La última vez

31 Dic

La carne, la novela de Rosa Montero nos sitúa ante el desafío del paso del tiempo

 

Lo he pensado muchas veces. Y ahora lo veo plasmado en el libro La carne, de la periodista española Rosa Montero. La carne es una estupenda novela sobre el paso del tiempo, sobre sus devastadores efectos en la carne y en el espíritu. Imagino que le habrá pasado alguna vez a mis lectores y lectoras. Algo que han pensado lo encuentran perfectamente plasmado en un escrito. Me lo han dicho a mí algunas veces: usted pone por escrito algunas ideas que yo tengo, algunos sentimientos que vivo. (más…)

PISA o la cesta de piedras

10 Dic

Se acaban de hacer públicos los resultados de la sexta edición de las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment). Todo el mundo sabe que PISA  es una prueba estandarizada que se aplica de forma trienal a estudiantes de 15 años. La primera aplicación tuvo lugar en el año 2000. Se trata de un proyecto de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) que se ha convertido en un magnífico cesto de piedras para atizar a todo el que se ponga a tiro. Luego vuelvo a esta idea.

PISA evalúa los resultados (no los procesos) obtenidos por los alumnos y las alumnas en tres áreas de conocimiento: ciencias, matemáticas y lectura. No aborda otras áreas del curriculum como el arte, la música o la educación física y, por supuesto, nada relacionado con la esfera de las actitudes y los valores.

¿Para qué sirve PISA? Poco se puede deducir de dichas pruebas para la mejora del sistema educativo. Julio Carabaña, catedrático de sociología de la Universidad Complutense, ha publicado recientemente en la Editorial Catarata un libro titulado “La inutilidad de PISA para las escuelas”. A élme remito.

Nos recuerda el autor que, desde su primera edición, PISA advierte de que lo que miden sus pruebas depende de la experiencia acumulada en toda la vida de los alumnos, desde su nacimiento. “Si un país puntúa más que otro no se puede inferir que sus escuelas son más efectivas, pues el aprendizaje comienza antes de la escuela y tiene lugar en una diversidad de contextos institucionales y extraescolares. Sin embargo, si un país puntúa mejor, puede concluirse que el impacto acumulativo de todas las experiencias de aprendizaje, desde la primera niñez hasta los catorce años, en la escuela y fuera de la escuela, ha producido resultados más deseables en ese país” (OCDE, 2001a: 26). Este texto se recoge idéntico en el apéndice sobre la muestra que hay en todos los informes PISA, y la misma advertencia se expresa repetidamente en otros lugares.

Por tanto, para comparar sistemas educativos hay que diferenciar lo aportado a las puntuaciones PISA en cada país por la escuela de lo aportado por los demás factores, tanto naturales como sociales. Solo una vez aisladas estas aportaciones cabría compararlas entre sí y relacionar las diferencias entre las contribuciones con las instituciones y las políticas. Esto es muy difícil de hacer por dos razones. La primera es que no hay un método para aislar la influencia de la escuela; la segunda es que el número de países es siempre pequeño para los análisis estadísticos.

Pero estos informes se han convertido en la Biblia para que, de manera dogmática, cada uno sitúe a las escuelas, a los legisladores, a los maestros o al sistema educativo, donde quiera ponerlo. Casi siempre en mal lugar. Para muchos ciudadanos no hay otro criterio de valoración. No podemos olvidar que se está comparando lo incomparable. No podemos olvidar que se hacen atribuciones completamente gratuitas dada la naturaleza de las pruebas, el número incontrolable de variables que intervienen en los resultados y las advertencias que nos hacen, como hemos visto, los  autores de las mismas.

PISA se ha convertido, decía más arriba, en un cesto de piedras para arrojar a quien se desee. Se tiran piedras de arriba hacia abajo sobre quienes están en puestos inferiores, se arrojan piedras de abajo hacia arriba culpando a los gobiernos de todos los males educativos, se lanzan piedras en horizontal contra el profesorado por parte de muchos padres, contra los padres por parte de los profesores, contra el alumnado por parte de quienes los consideran poco esforzados y capaces. Muchas piedras y poco compromiso de todos y cada uno para mejorar el sistema educativo. Ese es, a mi juicio,  el problema de PISA.

