El vestido de hierro

6 Dic

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No hay etapa más decisiva, a mi juicio, en el sistema educativo, que la infantil. Los aprendizajes que en ella se realizan tienen una repercusión decisiva sobre la vida de las personas. Se trata de una etapa de una gran plasticidad en la que las influencias abarcan las dimensiones más variadas, ricas y profundas del ser humano.
Los profesionales que se dedican a esta delicada tarea (mujeres en su mayoría) suelen ser personas con una preparación, una dedicación y una creatividad extraordinarias. Creo que el sistema educativo, en el que las bisagras entre etapas están tan mal engrasadas, va sufriendo una erosión didáctica a medida que se va avanzando. Por eso me parece pintoresca la expresión de prepararse para la Universidad, a no ser que se equipare a prepararse para la adversidad o para la guerra.
Vale lo que digo para la organización de los espacios, para las relaciones interpersonales, para la atención a la diversidad, para el ingenio en la metodología, para la producción de materiales… Los espacios de la educación infantil están llenos de colores, no es imaginable que una maestra de infantil no se sepa el nombre (y hasta el cumpleaños) de los niños, las iniciativas novedosas con constantes, los afectos se expresan con facilidad, la creatividad para confeccionar materiales es inagotable… Claro que la preparación didáctica de los profesionales sigue una progresión descendente a medida que se avanza en el sistema educativo, Más en infantil y primaria, menos en Secundaria y Bachillerato y nula en la Universidad. (más…)

