Los cerezos de Junín y de Luján

15 Oct

He vivido en la provincia de Mendoza (Argentina) dos experiencias emocionantes. Una en la ciudad de Junín, otra en Luján de Cuyo. He recibido el nombramiento de Padrino Pedagógico en la escuela rural 1-178 Francisco Javier Moyano de la Municipalidad de Junín y en el Colegio privado P235 El Nogal, propiedad de una Fundación que lleva el mismo nombre, en la ciudad de Luján de Cuyo. El primero, el día 5 de octubre de 2016, Día Mundial del Docente, y el segundo el día 6 de octubre, en una mañana fría de primavera que nunca olvidaré. Dos escuelas pequeñas, con menos de doscientos alumnos y alumnas, inspiradas y alentadas por sus dos entusiastas directoras.

Pienso que la educación, como la primavera hace con el cerezo, crea las condiciones para que la persona se desarrolle, para que florezca y de frutos.

En ambas escuelas he plantado un cerezo. No es un árbol elegido al azar. Neruda, en su  libro “20 poemas de amor y una canción desesperada” dice que “el amor hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”.  Pensé hace tiempo que la metáfora le convenía especialmente a la educación: “la educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”. No creo que Neruda se hubiera sentido molesto por haberle usurpado la idea. La metáfora que, como siempre, ilumina una parte de la realidad y deja en oscuras otras, es excelente. De ahí el título de un libro que publiqué en Santiago de Chile (Editorial Santillana): “Vivir en primavera. El valor de la educación”.

Pienso que la educación, como la primavera hace con el cerezo, crea las condiciones para que la persona se desarrolle, para que florezca y de frutos. La primavera no injerta, no estira, no poda, no obliga al cerezo. La primavera hace posible que el cerezo en ciernes se haga un árbol florecido y luego cargado de frutos maduros. El protagonista de la historia es el cerezo. Es quien crece y se desarrolla. La primavera hace posible su crecimiento. Es una metáfora hermosa y potente de lo que, a mi juicio, es la educación.

Repito: no es lo esencial la primavera. Lo esencial es el cerezo. La primavera facilita, permite, hace posible, genera las condiciones para que el cerezo pueda ser un cerezo en toda su esencia y potencialidad. La primavera aporta el clima adecuado, las condiciones necesarias para el arraigo y el crecimiento.

Fue emocionante ver, en ambos centros, a toda la comunidad educativa (supervisoras, directivos, docentes, alumnado, familias, personal de administración y servicios, exalumnos) participar en la ceremonia de bienvenida y de plantación del árbol. Un árbol todavía joven que necesitará de  los cuidados de la comunidad  para no agostarse y malograrse. No termina la historia con la plantación. Ahí precisamente comienza. Será el símbolo de la tarea que se realiza dentro de las aulas, dentro de la escuela.

El cerezo será un símbolo vivo que servirá de recuerdo y acicate para que la tarea educativa llegue a buen fin. Los educadores y las educadoras hacen viable el desarrollo. Y los alumnos y alumnas cumplen con la tarea de crecer y dar frutos de conocimiento y de solidaridad.

La metáfora del árbol que crece hacia arriba y hacia abajo, que echa raíces en la tierra y expande las ramas hacia el aire, siempre me ha parecido hermosa. De hecho, la he utilizado en varias ocasiones para reflexionar sobre la tarea educativa. En la Editorial Profediçoes de Portugal, publiqué hace años un libro titulado “El árbol de la democracia” y en Homo Sapiens, otro titulado “Arte y parte. Desarrollar la democracia en la escuela”, uno de cuyos capítulos se titula “La participación es un árbol”.

Importa conocer la naturaleza del árbol, saber cuándo y dónde ha de ser plantado, disponer de una tierra fértil en la que pueda echar raíces, regarlo con frecuencia y esmero, protegerlo de tormentas, plagas y heladas… Y , sobre todo, evitar que leñadores insensibles lo talen sin piedad.

El árbol dará sombra, albergará pájaros de diversa especie, dará flores y proveerá de ricos frutos. (En la escuela rural de Junín elaboraron con mimo para los asistentes dos cerezas rojas de lana con cintas verdes que podían prenderse en la solapa con un pequeño imperdible, acompañadas de un pequeño rectángulo de papel con la fecha y el motivo de la visita). El árbol no solo florece y crece para sí. El árbol ofrece los frutos a la sociedad. Por eso les dije que allí tenían que educar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.

Si el conocimiento que se  adquiere en las escuelas sirviera para dominar, explotar, engañar y  destruir mejor al prójimo, más nos valdría cerrarlas. Cuando digo que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educción y la catástrofe me refiero, sobre todo, a esta dimensión social de la institución educativa. No es solo un lugar para que las personas se socialicen mejor y  tengan éxito en su trabajo sino que es el lugar donde se adquiere el compromiso de la mejora de la sociedad, de la solidaridad humana y de la compasión con quienes sufren.

