Violencia sutil de género

22 Oct

Mi amigo Antonio Poleo está coordinando en Málaga un Certamen juvenil de micro-relatos sobre violencia de género en la juventud. Y me ha pedido que dedique algunas reflexiones a la delicada y crucial cuestión de le violencia invisible. Lo haré en aras de la amistad y, cómo no, de la trascendencia del tema.

Y tendrá que ser alta, para lo cual elegirá unos zapatos con elevados tacones, aunque le destrocen los pies y no pueda apenas caminar.

Este es un problema que afecta a media  humanidad y que sigue generando víctimas cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo… Mujeres muertas (fueron 63 en España en el pasado año), mujeres enterradas en vida, torturadas, maltratadas, destruidas, discriminadas, violadas, silenciadas… Por el simple delito de ser mujeres. Y las fuentes del sexismo siguen manando y manando, derramando su agua fétida sobre las costumbres, el lenguaje, las relaciones personales y laborales, las creencias religiosas, las ocupaciones, las expectativas…  Hay que acabar con esta lacra.

En 1984 (cuidado que ha llovido desde entonces) escribí “Coeducar en la escuela. Por una enseñanza no sexista y liberadora”. Porque ya creía entonces que es en la tarea educativa  donde está la verdadera solución. No solo en la educación, claro está. Y no solo en la educación escolar. La familia es el nicho ecológico por excelencia donde se configura la personalidad. La clave está, pues, en la formación de concepciones, de actitudes y de prácticas asentadas en valores, sustentadas en el respeto a la dignidad de todas las personas, hombres y mujeres.  Se ha avanzado, sí.  Pro todavía queda un largo camino. Un camino que, mientras se recorre, deja un reguero de víctimas. Por eso urge tanto la solución.

La idea del Certamen de micro-relatos parte de la Asociación “Iniciativa Internacional Joven”. Son muy loables sus objetivos. Están en la base de la coeducación. Cito algunos: animar a los  jóvenes y a las jóvenes a intercambiar y analizar experiencias sobre la violencia invisible de género, fomentar actitudes críticas y activas ante el sexismo, estimularles para enfrentarse a la violencia de género, crear un espacio de encuentro y reflexión…

Desde aquí felicito a los autores y autoras de la iniciativa y animo a los jóvenes y a las jóvenes a participar con su relato en el Certamen. No solo para ganar sino para reflexionar, para sentir, para comprometerse con esta causa que nos afecta a todos y a todas. Que afecta, en especial, a las víctimas.

Hace algunos años publiqué, en la revista “Misión Abierta”, un artículo titulado “Las mil caras de la violencia contra la infancia”.  Las  caras que analicé eran todas invisibles, casi imperceptibles, totalmente subrepticias. Decía allí que la violencia burda es fácilmente detectable, perseguible y condenable, pero que hay una violencia sutil que es más difícil de descubrir y de combatir. Es más fácil denunciar una bofetada que un piropo. Es más sencillo rechazar una patada que un beso forzado. Recuerdo ahora aquel hermoso libro de María José Urruzola: “Ni un besito a la fuerza”.

El peligro que encierra la violencia sutil es que, a veces, está disfrazada y no se detecta fácilmente: ”si me quieres, dame la contraseña de tu correo” (control), “yo trabajaré para los dos” (sobreprotección), “no me gusta que te pongas minifalda” (posesión), “tienes que hacer dieta” (tiranía), “no me gusta cómo te ha mirado ese tío” (celos), “hoy no te has maquillado” (dominio)…

Es necesario avivar el sentido crítico para saber captar la realidad con perspicacia y hay que desarrollar el compromiso ético para no ejercer la violencia y para rechazarla con energía cuando se es objeto de ella.

Voy a centrarme en un aspecto (de los miles que existen) de violencia sutil. Me refiero a la dictadura de la belleza, a la esclavitud de la hermosura que sufre la mujer.  Las niñas acaban comprendiendo que, en esta sociedad machista hay que ser hermosa par tener éxito, para que te acepten,  para que te den trabajo, para que te quieran.

Está muy bien (dicen las teorías) ser una persona honrada, trabajadora, solidaria, humilde, inteligente, generosa, justa, bondadosa, auténtica…, pero a la hora de ser elegida para un baile, todas esas cualidades no sirven para nada.  O a la hora de encontrar trabajo o de elegir pareja.