No se exciten, señores obispos

31 Dic

Tengan tranquilidad, por Dios. Resulta increíble observar con qué ímpetu se lanzan a la palestra política en determinadas cuestiones. Se diría que saben más que nadie sobre ellas y que les importan más que a nadie. La más conflictiva de todas es la sexualidad humana. Gobernar la sexualidad es un modo eficaz de dominar todas las conciencias, porque todos tenemos sexualidad. La propiedad es otra cosa. Sólo la tienen unos pocos. Algunos en demasía. No es una cuestión tan decisiva la desigualdad. A pesar de que han renunciado ustedes al ejercicio de la sexualidad quieren gobernar la de todos. Ustedes que han renunciado a casarse quieren regular el matrimonio de toda la sociedad (‘Familia y Vida 2004’ es el lema de la jornada de la Conferencia Episcopal). Ustedes que salen a la calle con un folleto titulado ‘Hombre y mujer los creó’, renuncian a emparejarse de por vida con una mujer. Ustedes que insisten en la importancia de que hay hombres y mujeres en la sociedad, según el texto bíblico, asisten sin inmutarse
a las reuniones de la Conferencia Episcopal, integrada exclusivamente por varones. Ustedes que se han pasado siglos echando sobre la sexualidad montones de oscuridad, de ignorancia, de puritanismo, de malicia, de miedo, de angustia y de pecado, pretenden decirnos a todos cómo debe vivirse luminosa y éticamente la sexualidad.
Frente al dictado de la ciencia, ustedes siguen diciendo que el preservativo no es un método seguro para evitar la concepción y el contagio. Claro que no lo es al cien por cien. Pero no podrán negar que ha evitado muchísimos embarazos no deseados y muchas enfermedades irreparables. Los porcentajes que ustedes manejan no sé de qué fuentes son extraídos. Sean cuales sean, interesadas. ¿Saben lo que les pasa a los jóvenes de hoy, a las personas de hoy? ¿Creen que basta predicar la castidad para que la castidad se imponga como el método más eficaz de evitar embarazos y enfermedades? ¿Saben cuántos embarazos no deseados existen? ¿Qué hacer después?
Todavía recuerdo una pregunta infantil formulada a un sacerdote en los años de la barbarie franquista:
– Padre, ¿por qué el toro se pone encima de la vaca?
– Hijo, para ver más lejos.
(Por cierto, la vaca sin el menor deseo de ampliar horizontes. El sexismo llega hasta los más recónditos rincones).
No es de extrañarse. Era la época en que los censores ensotanados veían las películas y cortaban por donde les parecía bien (repasen el contundente libro de Román Gubern ‘Un cine para el cadalso’). Ustedes, al parecer, estaban formados para verlo todo. Nosotros, pobrecitos españoles, teníamos que pasar (para no perdernos) por el filtro de su moralidad. Bendito sea Dios. Qué moralidad. Y ahora tenemos que pasar, para nuestro gobierno, por el criterio de sus decisiones. Ustedes que han dicho que en cuestiones de sexualidad ‘no hay parvedad de materia’, que han propiciado la enfermedad de los escrúpulos, que han convertido en pecado miradas, pensamientos y deseos…, qué nos van a decir.
No acaban de entender que esta sociedad ha elegido democráticamente a un gobierno que tenía en su programa lo que ahora, coherentemente, llevan a la práctica. Y eso es lo que queremos. Si no les gusta a ustedes, qué le vamos a hacer.
