gris y aquellos parlamentos de adultos no nos decían gran cosa, pero insistíamos en quedarnos; teníamos la sensación de estar asistiendo a una ceremonia importante. Y de aquello me quedó una afición no superada por los programas de debate.

No recuerdo bien el momento en que La Clave dejó de emitirse. Hubo reposición, pero a mí me pilló con vida nocturna, y al formato, desfasado. Para entonces ya se llevaban los platós de colores chillones y, en vez de especialistas en un tema, los opinadores profesionales alineados que, tal vez con la sola excepción de Ramoncín, caían bien a la gente cuyas opiniones representaban. Consolidada la democracia, el ansia de saber del pueblo había perdido la batalla frente al placer de tener razón. Los medios lo saben, y en este conflicto, igual que sus artífices políticos, se han dedicado a actuar para su público, edificando un telón de acero entre el blanco y el negro. Del otro nada sabemos. Solo imaginamos que los independentistas tienen rabo y cuernos y huelen a azufre. En este lado, el nuestro, el gallinero mediático se ha aprestado a fijar consignas, a forzar titulares aunque luego los desmienta el cuerpo de la noticia, a maquillarles las ojeras y tratarles la afonía a los comentaristas recurrentes de la cuestión catalana, incluso a dar un toque de Photoshop aquí o allá si una foto no reflejaba el pretendido ambiente plural o democrático de una manifestación. Me temo que del otro lado han pasado cosas parecidas. El grado de desinformación ha sido tal, que un cómico, Jordi Évole, ha tenido que acudir a dignificar la profesión periodística con algo tan poco extraordinario en un contexto de libertad de prensa como una entrevista a Puigdemont. Entrevista, que por cierto, de este lado del telón de acero gustó incluso a quienes no simpatizan con Évole, y del otro levantó ampollas, no tanto porque estuviera documentada y bien resuelta, sino porque los planteamientos del interrogado quedaron en evidencia, y, después del temporal, esas contradicciones lo han terminado llevando a proclamar la independencia y pedir al Parlament que lo desdiga. Claro, que el otro artífice de la escalada, nuestro presidente escapista, no solo no se ha prestado a comparecer salvo ante micrófonos amigos (aunque fueran coyunturales), sino que nos tendrá en ascuas hasta hoy.

Al final, los de a pie, nos hemos acordado de que la democracia iba de diálogo, eso que hace unos meses sonaba a disparate antisistema, y hasta nos abrazamos entre collages de banderas y dejamos de gritar barbaridades al llamado de mesura de Josep Borrell. Los que lo tienen difícil son esos medios de comunicación que, alineados cual hooligans de fútbol, han faltado a su cometido de hacer más fuerte la democracia, más independiente a la ciudadanía, con el arma de la información. Suerte tienen, contra ellos no se blandirán hemerotecas. Pero han perdido una oportunidad preciosa de jugar el papel que jugaron en otro tiempo. Ay, Balbín.

La lógica y Piqué

4 Oct

Lo que está pasando en España es lógico. Que una organización convoque una manifestación en contra del referéndum en Cataluña frente al Ayuntamiento de Málaga, lógicamente, atraerá a cientos de buenas personas con banderas españolas, orgullosas de proclamar su patriotismo. Al principio se reunirán cortaditos a verlas venir, pero en cuanto se encienda la mecha de la euforia del primer envalentonado con experiencia en agitación de masas, acabarán dejándose llevar hacia la exaltación mística, que a eso es a lo que han ido. Supongo que las danzas derviches producirán parecidas sensaciones que los rizos de falsetes tenores apretando los cánticos roncos del yo soy español, español, español, ¡ey!. Y lógico, que donde se derrame tanto fervor nacionalista, se cuele una bandera preconstitucional, o dos o tres, y algún buen demócrata en éxtasis, la acoja, y otro la bese en trance españolísimo. Lógico que se una a la manifestación la más torera de las concejalas del PP, y que como le ocurrió a Juan José Padilla, pudiera ser que a Doña Teresa tampoco le molestase mucho. Y lógico que se apuntara D. Francisco, que le gusta más una multitud a la que darle la mano, que una fiesta de inauguración en uno de sus museos. Y lógico también, que haya cuatro imbéciles al final cantando el cara al sol, en medio de tanta soberanía hispánica única. ¿Alguien podría sorprenderse de este resultado en el que todos parecemos al final falangistas por mera estupidez o simplísima torpeza? ¡A por ellos, oé! ¿A por quién, tontainas? Lo fácil que se pierde la razón, siempre tan escurridiza.

