La generación del yo-yo y del ya-ya

5 May

Me envía Cristina Gutiérrez, directora de la Granja Escola (Santa María de Palautornera, en el Montseny de Barcelona), una información sobre dos experiencias que van a poner en marcha. Una se refiere a la organización de “Colonias emocionales de verano”, la otra se denomina “La generación del yo-yo, ya-ya”. No he podido por menos de felicitarla por esta segunda iniciativa porque me parece que ha dado en el clavo.

Pienso con ella que estamos asistiendo a la aparición de un fenómeno inquietante, que es fruto de muchos factores confluyentes. Unos relacionados con la sociedad, otros con la escuela y algunos con la familia. Hablo del surgimiento de la generación del yo-yo y del ya-ya. No afecta a todos los niños y jóvenes de la sociedad, ya lo sé. Pero sí a una buena parte.

La denominación “yo-yo” hace referencia a ese egoísmo exacerbado de algunos niños y jóvenes que se consideran el centro del universo. Todo lo demás ha de girar a su alrededor. Yo, mi, me, conmigo. Esos son los lemas de su vida. Los principios que rigen su filosofía.

Cuando era estudiante de bachillerato, el profesor presentaba una máxima en el encerado cada semana. En una ocasión, escribió: “Lo mejor y lo primero, para mi compañero”. Un espabilado, digno de pertenecer a la generación que describo, corrigió: “Lo mejor y lo primero para mí, compañero”. Es la consigna que preside sus actitudes, sus pensamientos y su acción.

Sin haberse ganado nada creen merecerlo todo. Quienes les rodean, tienen que estar a su servicio porque ellos solo tienen derechos, no obligaciones. Padres y profesores son sus criados, sus sirvientes. Los primeros les entregan cosas (comida, ropa, dinero, diversiones, cuidados…); los segundos, les dan conocimientos. Y todos, afecto.

No hacen la cama, no ponen la mesa, no cuelgan la ropa, no limpian la casa, no recogen las cosas. Exigen dinero, buscan comodidad y se enfadan cuando no les compran lo que desean o les rompen la tranquilidad…

Para ellos solo importa el pronombre posesivo de primera persona: “mi” interés, “”mi” necesidad, “mi” satisfacción, “mi” gusto, “mi” comodidad, “mi” capricho… Lo que quieran o necesiten los demás es secundario o, lo que es peor, irrelevante. Dice el jansenista Pascal que “la naturaleza del egoísmo consiste en no amar más que a uno mismo”.

Cuento, para referirme a esa actitud individualista extramada, la anécdota de una madre que pide limosna con su hijo. En un momento determinado ella le dice a su vástago:

– Hijo, qué pena esta vida, tener que pedir limosna, con la vergüenza que da pedir, con la insolidaridad que hay. Unas veces a veces hace mucho frío, otras muchísimo calor…

El hijo escucha atentamente las palabras desoladas de su madre y le dice con enorme aplomo y convicción:

– Mamá, tú no te preocupes por mí. No te preocupes por mí porque estoy seguro de que el día de mañana yo voy a ser multimillonario y tú, mamá, ya solo tendrás que pedir para ti solita…

La generación del yo-yo es también la del ya-ya , es decir la que se caracteriza por mantener una actitud de urgencia en la satisfacción de los deseos. Quiero esto y lo quiero ya.

Mañana o pasado mañana son conceptos temporales insoportables a la hora de tener lo que quieren. ¿Para Reyes? Eso es como para otra vida. ¿Para el próximo curso? Es como decir para después de la eternidad. No. Para ellos y ellas solo hay ahora. Solo existe la inmediatez.

¿Por qué esta configuración psicológica egoísta? Pienso en algunas causas. Esos dos rasgos nacen de la ausencia de resistencia a la frustración. Los militantes de esa generación del yo-yo y del ya-ya no son capaces de recibir un no como respuesta a una demanda. Recuerdo haber leído hace unos meses en la prensa el caso de un adolescente que mató a su madre porque no le quiso comprar un i-pad o algo que demandaba con no menor dureza que urgencia.