El señor obispo de Mondoñedo le recuerda al ministro de Defensa que tener tendencias homosexuales no es malo, pero que dejarse llevar por ellas es algo similar al que se deja llevar por el deseo de matar. Qué barbaridad. ¿No piensa el señor obispo lo que tiene que sentir ante esa afirmación un homosexual, tan sensible, tan honesto, tan buena persona, al menos, como él? ¿No piensa que está llamando ladrones y asesinos a quienes no hacen más que seguir el dictado de su naturaleza? No sé si son pecadores (ni me importa, porque esa es una categoría suya). No me importa, puse, que digan que es una tendencia ‘intrínsecamente mala desde el punto de vista moral’. Porque es ‘su’ moral. Sí me importa que digan que son enfermos. Y mucho más que son asesinos. Sí me importa que digan que el Estado no puede reconocer ‘este derecho inexistente’ al matrimonio homosexual. Ustedes dicen que ‘a dos personas del mismo sexo no les asiste ningún dere-
cho a contraer matrimonio entre ellas’. ¿No les asiste, acaso, el derecho a ser felices?
Se dice que quienes somos críticos con la Iglesia (con la jerarquía más bien, porque hay cristianos de base y teólogos y sacerdotes y religiosas que no piensan como ustedes) somos anticlericales. Como si ustedes no fuesen antidemócratas y, sobre todo, antigubernamentales. Dice Fernando Savater: “Dejaré de ser anticlerical cuando la Iglesia deje de ser antidemocrática”. Si se les obligase a ustedes a casarse unos con otros, si se obligase a mantener relaciones, a usar el preservativo, podrían incluso gritar. Un atropello a la libertad me tendría de su lado. Dejen que las personas actúen como desean, si no hacen mal a nadie. Dejen que el gobierno legisle para una sociedad laica. Dejen que el gobierno elegido democráticamente responda a su programa electoral.
Es magnífico que ustedes, como pastores, guíen a sus ovejas por el buen sendero. Háganlo. Están en su derecho. Es para ustedes un deber. Pero déjennos a los demás vivir la vida libremente. Felizmente, sin dañar a nadie, sin herir a nadie. Guiados por una ‘ética para la sociedad civil’, como reza el título del libro de Adela Cortina. Nadie les dice a ustedes cómo tienen que gobernarse.
Hablarían entonces de injerencia inaceptable. El poder religioso debe mantenerse al margen del poder civil. Hablen a sus fieles. No pretendan gobernarnos a todos con los criterios de su moral. Esa sí que es una injerencia. Por muy acostumbrados que estemos todos a verla. Ya tenemos una larga experiencia de lo que ha supuesto el seguirla.
Otro asunto que les pone en pie de guerra es el de las clases de religión. ¿Es lógico que sigamos pagando con dinero público a profesores y profesoras que ustedes nombran (o echan) para que les expliquen a los alumnos (y les examinen) todo aquello con lo que quienes pagamos no estamos de acuedo? ¿Les parece justo que un homosexual español o una lesbiana española tengan que pagar dinero de su bolsillo para que alguien explique al alumnado que están tarados, que están enfermos o que son como ladrones o asesinos? Hay que revisar los acuerdos del Estado español con la Santa Sede. Constituyen un privilegio inadmisible.
Yo también les pido a los señores obispos, a los sacerdotes y a todos los fieles que no entiendan estas reflexiones críticas como ‘una voluntad de tensionar ninguna relación’, como un ataque. No se exciten, señores obispos. No se enfaden con quienes no pensamos ni actuamos como ustedes. Quizás no seamos tan tontos como piensan. Ni, por supuesto, tan malos.