Porque PISA se ha convertido en un fin, no en un medio como debería ser. Tiene como  finalidad, en último extremo, enseñar a tener mejores resultados en las pruebas PISA. Una pura tautología

He firmado un manifiesto demandando la anulación de los contratos que los diversos gobiernos han suscrito con la OCDE. El manifiesto se apoya en cuatro razones. Respeto la redacción del texto.

Político-educativa: los Ministerios de Educación tienen un limitado control de esta evaluación, teniendo como efecto una intensificación de la estandarización de procesos y mediciones. Progresivamente, organismos internacionales como la OCDE han impuesto transformaciones en las políticas educativas en el mundo, alineando los procesos educativos a una concepción limitada de progreso. Esta estandarización incluye la instalación o adaptación de las pruebas nacionales a un parámetro global a través de la presión ejercida por los rankings. Por otra parte, la estandarización ha impulsado la fuerte entrada de empresas privadas que han desplazado a los ministerios de educación, a las y los docentes, a sindicatos y escuelas de la conducción y perfeccionamiento docente han sido alineados a las evaluaciones estandarizadas. En definitiva, esta lógica reduce los procesos de enseñanza-aprendizaje que apuntan a un desarrollo integral y holístico, enraizado en una consciencia histórico-social crítica.

Técnica: PISA promueve rankings de países en virtud de los resultados. Esta práctica busca neutralizar las enormes diferencias culturales, cosmovisiones y características lingüísticas propias de cada contexto nacional. Este factor implica que esta prueba no cumple con los más mínimos criterios de validez y confiabilidad.

Pedagógica: el régimen de pruebas estandarizadas de alto impacto y los procesos que desencadenan han implicado una transformación radical del quehacer de nuestras escuelas. El estrechamiento curricular ha significado la eliminación de asignaturas como artes, música, filosofía e historia. El tiempo escolar se ha reestructurado para dar cabida al entrenamiento para tener éxito en estas pruebas. Cabe señalar que estas mediciones no son sometidas al arbitrio social ni pedagógico. Estas medidas no toman en cuenta los contextos sociales, ni la diversidad de valores y prácticas pedagógicas.

Social y Psicológica: la medición PISA y sus variantes nacionales discriminan, presionan, y estigmatizan a regiones, países y pueblos en sus comparaciones. El control y la presión por obtener buenos puntajes recae finalmente en las comunidades de maestros y estudiantes, instalando un régimen de alto estrés que está destruyendo el clima escolar y estabilidad emocional de nuestras escuelas. La medición ha profundizado prácticas de exclusión y segregación en nuestras escuelas, despojando de su sentido el  derecho a la educación.

Los sistemas de evaluación deben estar enraizados en las comunidades, deben atender la complejidad, y deben promover una educación respetuosa de los derechos humanos y sociales. Solo de esta manera formamos ciudadanos y ciudadanas en plenitud.

No hacen falta este tipo de pruebas para saber que es preciso mejorar la selección y formación de docentes y directivos, aminorar la ratio profesor-alumno, incrementar el presupuesto destinado a la educación, intensificar y enriquecer la participación de la familia…

PISA aporta, eso sí, un pequeño beneficio: durante unos días todos y todas hablamos de educación. Con algunos chichones en la cabeza debidos a las pedradas, pero pensamos en la educación.

La boa te está midiendo

12 Nov

He leído la reciente e interesante novela de Rosa Montero titulada “La carne”. Suelo, cuando leo,  tener una hoja en blanco en la que anoto el comienzo de una frase, de una anécdota, de un diálogo que me han llamado especialmente la atención. Y, al lado de ese comienzo, coloco una flecha hacia arriba, hacia abajo o en horizontal, para indicar en qué parte de la página se encuentra la cita. De esa manera, cuando termino el libro o algún tiempo después de haberlo leído, y quiero localizar una cita, puedo hacerlo con suma facilidad acudiendo a mis notas. Cuando no lo hacía así, me veía obligado a recorrer el libro hacia delante y hacia atrás en busca de la referencia, con  un esfuerzo largo y, a veces, baldío.

Solo esperará a tener un tamaño suficiente para engullir a su víctima. Una gran desgracia para el cuidador, pero una enorme tragedia para quien se ha convertido en un monstruo al calor de sus cuidadores.

Pues bien, leí una historia en el libro de Rosa Montero que me estremeció. La he localizado sin pérdida de tiempo en la página 188, parte superior. Dice así.

