¿Cuántas piensas pasar tú?

19 Nov

En la vida nos fijamos objetivos. Queremos llegar a ser algo o alguien, queremos conseguir determinadas cosas, nos proponemos realizar algunos sueños, alcanzar algunas metas. Cado uno pone el horizonte más o menos lejos para comenzar a caminar hacia él.

Cado uno pone el horizonte más o menos lejos para comenzar a caminar hacia él.

Hay objetivos más o menos ambiciosos, más fáciles o más difíciles, más altruistas o más egoístas. Hace poco me contaba un profesor de la Universidad de Costa Rica que su meta era transformar el mundo. Me hablaba de que para ello quería ser un científico loco. Alguien a quien le hizo esta misma confidencia le aconsejó que dejase de soñar con ser un científico. Ayer mismo me escribió: “Sigo soñando con la necesidad de cambiar el mundo”.

De la ambición que tengan nuestros objetivos dependerá el esfuerzo y la perseverancia que vamos a necesitar para conseguirlos.

Nuestra autoestima será fundamental para fijar y perseguir los sueños que nos propongamos. También influirá en la fijación de las aspiraciones lo que los demás esperen de nosotros, las capacidades que tenemos, lo que suelen hacer las personas que nos rodean, lo que realmente vamos  alcanzando, el sexo y género que tenemos… Digo esto último porque se esperan cosas diferentes de hombres y mujeres. Todavía queda mucho camino para superar las discriminaciones que genera una sociedad androcéntrica.

Hace muchos años, en las clases que  recibí para graduarme como Psicólogo en la Universidad  de Boston, un profesor hizo un ejercicio que luego yo he repetido en mis clases  (y que he incluido en mi libro “Ideas en acción”, publicado en Argentina por la Editorial Homo Sapiens).

Está muy bien ideado porque permite a las personas que lo realizan reflexionar sobre cómo se fragua su nivel de expectativas ante la tarea que van a realizar y, por traslación, ante los proyectos o planes que se les presentan en la vida.

No es cuestión baladí. Porque muchas veces alcanzamos solo aquello que pensamos que vamos a alcanzar. Ajustar bien las expectativas a las posibilidades es una importante exigencia. Si son más elevadas de lo que podemos conseguir es fácil que se produzca la frustración. Si son más bajas, es posible que perdamos muchas oportunidades.

Vayamos al ejercicio. Pido que cuatro voluntarios salgan del aula. Los cuatro tienen que realizar, de uno en uno, la misma tarea de forma consecutiva. Les digo a cada uno que van a pasar unidades de objetos (clips, cerrillas, garbanzos…)  de uno en uno, con una mano, de un recipiente a otro, durante un minuto. Al primero se le dice que por término medio, cuando se ha hecho el experimento en una población de  similares características, los sujetos han conseguido una media de 50 unidades por minuto. La media es supuesta.

En ese momento formulo al sujeto del experimento la siguiente pregunta:

–        ¿Cuántas piensas pasar tú en ese mismo tiempo y condiciones?

Además del análisis racional de la situación el sujeto tiene la referencia de lo que consigue la media. Se produce una comparación interesante. El sujeto se sitúa por encima (mucho o poco), por debajo  (mucho o poco) o en el nivel de la media. Se le puede preguntar  a continuación por qué ha hecho esa elección.

Hay respuestas para todos los gustos: soy malo en actividades manuales, prefiero asegurar, nunca he hecho este tipo de actividad, estoy nervioso, tengo las manos húmedas, no quiero parecer petulante (si se sitúa por debajo), por qué voy a hacer menos que la media (si toma esa opción), soy muy bueno haciendo estas cosas (si se sitúa por encima)…

Hace el ejercicio en presencia del grupo (también se puede hacer en solitario). El experimentador cuenta el número de unidades que pasa.  Imaginemos que pasa 65.  Y entonces se le dice que lo va a hacer por segunda vez en exactas condiciones y se le pregunta cuántas unidades piensa pasar. Y ahora el sujeto tiene un nuevo dato de referencia para decidir: lo que ya ha conseguido. Esa suele ser la cantidad esencial para tomar la decisión. Se puede observar si la repite sin arriesgar nada, si se sitúa por debajo de lo ya conseguido o se sitúa muy por encima o razonablemente por encima.

Lo hace por tercera vez y se vuelve a plantear la misma pregunta: ¿cuántas crees que vas a pasar en un nuevo ensayo?

