El perro ya se murió

18 Jun

Nos encontramos en período de exámenes. Lo cual quiere decir que hay un tiempo para el aprendizaje y otro diferente para la evaluación. Esa práctica se ha instalado en las escuelas y en las universidades en forma de rutina. Una práctica mediante la cual los alumnos y las alumnas afrontan la etapa del rendimiento de cuentas de sus aprendizajes. Hay que dejar de aprender para comprobar si se ha aprendido. Toca estudiar. Toca hacer exámenes, de un tipo u otro. Mala costumbre que convierte la evaluación en el momento crucial del proceso de enseñanza, separado  del aprendizaje. Todo  conduce a  convertir en esencial la hora de la evaluación, el momento de los resultados. Todo lleva a que se considere más importante aprobar que aprender.

Uno de sus alumnos escribió la siguiente frase: “A la orilla de la calle el perro ya se murió”. Le dijo dónde radicaba el error y le agradeció que le hubiese hecho reír. También le explicó por qué.

Si tienes suerte y te preguntan lo único que has estudiado, consigues el éxito. Si tienes mala suerte y te preguntan aquello poquito que has dejado de estudiar, cosechas un contundente fracaso. Si te bloqueas, si te duele la cabeza, si te pones nervioso, si no entiendes las preguntas, si no das con las claves de lo que demanda el evaluador…, todo el proceso quedará convertido en un desastre. Aunque hayas aprendido, aunque hayas disfrutado, aunque hayas ayudado a otros a aprender, aunque lo aprendido te haya hecho mejor persona… El resultado de la prueba final es lo único que importa.

He prologado un hermoso libro de Enrique Bono (Aljibe) que iba a tener un título incisivo: ¿Aprobar sin aprender? La Editorial lo transformó en “Aprobar o aprender”. Me gustaba más el título original. En cualquier caso, el libro es excelente para responder a la cuestión.

No me gusta esa división del calendario en tiempo de aprendizaje y tiempo de la comprobación. Porque la evaluación ha de ser continua, no ha de separarse del tiempo de aprendizaje.

Me sorprende que algunos docentes defiendan esa práctica en etapas inferiores argumentando que es necesario preparar a los alumnos para que puedan hacer estos exámenes cuando llegue el momento de que sean inevitables. Es como dedicarse a preparar la guerra en lugar de dirigir los esfuerzos a conseguir la paz. Sería más lógico tratar de eliminar esos procesos empobrecidos de evaluación que someter desde pequeños a los niños a esa tortura. El equivocado planeamiento sería el siguiente: hagamos voluntariamente ahora las cosas mal para que alcancen el éxito cuando tengan que hacerlas obligatoriamente. Se trata de entrenarse para lo que no debería hacerse.

Uno de los problemas de la evaluación es el  tipo de tareas intelectuales que se demandan. Porque una evaluación de naturaleza pobre genera un proceso de aprendizaje pobre. El éxito en la escuela se alcanza a través de la evaluación. El alumno tiene que acomodarse a ella. Si se exige solo repetir, el trabajo se centrará en la memorización, se comprenda o no lo que se repite.

En un aula, dice Doyle,  puede haber tareas intelectuales de diferente tipo: memorizar, aprender algoritmos, comprender, analizar, comparar, opinar, crear… Todo el mundo estará de acuerdo en que esas tareas están ordenadas de menor a mayor potencia. Todas son necesarias, pero unas tienen mayor  envergadura intelectual que otras. Si preguntase de qué tipo de tareas hay más en las evaluaciones, creo que muchos dirían que son más numerosas las de menor categoría intelectual. Hay más tareas pobres que tareas ricas en la evaluación. Por consiguiente, lo más trabajado en la preparación de la evaluación son las tareas menos valiosas.

Me cuenta Emma, una magnífica profesora de Lengua de Mendoza (Argentina) que, hace algún tiempo, pidió a sus alumnos que escribiesen una frase en la que apareciese el verbo yacer en cualquiera de sus formas.

Uno de sus alumnos escribió la siguiente frase: “A la orilla de la calle el perro ya se murió”.  Le dijo dónde radicaba el error y le agradeció que le hubiese hecho reír. También le explicó por qué.

Las historia de la evaluación educativa está llena de estas pequeñas joyas en las que aparece el ingenio como fruto de la falta de comprensión y de la asimilación de la norma lingüística.

Uno de mis alumnos, cuando era yo profesor de Primaria, empezó así una redacción que les había pedido como ejercicio expresivo: “Aquella mañana, el príncipe salió cabalgando en todas las direcciones”. Es obvio que no pudo hacerlo, pero me pareció una forma maravillosa de expresar la idea del autor de que el jinete quería ir a todas las partes.

