Verde y morao

12 Oct

Hoy es un día perfecto para hacer alarde del terruño. Estoy por ponerme las mangas que se recortó Piqué el otro día y pintarle la bandera que nunca estuvo allí para emocionarme la morriña. Pero con matices progresistas. Yo que fui del PSOE antes que fraile, en esa época en la que yo mismo hubiese canonizado a Felipe González si de mi pensamiento adolescente le hubiese dependido el aura, debo admitir que aquel período me produjo zarpullidos de los que jamás he conseguido recuperarme. Así quedé, un poquito ecologista, otra mijitilla perroflauta y todo lo solidario de boquilla que me haya podido hacer falta a lo largo de los últimos treinta años, con ánimo aunque ya pocas esperanzas de curarme. Por todo aquello que persigue mi propia autocomplacencia, en vez de rojigualda, la bandera que pintaría en mi dobladillo de defensa central de la selección de mis amores, sería la verde y morá, la de ciudadano del mundo, casualmente ubicado cerca del barrio de Huelin, cosmopolita por las suecas de Torremolinos que nunca vi y por las otras dádivas del turismo, que tampoco, pero que no dudo que, algún día, nos sacarán de pobres. Alguien se lo habrá mirado.

Es 12 de otubre. Y llegarán un montón de barcos. Supongo. Batiremos registros. Siempre vienen más desde la vanagloria del que se lo gana y lo difunde. Casi medio millón de cruceristas al año. Les gustaremos. Les gusta Málaga. Pues que viva la fiesta de la raza que me fluye, o de la hispanidad, que es más tenue y menos franquista, por si ofendiera a alguien, o de los pilares del reino, o de los aviones de las fuerzas armadas que nos sobrevuelan, o de lo que me dejen decir sin que parezca que sigo siendo un estúpido imperialista que festeja su patrioterismo como el bueno de Bruce Springsteen sin colgarse una medalla.

Pero yo, como ciudadano del mundo rancio, hoy celebro, en realidad, que me convertí en turista, aunque pobre. Que me he pasado al otro bando, a pesar de esa contención obligatoria que me mitiga el dispendio. Confieso haber sido este mismo año bicrucerista. Dos veces, dos, me subí a un barco a conocer mundo, barato, todo incluido, en pantalones cortos, para visitar ciudades en dos horas y media sin gastar un céntimo aparte del pasaje e integrarme en la cultura de todos los pueblos que he visitado, apretándome y corriendo. ¿Museos?, no fui a muchos, no me daba tiempo. Para una foto en un monumento y un pipí, sí me llegaba. En crucero porque soy pobre, por si no lo había mencionado. Me fui al Báltico y me fui a Venecia y me recibieron con los brazos abiertos. En Venecia con los brazos abiertos y con pancartas para que los quisiésemos menos, qué humildes. Cansados de tanto amor excesivo, de tanta ciudadanía del mundo dispuesta a estrujarles el encanto. A ellos tal vez les vendría bien un 12 de octubre para sentirse españolísimos. O mejor, malagueños. O ya puestos, de Huelin. Así aceptarían mejor el hecho de que no es tan fácil vivir del turismo. Si convivir es difícil, tratar de comer de él, ni te cuento… En Málaga llevamos más de un siglo de filoxera, y casi los mismos años de exotismo paupérrimo, para que nos visiten el sol, la Px, el moscatel o, a ver qué pasa, lo que quieran. ¿Los museos a 5 años? Yo creo que del turismo se gana lo que se coman o de donde se alojen. Pero en el barco te dan todo eso, bien envuelto. Comida hasta hartarse y cama donde hacer varias veces la digestión. A costa de los cruceristas, me parece que, no vamos a revertir la situación verde y morá que nos envuelve y atenaza las raíces sin pie americano. Pero, ¡y lo bien que se malvive aquí! Con o sin transatlánticos en el puerto.

Cada vez me siento más malagueño, que me perdonen los que no quieran hablar con diferentes. Cada vez soy más malagueño del mundo español y eso que pretendía distinguirme, con ahínco de modernidad juvenil, de mis abuelos. No hay manera. Es la sangre. Las entrañas. El 12 de octubre. Malagueño irremediable con idiosincracia turística y crucerismo auténtico.

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