Luego pasa el segundo sujeto. Y repite el ejercicio pero barajando la media supuesta de 60. El tercero de 70 y el cuarto de 80. La media sirve de referencia cuando no hay otra de más importancia.

Veamos algunas conclusiones que casi siempre se pueden derivar de forma evidente. El diálogo con los interesados y con los asistentes suele ser muy enriquecedor.

– Mientras mayor es la aspiración que se proponen, más alto es el número de unidades que consiguen pasar.

– Lo conseguido es el principal elemento para la decisión. De donde se deduce la necesidad de propiciar éxitos que insten a buscar logros mayores.

– La presencia de público es un condicionante que no se puede ignorar.

– Algunos sujetos son muy persistentes y se mantienen en la cantidad inicial aunque hayan tenido evidencias de que no es posible conseguirla.

–        Algunos son muy prudentes y se sitúan siempre en una cifra que puedan sobrepasar con creces. Nunca se arriesgan a quedar por debajo. Le tienen mucho miedo al fracaso.

– Ante el fracaso (sobre todo quien ha actuado en el cuarto lugar)  alguno ni se inmuta y otros se ven afectados de manera que van reduciendo sus aspiraciones para no tener más desajustes.

Suelo incorporar algunos elementos para provocar la reflexión.

– Les digo que  yo voy a contar, pero algunos o no se fían o prefieren contar ellos. No es lo mismo actuar de una manera que de otra.

– Como les he dicho que yo  me encargo de contar las unidades que pasan, luego les pregunto si ellos lo han hecho. Algunos dicen que si, otros que no. A quienes han contado les quito una o dos unidades. A otros les quito 10  o 12. Es curioso. comprobar cómo algunos aceptan sin rechistar que les quite una docena y otros protestan airadamente por una sola.

– Días después pregunto cuántos han repetido la experiencia en sus casas, con sus amigos, con sus grupos de trabajo. Resulta curioso comprobar que muchos lo han hecho con el mismo tipo de objetos que lo han visto hacer en la clase. Si se hizo con cerillas lo hacen con cerillas.

Plantearse unas aspiraciones pertinentes, ambiciosas, claras, altruistas, exigentes… resulta decisivo en la vida de una persona. Es una fuente de satisfacción ir consiguiendo los objetivos que nos proponemos.

Las metas van cambiando en la vida, dependiendo de muchos factores: del éxito o del fracaso conseguido, de las ayudas disponibles, de la administración de las fuerzas, de la información con la que se cuenta, de  las necesidades reales o supuestas, de la actitud ante la vida, ante los demás y ante nosotros mismos…

También es importante la capacidad de superar las frustraciones cuando falle el intento de alcanzar lo que se busca.  Hay quien es destruido por un fracaso, otros se sienten estimulados por él. Hay un arte y una ciencia en  la vida que resultan imprescindibles: saber coinvertir dos signos menos en un signo más.

Los cerezos de Junín y de Luján

15 Oct

He vivido en la provincia de Mendoza (Argentina) dos experiencias emocionantes. Una en la ciudad de Junín, otra en Luján de Cuyo. He recibido el nombramiento de Padrino Pedagógico en la escuela rural 1-178 Francisco Javier Moyano de la Municipalidad de Junín y en el Colegio privado P235 El Nogal, propiedad de una Fundación que lleva el mismo nombre, en la ciudad de Luján de Cuyo. El primero, el día 5 de octubre de 2016, Día Mundial del Docente, y el segundo el día 6 de octubre, en una mañana fría de primavera que nunca olvidaré. Dos escuelas pequeñas, con menos de doscientos alumnos y alumnas, inspiradas y alentadas por sus dos entusiastas directoras.

Pienso que la educación, como la primavera hace con el cerezo, crea las condiciones para que la persona se desarrolle, para que florezca y de frutos.

En ambas escuelas he plantado un cerezo. No es un árbol elegido al azar. Neruda, en su  libro “20 poemas de amor y una canción desesperada” dice que “el amor hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”.  Pensé hace tiempo que la metáfora le convenía especialmente a la educación: “la educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”. No creo que Neruda se hubiera sentido molesto por haberle usurpado la idea. La metáfora que, como siempre, ilumina una parte de la realidad y deja en oscuras otras, es excelente. De ahí el título de un libro que publiqué en Santiago de Chile (Editorial Santillana): “Vivir en primavera. El valor de la educación”.