Me preocupa el carácter repetitivo que tienen muchas pruebas de examen, frente a la posibilidad de valorar la creación, el ingenio y la inventiva.

Es cierto que la escuela tiene la misión de transmitir el conocimiento elaborado a lo largo de los siglos. Y esa tarea requiere de los alumnos el esfuerzo de la asimilación. Como el caudal de saber es inmenso (y cada día se multiplica y profundiza) el tiempo resulta insuficiente. Pero, precisamente por eso, se hace necesario buscar espacios para la creación y la invención. El alumno tiene que saber que también él puede ser un creador, un inventor, un investigador, un explorador.

Recuerdo la sorpresa y la incredulidad de mis alumnos universitarios cuando un año les dije, al comenzar el curso, que su tarea no iba a consistir solo en asimilar las teorías y conocimientos elaborados por otros autores. Ellos iban a tener como compromiso intelectual  escribir un libro fruto de sus investigaciones y de sus reflexiones. No se lo creían.

El libro se publicó en la colección Elementos Auxiliares de Clase (EAC) con sus nombres en los capítulos correspondientes. (Siempre me ha parecido un abuso de poder el poner a trabajar a los alumnos para que luego publiquen los docentes). El libro se tituló “Investigar en Organización” y como autores figurábamos el profesor y los alumnos de cuarto curso. Nominatim.

Uno de los capítulos de ese libro se titula “Contrastes espaciales”. Aparecen en él fotografías diversas del espacio y del mobiliario de su aula. Y, a continuación, varias fotografías de la Sala de Juntas del Equipo de Gobierno. Los autores analizan luego esos contrastes.

Por cierto, después de muchos años, el Servicio de Publicaciones de la universidad de Málaga, está realizando en estos días una edición digital de la obra ya que existe demanda de ella por parte de profesores y alumnos de la asignatura.

Repetir lo que otros han descubierto requiere una estrategia de estudio y de memorización. Me sorprende la reiteración con la que quienes atacan el pensamiento pedagógico nos achacan el repudio de La memoria y el rechazo del esfuerzo. La memoria es esencial para el ser humano. Lo que decimos es que no tiene sentido memorizar contenidos inertes.  El esfuerzo es necesario para el aprendizaje. Pero se hace mejor el esfuerzo en la medida de que tenga un sentido.

La evaluación debe ser un proceso enriquecedor, no mecánico y cargado de angustia. Debe ser un proceso presidido por la racionalidad y la justicia. Debe demandar las actividades intelectuales más potentes y debe estar indisolublemente unido a la enseñanza y al aprendizaje.

Víctimas de la rankingmanía

28 May

Estamos obsesionados por los rankings. No es de extrañar. Porque vivimos inmersos en la cultura neoliberal que se cimenta en  el individualismo, la competitividad y la obsesión por la eficacia. El objetivo es ganar a los otros. No se trata de llegar a ser lo mejor que podemos ser sino de ser mejores que los demás.

Estamos obsesionados por los rankings. No es de extrañar. Porque vivimos inmersos en la cultura neoliberal que se cimenta en el individualismo, la competitividad y la obsesión por la eficacia.

Desde que en el año 2000 se puso en marcha el programa internacional para evaluar estudiantes de la OCDE, conocido como PISA, la prensa dedica grandes titulares a sus resultados, los expertos se afanan por interpretarlos y los políticos los utilizan para defender sus reformas y atacar las de sus adversarios.

El fin consiste en quedar bien situados en el ranking. Para ello hay que entrar en las pruebas. Quedarse fuera de ellas  es ya la peor descalificación: no aparecer en el ranking. No se ponen las mediciones al servicio de la mejora de la práctica sino la práctica al servicio de la mejora de la posición en el ranking. Quedar bien situados no es el medio para hacer mejor las cosas posteriormente sino la forma de conseguir prestigio, mérito y recompensa.

Ser primero te convierte en la envidia de todos los que vienen detrás o están fuera de la competición. Y, por el efecto Mateo (que  consiste en  que a quien más tiene, más se le dará), conseguirás otros beneficios en forma de ayudas y de premios. La forma de ganar puestos es saber cómo responder a las cuestiones que plantean las pruebas con cuyos resultados se elabora el ranking. Hay que estudiar bien las pruebas para tener éxito en ellas. Lo demás no importa.