Hay que bajar el volumen

25 Dic

En estas fechas es casi obligado que los grupos (de trabajo, de ocio, de estudio…) celebren su comida o su cena de Navidad. Es una costumbre que hace imposible en estos días encontrar una mesa libre si no la has reservado previamente. No puedes ir a un restaurante sin encontrarte con la típica mesa alargada para diez, veinte o treinta comensales. Al ver esos floridos manteles comunitarios ya sabes que no vas a poder entenderte con tu pareja o tus amigos y que tendrás que hablar también a gritos o, si se prefiere, por señas.
¿Por qué gritamos? Resulta increíble el tono de voz que emplean algunos comensales. Puedes seguir, desde el otro extremo del restaurante, el contendido de cada intervención. Qué barbaridad. Sales ensordecido. Sobre todo porque, cuando son varias las mesas de la celebración, unos tienen que elevar la voz por encima de la de los otros para poder ser oídos.
La comida (o la cena) tiene momentos especialmente álgidos. Por ejemplo, la llegada del retrasado es celebrada con gritos estentóreos de alegría y vítores por el encuentro. El brindis (repetido hasta la extenuación) es otro momento de elevación de decibelios. A medida que va avanzando la comida el tono va subiendo hasta la total confusión. La excitación colectiva hace que las mesas entren en una competición para hacerse oír. De tal manera que llega un momento en el que nadie es consciente del griterío que se ha preparado. Por supuesto, ninguno piensa (qué pregunta más absurda): ¿estaremos molestando a los demás? No se hacen la pregunta, afortunadamente, porque la contestación dejaría mal parado no a quien grita sino al que no manifiesta la alegría propia de la celebración navideña. Porque esa es otra: quienes no entran en esa dinámica son los raros, los sosos, los incomprensibles. Los aguafiestas.
He comprobado que el tono inadecuado no es exclusivo de los restaurantes en Navidad. También he oído al pasajero que en un autobús del aeropuerto narra para todos lo que está sucediendo y que todos saben: “Hemos llegado con media hora de retraso, estamos en el autobús que nos lleva a la terminal, cogeré un taxi…”. Gracias, enterados. El contenido de la conversación puede ser de otra índole: “Pues nada, que ya estoy aquí, que ya puedes ir echando el arroz”. E, incluso, íntimo: “ Dale un beso a los niños antes de que se duerman. Ya sabes que te quiero”. Enhorabuena y saludos a la familia.
He visto también hablar a gritos en algunas clases. Siempre me he preguntado. ¿Por qué grita ese profesor? Si le oyen perfectamente sus alumnos hablando en un tono más bajo, ¿por qué forzar la voz? ¿Por qué crispar el ambiente? ¿Por qué tensar la situación?
Otros gritan para imponerse porque piensan que una autoridad vociferante tiene más peso y más razón. En este caso, no se puede exigir (ni siquiera pedir): “Oiga, no me grite”. Porque ya se sabe la respuesta: “Te grito porque me da la gana. Y tú te callas”. Piensan que así la orden será más clara, más razonable y más terminante.
Lo que me resulta verdaderamente desagradable es el griterío en las tertulias televisivas o de radio. Se está extendiendo la opinión de que quien más grita es quien tiene más razón. Quien apabulla al otro con voz atronadora es el que da el argumento de más peso. Y, si hablan a la vez, que es lo más frecuente, logra imponer su criterio aquel que se desgañita y logra superar a los demás hasta hacerlos callar. Es una vergüenza ver (y, sobre todo, escuchar) el griterío en que se convierte el diálogo. No importa la razón, importa el ruido. No importa el hilo argumental, importa el grito encadenado y amenazador.
La cultura de una sociedad es inversamente proporcional al ruido que las personas que la integran están dispuestas a soportar. Dice Azorín: “El grado de sensibilidad de un pueblo –consiguientemente de una civilización– se puede calcular, entre otras cosas, por la mayor o menor intolerancia al ruido”.
Hay quien grita porque sí. Hay quien grita porque una situación de euforia le pone en el disparadero del bullicio ensordecedor. Y hay quien grita de rabia y de furia cuando está enfadado ¿Por qué gritamos cuando estamos enojados? ¿Es que no nos oye el interlocutor si hablamos en un tono bajo y cercano?
He aquí una hermosa historia procedente de la sabiduría oriental. Un día, Meher Baba preguntó a sus discípulos:
– ¿Por qué la gente se grita cuando está enojada?
Los hombres pensaron unos momentos.
– Porque perdemos la calma, dijo uno, por eso gritamos.
– Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó Baba. ¿No es posible hablarle en voz baja?
Algunos añadieron otras respuestas hasta que finalmente Baba explicó:
– Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia, para poder escucharse, deben gritar. Mientras más enojados estén más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego Meher Baba añadió:
– ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Los enamorados no se gritan sino que se hablan suavemente. ¿Por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña. Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo.
Y para concluir les aconsejó:
– Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más. Llegará el día en que la distancia sea tan grande que no encontrarán ya el camino del regreso.
¿Por qué no dejamos de gritar?, ¿por qué no hablamos más bajo? A este paso, entre gritos de alegría navideña, gritos argumentativos, gritos de mando y gritos de reproche, acabaremos todos necesitando un sonotone porque nos vamos a quedar sordos o, al menos, aturdidos. Hay que bajar el volumen.