Pienso que la educación, como la primavera hace con el cerezo, crea las condiciones para que la persona se desarrolle, para que florezca y de frutos. La primavera no injerta, no estira, no poda, no obliga al cerezo. La primavera hace posible que el cerezo en ciernes se haga un árbol florecido y luego cargado de frutos maduros. El protagonista de la historia es el cerezo. Es quien crece y se desarrolla. La primavera hace posible su crecimiento. Es una metáfora hermosa y potente de lo que, a mi juicio, es la educación.

Repito: no es lo esencial la primavera. Lo esencial es el cerezo. La primavera facilita, permite, hace posible, genera las condiciones para que el cerezo pueda ser un cerezo en toda su esencia y potencialidad. La primavera aporta el clima adecuado, las condiciones necesarias para el arraigo y el crecimiento.

Fue emocionante ver, en ambos centros, a toda la comunidad educativa (supervisoras, directivos, docentes, alumnado, familias, personal de administración y servicios, exalumnos) participar en la ceremonia de bienvenida y de plantación del árbol. Un árbol todavía joven que necesitará de  los cuidados de la comunidad  para no agostarse y malograrse. No termina la historia con la plantación. Ahí precisamente comienza. Será el símbolo de la tarea que se realiza dentro de las aulas, dentro de la escuela.

El cerezo será un símbolo vivo que servirá de recuerdo y acicate para que la tarea educativa llegue a buen fin. Los educadores y las educadoras hacen viable el desarrollo. Y los alumnos y alumnas cumplen con la tarea de crecer y dar frutos de conocimiento y de solidaridad.

La metáfora del árbol que crece hacia arriba y hacia abajo, que echa raíces en la tierra y expande las ramas hacia el aire, siempre me ha parecido hermosa. De hecho, la he utilizado en varias ocasiones para reflexionar sobre la tarea educativa. En la Editorial Profediçoes de Portugal, publiqué hace años un libro titulado “El árbol de la democracia” y en Homo Sapiens, otro titulado “Arte y parte. Desarrollar la democracia en la escuela”, uno de cuyos capítulos se titula “La participación es un árbol”.

Importa conocer la naturaleza del árbol, saber cuándo y dónde ha de ser plantado, disponer de una tierra fértil en la que pueda echar raíces, regarlo con frecuencia y esmero, protegerlo de tormentas, plagas y heladas… Y , sobre todo, evitar que leñadores insensibles lo talen sin piedad.

El árbol dará sombra, albergará pájaros de diversa especie, dará flores y proveerá de ricos frutos. (En la escuela rural de Junín elaboraron con mimo para los asistentes dos cerezas rojas de lana con cintas verdes que podían prenderse en la solapa con un pequeño imperdible, acompañadas de un pequeño rectángulo de papel con la fecha y el motivo de la visita). El árbol no solo florece y crece para sí. El árbol ofrece los frutos a la sociedad. Por eso les dije que allí tenían que educar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.

Si el conocimiento que se  adquiere en las escuelas sirviera para dominar, explotar, engañar y  destruir mejor al prójimo, más nos valdría cerrarlas. Cuando digo que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educción y la catástrofe me refiero, sobre todo, a esta dimensión social de la institución educativa. No es solo un lugar para que las personas se socialicen mejor y  tengan éxito en su trabajo sino que es el lugar donde se adquiere el compromiso de la mejora de la sociedad, de la solidaridad humana y de la compasión con quienes sufren.

Las dos ceremonias fueron una fiesta. Una fiesta cargada de emoción y de hermosos detalles. La celebración de la importancia de una tarea que no tiene parangón en la sociedad. Una fiesta en primavera sobre la primavera de la educación.

En Junín hubo canciones, bailes, discursos, regalos, pensamientos enmarcados y reproducción de portadas de libros. En Luján  tuvo presencia la bandera española solicitada al consulado, los niños y las niñas llevaban en carteles con algunas ideas de mis artículos, de mis libros, de mis conferencias. Discursos y regalos. En ambas escuelas, lo más emocionante fue ver cómo los alumnos y las alumnas  escuchaban las historias que les relataba, las palabras que les dirigía, cómo  vivían el ambiente festivo y con qué seriedad contemplaban  la plantación del cerezo.

A una niña que lloraba en El Nogal le  preguntó una profesora:

–        ¿Por qué lloras?

–        No lo sé, contestó.

No era fácil explicarlo. Allí estaba un señor del que decían que había venido de muy lejos, que había escrito muchos libros y que había dedicado su vida a la educación.  Un señor que les había sacado de las aulas a los patios y al que vieron, sorprendidos, plantar un cerezo. Un señor que les decía que la escuela era como El Arca de Noé. Fuera de ella nadie se salva del diluvio de  la ignorancia, la injusticia y la insolidaridad.