He leído en la estupenda revista colombiana Educación y Cultura que una escuelita, ubicada en una zona donde la tendencia estadística le auguraba bajos resultados en la prueba PISA, tenía no obstante un logro destacado en el área de lenguaje. Los funcionarios se desplazaron al lugar :

– ¿Como enseña usted la lengua, profesora, para obtener tan buenos resultados?, le preguntaron.

– Yo no enseño nada, respondió la profesora, solo entreno a los estudiantes en la resolución de pruebas durante todo el curso.

¿Qué se hace con los resultados de la clasificación? Alabar a los primeros y golpear a los últimos. ¡Cuántas veces he visto utilizar los resultados de las pruebas PISA (o similares) para atacar al gobierno o a la oposición, según quién eche mano primero de las piedras! El argumento es sencillo: “estas son las consecuencias de vuestras políticas educativas”.

He visto utilizar los resultados de este tipo de prueba de una forma burdamente tramposa contra la escuela pública. Los titulares de prensa y las cabeceras de los telediarios simplifican el análisis diciendo que la escuela pública obtiene peores resultados, sin tener en cuenta qué tipo de alumnado nutre la pública y la privada. En cuál de ellas están los inmigrantes y los discapacitados, por ejemplo. En cuál de ellas se dispone de más medios. Las pruebas estandarizadas se convierten en una indecente campaña publicitaria contra la escuela pública.

Como vivimos en la cultura de los titulares, otro efecto que tienen las pruebas es generar epígrafes impactantes. Unos titulares que simplifican y, muchas veces, adulteran el fondo de la realidad: “España es el furgón de cola de la Unión Europea”,  “Andalucía  obtiene un pésimo resultado…”. También vivimos en l cultura de la cuantificación. La cuantofrenia es una enfermedad de la cultura en la que estamos inmersos. Todo se  convierte en números, en porcentajes, en rankings. Como si los números fuesen identificables con la ciencia y, sobre todo, con la ética.

Cuando preguntamos lo que miden las pruebas, se responde: la calidad.  Y cuando preguntamos lo que es la calidad se  dice: lo que miden las pruebas.

Hay, a mi juicio, cinco errores graves en la aplicación de este sistema de evaluación: El primero es tratar de comparar lo incomparable. Países con diferente historia, diferente cultura, diferentes medios no pueden ser objeto  de una comparación rigurosa. El segundo es pensar que solo tienen importancia tres componentes del curriculum (matemáticas, lenguaje y ciencia).  ¿Qué sucede con la música,  el arte,  el dibujo, la educación física…? ¿Qué sucede con el ámbito emocional? ¿Qué decir de la solidaridad, la compasión, el respeto, la justicia, la libertad…? Porque lo que no se evalúa, se devalúa. O, mejor dicho, no existe. Lo que importa del curriculum es lo que entra en la evaluación.  El tercero se refiere a que solo se tienen en cuenta los resultados, pero no el proceso. Nunca se analiza lo que se hace en esas aulas para conseguir esos resultados, ni quiénes son los evaluados ni de qué punto han arrancado. El cuarto tiene que ver con el cultivo de la trampa como estrategia para obtener buenos resultados. Si el prestigio del profesor, si la suerte de la escuela, si el éxito del alumno están en conseguir buenos resultados, habrá que prepararse para conseguirlos. Aunque sea a costa del verdadero vínculo con el saber. El quinto tiene que ver con la desconfianza que encierran respecto a la evaluación del docente en el aula.

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Se podría pensar que las pruebas nos brindan la posibilidad de imitar a aquellos que quedan en primera posición en el ranking. ¿Cuánto se ha hablado de Finlandia en estos últimos años? ¿Cuánto se hablará ahora de los países que encabezas la clasificación? El problema es que la traslación no se puede hacer de forma mecánica. Por otra parte, está muy claro lo que hay que mejorar sin acudir a las pruebas. Creo que es patente su inutilidad, más allá de las agresiones y los lamentos. Julio Carabaña, catedrático de  sociología en la universidad complutense de Madrid ha escrito un libro con título bien contundente: “La inutilidad de PISA para las escuelas” (Editorial Catarata).

Podríamos ir más lejos. Criticar el arma no es una forma de acabar con el asesinato. Quiero decir que el problema verdaderamente importante no está en las características de la prueba (psicométricamente irreprochable) sino en el sistema que la arma, en los supuestos en que se apoya, en los fines a los que sirve.

Los profesores conocen bien a sus alumnos, saben quién aprende y quién no. Saben incluso por qué. Saben lo que necesitan. Pero, al parecer, son los evaluadores externos quienes tienen que venir a decirles si lo hacen bien o mal y, supuestamente, en qué tienen que mejorar. El profesor se convierte de nuevo en un aplicador, no ya de las prescripciones del Ministerio sino  del criterio de quienes leen los gráficos elaborados por el softwre estadístico.