Otra causa es la intransigencia. No hay diálogo posible. No hay razonamiento válido. No hay negociación posible. No se acepta ni un mínimo aplazamiento. Quieren esto, aquí y ahora. No importa el precio, no importa la distancia, no importa la conveniencia.

La tercera causa es la sobreprotección de la familia. Piensa por ellos, decide por ellos, trabaja para ellos. Se les ahorran los esfuerzos y se les da todo antes incluso de que lo pidan.

Una cuarta causa es el síndrome acumulativo. Haberlo conseguido una vez no solo no calma el impulso sino que lo retroalimenta, de tal manera que se convierte en una hábito. Estar acostumbrado a conseguir lo que se pretende no disminuye sino que incrementa el deseo de satisfacción del nuevo deseo.

Hay una quinta causa que es la comparación que hacen unos con otros. Es un motivo de orgullo mostrar la facilidad y rapidez con la que cada uno consigue las cosas en la casa. “Pues a mí me han comprado…”, “pues a mí me han regalado…”, “pues a mí me han permitido…”. Uno es más valioso y más importante en la medida del poder que manifiesta.

Mencionaré una última causa, entendiendo que puede haber muchas otras: el mundo de la publicidad se caracteriza por la instantaneidad. Esto está de moda, pero dentro de un momento ya no lo estará. La publicidad empuja a la compra inmediata, a la satisfacción automática del deseo. Todo es aceleración en el mercado.

Los adultos generamos y alimentamos las causas de esas actitudes egoístas. Nosotros les hemos hecho creer que no hay nada más importante en el mundo que ellos. Les hemos ido cubriendo con celeridad no solo las necesidades sino los caprichos. Si hay que ver un programa de televisión en familia, se ve el que ellos quieren; si hay que oír una cadena de radio, es la que ellos desean; si hay que elegir un restaurante, es el que ellos prefieren

Nos anticipamos a sus deseos, les premiamos por los éxitos escolares, les hacemos la cama, les ponemos la mesa, les compramos la moto y, luego, el coche. Ellos piden, reciben y exigen.

Padres y madres que han soportado carencias en su infancia se empeñan en que a sus hijos e hijas no les falte nada. Piensan que así serán mejores padres. “Puesto que yo carecí de todo, quiero que ahora a mis hijos no les falte nada”, vienen a decir.

La sociedad les tiende sus trampas a través de la publicidad y del comercio. Les hace pensar y sentir que, en la medida en que tenga más cosas y de que esas cosas sean de moda y de marca, serán más felices.

La escuela también pone su granito de arena rebajando la exigencia y aceptando unos comportamientos, unas indumentarias y unas actitudes carenes de respeto y de consideración. La permisividad como reverso de la exigencia.

Hay situaciones que agravan el problema. En caso de divorcio los hijos entregan su afecto a quien más les da. Porque entienden que quien les quiere les entrega cosas y les satisface los caprichos. Y así se produce una competición entre los padres divorciados: yo le compro más que tú, yo le doy más que tú, yo le permito más que tú… y así él me quiere más. La trampa es burda, peo muy eficaz.

Nos regimos frecuentemente por la ley del péndulo. Hemos pasado de un extremo al otro. De una etapa en la que los niños y las niñas solo debían callar y obedecer hemos pasado a otra en la que solo los niños hablan y mandan.

Hay que recuperar la cordura educativa. Sin esfuerzo, sin exigencia, sin capacidad de soportar la frustración, nuestros hijos y alumnos encontrarán muchas dificultades insuperables en la vida. Acostumbrados a satisfacer deseos y caprichos no van a saber hacer frente a los dificultades. Si de verdad les queremos, tendremos que poner límites, decir que no muchas veces y recordarles, de forma teórica y práctica, que tienen obligaciones y no solo derechos.

Y no quiere que le dé yo otra

28 Abr

En cualquier lugar del mundo, los niños y las niñas dan señales de ingenio. Lo he podido comprobar de nuevo, como luego contaré, en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, ciudad a la que acudí hace días invitado por el SEUAT (Sistema Educativo Universitario Azteca. Tuxtla).