“Recordaba ahora Soledad aquella historia que le contaron años atrás de un niño de Perú que tenía una boa como mascota. El chico había incubado el huevo él mismo, había viso salir a la serpiente de entre las cáscaras y le tenía un comprensible aprecio. El joven reptil dormía con el niño en la cama, aprovechando su calor. Pero, curiosamente,  todas las noches antes de enroscarse, la boa se estiraba todo lo larga que era y permanecía muy quieta y muy rígida durante unos segundos junto al pequeño. Nadie sabía por qué hacía eso, hasta que un día acertó a pasar por allí un zoólogo. “La boa te está midiendo –le dijo al niño-. Cuando sea más grande que tú, te comerá”.

Quiero que esta inquietante historia me sirva para plantear algunas ideas sobre la educación. Pienso en los hijos caprichosos, malcriados, consentidos, que acaban devorando a quien los crió, a quien los alimentó, a quien les dio cobijo y calor. El niño peruano habría tenido un triste final si no le hubieran advertido a tiempo del peligro que corría y hubiera hecho caso omiso de la crucial advertencia.

Me remito al libro de Javier Urra “El pequeño dictador. Cuando los padres son las víctimas”, que  tiene este preocupante subtítulo: “Del niño consentido al adolescente agresivo”. Ahora ha tenido una nueva edición con el título “El pequeño dictador crece”. En esos libros aparecen muy fundamentadas las advertencias del zoólogo.

Creo que los padres y madres que dejan a sus hijos a su completo albedrío, que los sobreprotegen, los defienden de sus tropelías y desvergüenzas, están alimentado a una boa que acabará devorándolos. En primer lugar a ellos, porque son quienes están más cerca, con quien tienen más contacto, con quien conviven cada día.

Me contaban no hace mucho tiempo el caso de un joven cuyos padres son convocados a una reunión con el tutor porque su hijo había insultado gravemente a una profesora. Cuando se sientan en el despacho del tutor y éste es informa de lo sucedido, lo primero que dicen es lo siguiente:

–    Eso es mentira. Nuestro hijo nunca nos engaña. Y él lo niega. Eso no es verdad. El problema está en que la profesora, como é dice, le tiene una manía enfermiza.

¿Puede alguien en su sano juicio,  a excepción de estos progenitores permisivos, ver las cosas de ese modo? ¿Qué interés puede tener la profesora en inventarse esos hechos? Sin embargo, es fácil suponer los intereses que esconde el chico con su negativa. Lo ve un ciego. Lo ve todo el mundo, menos el que no lo quiere ver.

En el mismo centro de Secundaria un alumno se niega a sacar el libro como ha pedido la profesora. Dice que no le da la gana. Llega la Jefa de estudios al rescate y le hace la misma petición con similar resultado. Acude el Director que formula la misma exigencia y consigue idéntica respuesta. Llaman a la madre, que se queda unos minutos a solas con el hijo en el aula. Al cabo de un rato sale diciendo que ha convencido a su hijo para que saque el libro. Cuando le preguntan cómo lo ha conseguido, les dice a los docentes:

–           Le he prometido que, si lo hacía,  le iba a dejar jugar con la Nintendo toda la tarde.

Es decir que por haber desobedecido y desafiado a la profesora, a la Jefa de estudios y al Director,  por haberla hecho venir desde la casa, por haber provocado una situación negativa ante todos los compañeros y compañeras, el “señorito” va a tener un premio: va a jugar toda la tarde con su Nintendo.

No se puede consentir todo lo que hacen, permitir todo lo que dicen, conceder todo lo que piden, comprar todo  lo que desean. Dice María Jesús Álava en su libro “El NO también ayuda a crecer”: “Es importante que, desde el principio, los acostumbremos a no darles todo aquello que nos piden, aunque económicamente no nos suponga problema. Los niños deben valorar las cosas, aprender a esperar, a soñar, a desear lo que quieren, a esforzarse por conseguir lo que anhelan y… a no frustrarse cuando no lo pueden obtener. De otro modo empiezan por no darle  valor a las personas”.

Hay muchas formas, por acción y por omisión, de hacer que la boa que está a nuestro lado vaya creciendo y preparándose para acabar con quien la protege y la cuida.