Las dos ceremonias fueron una fiesta. Una fiesta cargada de emoción y de hermosos detalles. La celebración de la importancia de una tarea que no tiene parangón en la sociedad. Una fiesta en primavera sobre la primavera de la educación.

En Junín hubo canciones, bailes, discursos, regalos, pensamientos enmarcados y reproducción de portadas de libros. En Luján  tuvo presencia la bandera española solicitada al consulado, los niños y las niñas llevaban en carteles con algunas ideas de mis artículos, de mis libros, de mis conferencias. Discursos y regalos. En ambas escuelas, lo más emocionante fue ver cómo los alumnos y las alumnas  escuchaban las historias que les relataba, las palabras que les dirigía, cómo  vivían el ambiente festivo y con qué seriedad contemplaban  la plantación del cerezo.

A una niña que lloraba en El Nogal le  preguntó una profesora:

–        ¿Por qué lloras?

–        No lo sé, contestó.

No era fácil explicarlo. Allí estaba un señor del que decían que había venido de muy lejos, que había escrito muchos libros y que había dedicado su vida a la educación.  Un señor que les había sacado de las aulas a los patios y al que vieron, sorprendidos, plantar un cerezo. Un señor que les decía que la escuela era como El Arca de Noé. Fuera de ella nadie se salva del diluvio de  la ignorancia, la injusticia y la insolidaridad.

En Junín, al lado del cerezo, un artesano local había preparado un hermoso pedestal que, escrito en la madera, dejaba constancia del acto que habíamos celebrado en los jardines de la escuela.

Era hermoso ver a los niños dándote la mano, pidiendo una foto, mostrando un afecto que no había ganado. Los ahijados y ahijadas manifestaban una cercanía a quien les decían que iba a ser su padrino.

En las dos escuelas brindé a los miembros de la comunidad un lema que a mí me ha servido en la vida: “Que tu escuela sea mejor porque tú estás trabajando en ella”. Enseñando, estudiando, cocinando, limpiando, dirigiendo…   Desde estas líneas quiero agradecer a las comunidades educativas de ambas escuelas, la distinción recibida, la emoción de las ceremonias y el afecto que me mostraron. Sinceramente, gracias.

Fiesta de Curso Nuevo

3 Sep

En septiembre se abren en España las puertas de un nuevo curso escolar. Propongo en este artículo que haya una Fiesta de Curso Nuevo igual que existe la Fiesta de Año Nuevo el día uno de enero.

Propongo en este artículo que haya una Fiesta de Curso Nuevo igual que existe la Fiesta de Año Nuevo el día uno de enero.

Lamentablemente para mí ya no tengo que estar de preparativos y afanado en la renovación de ilusiones. Después de muchos años cerré mi experiencia académica en el sistema educativo.  Ya digo, una gran pena para mí.  Pero la vida sigue. Y el nuevo curso llega otra vez. Un curso peculiar regido lamentablemente por la LOMCE, que es la ley en vigor. Una ley que pocos aceptan y muchos denuestan. Una ley cuyo impulsor (el infortunado para mí y afortunado para él, señor Wert) está disfrutando del premio que le concedió el partido por haber producido este lamentable engendro.

Es curioso observar cómo hay niños que desean durante las vacaciones que comiencen las clases y cómo hay otros que viven con angustia creciente la llegada de la apertura. Me gusta preguntar a los niños y a las niñas con los que me encuentro en  el verano si desean volver al colegio.

–  Sí, porque quiero volver a encontrarme con mis amigos, dicen unos.

– No, porque en el cole me aburro mucho, contestan otros.

Lo mismo sucede con los profesores. Algunos sienten deseos irrefrenables de volver a las aulas y otros lamentan que llegue el comienzo de curso y el fin de las vacaciones.

Es una fortuna inmensa que podamos afrontar un nuevo curso con normalidad. Lo hemos asimilado de tal manera que nos parece tan normal como la llegada del verano o del invierno. Sin embargo, poner en marcha la enorme maquinaria del sistema educativo supone un esfuerzo económico y personal enorme. No me puedo imaginar la vida y la sociedad sin el sistema educativo en acción. No solemos valorar de forma suficiente esta gran fortuna de abrir un nuevo curso. Acostumbrados a fijarnos en las limitaciones, las carencias y los errores, no somos capaces de situarnos en la hermosa realidad que tenemos.