La trampa es mortal.  La servidumbre que genera esta exigencia, la ansiedad y el miedo al rechazo que provoca, la mala autoimagen que suscita, meten a la mujer en un laberinto emocional. O te acoplas a las demandas de la sociedad o te conviertes en una fracasada.

Para ser respetada, aceptada y querida, una chica tendrá que ser guapa y se pasará horas delante del espejo maquillándose hasta que casi deje de verse a sí misma.

Y tendrá que ser alta, para lo cual elegirá unos zapatos con elevados tacones, aunque le  destrocen los pies y no pueda apenas caminar.

Y tendrá que llevar un peinado a la última moda para lo que deberá dedicar un tiempo y un dinero de los que, acaso, no dispone.

Y tendrá que vestir de una forma elegante, atractiva, a ser posible con prendas de marca, aunque no tenga dinero para comprarse esa ropa.

Y tendrá que ser delgada. Para lo cual deberá comer lo indispensable, aunque con ello arriesgue la salud y se prive de placeres saludables.

Y tendrá que tener unas facciones proporcionadas, para lo cual pensará que no estaría mal hacerse una o más operaciones de estética.

Y sus ojos tendrán que tener un color maravilloso para lo cual deberá probar y probar y luego comprar unas lentillas adecuadas, aunque caras.

Y tendrá que adornarse de joyas y de abalorios que cuestan un dinero que ella no tiene y del que carecen sus padres.

Por todo ello, la chica empezará a sentir que cuando no está maquillada, cuando no lleva tacones, cuando lleva ropa sencilla, cuando no está delgada, cuando no lleva joyas, cuando  conserva sus propios rasgos, es decir, cuando es ella misma, no puede ser aceptada ni querida.

Aconsejo a mis lectores y lectoras que vean (no podrán hacerlo sin emocionarse) el video titulado “Maltrato sutil”, con guión y dirección de Diego Jiménez e  ilustraciones de Sonia Sanz Escudero. No puede ser ni más breve, ni más hermoso, ni más contundente.

Los elogios que reparten los hombres (y las mujeres, a veces), la selección de modelos que presentan los medios (¿alguien ha visto una presentadora anciana, obesa o extremadamente fea…?), los criterios de elección de novias y parejas… están basados muchas veces en el aspecto exterior.

Acabo de leer una estupenda novela de Rosa Montero que se titula “La carne”. Resulta patética la preparación de Soledad para recibir en su casa la segunda visita de Adam. En las páginas 78, 79, 80 y 81 (¡cuatro páginas!) se describe con precisión todo lo que hace para estar atractiva. Un martirio.

El problema se agrava cuando la violencia sutil  (casi siempre impune) es ejercida por personas cercanas, las más cercanas, las que tendrían la mayor exigencia de respeto a la dignidad de esa mujer.

Quiero aconsejar a mis lectores y lectoras la lectura de una novela titulada “Por trece razones”. Cuenta  Jay Asher, maestro y librero, la aleccionadora historia  de Hannah, una adolescente que se suicida a causa de la violencia sutil que ejercen sobre ella trece personas  a las que deja, como legado póstumo, un conmovedor mensaje grabado en el que de viva voz recorre los escenarios y repasa las circunstancias dolorosas que le han llevado a tomar la fatal decisión. ¿Quién causó al muerte de Hannah? ¿Quién pagó por ella? Nadie.

El lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson

20 Ago

Un mal docente es como un lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson. El desastre está asegurado. Las heridas o la muerte son más que probables en quien actúa  como sujeto experimental, por muchas dotes acrobáticas que tenga. No se librará de las heridas o de la muerte.

Un mal docente es como un lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson. El desastre está asegurado. Las heridas o la muerte son más que probables en quien actúa como sujeto experimental, por muchas dotes acrobáticas que tenga. No se librará de las heridas o de la muerte.

No dejarías ni un segundo a mi hija delante de ese lanzador. Los riesgos serían extremos. Cuando anunciase que iba a marcar el perfil de la cabeza con los cuchillos clavados en la pared, nadie se quedaría impasible en el sitio, salvo un suicida Cualquier persona medianamente sensata emprendería una veloz carrera.

El problema del sistema educativo es que, en algunas etapas, es obligatorio. Y ese lanzador seguirá clavando cuchillos si alguien no se lo impide. Hay que apartarle de la función hasta la completa curación.

Pero, ¿quién y por qué es un mal docente?