Razones del corazón

18 Dic

pilarmanjon.jpg El emocionante discurso de Pilar Manjón ante los miembros de la Comisión de Investigación del 11-M ha sido tan conmovedor y contundente que nos ha salvado a todos y a todas de la barbarie, de la insensibilidad y de las agresiones crueles. Ella llegó a la verdad por el camino del sentimiento. Su dolor era la verdad. Los demás habíamos estado lanzándonos los cadáveres de las víctimas con una impudicia irrefrenable. Hasta que ella dijo: ¡Basta!, ¡se acabó! Y lo dijo con las palabras más dulces y a la vez más duras, con los argumentos más serenos y a la vez más incontestables. Era el dolor de una madre, herida para siempre por la pérdida cruel de un hijo.

Pilar Manjón lo dice con claridad. Los responsables del atentado son los terroristas. No se equivoca. Pero hay otras responsabilidades.
Hay errores, descoordinación, escasez de medios… Deben reconocerse para satisfacer a las víctimas y, sobre todo, para poder evitar esas terribles acciones en el futuro. Ella quiere que la sangre de las víctimas riegue el árbol de la eficacia para que nadie vuelva a vivir ese horror. La representante de las víctimas del atentado más terrible de la historia de este país dio un suave y a la vez violento puñetazo sobre la mesa de las acusaciones, de las risas, de los insultos. “¿De qué os reís, qué jaleáis?”, preguntaba Pilar con una fuerza humilde y vigorosa que nacía de la fuente limpia de su dolor. Nadie osó rechistar. Eran razones del corazón. Inapelables. Los diputados y diputadas construyeron un templo de silencio para albergar aquel caudal incontenible de verdades y de emociones sinceras. Una madre enhebraba el discurso con las palabras nacidas del dolor de la pérdida de las víctimas que aquel fatídico día rompieron la vida de miles de personas, unas que se fueron y otras que se quedaron en el sinvivir.
Tenía que ser una mujer. Tenía que ser esta mujer, que había perdido a su hijo de 20 años en aquella inolvidable masacre. Su voz, a veces quebrada, poseía una extraña fortaleza, un impresionante poder. Sus manos argumentaban también con elocuencia. Y sus ojeras, acentuadas por el rastro de tantas lágrimas, albergaban unos ojos tristes y a la vez justicieros. ¡Basta ya!, dijo. Con voz frágil, pero extraordinariamente poderosa. El dolor nos había traído a la sensatez, a la cordura, a la verdad. Ella había visto con estupor y con profunda pena cómo su hijo había sido lanzado a los adversarios políticos como un arma arrojadiza. La herida se avivaba en cada sesión, se recrudecía el dolor con cada aplauso, con cada carcajada. Guardo algunas fotos de miembros de la Comisión que me han producido sonrojo. Ella había contemplado desgarrada las imágenes que reproducían las cadenas de televisión. “Habéis vendido vuestras conciencias, dijo, con el fin de que las audiencias pudieran crecer”. Y reclamó un código ético para la difusión de las imágenes de las víctimas. Ella había visto cómo se había resuelto el primer juicio y se había echado a temblar.
Detrás de sus palabras se escondía la fuerza de las 192 víctimas mortales y de los 1.400 heridos que produjo la barbarie en Atocha. Casi se les había olvidado a los políticos quiénes eran los protagonistas de aquella discusión, de aquella búsqueda, de las interminables comparecencias. Daba la impresión que las víctimas eran otras: los que habían perdido las elecciones, los que habían cometido errores, los que habían manejado la información… Nadie se había equivocado, nadie les pedía perdón, nadie hablaba de las otras víctimas, en parte vivas todavía, porque el dolor de la ausencia irreparable había llevado el resto de su ser para siempre.