No quiero ser con esto conformista. No digo que todo esté bien y que no haya que aspirar y luchar par mejorar el sistema. No. Lo que quiero es celebrar la llegada del nuevo curso con la alegría que se merece.

Deberíamos celebrar la llegada del Curso Nuevo como lo hacemos con el Año Nuevo. Con ese estallido de gozo  y de entusiasmo. Todo el mundo ha vivido la experiencia de las campanadas que abren el Año Nuevo. En España comemos 12 uvas para celebrarlo, hacemos votos para la nueva etapa y brindamos con champán. Tenemos la ventura de abrir las puertas de una nuevo año natural. Propongo que el comienzo de curso escolar sea una fiesta. Se suele hacer, más bien, la celebración del fin. Tendría más sentido hacer esa fiesta al comienzo. Podríamos comer las 10 uvas de los meses del curso escolar. En septiembre la cosecha de uva nos ofrece ese fruto recién madurado. Ya sé que una costumbre no nace de esta forma, con una propuesta hecha desde el humilde rincón de un artículo. Pero sí puede ser efectiva la idea de la celebración del comienzo.

Propongo, repito, que se instaure la Fiesta del Curso Nuevo como existe la fecha del Año Nuevo. Con más motivo. Porque el Año Nuevo solo nos trae una colección de días que se suceden. El Curso Nuevo, sin embargo, nos trae muchas cosas, muchos bienes, muchas realidades hermosas, muchos proyectos.

¿Qué celebrar?

El tener un sistema educativo en el que todos y todas tienen cabida. El tener profesores y profesoras que afrontan con responsabilidad y competencia su tarea. El que haya equipos directivos dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzo a inspirar proyectos de calidad. El  disponer de unos medios didácticos que facilitan el aprendizaje.  El contar con un sistema de transporte escolar eficiente. El tener comedores escolares en los que compartir el pan y la compañía. El tener unas autoridades que velan por la organización y el buen funcionamiento. El tener Departamentos y servicios de psicología y orientación que atienden con eficacia la diversidad . El tener sindicados que velan por los intereses del profesorado. El contar con Asociaciones de Padres y Madres que colaboran activamente con el profesorado. El tener investigadores que buscan con esfuerzo y sabiduría conocer más y mejor el mundo de la educación. El disponer de revistas especializadas y editoriales y libros que profundizan en el significado de la enseñanza. El que se organicen Congresos en los que se ponen en común experiencias, innovaciones y nuevos hallazgos. El que haya Facultades de Educación y Psicología en las que se enseña y se aprende a ser buenos educadores. El que se realicen tesis doctorales e investigaciones con el ánimo de saber  más y de hacerlo mejor. El que haya innovaciones ejemplares que abren nuevos caminos y avivan las mejores ilusiones…

Propongo desde aquí que se celebre en los centros y en la sociedad la Fiesta del Curso Nuevo. Se suele celebrar la Fiesta de Fin de curso, de Fin de carrera, de Fin de Estudios. Se hacen viajes, se organizan actividades, se realizan bailes. Me parece estupendo. La Fiesta de Curso Nuevo  estaría cargada de la ilusión del comienzo para los nuevos y del reencuentro para quienes vuelven a verse. Tendría el sentido de la celebración de  un proyecto que se construye en el marco de la comunidad educativa y estaría cargado de la ilusión y la esperanza de hacer un largo recorrido por las tierras  (o los mares o los cielos) del aprendizaje.

Me gustaría que la Fiesta de Curso Nuevo tuviese una parte académica pero también una parte festiva, de auténtica alegría por participar en una experiencia de tanto calado. He dicho que también debería celebrarse en la sociedad. Porque el hecho educativo no es solamente de sus protagonistas sino de sus testigos. Gracias a que el nuevo curso llega, millones de alumnos y alumnas aprenderán a pensar y a convivir en aras de construir una sociedad mejor. Todos y todas hemos vivido la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, no solo los deportistas que iban a participar en ellos. Todos compartimos la alegría del evento que no solo reparte medallas sino que desarrolla la convivencia y el entendimiento universal a través del deporte.

Habría que avivar el ingenio para que esa Fiesta fuese de interés para todos y para todas, no solo para los que la conciben, diseñan y llevan a cabo. Una Fiesta para todos y para cada uno.

Ya sé que la Fiesta necesita una preparación y que antes de ella están las vacaciones. No necesariamente tendría que hacerse el primer día. Digo esto porque todos podrían participar en su preparación y sentirla suya.

Una vez instaurada, se iría enriqueciendo y adornando año tras año a través de la experiencia acumulada y del intercambio con las iniciativas de los centros y lugares. Bienvenida la Fiesta de Curso Nuevo.  Le veo más sentido que la Fiesta de Año Nuevo porque la primera  trae en sus entrañas un proyecto lleno de aprendizajes nuevos y de relaciones cultivadas.