Quien no sabe. Es un mal docente el que no sabe lo que tiene que enseñar, el que no domina su campo disciplinar, el que no conoce a sus alumnos y alumnas ni se esfuerza por hacerlo, el que no conoce en qué mundo vive ni en qué institución enseña…

Quien no sabe hacer. Es un mal docente quien no sabe enseñar, quien no tiene estrategias didácticas para conseguir la motivación necesaria para que  aprendan, el que no sabe gobernar el aula ni relacionarse con sus colegas ni con sus alumnos…

Quien no quiere. Es un mal docente el que no tiene voluntad para hacer bien la tarea, el que no se preocupa por prepararse, por relacionarse, por llevar a cabo con perfección las exigencias de su profesión…

Quien no sabe ser. Es un mal docente quien no da ejemplo, quien no tiene respeto por sí mismo ni por los alumnos ni por su profesión, el que desprecia su función con malas actitudes, malos comportamientos y pésimas relaciones…

Quien no puede. Se convierte en un mal docente quien no dispone de las condiciones necesarias para hacer bien la tarea. Si el piso no es firme, si el cuchillo es de mala calidad, si la visibilidad es deficiente, puede originar un desastre.

Hay unas soluciones genéricas que hacen muy difícil que tengamos docentes malos o malos docentes (es muy diferente decir un griego desnudo que un desnudo griego).  Esas soluciones tienen que ver con los procesos de selección, de formación inicial, de formación permanente y de organización del profesorado.

No puede seguir funcionando el sistema con el estado de opinión implantado de que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Hay que revertir esa forma de pensar. Es decir, hay que plantearse que para realizar una tarea tan compleja y tan importante hay que elegir a las mejores personas  de un país.

Hay que plantear una formación inicial rigurosa, consistente, práctica y orientada a la acción. Con una potente simbiosis de teoría y de práctica. En grupos pequeños (no masificados), con buenos formadores e instituciones con  sensibilidad y capacidad de innovación.

El docente no se forma de una vez para toda la vida. El saber se incrementa de forma exponencial, los contextos se modifican, los aprendices cambian, las circunstancias se modifican.  La formación permanente o formación en la acción tienen que fortalecerse y perfeccionarse.

Finalmente, la cuarta exigencia para que tengamos buenos docentes, es que se organice su práctica de forma racional y exigente. Dignificar la profesión desde la política, desde la sociedad y desde la actuación de las familias es muy importante para que los docentes actúen con solvencia.

A pesar de todo, por motivos diferentes, puede haber en la docencia  casos de profesionales que no dan la talla, que son un peligro para los alumnos y las alumnas. Conozco casos en los que año tras año, los alumnos y las familias expresan quejas justificadas de mal proceder de algunos docentes. Quejas fundadas, argumentadas y evidentes.

Me preocupa que no se haga nada para evitar situaciones inadmisibles. Todo el mundo sería partidario de impedir al lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson que practicase con personas de carne y hueso.  No habría problema en que lo hiciese con muñecos de trapo mientras no esté curado.

Suele haber consenso sobre estos malos docentes. Es decir, los alumnos, los padres y las madres, los colegas y los directivos se muestran unánimes ante la desaprobación por el proceder de un mal docente.

Lo que pasa es que no se quiere o no se puede  entrar en la faena y decir: usted no puede dedicarse a esta delicada tarea con una actitud o con un comportamiento como el suyo. Hay en estas actuaciones perversas una escala de diversa naturaleza y grado: desde los abusos y  el maltrato hasta la incompetencia intelectual y  didáctica.

Las autoridades educativas tienen una especial responsabilidad en estas cuestiones. Pero no solo ellas. Los colega, las familias y alumnos no pueden permitir que se causen daños al prójimo sin abrir la boca, pensando que “el que venga detrás, que arree”.

Desde mi punto de vista habría que seguir  cuatro pasos en la intervención:

Diagnosticar con rigor y claridad lo que sucede en el caso concreto que es objeto de preocupación. ¿Qué es lo que pasa realmente? ¿En qué consiste el problema? ¿Cuál es el origen del mismo? No es igual que el profesor no sepa a que el profesor no quiera. Porque si no sabe, puede aprender. Pero si no quiere, es muy difícil solucionar el problema.

Dialogar con el interesado para ver qué posición tiene ante la situación. No es igual que reconozca el problema a que se cierre en banda achacando la situación a los demás. Ese diálogo está en la base del diagnóstico y de la intervención.