En Junín, al lado del cerezo, un artesano local había preparado un hermoso pedestal que, escrito en la madera, dejaba constancia del acto que habíamos celebrado en los jardines de la escuela.

Era hermoso ver a los niños dándote la mano, pidiendo una foto, mostrando un afecto que no había ganado. Los ahijados y ahijadas manifestaban una cercanía a quien les decían que iba a ser su padrino.

En las dos escuelas brindé a los miembros de la comunidad un lema que a mí me ha servido en la vida: “Que tu escuela sea mejor porque tú estás trabajando en ella”. Enseñando, estudiando, cocinando, limpiando, dirigiendo…   Desde estas líneas quiero agradecer a las comunidades educativas de ambas escuelas, la distinción recibida, la emoción de las ceremonias y el afecto que me mostraron. Sinceramente, gracias.

La institución optimista

2 Jul

Belén Varela escribió hace unos años un hermoso libro titulado “La rebelión de las moscas” (Edebé). El subtítulo nos pone en la pista de su contenido: Principios, pautas y estrategias para las organizasciones optimistas. No es un libro específico sobre la escuela sino sobre cualquier tipo de organizaciones. Siempre había pensado en el optimismo como una actitud psicológica de las personas, pero no como una característica de las organizaciones. La lectura del libro fue muy sugernete para mí y me llevó a  buscar los elementos que definen a la institución escolar como una organización optimista.

Creo que la escuela es la institución optimista por antonomasia.

Creo que la escuela es la institución optimista por antonomasia. ¿Por qué? Pues porque la tarea que se realiza en ella es de cuño intrínsecamente optimista. Enseñar parte del siguiente presupuesto: los seres humanos pueden aprender, los seres hmanos pueden mejorar. La educabilidad se rompe, dice Merieu, en el momento en que pensamos que el otro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Es tan consustancial el optimismo a la educación como mojarse para el que va a nadar. Sin optimismo podemos ser buenos domadores pero no buenos educadores.

La escuela es una organización optimisma, por otros motivos, que pasaré a comentar con la brevedad que me exige esgte espcio.

Por ser la gran mezcladora social: en la escuela trabajan alumnos y alumnas de todos los colores, razas, creencias,  capacidades,  procedencias… A ella acuden blancos y negros, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, ricos y pobres, listos y torpes, obedientes y rebeldes, guapos y feos, sociables e insociables, normales y discpacitados… Estudian en las mismas aulas y conviven en los mismos patios, pasillos y recreos. Aprenden a ser diferentes, a valorar y respetar la diversidad.

El conjunto de alumnos y alumnas, tan diversos afortunadamente, trabajan y conviven bajo la guía de profesionales  que saben lo que se traen entre manos. Digo esto porque también hay diversidad casi infinita de personas en la calle, en el campo de fútbol, en el cine, en un concierto, en un parque… Pero allí no siguen un programa de trabajo expresamente preparado para el aprendizaje y la convivencia.

Por ser  el laboratorio de la ciudadanía: en la escuela se aprende a convivir. No solo se estudian matemáticas, ciencias, lengua y geografía. Existen programas de educacion para la paz, de coeducación, de educación para la convivencia… Y, por otra parte, de forma genérica, aprenden a pensar, a respetar, a compartir, a relacionarse, a cumplir las normas en beneficio de todos.

Y aprenden, en la clase de ética o similares, los principios de la convivencia en paz. En la escuela se hacen personas civilizadas.

Por el carácter colegiado de su acción: la escuela es la unidad funcional de planificación, intervención, innovación, evaluación y mejora. El proyecto de la escuela está concebido y desarrollado por la comunidad educativa. Todos tienen un objetivo común y todo ha de ser realizado bajo la perspectiva colegiada. Ese hecho permite que todos aprendan de todos y que todos syuden a todos. Las actitutdes cooperativas son esenciales para consegujir los objetivos comunes.

Por la edad de susbeneficiarios: no es igual una organización geriátrica que una organziación infantil o juvenil. No es igual un hospital que una escuela. La escuela acoge a niños y jóvenes. Sus beneficiarios están en la edad de la esperanzaa, en la edad de las expectativas, en la etapa del desarrollo que busca el futuro.

Casi todo está sin hacer, casi todo está a la espera del crecimiento. Diré que todo se puede convertir en expectativas.