No solo se aprende en las aulas, en los auditorios o en las salas de reuniones. Hay un aprendizaje, quizás no tan elaborado pero no menos eficaz, que se realiza en los pasillos, en los patios, en las calles, en las cafeterías y en las mesas de los restaurantes.

En el transcurso de una cena (allí nació este artículo) cuenta una profesora que su hija de 7 años era molestada por un compañero en la escuela. La niña no era capaz de detener los agravios, de modo que decidió llevar el caso a otra instancia. Le contó a su madre lo que sucedía. Posteriormente le dijo al compañero que su mamá le iba a dar un dulce y advirtió a la mamá de que su compañero iba a ir a buscarla para reclamar el obsequio y que, una vez allí, en lugar de dárselo, tenía que aplicarle el correctivo oportuno.

Es decir, que la niña le preparó una trampa a su colega, le lanzó un anzuelo para que picase, mordiendo el cebo de aquel codiciado dulce. Pensó que era más fácil conducirle de esa forma a quien tenía que reprenderle y así evitar a su madre una comprometida búsqueda. Con esa estratagema metía así al agresor en la boca del lobo.

La madre, con buen criterio, no aceptó la estrategia que había urdido su pequeña y la instó a que resolviera el problema por sí misma, sin necesidad de poner en marcha la tramposa argucia.

Pensé en escribir algo sobre la forma de tratar los conflictos infantiles. Y leí, como suele hacerse para escribir. La psicóloga infantil María Luisa Ferrerós, por ejemplo, asegura: “Proteger demasiado a los niños es malo porque no aprenden a sacarse las castañas del fuego, y tienen que saber buscar estrategias para tolerar sus frustraciones y afrontar sus conflictos de forma eficaz”. Muchas veces los padres intervienen, con toda su buena voluntad, pero crean el efecto contrario: “Les envían el mensaje subliminal de que ellos no sirven y les bajan la autoestima. Los niños mimados y sobreprotegidos no se quieren y piensan que son incapaces de hacer nada ellos solos”, añade Ferrerós.

Los modos de pedir y exigir justicia de los niños son peculiares. Recuerdo que, el primer año que me hice cargo de una clase de Primaria, un niño me abordó en el patio con el rostro desencajado y una tremenda indignación.

– ¿Qué te pasa?, le pregunté.

– Profesor, me dijo, un niño me ha dado una patada y ahora no quiere que le de yo otra.

¿Qué justicia era esa?, pensaría. ¿Cómo podía resistirse su colega a recibir el merecido castigo precisamente de quien había sido agredido previamente? ¿Cómo es que no aceptaba la tan justa ley del ojo por ojo y diente por diente?

Le expliqué que nadie debe tomare la justicia por su mano, que hay que hablar con la boca, no con los puños, no con los pies, no con las armas. Le dije que una patada no encuentra la solución justa en otra patada.

¿Cómo resuelven los niños y las niñas los conflictos? Es interesante observar sus interacciones. Su espontaneidad y su ingenio tienen que ir ganando cotas de racionalidad y de equidad. Las intervenciones de los adultos tienen que estar en la línea de esas conquistas.

Recuerdo que en un libro titulado “Tú sí que vales”, Carmen Bouqué cuenta que, en una clase de infantil dos niños jugaban con un camión. Uno de ellos le dice al compañero:

– Como no me des el camión, llamaré a mi hermano que está en quinto y te matará.
El compañero, atemorizado, le entrega el camión inmediatamente. Momentos después, el supuesto amigo le vuelve a chantajear con la misma amenaza.
– Si no me das la pelota, llamaré a mi hermano que está en quinto y te va a matar.

El compañero vuelve a entregar el juguete sin dilación, sin la menor protesta. ¿Cómo intervenir? ¿Qué hacer? ¿Cómo corregir al chantajista y advertir a su victima? Si la maestra le dice al extorsionador “como le digas a tu compañero otra vez que tu hermano de quinto va a venir a matarle, te quedas sin recreo”, estaría utilizando la misma táctica intimidatoria del niño.