Alimentar la boa es no imponer limites, no establecer  y exigir el cumplimiento de normas, no demandar responsabilidades.

Alimentar la boa es sobreproteger  a los niños y a las niñas, hacer las cosas por ellos, pensar por ellos, decidir por ellos, responsabilizarse de ellos y por ellas.

Alimentar la boa es pasar por alto las insolencias, las malas respuestas,  los malos modos, los gestos violentos, las amenazas o las  faltas de respeto.

Alimentar la boa es disculpar su desobediencia, no corregir sus malos modos, consentir sus caprichos, sus agresiones, su pereza, sus malos comportamientos.

Alimentar la boa es reír sus gracias faltas de respeto hacia los demás, disculpar todas sus groserías y faltas de urbanidad.

Alimentar la boa es  hacerles creer que solo tienen derechos y no obligaciones, que solo pueden hacer peticiones  exigentes pero no donaciones generosas.

Alimentar la boa es aceptar su pereza para levantarse, para estudiar, para colaborar en las tareas de la casa, para ayudar a los demás.

Alimentar la boa es acceder a todos sus caprichos y exigencias, a todas sus peticiones y deseos, a todas sus  reclamaciones y súplicas.

Alimentar la boa es dar premios por toda buena acción, por cualquier buena nota, por el más pequeño esfuerzo, casi hasta por respirar.

Alimentar la boa es ir recogiendo la ropa que van tirando, ir limpiando servilmente lo que van ensuciando,  ir ordenando lo que abandonan en cualquier parte.

Alimentar la boa es convertirse en sus vasallos, en sus recaderos, en sus taxistas, en sus secretarias, en sus criadas, en sus abogados defensores.

Podría seguir, pero cada uno de mis lectores y lectoras está en condiciones de hacer una lista mucho más larga que esta. La boa, crecida y alimentada, acabará devorando con insensibilidad, egoísmo, desamor y crueldad a quien la ha alimentado, cuidado y protegido durante años. Solo esperará a tener un tamaño suficiente para engullir a su víctima. Una gran desgracia para el cuidador, pero una enorme tragedia para quien se ha convertido en un monstruo al calor de sus cuidadores.

Si la envidia fuera tiña

5 Nov

Me pide Horacio Muros,  Director de una escuela argentina, magnífico profesional y excelente amigo, que escriba algo sobre la envidia en las organizaciones escolares. Cuando un amigo te pide algo, lo tiene concedido antes de terminar la petición. Los amigos son como la sangre, que acuden a la herida sin necesidad de llamarla. En el correo que me escribe deja constancia de las desastrosas consecuencias que tiene la envidia para quien la vive en sus carnes y para quienes son objetivo y causa de esa pasión envenenada. Dice mi amigo: “Estoy convencido de que si se eliminara de las instituciones esta toxina se recrearía el clima institucional y se viviría siempre en primavera… Caín mato a Abel por envidia….y muchas veces en las instituciones hay víctimas a las que los envidiosos verdugos quieren matar…”.

Ojalá caigamos todos y todas en la cuenta de aquel sabio pensamiento de Séneca: “Nunca será feliz aquel al que atormenta la felicidad del otro”.

Eliminar la envidia supondría erradicar del corazón del envidioso el veneno que le atormenta y de la vida de los envidiados las críticas dañinas y las asechanzas perniciosas que se urden en la sombra y que acaban con la paz de la institución. Por otra parte, los testigos de tanta maldad y de tanta desventura dejarían de contemplar ejemplos nocivos de convivencia e invitaciones a convertirse en verdugos. Eliminar la envidia, estoy de acuerdo con mi amigo, mejoraría el clima institucional.

La envidia es la imagen especular invertida de la misericordia. Si la envidia es la tristeza por el bien ajeno, la misericordia es la tristeza por el mal ajeno. El envidioso sufre con la alegría de los demás. No soporta su éxito. Le tortura su felicidad. El envidioso vive atormentado por el bien del prójimo. Se hace mucho daño a sí mismo y piensa que, si destruye al otro, acabará su mal.