Hago votos por el nuevo curso que contemplaré feliz y añorante desde mi condición de jubilado. Nadie me podrá arrebatar esta alegría, aunque yo no vaya camino de las aulas. Sí podré aplaudir y vivir con gozo el hecho de que millones de niños y niñas y miles de profesores  y profesoras puedan celebrar la Fiesta de Curso Nuevo. Aplaudiré con entusiasmo y me colmará la alegría.

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Una escuela para la paz

13 Ago

Escribo desde la hermosa ciudad de Pereira (Colombia) donde participo con dos conferencias en el XVII Encuentro Nacional de Docentes Directivos de la Escuela Oficial Colombiana. Lo organiza ASODIC, una Asociación de Directivos que, atenta al momento crucial de pos-conflicto  (algunos prefieren hablar de pos-acuerdo) que vive el país, ha decidido con acierto que el tema central del evento sea “Una escuela para la paz”.

Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor gratuito y de la muerte prematura de los demás.Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

Todo el mundo sabe que el gobierno  colombiano está inmerso en un proceso de negociación con la guerrilla que, casi con toda seguridad, acabará con acuerdos definitivos para la abolición de la violencia armada. Mi aliento y mi aplauso. Hay que acabar con el horror. Recuerdo que, hace dos años estuve en la ciudad de Florencia (estado de Caquetá) donde me hablaron, todavía conmocionados, del secuestro de dos equipos de fútbol cuyos jóvenes jugadores aparecieron luego muertos disfrazados de guerrilleros, siendo declarado el hecho como un “falso positivo”. Aterrador. Los docentes cuentan atrocidades casi increíbles. Una directora me contó anoche durante la cena que su marido fue abatido con dieciocho disparos de los paramilitares. Dos hijos pequeños sin padre para siempre. Un infierno. En esta situación, todos acaban siendo víctimas del terror: los violentos que se envilecen, las víctimas que sufren y los testigos que aprenden miedo y dolor. De hecho, la escuela ha sido un testigo mudo del terror. El miedo ha tendido un manto de silencio sobre el conflicto, que no ha podido ser objeto de análisis en el curriculum. Qué decir de los niños y las niñas, atropellados por tanto odio, con los ojos inundados de imágenes horribles y los oídos llenos de historias de muerte.

El Gobierno, decía más arriba, está empeñado en cerrar las negociaciones de paz en las mesas de dialogo que se están celebrando en La Habana. Después de que se alcancen los acuerdos, que parecen inevitables, se celebrará un plebiscito sometiendo a la población el hecho y los contenidos de los acuerdos. No quiero ni pensar en que gane el no. Hay una encarnizada y poderosa  oposición a los acuerdos de paz encabezada por el anterior presidente Álvaro Uribe.

Recuerdo que hace años, cuando el presidente Zapatero inició, previa autorización del Congreso, la negociación con ETA, escribí un artículo que alguien amablemente le entregó, titulado “Adelante, señor Presidente”. Decía allí que ojalá pudiéramos contarle a nuestros hijos y nietos que lo que no consiguieron las armas lo había logrado la palabra, que lo que no se había alcanzado en el campo de batalla se había podido conseguir en la mesa de negociaciones. Decía también que nadie tiene más respeto a la víctimas que aquel que consigue hablar con los verdugos para que no haya ni una sola víctima más. Sin embargo, todos recuerdan las terribles críticas que la oposición dedicó al proceso de negociación que fue abortado por el atentado de Barajas.

Ya sé que se trata de casos distintos. Pero en todos estos procesos de negociación para alcanzar la paz, digo con el poeta: Malditas armas si no son las palabras. Por eso me parece que el momento que vive el país colombiano es de una extraordinaria importancia. Los docentes y los directivos van a tener un protagonismo decisivo en los tiempos de gestión del pos-conflicto (o del pos-acuerdo), en los tiempos de reconstrucción de la paz.

Decía que cada conflicto es diferente. Sus causas, su desarrollo y sus consecuencias. Y sé que el colombiano, que ya lleva desangrando el país más de medio siglo, es uno de los más complejos y virulentos del mundo.  Afortunadamente las conversaciones de La Habana están dando sus frutos y este Encuentro educativo al que asisto es un indicador de la esperanza de reconstruir la paz y acabar con tanto dolor, con tanto odio, con tantos muertos. El reto es formidable.