Lógico que siendo Rajoy, no exista la política. Si gobierna por omisión. ¿Alguien se sorprende de que no haya intentado nada? ¿A qué no? Le iba bien desapareciendo, callando, apartándose. Como pez en el agua, vencía yéndose. ¿Qué se pensaban que era, una estrategia? Donde no hay, no hay. Por eso, ahora que hay que estar, no está, ni se le espera. ¿Matón intransigente? ¿Quién, Rajoy? Ni eso… Los del New York Times han patinado, no lo conocen. Está Hernando, hablando de nazis y Sáenz de Santamaría, de mafiosos. Pero Rajoy, ¿matón? Me parto. Y cuatro iluminados revolucionarios catalanes se bastan y se sobran para dejarnos con la ley en brazos y el Estado de Derecho aturdido. Más que lógico, Rajoy es previsible y urdir un plan independentista frente a un diplomático así, se les ha antojado demasiado fácil. Son los del Pdecat los que están frenando su hoja de ruta, porque si sólo por el plan de Rajoy fuese, en pocos meses nos veríamos otra vez replegados en Covadonga, con nuestras banderas y nuestros cánticos futboleros. Lógico, que con tan poco a favor, le echemos la culpa a Piqué de todo lo que pasa, en busca del empate. Piqué el malísimo y excluyente, al menos para los ultra sin neuronas que tienen tal lío, que no saben si pagar su rabia transnacional señalando a los emigrantes, a los del Atleti, o a los de Podemos, que sirven para cualquier descosido.

La lógica se ha impuesto con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Sin politica de por medio y con órdenes de evitar que la ciudadanía catalana votase en libertad, ¿que podían hacer? ¿Cómo se impide eso? ¿Cómo se impide que millones de personas voten? ¡Si había tantos colegios electorales como policías! ¿Qué plan es ese? Todos y cada uno de los ciudadanos aporreados, sin excepción, son inocentes. Pero también lo son cada uno de los Policías y Guardias Civiles que han actuado con ponderación -la inmensísima mayoría-, en momentos muy complicados. Lógico es, desgraciadamente, que con este gobierno, ahora se encuentren abandonados en medio de ningún sitio, acorralados en hoteles de mala muerte, soportando que se los señale como culpables de un conflicto en el que ni siquiera tienen voz.

Sin sorpresas. Todo previsible. Diplomacia y diálogo, o Rajoy. La lógica indica que en un referéndum pactado perdería el independentismo. Sin embargo, me temo que con esta inercia de la inacción absoluta, se pueda producir la declaración Unilateral de Independencia del Govern y en vez del “Gibraltar Español”, que llevamos llorando trescientos años cuando nos duele la barriga patriotera, empecemos a cantar lo de “Cataluña Española” sin que sepamos nunca, a ciencia cierta, qué pensaban de todo esto la mayoría de catalanes.

Málaga, de maravilla

27 Sep

El pasado domingo, La Opinión de Málaga publicó una entrevista realizada por José Antonio Sau al alcalde de Málaga, que me resultó muy interesante. Lo primero que me llamó la atención fue que cada pregunta del periodista resumía uno de los ecológicos berenjenales en los que se encuentra sumido el regidor sine die, así que me aboné a imaginármelo remangado de pies y manos, con una llave inglesa y un cubo, aprovechando el tiempo de reflexión entre cañerías y respuestas para empantanarse en la desorganización de su siguiente fregado.