La enseñanza es un encuentro humano contingente que puede ser analizado, pero no encerrado en casilleros estadísticos a través de evaluaciones masivas.  Mi postura crítica no encierra un entrega a la irresponsabilidad, al conformismo o a la pereza. Justamente todo lo contrario. Una reflexión crítica y rigurosa sobre el proceso de aprendizaje instará a cada docente y a cada escuela a revisar sus patrones de actuación. Las pruebas masivas no tienen incidencia sobre la actitud de los docentes. Cuando se evalúa mucho y se mejora poco, algo está fallando en el proceso.

Quienes defienden las pruebas tienen que pensar, además de todo lo dicho, en cómo algunos han convertido en un impresionante negocio esta forma de entretener y de engañar al prójimo.

¿Cómo te defraudaría?

7 May

Hace algunos años comencé el curso, no recuerdo en cuál de las asignaturas, haciendo una pregunta a mis alumnos y alumnas.

– ¿Cómo te defraudaría como profesor de esta asignatura?

Hace algunos años comencé el curso, no recuerdo en cuál de las asignaturas, haciendo una pregunta a mis alumnos y alumnas. - ¿Cómo te defraudaría como profesor de esta asignatura?

Les pedí sinceridad en las respuestas escritas (firmadas o anónimas), solicité que me las entregasen y anuncié que todas las sugerencias serían objeto de análisis. No se trataba, les dije, de hacer un catálogo de demandas que yo procuraría satisfacer sino establecer un diálogo fecundo.

Inmediatamente les dije que yo redactaría un escrito en el que les diría a ellos y a ellas cómo me defraudarían como alumnos y alumnas de la asignatura en cuestión. Y anuncié también que sometería mis ideas y demandas a la crítica de sus opiniones.

He conocido a estupendos docentes que han visto  destruidas sus mejores ilusiones de enseñar por quienes tenían que aprender y alumnos que han sido dañados en sus ansias de aprender por los profesores incompetentes y autoritarios que tenían que enseñarles. Por eso considero el diálogo fundamental, por eso ese encuentro decisivo, por eso la necesidad de romper esa nefasta vivencia de que el profesor es el verdugo de los alumnos y de que los alumnos son de los enemigos de los profesores.

Considero fundamental el diálogo entre el profesor y sus alumnos. Ya sé que hay un curriculum establecido que unos y otro deben conocer y cumplir. Pero no de forma acrítica. Ya sé que ese diálogo consume un tiempo que es muy necesario para el desarrollo del programa. Pero, el tiempo que se dedica a preparar un viaje no es un tiempo perdido respecto al viaje sino un tiempo imprescindible para que sea bueno. No tiene sentido empezar a correr sin saber hacia donde. Lo he repetido muchas veces: no hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada.

Se me dirá que ya otros han decidido hacia dónde hay que ir, cuándo, de qué manera, con quién y a qué ritmo. Se me dirá que no hay que perder el tiempo en  discutir lo que ya está establecido. Contraargumento diciendo que el grupo tiene que hacer una experiencia de aprendizaje prescrita, pero hay muchas formas de entenderla y de llevarla a cabo. Creo que la participación del profesor y de los alumnos en el proceso es muy importante. El docente no es una máquina de enseñar y los alumnos máquinas de aprender. De ahí la importancia del diálogo y de los acuerdos. Con el mismo curriculum predeterminado, cada grupo (cada profesor, cada alumno) tiene una experiencia de aprendizaje diferente. En unos casos estimulante, dinámica, enriquecedora y en otros  aburrida,  dictatorial  (de mandar y de copiar) y empobrecedora.

Hicimos nuestras tareas. Leí con atención sus propuestas. Aparecían en las demandas muchas peticiones demandas razonables y otras adulteradas por errores o  malas experiencias vividas.

Aparecía, por ejemplo, un afán desmedido de garantizar el aprobado (o, mejor dicho, la buena nota)  que iba más allá que el interés por garantizar el aprendizaje. Alguno quería que estuviese muy clarito lo que había que hacer para conseguir el aprobado. Pedía que se explicase desde el primer día cuáles eran los mínimos exigibles y la forma inequívoca de alcanzarlos. Les dije que, en ese aspecto, quizás les iba a defraudar. Para explicarlo, les conté la historia del profesor que recibe peticiones similares de un alumno.

–        ¿Donde vas a comer hoy?, le pregunta el profesor al alumno.

–        En el comedor universitario, responde sorprendido el alumno.