Sé que la negociación es verdaderamente intrincada porque hay muchas cuestiones entremezcladas de extraordinaria complejidad: la desmovilización de la guerrilla, la entrega de las armas, la reinserción de los guerrilleros en la vida civil y laboral, la redención de los delitos de sangre, la seguridad ciudadana, el respeto a las víctimas, el desarrollo de los acuerdos, la superación del odio…

Uno de los problemas que existe es el relacionado con los conceptos. ¿A qué llamamos paz? Porque la paz no es la simple ausencia de conflictos. En ningún lugar hay más paz que en un cementerio. Allí todo el mundo está en su sitio y nadie molesta a nadie. Pero no tenemos mucha prisa en que instalen allí nuestra morada.

Hay una paz tramposa que es preciso denunciar. Lo decía Galtug, uno de los principales teóricos sobre el tema: “Llamar paz a una situación en que impera la pobreza, la represión o la alineación es una parodia del concepto de paz”.

En versos contundentes lo explicaba Gabriel Celaya: ”Peor que la guerra, ¿qué?/¡La paz, la paz!/ Esa paz que suena a tiro/y que mata sin alarma”.

Hay otra visión empobrecida que es la que asocia la paz a la idea de tranquilidad. Decimos habitualmente cuando alguien nos incordia: “Déjame en paz”. Y cuando alguien muere, escribimos en su lápida: “Descanse en paz”. Parece claro que esa no es verdadera paz. Hay que andar con mucho cuidado con el lenguaje.

La paz no puede consistir solamente en la ausencia de conflictos armados sino que entraña, principalmente, un proceso de progreso, de justicia, de respeto mutuo entre la personas, los grupos y los pueblos. La paz es dinámica, luchadora, inconformista. No podemos hablar de paz mientras haya masacres, genocidios, atentados, sexismo, opresión, ignorancia, hambre, desempleo, trabajo infantil, prostitución, corrupción, abuso de menores, tráfico de órganos, secuestros, discriminación, amargas procesiones de refugiados, personas sin techo, niños y niñas sin educación…

En segundo lugar existe una falsa concepción de la estrategia para alcanzar la paz: no se puede entender que la paz se construya solo en las mesas de las comisiones negociadoras. La paz es una interpelación a cada persona, a cada escuela, a cada familia, a cada grupo humano… Si no  se compromete la ciudadanía, si no participan las personas, si no se siente interpelado cada individuo, no habrá verdadera paz.

En tercer lugar, me parece estupendo que los organizadores del Encuentro hayan puesto el epicentro de las soluciones en la educación. Porque es ahí donde está la clave de la solución de la construcción de una paz justa y verdadera. En la formación de una ciudadanía que sabe de valores, que los respeta y los desarrolla en la sociedad. Una ciudadanía que convierte en su lema de vida estas ideas: justicia, libertad, armonía, equidad, igualdad, dignidad, democracia, solidaridad, compasión, derechos humanos, desarrollo sostenible…Si las guerras nacen en la mente de las personas, es en la mente y en el corazón de las personas donde hay que colocar los baluartes de la paz.

Dice Federico Mayor Zaragoza: “Ganar la paz no significa solamente evitar la confrontación armada sino elaborar, con tesón y prudencia, los instrumentos que permitan erradicar las causas de la violencia individual y colectiva: la injusticia, la opresión, la ignorancia y la miseria, la intolerancia y la discriminación. Para ganar la paz hay que esforzarse por edificar un armazón de valores y de actitudes que modifiquen, a medio y largo plazo, tanto la conducta íntima como la social. Ganar la paz quiere decir consolidar la convivencia democrática en un nuevo empeño de tolerancia y generosidad que es, en última instancia, una tarea de amor”.

Tengo delante de mi el hermoso libro “Educar para la paz” de mi entrañable y ya desaparecido amigo Jesús Jares. Un educador que dedicó la vida a reflexionar y a trabajar por la paz. Ahora leo con emoción la dedicatoria que me hizo de su puño y letra, dedicatoria que me lleva a su amplia sonrisa y a su apasionado corazón de luchador por la paz. Dice en el libro: “La búsqueda de la paz es una tarea inacabada y  seguramente inacabable. Por ello la educación para la paz no es un lujo sino una  necesidad, un derecho-deber del educador”. Y yo añadiría: es un derecho-deber de cada persona.

Creo que es imprescindible que hagamos una transición progresiva de una cultura de guerra a una cultura de paz. Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor  gratuito y de la muerte prematura de los demás. Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

El Hitler de quinto curso

11 Jun

Hay muchas películas que tratan sobre la escuela, sobre la vida de los docentes y sobre la compleja tarea de la educación. Algunas admirables: Los cuatrocientos golpes, Ser o tener, Hoy empieza todo, Los chicos del coro, El club de los poetas muertos, La clase, La lengua de las mariposas, Ni uno menos, La Ola, La profesora de historia, Al frente de la clase, Detrás de la pizarra, Hijos de un dios menor, El profesor Holland, Esperando a Supemrman, Descubrirdo a Forrester, Profesor Lahzar, Una mente maravillosa, La sonrisa de la Mona Lisa…  Las he citado sin orden ni concierto. Sin orden cronológico y sin concierto temático. Mientras continúo escribiendo me siguen viniendo otras a la memoria: Adios, Mr. Cjips, Unidos para triunfar, Diarios de la calle, Odio en las aulas, Un lugar en el mundo… No seguiré añadiendo títulos porque no quiero convertir el artículo en un catálogo fílmico.