Lo peor de este embudo ejecutivo sin plan ni soluciones es que no se le vilumbra fin. Si se preguntaron en alguna ocasión qué sería lo de crecernos los enanos, era esto, un circo lleno de bomberos torero del tamaño de globetrotters, con dos canastas y un balón olvidados en el desván y un orador agarrándose al micro con la sonrisa y la teoría del Gato de Cheshire, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante. Podía haber seguido el cuestionario al alcalde con otras tantas situaciones municipales paralizadas, igual de controvertidas, hasta que los gigantes hubiesen aprendido a hacer mates, en triple mortal hacia atrás, pero para qué abundar.

A mí me parece que el destino no está siendo justo con Francisco de la Torre, sin duda una persona brillantísima. Algo no ha funcionado como debiera si, en frontal antagonismo y absoluta contraposición con otros necios e ineptos medradores dedicados al “servicio público” para beneficiarse personalmente, tras habernos gobernado un político de su categoría, honesto, tenaz e inteligente -todo esto es incuestionable-, nos dejará tan parco legado. Si tras 17 años de gestión, con muchísimos más claros que oscuros, se le señalan como sus principales logros, “la fortaleza de la ciudad en cultura, innovación, compromiso tecnológico, atracción de talento y de proyectos Smart City”, estamos aviados. ¿Que quién lo señala? Él. El mismo alcalde.

Cultura y tecnología con pies de barro, esa es la fortaleza que asume Francisco de la Torre de nuestra ciudad en la citada entrevista. Digo con pies de barro porque eso se trasluce de sus declaraciones al preguntarle por la apuesta museística de Málaga. Si nos renuevan cinco años más la provisionalidad del Pompidou… si diez años, la del ruso… en un efímero condicional humeante. Frente a esa opción, el derrumbe del castillo de naipes. Pero la cosa no quedaría ahí. También D. Francisco tumba la que había señalado en un párrafo anterior como segunda gran apuesta personal: la tecnológica. Por lo visto, tenemos un Parque Tecnológico inviable para el éxito. Afirma: “el PTA de Campanillas, fenomenal que crezca, pero cada vez que hay 1.000, 2.000, 5.000 trabajadores más problemas de movilidad tenemos”.

Afirmé antes que el destino no estaba siendo justo con nuestro alcalde, pero ahora pienso que es nuestro alcalde el que quizá no esté siendo justo con su destino: han pasado, 17 años, ¿habrán mejorado cosas en la ciudad?, ¡pues claro! Como en todas las ciudades españolas, incluso en la nuestra, más. ¿Podría sacar pecho el alcalde de la labor realizada? ¡Por supuesto! Sería hora de que sacase pecho. Y de que creara equipo. De que aceptara que tiene que facilitar el relevo a sus posibles sucesores a dos años vista. ¿Él sólo contra todos en el tema de Limasa, en el Metro, en el Astoria? En cuanto ordene sus cosas, y empiece a recogerlas y a delegar, en cuanto deje, en definitiva, de perseguir al Conejo Blanco, probablemente nos vaya mejor a todos.