Actuar de manera racional y ética. Eso quiere decir que hay que tener en cuenta los intereses del docente y los intereses de los alumnos y de las alumnas. No se puede permitir que el lanzador de cuchillos siga causando heridas y muerte de forma impune. La casuística sería infinita. No es igual el caso de un docente que está dispuesto a solucionar el problema que el de otro que se niega en redondo a tomar cartas en el asunto. Y así, de forma temporal, habría que apartar de la docencia a esos lanzadores que son una amenaza evidente y constante para los alumnos y alumnas. Hay puestos en la administración educativa que no conllevan responsabilidad directa con los alumnos.

Finalmente, habría que evaluar periódicamente la intervención que se ha efectuado. No siempre ha de considerarse irrevocable una decisión. Porque pueden cambiar muchas variables de la situación o las actitudes de las personas. Hay enfermedades que con un buen tratamiento tienen curación.

En todos los pasos de este proceso hay que actuar con extremada cautela y con el máximo respeto a las personas. A todas las personas. La ética ha de presidir estas intervenciones para que todos se sientan comprendidos. En cualquier campo esta es una exigencia fundamental, pero en la educación es consustancial a la naturaleza de la tarea.

No ignoro que a los docentes se les lanzan cuchillos afilados desde muchos lados del sistema. Ellos y ellas también deben ser protegidos del daño. Pero esa es harina de otro costal

Las collejas de (a) Rajoy

5 Dic

El señor presidente del gobierno, que elude los debates políticos (ha rechazado recientemente participar en un debate a cuatro con Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias) se prodiga en programas de radio y de televisión. Acudirá pronto al programa de Teresa Campos y al de Bertín Osborne, “En tu casa o en la mía”. Hace unos días estuvo con su hijo Juan en un programa deportivo al que seguidamente haré alusión.

Presencia de los líderes políticos en los medios, sí. Una como obligación, que son los debates y otra como devoción que es el entretenimiento. Pero, en todas ellas, con la ejemplaridad de los dichos y los hechos. Porque la pantalla o la antena se convierten en esos momentos en un aula.

A mí no me parece mal que los políticos se den a conocer en los aspectos más humanos, más íntimos, más cercanos. Siempre y cuando no hurten a la ciudadanía lo que principalmente tiene que saber: qué ideas, qué estrategias, qué programas electorales van a votar. Es decir, no me parece mal que el presidente del Gobierno acepte realizar una entrevista sobre su vida pública y privada. Lo que me parece mal es que se niegue al debate político, porque esa es una obligación.

No sé si esa presencia dará votos o no. Ni me importa. Lo que digo, aunque me esté repitiendo, es que la obligación de un político es debatir sus programas con claridad, transparencia y objetividad, contrastando sus propuestas con las de otros candidatos. El gobernante tiene unas responsabilidades ineludibles y urgentes. No puede estar todo el día en la televisión. Pero no puede eliminar, en tiempo electoral, la propuesta y el contraste de sus ideas.

Creo que debería haber menos mítines y más debates. Estos deberían ser obligados y, si se puede, frecuentes. Debería exigirse, además, una altura mínima, humana y política, en los mismos. Los electores deben votar con conocimiento de causa y, una manera de hacerlo, es saber qué es lo que piensan y lo que piensan hacer quienes desean gobernar, que para eso se presentan. El debate facilita el diálogo, la argumentación, el contraste, la réplica, las preguntas. En los mítines quien suele salir reforzado es el candidato, al son de la música, el agitar de las banderas y los gritos del convencido auditorio. Los discursos de los mítines son meras proclamas, que pretenden enardecer el sentimiento de los asistentes (y del líder) y no dar solidez a los argumentos del voto.

Voy a otro asunto. El pasado miércoles, día 25 de noviembre, el presidente del gobierno acudió a un programa de radio en la cadena COPE para comentar el partido de la Champions entre el Shakhtar Donetks y el Real Madrid que se jugaba en Ucrania. El programa se retransmitía desde Madrid, en la sede de la cadena. Acudió Don Mariano con su hijo Juan, de 10 años. La hora de la transmisión del partido, como es habitual en esa competicion, era las 20.45. Es decir que la presencia del niño durante la retransmisión obligaba a un regreso tardío al domicilio familiar un día laborable. Primera cuestión. Ya sé que se tratará, probablemente, de una excepción. Pero lo cierto, es que esa excepción se exhibe ante todo el país y se puede convertir en una propuesta de acción. No es ese un buen proceder.