“Ahora, lo siento. Lo siento porque creo que me he mericido el epíteto deHitler de quinto curso. Lo siento porque no he consegudio darles lo que tienen derecho a exigir de mi como su profesor: compasión, ánimo, humanidad...".

El cine es un buen instrumento para abordar cuestiones de tanto calado y de tanta importancia en una sociedad. Ya pasó el tiempo en que los intelectuales denostaban al cine como un espectáculo de barraca, incapaz de meterse en grandes profundidades, como afortunadamente sucedía con la palabra.

Siendo Director del Departamento de Didáctica  y Organización Escolar creé una filmoteca que ha ido enroiqueciéndose sin cesar. Hoy es frecuentemente utilizada, como ha mostrado fehecientemente en su tesis mi querido amigo y excelente docorando Rául Rojano. El cine puede ser un excelne recurso didáctico.

No es un tema fácil la educación. Por no decir que es un tema difícil, muy propenso a los tópicos, a las  simplificaciones y a la superficialidad.

Viene todo este largo preámbulo a introducir las reflexiones que quiero hacer sobre una película que he vuelto a recuperar hace unos días. Me refiero a  “La versión Browning”, dirigida por Mike Figgis en 1994, segunda adaptación cinematográfica de la obra homónima de Terence Rattigan. La primera adaptación, en blanco y negro, se hizo en la fecha ya lejana de 1951.

Traigo a colcación esta película por el impacto que me causó el discurso con el que que el profesor Andrew Crocker-Harris (excelente Albert Finney) cierra una triste trayectoria profesional.

Andrew Crocker-Harris, profesor de Lenguas clásicas en la Abbey School, un internado para chicos, se ve obligado a jubilarse. Durante más de dos décadas ha intentado, sin demasiado éxito, inculcar en sus alumnos la sensibilidad para valorar a los clásicos. Su estado de ánimo oscila entre la rigidez y el abatimiento que le produce saber que su rector le ha puesto el mote de “El  Hitler de quinto curso”. Por otra parte, su vida personal tampoco marcha bien, ya que su esposa (Greta Scacchi), una mujer mucho más joven que él, le engaña con otro profesor del mismo centro y le ridiculiza en público  siempre que puede..

Su rigidez, casi enfermiza, recibe una burla final demoledora ya que, al jubilarse prematuramente por una dolencia cardíaca, pierde sus derechos y queda en la indigencia. Digamos que el destino le acaba aplicando una buena dosis de la medicina que él ha repartido con creces.

En la solenidad del acto de despedida, el profesor Crocker-Harris empieza a pronunciar un discurso  de corte académico:

“El estudio de los clásicos, en mi opinión, es la base de nuestra cultura. Y la cultura no es más que la expresión de lo mejor que hay en la sociedad. La filosofía, un gobierno honrado, la justicia, el arte, el idoima… Nuestxra herencia clásica ya no se valora suficientemente. ¿C Nunca ha conseguido el afecto de sus alumnos. Solamente uno de ellos se muestra cercano y afectuoso.l mode pde perdonarme por hómo ayudaremos a moldear seres humanos civvilizados si ya no creemos en ola civilización?”.

De pronto se interrumpe, deja las hojas que tiene entre las manos, baja las escalaras entre la expectación de loa asistentes y da rienda suelta a los sentimientos que le invaden:

“Ahora, lo siento. Lo siento porque creo que me he mericido el epíteto deHitler de quinto curso. Lo siento porque no he consegudio darles lo que tienen derecho  a exigir de mi como su profesor: compasión, ánimo, humanidad.

He degradado la llamada más noble qiue puede seguir una persona: el cuidado y la formación de los jóvenes.

Cuando llegué a este colegio aun creía en mi vocación docente. Sabía lo que quería hacer y, sin embargo, no lo hice. No puedo dar ninguna excusa. He fracasado miserablemente.

Y solo puedo esperar que encuenctren en sus corazones, ustedes y los alumnos que les han precedido, el modo de perdonarme por haberles fallado. Ne me será fácil perdonarme a mí mismo”.