Por las consecuencias de su actividad: las sementeras de la educación dan cosechas a corto o largo plazo. Cosechas de aprendizaje, de desarrollo, de crecimiento  instelectual y humano. No es fácil imaginarse hoy un mundo sin escuelas.

Las reperrcusiones de la actividad docente se expanden en una sucesión interminable de círculos concéntricos.

Millones y millones de testimonios respaldarían el enunciado de este epígrafe. Son innemerables los testimonio s de quienes valoran de forma posituva la tarea de la escuela. Dice Ruben Alves en “La alegría de enseñar”, un hemoso libro que permitse tocar con la mano la dimensión optimista de la instiutución:  “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”.

Por los fines que la inspiran: la escuela tiene la misisón de formar ciudadanos responsables, críticos, solidarios…

Las escuela tiene la pretensión de que los alumnos aprendan a pensar y a convivir. Son finalidades optimistas.

Por la esencia de la autoridad que la guía: la escuela tiene una autoridad que educa. Quien manda en la escuela ayuda a crecer. Por el contrario, quien silencia, machaca, acalla, desrtruye y desanima, tendá poder, pero no autoridad.

La palabtra autoridad proviene del verbo latino Auctor, augere, que significa hacer crecer. “El perro con el rebaño, dice Belén Varela,  pero el rebaño no le sigue”.

Por ser el dominio de los afectos: recuerdo el título de un precioso libro de Alexander Neiil, creador de la escuela de Summerhill: “Corazones, no solo cabezas en la escuela”. Tiene fecha de 1978. Ya ha llovido desde entocnes. El rítulo sigue encerrando una gran verdad.

La educación es un proceso relacional. Y la relación que salva está sustentada en el amor. Esta profeión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a lo que se enseña.

Por la innovaciones que exige: la escuela es una isntitución qu está forzada a la innovación. No puede instalarse en las rutina. Porque tiene que educar para el futuro. La escuela tiene que preparar a los ciudadanos para un futuro mejor. Y es una institución que aprende, no solo que enseña. Eso expliqué en mi libro (editado en Morata) que lleva por título “La escuela que aprende”.

Por su capacidad para hacer frente a los problemas: las instituciones optimistas se caracterizan por la capoacidad de hacer frente a las dificultades, problemas y retos nuevos que se plantean. Así lo ha demostrado haciendo frente a las nuevas exigencias que la sociedad le ha ido planreando: inmigración, incorporación de nuevas tecnologías de la información y de la comunicción, cambios sucesivos de prescripciones, presiones sociales cargadas de exigencias…

Todo lo dicho no libra a la escuela de sus limitaciones, de sus lacras, de sus defectos. La escuela es una institución heterónoma (la han llamado institución paralítica porque no se puede mover sin prescripcionesw externas), tiene una enorme presión social, es homogeneizadora, jerárquica, está débilmente articulada… Pero creo que alberga en su seno el fermento de la sociedad ya que tiene la misión de cultivar y transmitir conocimiento y de impulsar la solidaridad, la justicia, la libertad y la paz. Hay pocas cosas terrenales más hermosas  y más perdurables que una escuela.

El perro ya se murió

18 Jun

Nos encontramos en período de exámenes. Lo cual quiere decir que hay un tiempo para el aprendizaje y otro diferente para la evaluación. Esa práctica se ha instalado en las escuelas y en las universidades en forma de rutina. Una práctica mediante la cual los alumnos y las alumnas afrontan la etapa del rendimiento de cuentas de sus aprendizajes. Hay que dejar de aprender para comprobar si se ha aprendido. Toca estudiar. Toca hacer exámenes, de un tipo u otro. Mala costumbre que convierte la evaluación en el momento crucial del proceso de enseñanza, separado  del aprendizaje. Todo  conduce a  convertir en esencial la hora de la evaluación, el momento de los resultados. Todo lleva a que se considere más importante aprobar que aprender.

Uno de sus alumnos escribió la siguiente frase: “A la orilla de la calle el perro ya se murió”. Le dijo dónde radicaba el error y le agradeció que le hubiese hecho reír. También le explicó por qué.

Si tienes suerte y te preguntan lo único que has estudiado, consigues el éxito. Si tienes mala suerte y te preguntan aquello poquito que has dejado de estudiar, cosechas un contundente fracaso. Si te bloqueas, si te duele la cabeza, si te pones nervioso, si no entiendes las preguntas, si no das con las claves de lo que demanda el evaluador…, todo el proceso quedará convertido en un desastre. Aunque hayas aprendido, aunque hayas disfrutado, aunque hayas ayudado a otros a aprender, aunque lo aprendido te haya hecho mejor persona… El resultado de la prueba final es lo único que importa.