Durante la retransmisión, el periodista Paco González, director del programa “Tiempo de juego”, aprovechando la presencia del pequeño Juan, le preguntó por su opinión sobre los comentarios del FIFA 2015, donde Paco González hace comentarios junto a otro conocido periodista, Manolo Lama.

– ¿Qué te parecen los comentarios del FIFA?

El niño, de forma espontánea, se acerca al micrófono y dice:

– Me parecen bastante mejorables…, por no decir que son una basura.

El presidente hace un gesto de asombro abriendo mucho la boca y, volviéndose al niño, le propina dos suaves collejas. Las collejas de Mariano se han hecho famosas. Tildar esa actuación de maltrato fisco es una exageración descabellada. Porque las collejas se dan con una sonrisa y un abierto sentido humorístico. Es un acto reflejo del presidente que no se puede calificar de violento. Sin embargo, yo me muestro muy contario a esa espontaneidad de la corrección teniendo en cuenta quién lo realiza y dónde tiene lugar. Una reconvención hablada hubiera sido más edificante.

No me gustan las collejas. No me gustan esos comentarios que afirman que un cachete dado a tiempo es muy eficaz. Nunca son eficaces los golpes, aunque sean leves.

Pero, sobre todo, me quiero referir a la condena de la espontaneidad. Si el niño dice la verdad, si dice lo que piensa, ¿por qué la reconvención? ¿Qué le está tratando de decir su padre con las collejas?

– Hijo, no seas sincero, no digas lo que piensas si es negativo. No digas la verdad.

He criticado varias veces en el blog esta forma de proceder. Esta invitación a dar la opinión, pero a reprenderla cuando no es del agrado de quien la solicita o del que la escucha, como en este caso.

Y ahora voy a lo que realmente quería decir en este artículo. La ejemplaridad de la que tienen que hacer gala los responsables políticos. Y especialmente cuando actúan en público. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Esta actuación del presidente se ha criticado justamente. No hay, sin embargo, que exagerar. No hay que extralimitar los juicios de reprobación sobre el presidente. Porque lo que estaríamos haciendo es dándole a él unas collejas psicológicas que no se corresponden con la importancia de la acción.

Su actuación no fue buena, pero no es como para mandarle a la hoguera. Lo que sí permite la exégesis de su acción es reflexionar sobre la forma de reconvenir a los hijos. No hay que hacerlo cuando no se lo han merecido. Como es el caso. El niño ha respondido con sinceridad a una pregunta. ¿Qué ha hecho mal?

No estoy diciendo que no haya que corregir. No estoy diciendo que los padres y las madres no tengan que decirle a los hijos que tienen que hacer las cosas de una forma correcta y respetuosa. No es este un texto que cuestione o pretenda minar la autoridad educativa. Porque es necesaria la corrección, la imposición de límites. Es obligado ayudar a discernir qué es bueno y qué es malo. No √ale todo. Pero esto es cierto para los hijos e hijas y para los padres y las madres.

Si lo que ha dicho el niño no es correcto (si ha merecido la recriminación) es porque no se le advirtió previamente, como muchas veces se hace de forma subrepticia:

– Ten cuidado con lo que dices. Tienes que dar una respuesta que sea del agrado de quien pregunta, aunque sea insincera, hipócrita, artificial, falsa.

De lo contario le has metido al niño en una trampa. Le has preguntado por lo que piensa pero, en realidad, no lo puede decir sinceramente.

Concluyo. Presencia de los líderes políticos en los medios, sí. Una como obligación, que son los debates y otra como devoción que es el entretenimiento. Pero, en todas ellas, con la ejemplaridad de los dichos y los hechos. Porque la pantalla o la antena se convierten en esos momentos en un aula.

Ir a la raíz

28 Nov

El pasado 25 de noviembre se celebró el Día Internacional contra la violencia de género. En el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Bogotá en julio de 1981, surge la propuesta de hacer el 25 de noviembre un día de reflexión y denuncia contra las diferentes formas de violencia que sufren las mujeres. En esa fecha de 1960, en la República Dominicana, las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, opositoras al dictador Rafael Leónidas Trujillo, habían sido vilmente asesinadas.

Lo importante es avivar el espíritu crítico para descubrirlas y la determinación ética para acabar con ellas.

Cuando me entero de un hecho luctuoso en el que muere una mujer a manos de su pareja, cuando conozco un caso de maltrato, cuando veo una mujer destruida por el sexismo, pienso en las causas que alimentan a ese monstruo que no deja de devorar a sus víctimas. Solo yendo a las causas se podrán evitar los efectos. Sólo destruyendo las raíces podridas se podrán evitar los frutos envenenados.