El reconocimiento público y sincero de su fracaso arranca el aplauso de los asistentes al acto de su despedida. Su sinceridad, la autenticidad de sus palabras, su visible desgarro, su desolación, consiguen lo que no ha podido alcanzar en años de trabajo.

Un profesor exigente, rígido, amargado, sádico… Nunca ha conseguido el afecto de sus alumnos. Solamente uno de ellos (¿es suficiente?) se muestra cercano y afectuoso. Este chico le dice un día en la clase a un compañero que el profesor le da pena. Cuando el docente enuncia un latinajo que nadie entiende, el compasivo alumno ríe. Solo el él. El profesor le pide que salga y que le explique qué es lo que ha entendido.

–       Nada, responde el alumno.

–   Por qué te has reído?

–       Por cortesía.

El profesor le ridiculiza delante de la toda la clase. Al volver al puesto el compañero, le interpela:

– ¿Te da pena ahora?

La fidelidad del alumno John Taplow a su profesor es admirable. De hecho, el regalo que le hace en su despedida de la obra “Agamenón” en la versión Browning será su único consuelo. ¿Basta uno para jusificar la profesión?, vuelvo a preguntar.

Traigo a consideración la triste historia que nos cuenta este clásico del cine para trasladar la reflexión  al desarrollo profesional de los docentes. El caso del profesor Andrew Crocker-Harris es altamente preocupante. Llegada la jubilación reconoce  públicamente su fracaso. Ha sido un profesor amargado que ha martirizado a sus alumnos y se ha dañado a sí mismo, en un terrible alarde sadomasoquista. Ha sufrido y ha hecho sufrir.

En la vida de los docentes existe, además de la vertiente profesional o pública otra de carácter personal y privado que no se puede ignorar. En la película, la mujer del amargado profesor de ciencias clásicas tiene una aventura con otro profesor y ridiculiza a su marido en público siempre que puede. Una tortura añadida.

Me preocupa el desarrollo profesional de los docentes. Su actitud ante sí mismos, ante los alumnos, los colegas, las familias y la sociedad. Y todo aquello que en el clima escolar facilita o dificulta el compromiso. Hay ambientes desoladores y frustrantes en los que es difícil desenvolverse con entusiasmo. Hay otros en los que, por contra,  es difícil mostrarse reticentes o desanimados.

Lo que me impresiona del discurso final de este profesor de “La versión Browning” es que formula la decepción demasiado tarde, cuando solo hay tiempo de reconocerla pero no de corregirla. La vida es una obra de teatro que no admite ensayos.

Pequeños amos (y amas) de casa

23 Abr

Cada día me sorprende y me ilusiona más encontrarme con experiencias educativas innovadoras.  Proliferan como hongos.  No hay suficientes sábados en el año para hacerme eco de ellas. Y eso que las que yo conozco son una ínfima parte de las que existen. Como para no ser optimistas. Es admirable el derroche de ingenio, de generosidad, de esfuerzo y de compromiso que hacen muchas personas, dentro y fuera del sistema educativo, para poner en marcha experiencias de formación.

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad…

Hace poco visité la ciudad de Burgos para participar en el III Congreso de ASIRE (Asesoramiento, Innovación y Renovación Educativa). La Asociación está integrada por un grupo de  profesionales de la enseñanza llenos de entusiasmo y de coraje que luchan contra viento y marea por una educación mejor. Contra el viento de la pasividad y contra la marea de la rutina. Admirables e incansables personas que con el optimismo a flor de piel  buscan y ofrecen caminos de perfeccionamiento. No me detendré en algunas iniciativas que allí conocí y que se  expusieron en forma de talleres y paneles: radio en la Universidad de Burgos, robótica para estimulación temprana, Ingenium para el desarrollo infantil…

Voy a centrarme en una experiencia con la que me encontré de manera fortuita al margen del Congreso. Un  fruto de la serendipidad. Ya sabe el lector que la serendipidad es el hallazgo inesperado y afortunado que se produce cuando se está buscando otra cosa.

Me alojaron las entusiastas organizadores del Congreso en el Hotel Acuarela, un pequeño y coqueto hotel de diseño, sito en el centro de la ciudad de Burgos. Al retirarme para acudir al trabajo, la chica que atendía en recepción, se dirigió a mí solícitamente:

–           ¿Puedo robarle unos minutos?

–           Cómo no, me los regalas, no me los robas.

Apresuradamente me habla de un proyecto para el logro de la igualdad que está llevando a cabo en el Hotel  con escolares de diversos centros. El proyecto se denomina Pequeños Amos de Casa. (¿por qué no “y amas”?, le sugerí). Imagino que la intención al usar el genérico en este caso es de carácter didáctico ya que pretende romper el estereotipo de “amas de casa”, pero creo que sería mejor hacer explícita la idea de que la experiencia está destinada a niños y a niñas, ya que tiene como eje la búsqueda de la igualdad.