–         ¿Te puedo invitar?

–        Claro, si usted lo tiene a bien.

Se dirigieron hacia el comedor, ocuparon una mesa y compartieron el almuerzo hablando de esto y de lo otro.

–        A la hora de los postres, el alumno desea tomar un melocotón y ante su sorpresa el profesor pregunta:

–        ¿Te lo puedo pelar?

–        .No gracias, yo lo hago con facilidad.

–        Dame se gusto, ya que has aceptado la invitación.

–        ¿Te lo puedo partir en pequeño trozos?, inquiere el docente.

–        No, profesor, muchas gracias, Yo lo sé hacer.

–        ¿Te lo puedo masticar?

–        No, profesor, eso no. Qué asco.

–        Pues mira, eso es lo que me pedías hace un rato cuando me formulabas las preguntas sobre el modo de responder correctamente a las preguntas del examen.

Fue curioso observar cómo renunciaban a su protagonismo en el proceso. Ponían toda la iniciativa y toda la responsabilidad, en mis decisiones.

Algunas demandas me parecieron más que razonables: querían que respondiera a sus dudas, que cumpliera con rigor y receptividad las horas de tutoría, que las clases fuesen motivadoras, que supiese escuchar, que estuviese atento a sus dificultades, que hubiese prácticas, que pudiesen participar, que fuese justo en las evaluaciones, que pudiesen dialogar sobre ellas…

En mi escrito les decía que me defraudarían si solo estuviesen preocupados por la calificación, si se entregasen a la ley del mínimo esfuerzo, si no se atreviesen a hacer preguntas, si estuviesen pasivos en el aula, si se limitasen a conseguir un aprobado raspadito, si fuesen competitivos unos con otros, si no mostrasen interés por aprender, si no se ayudasen unos a otros, si carecieran de iniciativa, si se mostrasen conformistas…

Recuerdo que, cuando escucharon mis sugerencias, uno de ellos levantó la mano para decir lo siguiente (espero que no me falle mucho la memoria, aunque la idea está muy clara):

– Dices que te defraudaríamos si nos vieras competitivos y obsesionados por las calificaciones. Sin embargo cuando se convoca una plaza de profesor en tu Departamento, lo que se pide es la calificación…

No tuve más remedio que decir que tenía razón y propuse que se formase una comisión, formada por cuatro o cinco estudiantes (entre ellos el que hizo la pregunta) que respondería conmigo a esta tercera cuestión, que inicialmente yo no había previsto: ¿Cómo nos defrauda el sistema a los dos?

Nos reunimos y reflexionamos sobre las condiciones del trabajo y los contextos en los que se realizaba. Hablamos de las características que definían la cultura en la que se instalaba la institución y en las exigencias que se le planteaban desde fuera a través de la política, la economía y el mundo del trabajo.

La respuesta individual y colectiva, concluimos, debía ser la contrahegemonía. Frente a las exigencias de competitividad, individualismo, obsesión por la eficacia y relativismo moral que se imponen desde la cultura imperante, debería la institución y cada persona luchar para conseguir una sociedad más justa y más hermosa en la que cupiéramos todos y no solo un pequeño grupo de  privilegiados. Sin salir del mundo en que vivimos, deberíamos trabajar con la pretensión solidaria de hacer un mundo mejor.

Los textos de las tres dimensiones de  las hipotéticas decepciones se publicaron (siempre insisto en la conveniencia de la escritura) en la revista universitaria “5ª Convocatoria”. Hoy traigo aquí esa experiencia porque sigo pensando que el diálogo entre docentes y discentes es fundamental, no solo al inicio, sino durante el transcurso de toda la experiencia de enseñanza y aprendizaje. Por eso, al finalizar el curso, volvimos a poner sobre el tapete del diálogo aquellos escritos del comienzo Ese será otro artículo.

Pequeños amos (y amas) de casa

23 Abr

Cada día me sorprende y me ilusiona más encontrarme con experiencias educativas innovadoras.  Proliferan como hongos.  No hay suficientes sábados en el año para hacerme eco de ellas. Y eso que las que yo conozco son una ínfima parte de las que existen. Como para no ser optimistas. Es admirable el derroche de ingenio, de generosidad, de esfuerzo y de compromiso que hacen muchas personas, dentro y fuera del sistema educativo, para poner en marcha experiencias de formación.