He prologado un hermoso libro de Enrique Bono (Aljibe) que iba a tener un título incisivo: ¿Aprobar sin aprender? La Editorial lo transformó en “Aprobar o aprender”. Me gustaba más el título original. En cualquier caso, el libro es excelente para responder a la cuestión.

No me gusta esa división del calendario en tiempo de aprendizaje y tiempo de la comprobación. Porque la evaluación ha de ser continua, no ha de separarse del tiempo de aprendizaje.

Me sorprende que algunos docentes defiendan esa práctica en etapas inferiores argumentando que es necesario preparar a los alumnos para que puedan hacer estos exámenes cuando llegue el momento de que sean inevitables. Es como dedicarse a preparar la guerra en lugar de dirigir los esfuerzos a conseguir la paz. Sería más lógico tratar de eliminar esos procesos empobrecidos de evaluación que someter desde pequeños a los niños a esa tortura. El equivocado planeamiento sería el siguiente: hagamos voluntariamente ahora las cosas mal para que alcancen el éxito cuando tengan que hacerlas obligatoriamente. Se trata de entrenarse para lo que no debería hacerse.

Uno de los problemas de la evaluación es el  tipo de tareas intelectuales que se demandan. Porque una evaluación de naturaleza pobre genera un proceso de aprendizaje pobre. El éxito en la escuela se alcanza a través de la evaluación. El alumno tiene que acomodarse a ella. Si se exige solo repetir, el trabajo se centrará en la memorización, se comprenda o no lo que se repite.

En un aula, dice Doyle,  puede haber tareas intelectuales de diferente tipo: memorizar, aprender algoritmos, comprender, analizar, comparar, opinar, crear… Todo el mundo estará de acuerdo en que esas tareas están ordenadas de menor a mayor potencia. Todas son necesarias, pero unas tienen mayor  envergadura intelectual que otras. Si preguntase de qué tipo de tareas hay más en las evaluaciones, creo que muchos dirían que son más numerosas las de menor categoría intelectual. Hay más tareas pobres que tareas ricas en la evaluación. Por consiguiente, lo más trabajado en la preparación de la evaluación son las tareas menos valiosas.

Me cuenta Emma, una magnífica profesora de Lengua de Mendoza (Argentina) que, hace algún tiempo, pidió a sus alumnos que escribiesen una frase en la que apareciese el verbo yacer en cualquiera de sus formas.

Uno de sus alumnos escribió la siguiente frase: “A la orilla de la calle el perro ya se murió”.  Le dijo dónde radicaba el error y le agradeció que le hubiese hecho reír. También le explicó por qué.

Las historia de la evaluación educativa está llena de estas pequeñas joyas en las que aparece el ingenio como fruto de la falta de comprensión y de la asimilación de la norma lingüística.

Uno de mis alumnos, cuando era yo profesor de Primaria, empezó así una redacción que les había pedido como ejercicio expresivo: “Aquella mañana, el príncipe salió cabalgando en todas las direcciones”. Es obvio que no pudo hacerlo, pero me pareció una forma maravillosa de expresar la idea del autor de que el jinete quería ir a todas las partes.

Me preocupa el carácter repetitivo que tienen muchas pruebas de examen, frente a la posibilidad de valorar la creación, el ingenio y la inventiva.

Es cierto que la escuela tiene la misión de transmitir el conocimiento elaborado a lo largo de los siglos. Y esa tarea requiere de los alumnos el esfuerzo de la asimilación. Como el caudal de saber es inmenso (y cada día se multiplica y profundiza) el tiempo resulta insuficiente. Pero, precisamente por eso, se hace necesario buscar espacios para la creación y la invención. El alumno tiene que saber que también él puede ser un creador, un inventor, un investigador, un explorador.

Recuerdo la sorpresa y la incredulidad de mis alumnos universitarios cuando un año les dije, al comenzar el curso, que su tarea no iba a consistir solo en asimilar las teorías y conocimientos elaborados por otros autores. Ellos iban a tener como compromiso intelectual  escribir un libro fruto de sus investigaciones y de sus reflexiones. No se lo creían.

El libro se publicó en la colección Elementos Auxiliares de Clase (EAC) con sus nombres en los capítulos correspondientes. (Siempre me ha parecido un abuso de poder el poner a trabajar a los alumnos para que luego publiquen los docentes). El libro se tituló “Investigar en Organización” y como autores figurábamos el profesor y los alumnos de cuarto curso. Nominatim.