Carlos Castilla del Pino, en su introducción al volumen monográfico sobre la envidia (La envidia. Alianza Editorial), dice que  esta es una pasión sobredeterminada. Una pasión que puede ser analizada desde múltiples perspectivas: la del envidioso, la del objeto que se envidia, la de la función psicológica y social de la envidia, la del costo de la envidia en  la economía mental del sujeto que la vive y del que la padece…

El órgano de la envidia son los ojos. Porque el envidioso no mira de frente, mira de reojo. Envidia procede del latín invideo, que significa mirar con recelo. A diferencia de la mirada de la interacción humana normal que es frontal (video).

Cuando un profesor tiene éxito con sus alumnos y alumnas, cuando le quieren y lo expresan, cuando  lo elogian y lo aplauden, cuando los padres y  las madres dicen de él maravillas, cuando le premian por una innovación creativa, cuando el director o el inspector destacan su trabajo, el envidioso sufre y explica sus éxitos de forma tergiversada, despectiva y cruel. Trata de desprestigiarlo ante quien está dispuesto a oírlo.

El envidioso procura hacer odioso ante terceros al envidiado. Le calumnia, le denigra, trata de desprestigiarlo y de destruirlo. Le atribuye intenciones torcidas y explica sus éxitos por motivos espurios. He hablado de los cuchillos que maneja el envidioso para herir y, si puede,  matar al envidiado. He descrito 25 cuchillos diferentes. Los he visto todos entrando y saliendo de la carne del envidiado.

Tiene problemas afectivos

No tiene hijos, por eso dedica tanto tiempo a los alumnos

Se está separando, no quiere ir a casa

Es muy raro, fíjate las cosas que hace gratuitamente

Está tarado, su proceder no es normal

Es un joven iluso, cree que va a cambiar el mundo

Es un veterano tan tonto como cuando era joven

Es un adulador de su jefes

El éxito le viene de la suerte o del engaño

Lo que propone ya lo intentamos hace un año y no valió para nada

Quiere que le hagan un monumento,

Quiere hacer méritos

Pretende que le pongan su nombre a una calle

Quiere que le  den la tiza de oro

Quiere heredar la escuela

Con tal de sobresalir es capaz de trabajar más

Es de Podemos, o del PP, O DEL PSOE  (o de cualquier grupo que tenga en el contexto una connotación negativa)

Es un meapilas

Ella cree que es feminista, lo que pasa es que tiene mal carácter

Si no fuera tan guapa no tendría tanto éxito

Quiere sobresalir para que le den un cargo

Se cree mejor que los demás

Se muere por los aplausos

Todo en él (en ella) es fachada

El objetivo de la envida no es el bien que posee el envidiado sino el sujeto que los posee. Por eso es a él a quien quiere aniquilar con comentarios mordaces o con acciones destructivas. Si destruye a quien envidia, termina la causa que le  hace sufrir.

Los envidiosos y envidiosas son muy desgraciados porque no solo viven sus propios males sino que ven como desgracias suyas los éxitos del prójimo. ¿No tienen bastante con su propio caudal de desgracia? Parece que no. Tienen en su actitud un componente masoquista, que les lleva a sufrir y otro sádico que les lleva a buscar el daño ajeno. Un tormento que no cesa.

El envidioso odia al envidiado por no poder ser como él pero también se odia a sí mismo por ser como es. Y, desde luego, jamás reconocerá que es envidioso. Para Spinoza la envidia está teñida de odio porque la sola presencia o incluso el recuerdo del envidiado trae a la memoria del  envidioso cuánto le falta.

Quevedo recuerda que “la envidia está flaca porque muerde y no come”. Las imágenes de la envidia se centran en la corrosión: la envida  roe al otro y corroe al envidioso Y también en la consumición: le reconcome la envidia, se consume en la envidia, se muere de envidia, le come la envida. Su color representativo es el amarillo: “El envidioso ve con una mirada obscena y oblicua, siente y se resiente, su mente está teñida no con el rojo de la ira, ni el verde de los celos, sino con el amarillo de los venenos: la envidia es amarilla”, dice  Jorge Vigil Rubio en su libro “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”.

En la dialéctica de la envidia hay una base de admiración. En el fondo, el envidioso admira al envidiado como Caín admiraba a Abel porque los frutos que cosechaba subían al cielo y los suyos no.

Quién no recuerda aquel viejo refrán de la lengua castellana: Si la envida fuera tiña, cuántos tiñosos habría. Hace referencia explícita por una parte a la extensa presencia de esta pasión (cuántos tiñosos habría) y por otra, implícita, a su carácter contagioso, ya que la tiña es una enfermedad de fácil propagación. Los hongos dermatofitos se contagian con rapidez y facilidad por el contacto directo con la piel enferma o a través de mascotas.