La fuerza de las palabras de esta mujer era tan grande, las verdades que a través de ellas enunciaba, eran tan fuertes y tan claras que algunos asistentes no podían resistir su mirada y tenían que depositarla sobre las mesas, las hojas o los enseres cercanos. O, sencillamente, irse. El caudal de aquellas emociones, tanto tiempo contenidas, rompía las compuertas del silencio y de la humillación. Pilar Manjón tuvo la lucidez, la serenidad y el coraje de decir a los políticos, a los periodistas y a los jueces que, por encima de cualquier consideración, está la dignidad de los seres humanos y el dolor de quienes sufren una situación atroz, casi insoportable. Y tuvo palabras de gratitud (otra vez el corazón) para los ciudadanos y ciudadanas de a pie que prestaron un servicio en aquellas horas de dolor y confusión: a los bomberos, a los taxistas, a los psicólogos, a los voluntarios, a los médicos… El corazón le iba dictando las palabras, que fluían como un manantial de verdades emocionantes.
Daniel Paz , el hijo de Pilar, estudiante de segundo curso de INEF, podría estar orgulloso de su madre, de esta mujer aparentemente frágil, pero valerosa en sus actitudes y coherente en sus planteamientos. No acudirá este año su hijo a la imperiosa llamada de la Navidad que propone la vuelta a los hogares. Pilar Manjón vivirá con su otro hijo, Iván, estudiante de Ingeniería Informática, el dolor de una ausencia en la que han escarbado con crueldad algunas de las intervenciones de interrogadores y comparecientes de la Comisión.
La portavoz de las víctimas del 11-M terminó su intervención con una lección de ciudadanía inolvidable. Contó que, cuando todavía no le habían entregado el cadáver de su hijo (tardaron seis días en identificarlo), con el máximo dolor que puede sentir una madre, ella fue a votar. De ahí nacía la interpelación más contundente hacia sus representantes, hacia quienes habían sido elegidos por la fuerza de los votos. Nunca olvidaré las palabras de esta mujer. Mientras conducía mi coche hasta Facultad sentí que aquella voz nos estaba salvando de la brutalidad, reconduciendo a un camino que se había perdido y haciéndonos recordar que del corazón precisamente es de donde salen los argumentos más poderosos, más incontestables.
Dijo más cosas Pilar Manjón. Cosas tan hermosas como verdaderas. Dijo que no era sólo cuestión de dinero. “Porque el dinero no abraza, no consuela”. Otra vez la llamada a las emociones sinceras, a las verdaderas dimensiones del ser humano. Y pidió tres cosas que resumían las demandas de las víctimas: verdad, justicia y reparación. Estamos en deuda con ellas. El razonamiento frío (obsérvese el tradicional adjetivo) parecía conducirnos a la verdad. Hoy, afortunadamente, se habla de la inteligencia emocional, de los “corazones inteligentes”. No se ha tenido en cuenta muchas veces el mundo de los sentimientos, se ha pensado que sólo la razón nos podría salvar del error y de la maldad. Pero ahí está la fuerza inagotable de los sentimientos. Ahí está, pensando inteligentemente, el corazón . El corazón de esta mujer formidable.