La maestra ideó una forma de proceder inteligente y efectiva. Una buena tarde citó en la clase al hermano que está en quinto. El pequeño le ve entrar en la clase, entre sorprendido y admirado. La maestra le presenta como el hermano de un alumno de la clase y observa la cara de susto del pequeño chantajista. La maestra le hace una entrevista. Le va preguntado en qué curso está, qué asignatura le gusta más, qué es lo que cambiaría del colegio, si tiene muchos amigos, cuál es su deporte preferido… Hasta llegar a la pregunta clave:

– Y tú, ¿a cuántos has matado?
– Yo, no mato a nadie. Ni se me ocurre. Yo cuando tengo un problema hablo con las personas y lo resuelvo.
– Entonces, ¿tú no matas?
– ¡Nooo! ¡Jamás lo haría!

El pequeño chantajista aprendió que aquellas amenazas no eran reales, no tenían fundamento. El hermano pequeño aprendió a no dejarse engañar.

Los niños y las niñas interactúan constantemente. Basta observar durante unos minutos una clase o el patio del colegio para saberlo. Es necesario educar los ojos para ver, aprender a observar. Me pregunto en ocasiones cómo pasa inadvertido un caso de bulling prolongado en una escuela. Y es necesario aprender a preguntar y aprender a escuchar. Lo que para nosotros es una nimiedad para ellos puede ser de una importancia tremenda.Tenemos que escuchar con atención, empatía y paciencia para saberlo.

El libro “Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen”, de Adele Faber y Elaine Maz¬lish (ediciones Médici) propone que los padres entrenen a sus hijos en la resolución conjunta de problemas. Si el niño se acostumbra a reflexionar sobre algún problema, por pequeño que sea, y aprende a idear soluciones que contenten a todas las partes implicadas, después tendrá la capacidad para hacerlo en peleas que tenga con sus hermanos o en conflictos con sus amigos.

Las relaciones entre los niños y las niñas están llenas de tensión: “Ese niño no me deja jugar”, “fulanito me ha llamado tonto”, “menganito me ha quitado el lápiz”, “zutanito me ha dado una patada”…

Es interesante utilizar la mediación entre iguales, que tan buen resultado está teniendo en las escuelas. Los mediadores, de manera imparcial, ayudan a expresarse, escuchan con atención, hacen reflexionar e invitan a tomar decisiones. Son agentes de paz en las instituciones. Hay que formarlos e informar a los litigantes de que libremente pueden solicitar su ayuda cuando se encuentran inmersos en un conflicto.

Es importante reflexionar sobre los criterios que empleamos para corregir sus actuaciones violentas. Los niños y las niñas tienen que aprender que nadie debe tomarse la justicia por su mano, que no se debe aplicar la ley del talión, que todos los niños (sobre todo los más débiles) merecen respeto, que los niños deben respetar a las niñas, que no es aceptable la ley de la selva, que nadie debe infligir un daño a nadie, que no deben soportar los golpes o los insultos de los demás como si fueran merecidos, que tienen que saber identificar, controlar y expresar sus sentimientos, que tienen que tener capacidad de frustración, que no son los únicos en el mundo, que no todo lo que hacemos los adultos es digno de imitación…

En ningún lugar hay más paz que en un cementerio. Allí nadie se mueve, nadie se mete con nadie. Donde hay vida hay conflictos. Se trata de manejarlos para que nos ayuden a ser mejores personas.

Al servicio de la comunidad

21 Abr

Acabo de regresar de Chiapas (México) donde he trabajado durante dos días en el SEUAT (Sistema Educativo Universitario Azteca. Tuxtla). Conferencias, talleres, sesiones de trabajo en un ambiente de alto compromiso con la enseñanza y la investigación. Una experiencia altamente motivadora y gratificante.

Pero no voy a centrar este artículo en cuestiones docentes, por otra parte de gran interés, sino en una conversación informal que mantuve con la Rectora de la institución. Una conversación que, aunque breve, me ha dejado conmovido y aterrado. Me cuenta que hay comunidades en Chiapas o cerca de Chiapas en las que las chicas se casan a los 14 años. Ya es ésta una cuestión de inusitada importancia, que luego comentaré. ¿Cómo puede hacer frente una adolescente a las obligaciones del matrimonio y de la maternidad? Porque, según me cuenta la Rectora, es frecuente que esas jóvenes se conviertan en madres un año tras otro, con alto riesgo de muerte para la madre y los hijos. ¿Qué vida es esa? ¿Qué sociedad es esa? ¿Qué malditas costumbres son esas? Pero, lo más llamativo es que las chicas que no se casan a esa edad temprana tienen que dedicarse al servicio de la comunidad. Mejor dicho, al servicio sexual de la comunidad. Los hombres que lo desean pueden acudir a la casa de la joven soltera que tiene la obligación de atender las demandas de sus vecinos.