Uno de los capítulos de ese libro se titula “Contrastes espaciales”. Aparecen en él fotografías diversas del espacio y del mobiliario de su aula. Y, a continuación, varias fotografías de la Sala de Juntas del Equipo de Gobierno. Los autores analizan luego esos contrastes.

Por cierto, después de muchos años, el Servicio de Publicaciones de la universidad de Málaga, está realizando en estos días una edición digital de la obra ya que existe demanda de ella por parte de profesores y alumnos de la asignatura.

Repetir lo que otros han descubierto requiere una estrategia de estudio y de memorización. Me sorprende la reiteración con la que quienes atacan el pensamiento pedagógico nos achacan el repudio de La memoria y el rechazo del esfuerzo. La memoria es esencial para el ser humano. Lo que decimos es que no tiene sentido memorizar contenidos inertes.  El esfuerzo es necesario para el aprendizaje. Pero se hace mejor el esfuerzo en la medida de que tenga un sentido.

La evaluación debe ser un proceso enriquecedor, no mecánico y cargado de angustia. Debe ser un proceso presidido por la racionalidad y la justicia. Debe demandar las actividades intelectuales más potentes y debe estar indisolublemente unido a la enseñanza y al aprendizaje.

Sementeras y cosechas

16 Abr

He leído, sin localización precisa del texto, ya que lo he encontrado en la red, un breve artículo de Ricardo Horacio Silva, sobre la profesión docente. El artículo de este escritor e historiador porteño, autor de ““Días rojos, verano negro, una crónica de la semana trágica de 1919”, utiliza  con acierto la metáfora del sembrador para hablar de la tarea educativa.

El educador siembra y siembra con paciencia y con esperanza. Esa es la palabra: con esperanza. Esparce semillas de conocimiento, de solidaridad, de libertad, de amor. Y lo hace cada día en la tierra, diferente en cada caso, de sus alumnos y alumnas. Estos, a su vez, harán fructificar nuevas semillas. Por eso las cosechas de la educación son infinitas.

Las metáforas sirven para iluminar una parte de la realidad y, al mismo tiempo, oscurecen otras. Cuando digo de alguien que es fiero como un león, nada digo de su inteligencia o de su bondad. He utilizado muchas veces la metáfora para reflexionar sobre la educación. Dos veces, por ejemplo, he utilizado la metáfora del árbol: “Vivir en primavera, el valor de la educación”, editado por  Santillana de Santiago (Chile) y  “El árbol de la democracia”, publicado por Profediçoes, en Portugal.

Hay metáforas más afortunadas que otras. No me gusta, por ejemplo, la del escultor porque anula la actividad del educando. Desde mi punto de vista, esencial. El escultor es activo y la estatua es pasiva. El escultor tiene iniciativa, creatividad y la escultura es totalmente pasiva. El título de mi libro “Yo te educo, tú me educas”, refleja claramente mi postura sobre la metáfora del educador como escultor. Porque muestra claramente esa parte tan sustancial, tan activa, tan dinámica, que le corresponde al educando.

Me ha gustado el artículo de Ricardo Horacio Silva, cuando compara la actividad del docente con la tarea que realiza el sembrador. El artículo se titula, de forma certera a mi juicio, “La docencia no es una profesión cualquiera”. Dice el escritor argentino:

“La docencia no es una profesión cualquiera; y no cualquiera merece llamarse docente, aun ostentando título habilitante y cantidad de horas cátedra en alguna institución.

Hay que tener algo más que eso en las entrañas: pasión por el análisis crítico y el debate; enseñar a los alumnos a tomar “entre pinzas” toda la información que reciben a través de los diarios, la radio, la televisión, las redes sociales de Internet, y del docente mismo.

Esta es la condición primera para formar hombres y mujeres con pensamiento propio en lugar de individuos sumisos, dispuestos a obedecer sin vacilaciones las órdenes de un superior, por aberrantes o estúpidas que estas pudieran ser.

Porque el docente, a semejanza del labrador, lleva en sí mismo la alta responsabilidad de sembrar esa simiente de libertad, pero no en la tierra, sino en las mentes y en el alma.

Así como el labrador deposita sus semillas en las generosas entrañas de la tierra, el docente deposita las suyas en los cerebros de sus semejantes. Y ambos esperan, esperan… y ambos sufren la misma agonía de la espera.