Las causas se confunden con las consecuencias y las consecuencias con las causas. No sabemos con precisión si la doble moral que se aplica a los comportamientos de hombres y mujeres es la causa o la consecuencia del sexismo. No sabemos si el lenguaje sexista es la causa o el efecto de una concepción androcéntrica de la vida. Y es que probablemente se retroalimentan las causas y los efectos.

En cualquier caso, hay que tratar de cegar las fuentes y de acabar con las manifestaciones de la discriminación. No hay ninguna que pueda considerarse poco importante. He escuchado muchas este argumento que considero una trampa:

– Habiendo cuestiones tan importantes en la violencia de género, eso de decir todos y todas me parece una tontería.

Pues no. No estoy de acuerdo con esa tesis. Porque todo es importante. Quienes son sensibles a esas cuestiones que algunos consideran insignificantes e incluso ridículas, lo son en mayor medida a las demás. Por el contrario, quienes no valoran esas cuestiones, es probable que tampoco valoren las de mayor transcendencia.

Enumeraré algunas causas de la violencia, sin la pretensión de agotarlas, de jerarquizarlas o de extenderme en su análisis.

– Lenguaje sexista

El lenguaje sigue siendo sexista, esconde a la mujer. Lo que no se nombra, no existe. Hay muchas palabras cargadas de connotaciones negativas por su género femenino. El lenguaje sobre la mujer y el lenguaje de la mujer han cultivado una discriminación que luego se extiende a las facetas de la vida.

Me molestan las bromas y las consabidas ironías sobre el lenguaje sexista. Me irritan los chascarrillos sobre una cuestión que, mucho o poco, contribuye a generar, a mantener o a potenciar la discriminación. No comparto las objeciones que se hacen sobre la vulneración de la economía del lenguaje. No lo comparto porque las normas sobre la gramática y la sintaxis estuvieron gestadas por hombres. Y porque, cuando chocan dos principios de diferente naturaleza (en este caso uno lingüístico y otro ético) tiene que prevalecer, a mi juicio, el de rango superior. Es decir, el de carácter ético.

– Religiones androcéntricas

Las religiones siguen practicando un sexismo aberrante. En la religión católica, Dios es Padre, el Salvador es un hombre, el modelo de mujer es una Virgen recatada y humilde. las mujeres no pueden acceder al poder ni al sacerdocio… Qué decir del islam, a cuyos mártires se les prometen 72 huríes mientras que a las mujeres se les asegura la unión definitiva con su marido.

No hay Asociación cultural, deportiva, musical, benéfica a la que se permitiese hoy en los Estatutos establecer que las mujeres, por el hecho de serlo, no podían acceder a la Junta Directiva. ¿Por qué se le permite a la Iglesia? ¿Por qué no se somete esta institución a las normas de la ética más elemental que condena cualquier tipo de discriminación? ¿Cómo puede tolerarse esta situación un solo minutos más? ¿Por qué no se denuncia?

La argumentación de que el Fundador eligió mujeres para el sacerdocio es tan endeble que casi haría reír si el problema no fuera tan grave. También eligió casados para el sacerdocio. ¿Y qué? Los sacerdotes hoy no se casan.

Pero, claro, ahí sigue la asignatura de religión en la enseñanza pública, ahí sigue la catequesis, ahí sigue el Concordato en España, ahí siguen los obispos impartiendo doctrina en los púlpitos y en las televisiones…

– El mito de la excepción

Existe un mito peligroso que consiste en afirmar que si una mujer ha llegado, todas las demás pueden llegar. El mito, la falacia, el error, no se encuentra en la condicional (no se puede negar que algunas mujeres llegan a triunfar) sino en la oración principal. No es verdad que todas puedan llegar y no es verdad que las que lleguen lo hagan en condiciones de igualdad con los hombres.
Para llegar las mujeres tienen que hacer más esfuerzo y superar más dificultades. ¿Por qué?

– Explicación del fracaso

Si fracasan las mujeres en el trabajo, es fácil que la explicación que se de, sea su condición femenina. Lo he visto muchas veces. Si una ministra del gobierno hace una gestión deficiente se atribuye el fracaso al hecho de ser mujer. Si fracasa un ministro varón se atribuye el desastre a su torpeza o a su pereza.