Felicidad por omisión

11 Dic

aznar.jpg Dice el director de cine español José Luis García Sánchez que existe “la felicidad por omisión”. Se puede disfrutar, afirma, por algo que no se tiene ya o que no se tiene todavía. Se puede ser feliz por carecer de algo: una enfermedad, un dolor, un problema… Creo que se trata de una postura inteligente. Disfrutar por lo negativo que desapareció o porque todavía no llegó una desgracia.
Pues bien, yo me siento feliz por el hecho de que el señor Aznar ya no esté gobernando este país. Y he cobrado especial conciencia de ello a raíz de su comparecencia ante la comisión del 14-M. (¿O fue la Comisión, los periodistas, los partidos de la oposición y todos los españoles quienes comparecimos ante él?). Unos por estúpidos manipulables y manipulados a distancia. Otros por haber dicho lo que dijeron, otros por haber manejado ladinamente los acontecimientos del 12, 13 y 14 de marzo.
Pues sí, es para echarse a temblar. Este señor, arrogante y acusador, ¿era quien regía los destinos de mi país y de todos sus habitantes? Una persona que no es capaz de reconocer (¡en once horas!) ni un solo error. Que se muestra infalible en las palabras y en las decisiones. Que se queda solo ante el resto de partidos. Esa actitud de infalibilidad ante posibles errores tiene dos fuentes. O no los cometió, cosa más propia de un Dios que de un ser humano. O no los quiere reconocer, lo cual resulta increíble cuando esos errores han estado a la vista de todos.
Ya dijo en el Congreso del Partido que no era necesario hacer autocrítica. ¿Cómo puede gobernar una persona que se niega a recibir críticas, que se cierra herméticamente al ejercicio imprescindible de la autocrítica? ¿Cómo puede aprender? ¿Cómo podrá rectificar? ¿Cómo es posible que todavía no haya dicho que las informaciones que recibió sobre Irak le llevaron a mantener una postura equivocada? Yo me pregunto por sus sentimientos ante la cadena interminable de muertos que siguen apareciendo cada día en Irak. No creo que baste decir, para justificarlo, que ya no está Sadam Hussein. ¿Es que nunca le asalta una duda? ¿Es que piensa que reconocer el error le va a debilitar como gobernante o como persona? Creo que fue Savater quien dijo que la duda era un estado incómodo, pero que la certeza era un estado ridículo.
Para el señor Aznar mintieron quienes dijeron la verdad (los autores del atentado tenían filiación islámica) y dijeron la verdad quienes se equivocaron (la autoría era de ETA). “Otros mintieron, dice el señor Aznar. Y lo saben”. Insiste en la tesis, jamás demostrada, de que el atentado tenía el fin primordial de acabar con el gobierno de su partido. Una mano negra tramó lo sucedido el día 11 (y el 12, 13 y 14). Si las elecciones se hubieran celebrado el día 7, dice, los atentados hubieran tenido lugar el día 4. Sin una sola prueba. Y lo dice con la convicción de un oráculo. No sé cuándo se va a enterar de que no fue el atentado lo que probablemente condicionó el voto de los españoles sino su inequívoca contumacia en mantener una postura (todavía la sigue manteniendo en este momento) de que los autores (intelectuales y fácticos) tenían su epicentro en la banda terrorista vasca. ¿Se puede sostener en este momento que nunca se envió un telegrama a las embajadas aconsejando que se atribuyera el atentado a ETA? ¿O lo hemos soñado?
Resulta asombroso que en una comparencia en que se trataba de explicar lo sucedido, de evitar los errores cometidos, de reconocer los fallos, todos saliésemos acusados de estar manipulados por no se sabe quién. O, mejor dicho, por unos periodistas delirantes y por un Partido tramposo. Y fuimos los votantes tan estúpidos que creímos que era Al Qaeda quien había atentado en Madrid.
Lo más tremendo, a mi juicio, es que el Señor Aznar piense que la finalidad última del atentado era derrocar al Partido Popular. ¿Qué sentirán los familiares de las víctimas al escuchar que alguien se quiere convertir en la principal víctima del terror? Pues mire usted, señor Aznar, la popularidad de su amigo el presidente Bush se disparó al 90% después del atentado del 11-S. Porque la reacción normal de un pueblo es refugiarse bajo el poder. Su encarnizado enemigo Iñaki Gabilondo, según he oído contar al ex ministro Alberto Oliart, que se encontraba aquella trágica mañana en la SER, lo primero que dijo al enterarse del atentado en Madrid fue: “Hay que estar al lado del Gobierno”.
Me resulta molesto, por no decir indignante, el desprecio con el que se dirige a sus adversarios. El tono de superioridad que emplea, por ejemplo, para contestar las atinadas y certeras preguntas del señor Llamazares. Y lo que me llama más poderosamente la atención es la actitud de personajes como Zaplana o Acebes que aplauden sus presuntas gracias o se ríen de sus contestaciones displicente. Qué decir de las elogiosas manifestaciones sobre una comparecencia que sólo nos aportó acusaciones infundadas, sospechas terribles (“no se está investigando”, “no se quiere saber la verdad porque ya se consiguió el poder”…). Me molesta esa inquebrantable unidad ante una comparecencia que sólo aportó acusaciones cuando quien declaraba era el responsable de la política del país. Resulta cuando menos inquietante esa actitud de considerar magnífico todo lo que hace o dice el antiguo (o actual) jefe de partido.
Cuentan que un empresario convocó a sus trabajadores a una comida de fraternidad. Durante los postres el empresario se puso de pie para pronunciar un discurso. Durante el mismo, el empresario contó un chiste. Y todos los trabajadores se rieron estrepitosamente, menos uno que se quedó impertérrito. El empresario se dirigió al trabajador impasible y le preguntó:
–¿Es que a usted no le ha hecho gracia?
–Mire usted, contestó el interpelado, a mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana.
Cuando todos piensan lo mismo, nadie piensa mucho. Y cuando el jefe siempre tiene razón, algo se cuece en la trastienda. Nadie es infalible. Ya sé que el actual gobierno comete errores. Demasiados quizá. Creo que es positivo que los reconozca, que pida disculpas por ellos y que aprenda de los errores.
Resulta deleznable esa actitud prepotente, descalificadora y cínica. Si el señor Aznar adoptó esa postura ante la Comisión de Investigación, ¿qué podría decir o hacer cuando no fuese un simple compareciente sino el único exégeta y el exclusivo intérprete? De verdad que me alegro de que ya no me esté gobernando, señor Aznar. Siento felicidad por
omisión.