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad…

Hace poco visité la ciudad de Burgos para participar en el III Congreso de ASIRE (Asesoramiento, Innovación y Renovación Educativa). La Asociación está integrada por un grupo de  profesionales de la enseñanza llenos de entusiasmo y de coraje que luchan contra viento y marea por una educación mejor. Contra el viento de la pasividad y contra la marea de la rutina. Admirables e incansables personas que con el optimismo a flor de piel  buscan y ofrecen caminos de perfeccionamiento. No me detendré en algunas iniciativas que allí conocí y que se  expusieron en forma de talleres y paneles: radio en la Universidad de Burgos, robótica para estimulación temprana, Ingenium para el desarrollo infantil…

Voy a centrarme en una experiencia con la que me encontré de manera fortuita al margen del Congreso. Un  fruto de la serendipidad. Ya sabe el lector que la serendipidad es el hallazgo inesperado y afortunado que se produce cuando se está buscando otra cosa.

Me alojaron las entusiastas organizadores del Congreso en el Hotel Acuarela, un pequeño y coqueto hotel de diseño, sito en el centro de la ciudad de Burgos. Al retirarme para acudir al trabajo, la chica que atendía en recepción, se dirigió a mí solícitamente:

–           ¿Puedo robarle unos minutos?

–           Cómo no, me los regalas, no me los robas.

Apresuradamente me habla de un proyecto para el logro de la igualdad que está llevando a cabo en el Hotel  con escolares de diversos centros. El proyecto se denomina Pequeños Amos de Casa. (¿por qué no “y amas”?, le sugerí). Imagino que la intención al usar el genérico en este caso es de carácter didáctico ya que pretende romper el estereotipo de “amas de casa”, pero creo que sería mejor hacer explícita la idea de que la experiencia está destinada a niños y a niñas, ya que tiene como eje la búsqueda de la igualdad.

Se ha ganado terreno en el asunto de la realización equitativa de las tareas domésticas, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Todavía decimos los hombres que “ayudamos” a nuestras parejas en las tareas de la casa,  que “colaboramos” intensa o mínimamente con  ellas, todavía hay hombres que cierran las ventanas para hacer las camas y todavía hay quien no se ha enterado de la injusticia reinante desde tiempo inmemorial.

El trabajo de la mujer fuera del domicilio, en muchos casos, ha venido a complicar las cosas en el aspecto que nos ocupa. Porque ahora la mujer tiene que desarrollar doble  trabajo: el de la casa y el de fuera de casa. He visto una viñeta en la que el marido se encuentra en un sillón de la casa tomando una copa y le pregunta su mujer que entra en la casa con un maletín de ejecutiva de no menor tamaño que el que se puede ver al lado del sillón.

– Cariño, ¿qué tenemos hoy para cenar’

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad… Me expuso sus pretensiones, sus líneas de acción y me remitió a la información  que tienen colgada en la red y a la que he acudido para redactar este artículo.  Remito a ella al lector o lectora que esté interesado en la experiencia.

Convoca a escolares de centros en edades comprendidas entre los 8 y los 17 años. Acuden al Hotel en grupo (quiere subrayar la idea de equipo ya que dice que la familia lo ha de ser) y allí pasan tres horas de la mañana realizando tareas diversas. Les explica los objetivos, les propone las actividades, les pone unos petos, les da unas bolsas con confeti para que manchen pasillos y habitaciones,  y entrega una tablet a cada pareja en la que van viendo los vídeos que muestran cómo realizar las tareas.

Hay muchas formas de hacer una cama. Cuidar los detalles es una exigencia del trabajo bien hecho. No se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Hay muchas formas de limpiar un lavabo. Hacerlo bien es una forma exigente de afrontar  las obligaciones. Hay muchas formas de planchar una camisa. Con qué mimo y cuidado lo hace Ana Sánchez. He visto algunos vídeos sobre las actividades que realizan los niños y las niñas en esas horas: planchar una camisa, usar la aspiradora, hacer una cama, limpiar un cuarto de baño…

Me ha llamado la atención que el epicentro de la iniciativa no esté en una escuela sino en un Hotel. Lo cual nos permite ver que todas las instancias de la sociedad pueden contribuir a la educación.

No sé lo que habrá pasado con los clientes del Hotel cuando hayan visto a un grupo de 25 escolares transitar por los pasillos y las habitaciones, aunque hayan trabajado de forma ordenada y silenciosa. Hay quien tiene alergia a los niños y a las niñas. Hay también Hoteles que ni siquiera los admiten como clientes. También en eso hay un punto de reflexión interesante. Las pequeñas molestias que puedan ocasionar los visitantes han de darse por bien empleadas si la experiencia acaba propiciando el cultivo de valores en la sociedad que habitamos. Porque la educación es un asunto de todos los ciudadanos y las ciudadanas de un país, no solo de los docentes que trabajan en los centros escolares o de las familias respecto a sus hijos. Los clientes de ese Hotel pueden contribuir a la mejor educación de su país siendo tolerantes y comprensivos, siendo incluso colaboradores con la experiencia. Ya sé que no pagan para eso ni por eso, pero sí pueden incrementar la sensibilidad colectiva  de la sociedad.