Huevos y Caracoles

20 Sep

El hotel Mole del Puerto parece un buen negocio. Se habla de tropecientosmil puestos de trabajo indirectísimos, se habla del turismo de calidad a mansalva que atraerá, se habla de la millonada en IBI que le cobrará anualmente el Consistorio, se habla del casi millón de euros que se quedará también la Autoridad Portuaria por el morro, por el trocito de Morro que ceda, quería decir. Perfecto, ¿no? Que será feísimo, pues probablemente, aunque ya se sabe, y lo escribo canturreando la melodía que le pusieron Los Caracoles a mis actuales pensamientos, “a quien no le guste, que no mire”. En este punto, me vendría bien contarles uno de los dos chistes que contaba mi madre en todas las celebraciones familiares que se preciaran. Uno tenía que ver con una sandía bajo el brazo en un autobús y otro, el que viene al caso, con un pobrecito asustado por tener el colesterol alto al que el señor médico doctor le recomendó que los huevos, ni mirarlos. Así, tapándolos de la vista me veo cuando pase cerca del hotelito, bueno hotelazo. Pero como estoy en horario infantil, no especifico más, aunque si me encuentran en una agradable cantina una noche de estas -quien dice cantina, dice bailina-, pregúntenme y se lo acabo de contar.

Estoy remirando el dibujo-maqueta del edificio monstruoso y trago saliva. Puede que se me esté torciendo un poco el gesto. Una vez probé en casa de mi amigo José Antonio Mesa Toré, un queso alemán marinado en vinagre que me produjo parecido ceño al probarlo. Mira que otro compañero, José Luis González Vera, me advirtió que no lo hiciera. Pero me lo ofrecieron con tanto cariño que, como ahora, lancé, a media voz, un salvavidas amable: pues a mí me gusta, dije estoico. Si tuviera que elegir por el regusto que me queda, preferiría el queso al edificio, tengo que admitirlo. Pero con tantos millones de por medio, si son ciertos, cederé tragándome la alergia y el sarpullido y prometo no quejarme más por el morrocotudo asunto. Bueno, prometo no quejarme mucho más. Al menos, no hacerlo excesivamente. ¿Qué le está pasando a mi nariz?

He leído las justas reticencias al proyecto expuestas por Ecologistas en Acción, claro, y las matizaciones que sin tomar partido -o eso dicen- ha realizado sabiamente el Colegio de Arquitectos: dudan de los beneficios del hotel y de su integración en la ciudad. Aún así, a pesar de la horripilancia monolítica, del quebranto a mi paisaje amado, del dolor del alma por observarlo de manera tan pesetera, si la construcción del hotel Mole del Puerto no se salta ninguna normativa, ¡Los Caracoles!

Miedo me da el viento. Miedo me dan las olas. Miedo me da el largo trayecto hasta la ciudad sin una sombra. Pero, sobre todo, miedo me da la parálisis que producirá Don Francisco de la Torre más pronto que tarde, en cuanto se acerque o hable del proyecto más de lo que le corresponda o intente rebajarle alguna tasa, o acelerarle un plazo, o se le ocurra la cesión de algún terrenito a cambio de una planta del mamotreto… Miedo, mucho miedo me da, empezando por las piernas y alcanzándome la zona del chiste, temblequeante y subiendo.

Por eso, ante mis serias dudas, he decidido, para mayor tanquilidad, leerme un artículo del propio arquitecto del rascacielos, D. José Seguí, publicado el domingo pasado en La Opinión de Málaga, bajo el título “Málaga: Puerto y Turismo”.

Ay, dios mío. Ay, dios mío. Denme un segundo, que tome aire. Ay, dios mío. Escriban un momento si se aburren, que me estoy reponiendo. Dice que como ya no somos una ciudad de turismo de sol y playa, hacía falta el esperpento este destrozándonos el horizonte. Básicamente. Ó eso he entendido. Ó que no va a ser una oferta sino que ya es una demanda. Ó algo así. Porque tenemos muchos cruceristas de los del todo incluido arriba en el barco, que no pisarán su hotel, además de ingentes masas de turismo cultureta de calidad que nos visitan por nuestro magnífico aeropuerto y mejores carreteras para ver nuestros insuperables museos y alojarse en la planta 34 de la gigantesca cornucopia. Esto y una pelota. Qué gran Autoridad Portuaria tenemos. Qué gran Ayuntamiento. Menudo hotel nos vamos a zampar… Ejem. No me arrepiento -aún- de todo lo dicho, la pela es la pela. Pero no sé si alguien me está sujetando.