Porque no consiste esa espera en cruzarse de brazos: hay que luchar. Hay que luchar contra las aves que bajan a comerse el grano, contra los animales que se alimentan de las plantitas tiernas, contra las heladas o la hijuela que amenaza desbordarse, contra los yuyos y las malezas que se extienden queriendo sepultar la siembra.

Con qué emoción aguarda cada nuevo día, esperando ver las puntitas verdes de las plantas saliendo de la tierra negra. Por fin aparecen y entonces levanta angustiado la vista al cielo, viendo las nubes, reconociendo el viento, se le ve palidecer o iluminarse el rostro, según deduce, de la apariencia del cielo, si se avecina buen o mal tiempo.

Así, el sembrador de libertades otea en sus alumnos la más mínima señal de progreso: espera la palabra, la acción, el gesto que indique la germinación de la semilla en un cerebro fértil.

Pero no es tarea fácil la de los sembradores. Muchas veces se desalientan, cuando la mala yerba ha invadido los campos o cuando la banalidad triunfa sobre una mente joven.

Pero los sembradores no detienen su obra; caminan siempre hacia adelante, mirándolo todo con sus ojos de futuro; sembrando, siempre sembrando.

Un día, los sembradores habrán de abandonar el arado y la anchada, la tiza y los libros. Se preguntarán quizá, en los años de la vejez, qué ha quedado de todo aquel esfuerzo, cuál ha sido el sentido de su existencia, qué herencia han dejado a su comunidad, y si acaso alguien los recuerda.

Tal vez, en el momento supremo puedan llegar a creer que su vida fue en vano; pero se equivocarán. Porque la simiente que plantaron ha dejado a las nuevas generaciones esos hermosos y productivos campos en que juegan hoy los niños y porque algún abuelo les contará a sus nietos, en el otoño de su vida, un relato que empezará acaso con estas palabras: “Cuando era chico, yo tenía una maestra, que me enseñó a pensar…”.

Entonces, quedará escrito en los libros inmemoriales de la Humanidad que los sembradores no detienen su obra, ni aun cuando sus huesos se hayan convertido en polvo, porque ellos caminan siempre hacia adelante, mirándolo todo con sus ojos de futuro, sembrando, siempre sembrando…”

He preferido no cortar, no resumir. Por fidelidad al autor y a mis lectores y lectoras. Una tentación tremenda del sembrador es la prisa. La impaciencia. La ansiedad por ver el fruto. Porque las semillas no crecen bruscamente, no crecen de manera súbita. Necesitan tiempo, cuidados, condiciones.

Las cosechas de la educación no siempre son inmediatas. Hace años recibí una carta de un remitente que desconocía. Al abrirla pude comprobar que era un alumno que había tenido en la Universidad Complutense hacía la friolera de veinte años. Me decía que ahora era profesor de Educación Infantil. Y me contaba que en una de mis clases habíaa aconsejado que leyesen el libro “A los tres años se investiga”, de Francesco Tonucci. Con sinceridad y valentía me decía: ¡Para leer estaba yo entonces! (Para qué estaría, si no estaba para leer, siendo estudiante?). Pues bien, pasado todo ese tiempo, se había acordado de aquella fugaz recomendación, había leído el libro y le había ayudado tanto que quería darme las gracias. ¡Veinte años después! Aquella semilla que cayó en tierra no fértil, había permanecido dormida durante veinte años y había brotado mágica e inesperadamente.

Los cosechas son a veces rápidas, pero muchas otras se retrasan en el tiempo. Puede ser que algunas se pierdan porque la tierra no es fecunda o porque las plagas, los terremotos, las aves, las heladas, los animales, el mal clima o la falta de cuidados hacen que se pierdan.

El educador siembra y siembra con paciencia y con esperanza. Esa es la palabra: con esperanza. Esparce semillas de conocimiento, de solidaridad, de libertad, de amor. Y lo hace cada día en la tierra, diferente en cada caso, de sus alumnos y alumnas. Estos, a su vez, harán fructificar nuevas semillas. Por eso las cosechas de la educación son infinitas. Yo tuve un maestro que tuvo un maestro que tuvo un maestro… Y cada uno de ellos tuvo muchos alumnos. Y estos siguieron esparciendo las semillas porque las semillas y los frutos no se quedan para siempre en un lugar. Por eso la tarea de la educación es intrínsecamente optimista. El profesor es inmortal. Aunque se ausente, las semillas que sembró seguirán dando frutos, no se sabe con exactitud cuándo y dónde.