Le pregunté a la Rectora, de manera casi febril: ¿qué hacen, ante esas costumbres, las autoridades de un país democrático?, ¿qué hace el mundo civilizado?, ¿qué respuesta tienen estos hechos en las ONGs, en UNICEF, en Save The Children?, ¿qué hacen los organismos internacionales?, ¿cómo es posible que estos hechos tengan lugar en el siglo XXI sin que se hunda la tierra?, ¿cómo es posible que el mundo vea impasible el cruel sacrificio de estas mujeres? Porque no hay otra vida, no hay forma de volver a empezar. La vida es una obra de teatro que no admite ensayos. ¿En nombre de qué principios, de qué dioses, de qué malditas costumbres, de qué odiosos poderes se le puede robar la infancia a una niña?

El binomio “matrimonio infantil” es repugnante, antinatural y monstruoso. Porque el matrimonio es un acuerdo, un pacto, una alianza que requiere madurez e igualdad entre las partes. Pero el matrimonio infantil no se realiza entre iguales sino entre un adulto y un menor (casi siempre una niña). Además, una niña frecuentemente obligada y engañada.

El matrimonio infantil no es una acción perversa que dura unos minutos o unas horas sino que condiciona toda la vida. Es una condena vitalicia. Una cadena perpetua.

No estoy hablando de un hecho aislado, de una de esas atrocidades que nos estremecen sino de un hecho habitual, frecuente, cotidiano. Cada dos segundos una niña es obligada a casarse. No sé cómo podemos comer, dormir o pasear sin sentir náuseas, sin rebelarnos ante la tragedia de estas niñas indefensas.

Se trata de un práctica tradicional que se lleva a cabo en numerosos países y que viola los derechos fundamentales de las niñas, que les impide decidir el futuro por sí mismas, les rompe en mil pedazos la libertad física y la libertad social, les deja sin amigos, les aparta de su familia, ante la incomprensible indiferencia del mundo.

Estas son prácticas habituales en el África subsahariana y en Asia meridional. Los diez países con más altas cotas de matrimonios infantiles son Níger, Chad, Republica Centroafricana, Bangladesh, Guinea, Mozambique, Mali, Burkina Faso, Sudán del Sur, Malawi y Afganistán.

Si no hacemos nada, este problema afectará a 140 millones de niñas en 2020. El 14% de niñas de los países en vías de desarrollo se producirá de manera forzada antes de que cumplan 15 años.

En países como Etiopía es frecuente que las niñas se casen a la edad de 7 u 8 años. En Sudán las niñas pueden casarse después de cumplir 10 años. En Tanzania o Angola, antes de los 15. Trece millones de menores casadas en el mundo viven en África.

Las causas que alimentan este terrible fenómeno son múltiples e interactuantes: la pobreza extrema, la falta de educación, el machismo exacerbado, la ignorancia supina, la falta de puestos de trabajo, la inoperancia de los poderes…

No hace falta pensar mucho para conocer las consecuencias de un matrimonio forzado y precoz: esclavitud sexual, servidumbre doméstica, falta de libertad, embarazos precoces, destrozo psicológico, complicaciones en el embarazo y en el parto, abusos de todo tipo, enfermedades de transmisión sexual, mortalidad infantil, imposibilidad de formación… No durante unos días. No. De por vida. Para siempre.

No es difícil imaginar el deterioro psicológico que tienen que vivir esas niñas que, en una edad que deberían dedicar al estudio, a la diversión, al cultivo de la amistad, a la forja de un futuro libre, tienen que asumir la responsabilidad de ser esposas fieles y madres sacrificadas.