– Educación sexista

Todavía persisten muchos elementos discriminadores en la educación de niños y de niñas. Hace unos años dirigí la tesis a mi amiga Gloria Arenas, hoy lamentablemente fallecida, sobre cómo aprenden el género los niños y las niñas en la Educación Infantil. Ese trabajo dio lugar al libro Triunfantes perdedoras, publicado en la Editorial Graó. El título hace referencia a uno de los ejes de aquellos descubrimientos. Muchas niñas eran felicitadas por perder.

En una ocasión estaban practicando el juego de las sillas que todo el mundo conoce. Varias sillas y un jugar más para que, a la señal convenida, cada uno se siente en una de ellas. En uno de los juegos un niño y una niña se sientan en la misma silla. La niña, consciente del problema, se ausenta voluntariamente y la profesora la felicita:

– Muy bien, las niñas ceden.

No. Las niñas, no tienen que ceder por el simple hecho de serlo. Tienen que ceder las personas.

– Un curriculum escolar sexista

En un libro que coordiné en 2001 titulado “El harén pedagógico. Perspectivas de género en la organización escolar”, la profesora Nieves Blanco escribió un capítulo sobre el sexismo en los textos escolares de la ESO. A él me remito y de él reproduzco este párrafo:

“En casi 5000 páginas solo encontramos 255 mujeres identificadas en su individualidad, frente a 2468 hombres e la misma categoría. No hay un reconocimiento de la contribución de las mujeres al conocimiento y al progreso de la humanidad desde los diversos ámbitos en que han intervenido…”.

Podríamos seguir enumerando causas. Hay muchas. Quizás infinitas. Porque las causas del sexismo se esconden en todos los resquicios de la vida. Lo importante es avivar el espíritu crítico para descubrirlas y la determinación ética para acabar con ellas.

Pedagogía del moco

1 Mar

Existen muchas formas de maltrato hacia los niños y a las niñas, muchas manifestaciones de desamor. Y muchas carencias y limitaciones en el cultivo de lo que bien podríamos llamar pedagogía de la ternura. El amor genera la creatividad de los detalles. Para educar a los niños hace falta respetarlos y quererlos. Y de la simbiosis del respeto y del amor brotará el trato delicado, nacerá el cultivo de los detalles. La violencia, la rudeza, la falta se sensibilidad son la antítesis de la educación. Porque constituyen un atentado contra la dignidad de la persona.

Si lo hacemos bien una y otra vez, el niño acabará por ofrecernos su nariz para que le limpiemos los mocos y le dejemos respirar mejor.

Invadir su espacio, entrar por la fuerza en su mundo, violentar su quietud o silenciar agresivamente su ruido, son formas de relación deseducativas. Por más que pensemos que es por su bien, por más que digamos que se trata de responder a sus necesidades, esa forma de intervenir quebranta el necesario respeto a su dignidad. Máxime si se tiene en cuenta que, a edades tempranas, se carece de respuesta a nuestras invasiones.

Alfredo Hoyuelos Planillo es maestro desde hace años y se doctoró con una tesis sobre el pedagogo italiano Loris Malaguzzi. Imparte clases en la Universidad Pública de Navarra y es un apasionado de la infancia. Sostiene con claridad y contundencia la pedagogía de la ternura, del cuidado, del amor. No es ñoñería lo que defiende, es respeto. No es sentimentalismo, es amor. No es blandenguería, es ética. No es mojigatería, es reconocimiento de la dignidad de los niños y de las niñas. La brutalidad no educa, endurece. Los malos modos solo enseñan malos modos.

El respeto y el amor al niño y a la niña son, a mi juicio, las claves de la intervención educativa. Pero el respeto y el amor se concretan en los detalles que la relación con el niño y la niña propician de forma constante. Son los detalles, los pequeños gestos, la sensibilidad extremada lo que educa y hace crecer.

Alfredo Hoyuelos habla de la pedagogía del moco. No hace mucho escribió, en la revista Infancia, un breve artículo titulado “Buenas ideas: la pedagogía del moco”. Cita en ese artículo el precioso libro “Educar en el asombro”, de Catherine L´Ecuyer. Y hace referencia a una interesante distinción entre rutinas y rituales en la escuela que la autora plantea en dicho libro. “La rutina, como una repetición monótona de actos mecánicos inconscientes, aburridos y sin sentido, puede alienar a los niños, niñas y personas adultas. En cambio, el ritual es una rutina con sentido, humanizada y consciente”. Quitar los mocos puede ser una rutina, pero debería ser un acto con categoría de ritual.