Dice Ana Sancho en los vídeos tutoriales que ha elaborado (más de treinta) que existe una inteligencia colectiva de la que surgen las iniciativas y los afanes de la mejora de la sociedad. Yo hablo además, como se ve,  de la sensibilidad colectiva.

La experiencia tiene poco tiempo. Por lo que yo sé empezó hace unos meses. Ya han acudido escolares de  Primaria de algunos centros y, al parecer, la experiencia ha tenido un éxito magnifico.  Están a la espera de recibir grupos de adolescentes. Es importante que en esas edades trabajen de forma práctica los valores de la convivencia.

Me ha gustado escuchar en uno de los vídeos a un profesor que iba a enviar a sus alumnos al Hotel para realizar la experiencia “Pequeños Amos de Casa”. La apertura de los centros escolares a la sociedad es imprescindible para que no se conviertan en guetos sociales.  Si tiene muros, no es una escuela.

Estoy seguro de que, desde una actitud autocrítica y abierta a la crítica de quienes participan y no participan en la experiencia, se podrá ir perfeccionando.. Todas las experiencias son perfectibles. La mejora está en la actitud humilde y en la voluntad denodada de los emprendedores. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras tratan de enseñar a todas horas.

Sementeras y cosechas

16 Abr

He leído, sin localización precisa del texto, ya que lo he encontrado en la red, un breve artículo de Ricardo Horacio Silva, sobre la profesión docente. El artículo de este escritor e historiador porteño, autor de ““Días rojos, verano negro, una crónica de la semana trágica de 1919”, utiliza  con acierto la metáfora del sembrador para hablar de la tarea educativa.

El educador siembra y siembra con paciencia y con esperanza. Esa es la palabra: con esperanza. Esparce semillas de conocimiento, de solidaridad, de libertad, de amor. Y lo hace cada día en la tierra, diferente en cada caso, de sus alumnos y alumnas. Estos, a su vez, harán fructificar nuevas semillas. Por eso las cosechas de la educación son infinitas.

Las metáforas sirven para iluminar una parte de la realidad y, al mismo tiempo, oscurecen otras. Cuando digo de alguien que es fiero como un león, nada digo de su inteligencia o de su bondad. He utilizado muchas veces la metáfora para reflexionar sobre la educación. Dos veces, por ejemplo, he utilizado la metáfora del árbol: “Vivir en primavera, el valor de la educación”, editado por  Santillana de Santiago (Chile) y  “El árbol de la democracia”, publicado por Profediçoes, en Portugal.

Hay metáforas más afortunadas que otras. No me gusta, por ejemplo, la del escultor porque anula la actividad del educando. Desde mi punto de vista, esencial. El escultor es activo y la estatua es pasiva. El escultor tiene iniciativa, creatividad y la escultura es totalmente pasiva. El título de mi libro “Yo te educo, tú me educas”, refleja claramente mi postura sobre la metáfora del educador como escultor. Porque muestra claramente esa parte tan sustancial, tan activa, tan dinámica, que le corresponde al educando.

Me ha gustado el artículo de Ricardo Horacio Silva, cuando compara la actividad del docente con la tarea que realiza el sembrador. El artículo se titula, de forma certera a mi juicio, “La docencia no es una profesión cualquiera”. Dice el escritor argentino:

“La docencia no es una profesión cualquiera; y no cualquiera merece llamarse docente, aun ostentando título habilitante y cantidad de horas cátedra en alguna institución.

Hay que tener algo más que eso en las entrañas: pasión por el análisis crítico y el debate; enseñar a los alumnos a tomar “entre pinzas” toda la información que reciben a través de los diarios, la radio, la televisión, las redes sociales de Internet, y del docente mismo.

Esta es la condición primera para formar hombres y mujeres con pensamiento propio en lugar de individuos sumisos, dispuestos a obedecer sin vacilaciones las órdenes de un superior, por aberrantes o estúpidas que estas pudieran ser.

Porque el docente, a semejanza del labrador, lleva en sí mismo la alta responsabilidad de sembrar esa simiente de libertad, pero no en la tierra, sino en las mentes y en el alma.

Así como el labrador deposita sus semillas en las generosas entrañas de la tierra, el docente deposita las suyas en los cerebros de sus semejantes. Y ambos esperan, esperan… y ambos sufren la misma agonía de la espera.