¿Para qué sirven las declaraciones de derechos humanos y las leyes de protección de la infancia?, ¿para qué sirve la justicia? Cada persona tiene derecho a decidir su futuro. ¿Por qué cada día son obligadas a casarse más 39.000 niñas?

Se me puede decir que algunas de esas novias o jóvenes esposas aceptan libremente la situación. Puede ser. Para esos casos digo que no hay mayor opresión que aquella en la que la oprimida mete en su cabeza los esquemas del opresor. La socialización incorpora a los individuos a la cultura. Pero no todo en la cultura es de recibo. Hay costumbres crueles e indecentes. La educación ayuda a detectar esas prácticas inmorales y a condenarlas con valentía.

¿Cómo se puede hablar sin rubor de igualdad de derechos y de oportunidades entre hombres y mujeres mientras sigan existiendo esas prácticas generalizadas de opresión? ¿Cómo puede librarse una niña de esa esclavitud salvo con la huida o con la muerte?

Resulta más trágica la situación cuando se piensa que son los propios padres de la menor quienes la obligan a someterse a esa tortura de casarse con un hombre mayor que ni siquiera conocen. Un hombre que, si la menor se niega a mantener relaciones, se permitirá la respuesta de propiciar le una paliza.

Hay que poner fin a esta práctica que llena de vergüenza a la humanidad. Más educación, menos pobreza, más leyes efectivas, más castigos a quienes las incumplen, más intervención internacional, más ayudas a quienes la necesitan.

¿Qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos, a nuestras hijas? ¿Qué comunidades son esas en las que las niñas de 14 años que no han logrado meterse en el infierno de un matrimonio forzado y precoz tienen que vivir en un infierno de mayor crueldad? ¿Qué comunidad humana es esa que exige unos servicios que consisten en la explotación y la esclavitud sexual? No me extraña que las niñas acepten de buen grado emparejarse con un monstruo cuando la alternativa es ser un juguete en manos de múltiples monstruos. Un horror que libra de un horror más grande. ¿Hasta cuándo?

Dos faros sin luz

14 Abr

Creo que la Universidad debe ser un faro moral para la sociedad. Primero porque es un lugar donde se cultiva el pensamiento y la investigación, donde se busca la verdad. Segundo porque, como institución formadora, debe encarnar los valores en sus estructuras, en sus dinámicas y en los comportamientos de sus integrantes. Y tercero porque debe mantener una elemental coherencia entre lo que dice y lo que hace.

La política (los políticos) también deben ser un faro que alumbre a los navegantes ya que, en una democracia, los elegidos por el pueblo para gestionar el bien público tienen la obligación de constituirse en ejemplo permanente de ciudadanía.

Por eso cuesta creer lo que ha sucedido en la Universidad Rey Juan Carlos y en la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Lo que comenzó siendo una sospecha de corrupción política acabó destapando la corrupción académica. O, lo que es peor, la corrupción académica puesta al servicio de la corrupción política. A mí me parece tremendo que la Universidad albergue comportamientos de esa naturaleza al servicio del poder. Para los lectores de fuera de España (aquí estamos todos saturados del conflicto) contaré someramente los hechos.

A la presidenta de la Comunidad de Madrid (Partido Popular) se le acusa en un periódico de haber conseguido fraudulentamente un título de Máster de la Universidad Rey Juan Carlos. Las acusaciones son, fundamentalmente cinco: se matricula meses después de haberse iniciado el máster (fuera de plazo), no asiste a las clases a pesar de tratarse de un máster presencial, se cambian dos calificaciones de No Presentada por dos Notables, obtiene sobresaliente en asignaturas que ya habían desaparecido del curriculum y se “reconstruye” en su beneficio el acta de evaluación de la defensa del Trabajo Fin de Máster (TFM) con dos firmas falsificadas, según declaran la supuesta presidenta y la supuesta vocal de la Comisión que sostienen que nunca se ha celebrado ese acto. La firma que estampa en el documento “reconstruido” la supuesta secretaria se plasma también de forma fraudulenta ya que el citado examen no existió.

El concepto de “reconstrucción” de un documento que no aparece (que no existe) es también llamativo e indecente. Se debe hablar, más bien, de invención o de creación de un documento. De falsificación.