Efectivamente, se pueden limpiar los mocos a un niño o a una niña de muchas maneras. Algunas de ellas no tienen en cuenta para nada que el niño es una persona que merece respeto. Se hace bruscamente, sin advertírselo siquiera, sin pedirle permiso, con cualquier tipo de pañuelo o de papel, actuando a la vez sobre las dos fosas nasales y con una fuerza que, si se le añadiese un pequeño suplemento, serviría para arrancarle la nariz. El se retira, llora y se rebela contra la agresión. La nariz es como un objeto que podría estar separado del niño y sobre el que se puede actuar de manera violenta. Un objeto sin sensibilidad, que no nada tiene que ver con la persona. Probemos a quitarle los mocos de forma violenta e invasiva a un adulto, a un profesor o al mismísimo señor Director.

Otra forma muy distinta es aquella que tiene en cuenta al niño. No es una máquina sucia que hay que limpiar, es una persona frágil que está necesitada de ayuda. Hay que advertirle de lo que se quiere hacer, hay que pedirle permiso, hay que ponerse a su altura, hay que mirarle a los ojos, hay que enseñarle el pañuelo, hay que recabar y regalar una sonrisa. Y luego hay que hacerlo de una forma delicada: actuando primero sobre una fosa y luego sobre la otra porque, de lo contrario, se le cortará la respiración. Hay que sonar con cuidado, sin brusquedad, sin violencia y, si es posible, con ternura.

Si lo hacemos bien una y otra vez, el niño acabará por ofrecernos su nariz para que le limpiemos los mocos y le dejemos respirar mejor. El niño se dará cuenta de que quien está a su lado es una persona que le respeta y le quiere. Y por eso le ayuda.

Ya sé que un elevado número de niños y niñas hace más difícil la actuación reflexiva y amorosa. Pero hay quien tiene tres o cinco niños y no tiene la menor delicadeza y hay quien tiene una clase numerosa y sabe poner el alma en el pañuelo. No es todo cuestión de número. Lo cual no quiere decir que dejemos de exigir unas condiciones razonables.

Quien habla de limpiar los mocos, habla de cambiar los pañales o de dar la comida. Hay muchas formas de hacer las cosas, como decíamos. Los niños no son objetos que se traen y se llevan. No son objetos que ni sienten ni padecen. Son personas necesitadas de ayuda y de afecto.

Hace ya muchos años que escribí un libro titulado “Yo te educo, tú me educas”. El libro se tradujo al portugués con el título “Uma pedagogía da libertaçao”. El subtítulo que le puso la Editorial ASA, en manos entonces de mi querido José Matías Alves, es muy certero: “Crónica sentimental de una experiencia”. En el libro describo y analizo situaciones cotidianas de un Colegio del que fui Director. En una de ellas hago referencia al llanto de un niño de tres años que llora desconsoladamente en los baños porque no sabe limpiarse.

– ¿Qué te pasa amigo?
(Me encanta la versión portuguesa de esta pregunta. Tiene, a mi juicio, más musicalidad y encanto: Qué tens tu, menino?).
– No encuentro el papel.
– Toma, límpiate.
– No, no sé.
El hipo desacompasa el llanto.
– Que venga mi mamá, que venga mi mamá.
Le limpio. Le visto. Le llevo a clase”

Gloso ese hecho en un texto, escrito a pie quebrado, que comienza así: ”¿Es esto también pedagogía?/ ¿Es esto, acaso, educación?/Los gestos minúsculos de cada día,/ las pequeñas acciones que traducen,/ de forma casi literal,/ las más grandes actitudes./ Ese lenguaje de altísima connotación/que son las diminutas formas de ayudar al otro”.

Me apunto a la Pedagogía del moco que defiende el profesor Hoyuelos. Pienso con él y como él que la escuela tiene que estar llena de rituales y no de rutinas. Suscribo plenamente las palabras con las que comienza su artículo y que yo le pido para cerrar estas reflexiones: “Cada vez estoy más convencido de que la verdadera calidad educativa emerge en los pequeños gestos cotidianos que vivimos en la escuela y que, sobre todo, se expresa en un tipo de actitud de la y del profesional, y en una forma de entender la relación de la persona adulta con cada niño o niña, basada en el respeto, buen trato y en la mutua confianza”. Y yo. Y espero que muchos y muchas profesionales más.