Se ha ganado terreno en el asunto de la realización equitativa de las tareas domésticas, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Todavía decimos los hombres que “ayudamos” a nuestras parejas en las tareas de la casa,  que “colaboramos” intensa o mínimamente con  ellas, todavía hay hombres que cierran las ventanas para hacer las camas y todavía hay quien no se ha enterado de la injusticia reinante desde tiempo inmemorial.

El trabajo de la mujer fuera del domicilio, en muchos casos, ha venido a complicar las cosas en el aspecto que nos ocupa. Porque ahora la mujer tiene que desarrollar doble  trabajo: el de la casa y el de fuera de casa. He visto una viñeta en la que el marido se encuentra en un sillón de la casa tomando una copa y le pregunta su mujer que entra en la casa con un maletín de ejecutiva de no menor tamaño que el que se puede ver al lado del sillón.

– Cariño, ¿qué tenemos hoy para cenar’

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad… Me expuso sus pretensiones, sus líneas de acción y me remitió a la información  que tienen colgada en la red y a la que he acudido para redactar este artículo.  Remito a ella al lector o lectora que esté interesado en la experiencia.

Convoca a escolares de centros en edades comprendidas entre los 8 y los 17 años. Acuden al Hotel en grupo (quiere subrayar la idea de equipo ya que dice que la familia lo ha de ser) y allí pasan tres horas de la mañana realizando tareas diversas. Les explica los objetivos, les propone las actividades, les pone unos petos, les da unas bolsas con confeti para que manchen pasillos y habitaciones,  y entrega una tablet a cada pareja en la que van viendo los vídeos que muestran cómo realizar las tareas.

Hay muchas formas de hacer una cama. Cuidar los detalles es una exigencia del trabajo bien hecho. No se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Hay muchas formas de limpiar un lavabo. Hacerlo bien es una forma exigente de afrontar  las obligaciones. Hay muchas formas de planchar una camisa. Con qué mimo y cuidado lo hace Ana Sánchez. He visto algunos vídeos sobre las actividades que realizan los niños y las niñas en esas horas: planchar una camisa, usar la aspiradora, hacer una cama, limpiar un cuarto de baño…

Me ha llamado la atención que el epicentro de la iniciativa no esté en una escuela sino en un Hotel. Lo cual nos permite ver que todas las instancias de la sociedad pueden contribuir a la educación.

No sé lo que habrá pasado con los clientes del Hotel cuando hayan visto a un grupo de 25 escolares transitar por los pasillos y las habitaciones, aunque hayan trabajado de forma ordenada y silenciosa. Hay quien tiene alergia a los niños y a las niñas. Hay también Hoteles que ni siquiera los admiten como clientes. También en eso hay un punto de reflexión interesante. Las pequeñas molestias que puedan ocasionar los visitantes han de darse por bien empleadas si la experiencia acaba propiciando el cultivo de valores en la sociedad que habitamos. Porque la educación es un asunto de todos los ciudadanos y las ciudadanas de un país, no solo de los docentes que trabajan en los centros escolares o de las familias respecto a sus hijos. Los clientes de ese Hotel pueden contribuir a la mejor educación de su país siendo tolerantes y comprensivos, siendo incluso colaboradores con la experiencia. Ya sé que no pagan para eso ni por eso, pero sí pueden incrementar la sensibilidad colectiva  de la sociedad.

Dice Ana Sancho en los vídeos tutoriales que ha elaborado (más de treinta) que existe una inteligencia colectiva de la que surgen las iniciativas y los afanes de la mejora de la sociedad. Yo hablo además, como se ve,  de la sensibilidad colectiva.

La experiencia tiene poco tiempo. Por lo que yo sé empezó hace unos meses. Ya han acudido escolares de  Primaria de algunos centros y, al parecer, la experiencia ha tenido un éxito magnifico.  Están a la espera de recibir grupos de adolescentes. Es importante que en esas edades trabajen de forma práctica los valores de la convivencia.

Me ha gustado escuchar en uno de los vídeos a un profesor que iba a enviar a sus alumnos al Hotel para realizar la experiencia “Pequeños Amos de Casa”. La apertura de los centros escolares a la sociedad es imprescindible para que no se conviertan en guetos sociales.  Si tiene muros, no es una escuela.

Estoy seguro de que, desde una actitud autocrítica y abierta a la crítica de quienes participan y no participan en la experiencia, se podrá ir perfeccionando.. Todas las experiencias son perfectibles. La mejora está en la actitud humilde y en la voluntad denodada de los emprendedores. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras tratan de enseñar a todas horas.