Todo se intensifica o se envenena más cuando el envidioso o el envidiado es el líder e la institución. Se complica porque si el líder es envidioso genera un clima tóxico  de persecución  y descalificación de los envidiados desde el poder y si es el envidiado se produce una estrategia de acoso y derribo.

Ojalá caigamos todos y todas en la cuenta de aquel sabio pensamiento de Séneca: “Nunca será feliz aquel al que atormenta la felicidad del otro”. Que hermoso sería vivir como propios los éxitos de los colegas y celebrar su logro en la comunidad de pensamientos, intereses y emociones que es una escuela. Porque todos tenemos derecho a la felicidad. No solo el derecho: el derecho y la obligación.

Violencia sutil de género

22 Oct

Mi amigo Antonio Poleo está coordinando en Málaga un Certamen juvenil de micro-relatos sobre violencia de género en la juventud. Y me ha pedido que dedique algunas reflexiones a la delicada y crucial cuestión de le violencia invisible. Lo haré en aras de la amistad y, cómo no, de la trascendencia del tema.

Y tendrá que ser alta, para lo cual elegirá unos zapatos con elevados tacones, aunque le destrocen los pies y no pueda apenas caminar.

Este es un problema que afecta a media  humanidad y que sigue generando víctimas cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo… Mujeres muertas (fueron 63 en España en el pasado año), mujeres enterradas en vida, torturadas, maltratadas, destruidas, discriminadas, violadas, silenciadas… Por el simple delito de ser mujeres. Y las fuentes del sexismo siguen manando y manando, derramando su agua fétida sobre las costumbres, el lenguaje, las relaciones personales y laborales, las creencias religiosas, las ocupaciones, las expectativas…  Hay que acabar con esta lacra.

En 1984 (cuidado que ha llovido desde entonces) escribí “Coeducar en la escuela. Por una enseñanza no sexista y liberadora”. Porque ya creía entonces que es en la tarea educativa  donde está la verdadera solución. No solo en la educación, claro está. Y no solo en la educación escolar. La familia es el nicho ecológico por excelencia donde se configura la personalidad. La clave está, pues, en la formación de concepciones, de actitudes y de prácticas asentadas en valores, sustentadas en el respeto a la dignidad de todas las personas, hombres y mujeres.  Se ha avanzado, sí.  Pro todavía queda un largo camino. Un camino que, mientras se recorre, deja un reguero de víctimas. Por eso urge tanto la solución.

La idea del Certamen de micro-relatos parte de la Asociación “Iniciativa Internacional Joven”. Son muy loables sus objetivos. Están en la base de la coeducación. Cito algunos: animar a los  jóvenes y a las jóvenes a intercambiar y analizar experiencias sobre la violencia invisible de género, fomentar actitudes críticas y activas ante el sexismo, estimularles para enfrentarse a la violencia de género, crear un espacio de encuentro y reflexión…

Desde aquí felicito a los autores y autoras de la iniciativa y animo a los jóvenes y a las jóvenes a participar con su relato en el Certamen. No solo para ganar sino para reflexionar, para sentir, para comprometerse con esta causa que nos afecta a todos y a todas. Que afecta, en especial, a las víctimas.

Hace algunos años publiqué, en la revista “Misión Abierta”, un artículo titulado “Las mil caras de la violencia contra la infancia”.  Las  caras que analicé eran todas invisibles, casi imperceptibles, totalmente subrepticias. Decía allí que la violencia burda es fácilmente detectable, perseguible y condenable, pero que hay una violencia sutil que es más difícil de descubrir y de combatir. Es más fácil denunciar una bofetada que un piropo. Es más sencillo rechazar una patada que un beso forzado. Recuerdo ahora aquel hermoso libro de María José Urruzola: “Ni un besito a la fuerza”.

El peligro que encierra la violencia sutil es que, a veces, está disfrazada y no se detecta fácilmente: ”si me quieres, dame la contraseña de tu correo” (control), “yo trabajaré para los dos” (sobreprotección), “no me gusta que te pongas minifalda” (posesión), “tienes que hacer dieta” (tiranía), “no me gusta cómo te ha mirado ese tío” (celos), “hoy no te has maquillado” (dominio)…

Es necesario avivar el sentido crítico para saber captar la realidad con perspicacia y hay que desarrollar el compromiso ético para no ejercer la violencia y para rechazarla con energía cuando se es objeto de ella.