Porque no consiste esa espera en cruzarse de brazos: hay que luchar. Hay que luchar contra las aves que bajan a comerse el grano, contra los animales que se alimentan de las plantitas tiernas, contra las heladas o la hijuela que amenaza desbordarse, contra los yuyos y las malezas que se extienden queriendo sepultar la siembra.

Con qué emoción aguarda cada nuevo día, esperando ver las puntitas verdes de las plantas saliendo de la tierra negra. Por fin aparecen y entonces levanta angustiado la vista al cielo, viendo las nubes, reconociendo el viento, se le ve palidecer o iluminarse el rostro, según deduce, de la apariencia del cielo, si se avecina buen o mal tiempo.

Así, el sembrador de libertades otea en sus alumnos la más mínima señal de progreso: espera la palabra, la acción, el gesto que indique la germinación de la semilla en un cerebro fértil.

Pero no es tarea fácil la de los sembradores. Muchas veces se desalientan, cuando la mala yerba ha invadido los campos o cuando la banalidad triunfa sobre una mente joven.

Pero los sembradores no detienen su obra; caminan siempre hacia adelante, mirándolo todo con sus ojos de futuro; sembrando, siempre sembrando.

Un día, los sembradores habrán de abandonar el arado y la anchada, la tiza y los libros. Se preguntarán quizá, en los años de la vejez, qué ha quedado de todo aquel esfuerzo, cuál ha sido el sentido de su existencia, qué herencia han dejado a su comunidad, y si acaso alguien los recuerda.

Tal vez, en el momento supremo puedan llegar a creer que su vida fue en vano; pero se equivocarán. Porque la simiente que plantaron ha dejado a las nuevas generaciones esos hermosos y productivos campos en que juegan hoy los niños y porque algún abuelo les contará a sus nietos, en el otoño de su vida, un relato que empezará acaso con estas palabras: “Cuando era chico, yo tenía una maestra, que me enseñó a pensar…”.

Entonces, quedará escrito en los libros inmemoriales de la Humanidad que los sembradores no detienen su obra, ni aun cuando sus huesos se hayan convertido en polvo, porque ellos caminan siempre hacia adelante, mirándolo todo con sus ojos de futuro, sembrando, siempre sembrando…”

He preferido no cortar, no resumir. Por fidelidad al autor y a mis lectores y lectoras. Una tentación tremenda del sembrador es la prisa. La impaciencia. La ansiedad por ver el fruto. Porque las semillas no crecen bruscamente, no crecen de manera súbita. Necesitan tiempo, cuidados, condiciones.

Las cosechas de la educación no siempre son inmediatas. Hace años recibí una carta de un remitente que desconocía. Al abrirla pude comprobar que era un alumno que había tenido en la Universidad Complutense hacía la friolera de veinte años. Me decía que ahora era profesor de Educación Infantil. Y me contaba que en una de mis clases habíaa aconsejado que leyesen el libro “A los tres años se investiga”, de Francesco Tonucci. Con sinceridad y valentía me decía: ¡Para leer estaba yo entonces! (Para qué estaría, si no estaba para leer, siendo estudiante?). Pues bien, pasado todo ese tiempo, se había acordado de aquella fugaz recomendación, había leído el libro y le había ayudado tanto que quería darme las gracias. ¡Veinte años después! Aquella semilla que cayó en tierra no fértil, había permanecido dormida durante veinte años y había brotado mágica e inesperadamente.

Los cosechas son a veces rápidas, pero muchas otras se retrasan en el tiempo. Puede ser que algunas se pierdan porque la tierra no es fecunda o porque las plagas, los terremotos, las aves, las heladas, los animales, el mal clima o la falta de cuidados hacen que se pierdan.

El educador siembra y siembra con paciencia y con esperanza. Esa es la palabra: con esperanza. Esparce semillas de conocimiento, de solidaridad, de libertad, de amor. Y lo hace cada día en la tierra, diferente en cada caso, de sus alumnos y alumnas. Estos, a su vez, harán fructificar nuevas semillas. Por eso las cosechas de la educación son infinitas. Yo tuve un maestro que tuvo un maestro que tuvo un maestro… Y cada uno de ellos tuvo muchos alumnos. Y estos siguieron esparciendo las semillas porque las semillas y los frutos no se quedan para siempre en un lugar. Por eso la tarea de la educación es intrínsecamente optimista. El profesor es inmortal. Aunque se ausente, las semillas que sembró seguirán dando frutos, no se sabe con exactitud cuándo y dónde.