Voy a centrarme en un aspecto (de los miles que existen) de violencia sutil. Me refiero a la dictadura de la belleza, a la esclavitud de la hermosura que sufre la mujer.  Las niñas acaban comprendiendo que, en esta sociedad machista hay que ser hermosa par tener éxito, para que te acepten,  para que te den trabajo, para que te quieran.

Está muy bien (dicen las teorías) ser una persona honrada, trabajadora, solidaria, humilde, inteligente, generosa, justa, bondadosa, auténtica…, pero a la hora de ser elegida para un baile, todas esas cualidades no sirven para nada.  O a la hora de encontrar trabajo o de elegir pareja.

La trampa es mortal.  La servidumbre que genera esta exigencia, la ansiedad y el miedo al rechazo que provoca, la mala autoimagen que suscita, meten a la mujer en un laberinto emocional. O te acoplas a las demandas de la sociedad o te conviertes en una fracasada.

Para ser respetada, aceptada y querida, una chica tendrá que ser guapa y se pasará horas delante del espejo maquillándose hasta que casi deje de verse a sí misma.

Y tendrá que ser alta, para lo cual elegirá unos zapatos con elevados tacones, aunque le  destrocen los pies y no pueda apenas caminar.

Y tendrá que llevar un peinado a la última moda para lo que deberá dedicar un tiempo y un dinero de los que, acaso, no dispone.

Y tendrá que vestir de una forma elegante, atractiva, a ser posible con prendas de marca, aunque no tenga dinero para comprarse esa ropa.

Y tendrá que ser delgada. Para lo cual deberá comer lo indispensable, aunque con ello arriesgue la salud y se prive de placeres saludables.

Y tendrá que tener unas facciones proporcionadas, para lo cual pensará que no estaría mal hacerse una o más operaciones de estética.

Y sus ojos tendrán que tener un color maravilloso para lo cual deberá probar y probar y luego comprar unas lentillas adecuadas, aunque caras.

Y tendrá que adornarse de joyas y de abalorios que cuestan un dinero que ella no tiene y del que carecen sus padres.

Por todo ello, la chica empezará a sentir que cuando no está maquillada, cuando no lleva tacones, cuando lleva ropa sencilla, cuando no está delgada, cuando no lleva joyas, cuando  conserva sus propios rasgos, es decir, cuando es ella misma, no puede ser aceptada ni querida.

Aconsejo a mis lectores y lectoras que vean (no podrán hacerlo sin emocionarse) el video titulado “Maltrato sutil”, con guión y dirección de Diego Jiménez e  ilustraciones de Sonia Sanz Escudero. No puede ser ni más breve, ni más hermoso, ni más contundente.

Los elogios que reparten los hombres (y las mujeres, a veces), la selección de modelos que presentan los medios (¿alguien ha visto una presentadora anciana, obesa o extremadamente fea…?), los criterios de elección de novias y parejas… están basados muchas veces en el aspecto exterior.

Acabo de leer una estupenda novela de Rosa Montero que se titula “La carne”. Resulta patética la preparación de Soledad para recibir en su casa la segunda visita de Adam. En las páginas 78, 79, 80 y 81 (¡cuatro páginas!) se describe con precisión todo lo que hace para estar atractiva. Un martirio.

El problema se agrava cuando la violencia sutil  (casi siempre impune) es ejercida por personas cercanas, las más cercanas, las que tendrían la mayor exigencia de respeto a la dignidad de esa mujer.

Quiero aconsejar a mis lectores y lectoras la lectura de una novela titulada “Por trece razones”. Cuenta  Jay Asher, maestro y librero, la aleccionadora historia  de Hannah, una adolescente que se suicida a causa de la violencia sutil que ejercen sobre ella trece personas  a las que deja, como legado póstumo, un conmovedor mensaje grabado en el que de viva voz recorre los escenarios y repasa las circunstancias dolorosas que le han llevado a tomar la fatal decisión. ¿Quién causó al muerte de Hannah? ¿Quién pagó por ella? Nadie.