El TFM no aparece por ninguna parte: ni lo conserva la estudiante ni la Universidad (el Director de Máster dice que según normativa interna solo es necesario mantener los trabajos durante dos años). Ni la estudiante ni ningún profesor dicen de qué trataba. La presidenta de la comunidad de Madrid dice que no asistía a las clases porque los profesores la exoneraban de hacerlo a cambio de la realización de trabajos. Pero tampoco esos trabajos aparecen por ningún sitio.

El Director del Máster dice que el Rector le insta (¿le sugiere?.¿le propone?, ¿le impone?…) que “reconstruya” el acta. El Rector niega tajantemente que esa presión se haya producido. En cualquier caso, si se le estaba pidiendo hacer algo ilegal, el Director del Máster debió negarse de forma tajante.

Los estudiantes asisten perplejos e indignados al triste e injusto espectáculo. He oído varias declaraciones de estudiantes de esa universidad, interrogados por periodistas, que dicen cosas muy sensatas y comprensibles: ¿por qué a mí no me permitieron hacer la matrícula fuera de plazo?, ¿por qué a mí me obligan a asistir a las clases?, ¿por qué yo tengo que realizar exámenes…?, ¿por qué no defienden mis intereses el Rector y el Director del Máster, ¿por qué no me regalan los títulos?… Cuántos agravios.

Se pone en cuestión el nivel de exigencia de esta Universidad al expedir los títulos, el rigor para superar los controles de conocimiento, la falta de cumplimiento de la norma de presencia en las clases, la falsificación de firmas, la firma fraudulenta, la existencia de un mercado de titulaciones, las mentiras a granel, la acusación de presión al Rector por parte del Director del Master o la presión del Rector, si es que la hubo.

El problema añadido es que todas las irregularidades se ponen al servicio del poder. La Universidad concede un título a la autoridad de quien depende. Dudo de que el proceder hubiera sido el mismo si la alumna hubiera sido una persona anónima y no la presidenta de la Comunidad en la que está enclavada.

Un escándalo.

Un escándalo en una institución que debe ser un ejemplo de moralidad. Y más, a mi juicio, en una Universidad pública. Estoy convencido de que en esa Universidad habrá profesores ejemplares, autoridades honestas y alumnos esforzados. Estos comportamientos, por contra, son vergonzosos.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, de forma inaudita, descarga toda la responsabilidad del caso en la Universidad. ¿Qué le importa que la Universidad se hunda si ella se salva? Como Poncio Pilatos se lava las manos afirmando que dice la verdad. Me parece un ejercicio de cinismo insuperable. Ella, que ha sido beneficiaria de todas las irregularidades, debería reconocer al menos que ha tenido un trato de favor. Y debería admitir su participación en el fraude: matricularse fuera de plazo, no asistir a un máster de clases presenciales, no disponer de ningún trabajo realizado, no encontrar el TFM… Y probar de alguna manera que asistió a un acto que niegan que se haya celebrado dos firmantes de un acta que ella exhibe como prueba incontestable…

No sé lo que puede pasar por la mente de una autoridad política que enarbola como prueba fehaciente de que hizo el trabajo un acta falsa. ¿Es que cree que todos somos imbéciles? El que se considere lista no le confiere el derecho de tratarnos como tontos a los demás. ¿Qué interés pueden tener unos profesores en negar que se hizo un examen? Pero ella sí tiene unos claros intereses en decir que lo hizo y que duró un cuarto de hora (lo que suelen durar estas evasluaciones).

El partido, redoblando el cinismo, la aplaude y apoya en la convención que se celebra estos días en Sevilla. He sentido vergüenza al ver cómo aclaman sin reparos a una sospechosa a la que asedian los testimonios (evidentísimos para cualquier espectador imparcial) de un gravísimo fraude.

¿Qué es lo que aplauden los militantes del PP cuando en su Congreso de Sevilla se ponen de pie para aclamar a la señora Cristina Cifuentes? ¿Aplauden su gestión o haber conseguido un título sin realizar los trabajos y exámenes preceptivos? ¿Cómo pueden aplaudir a una persona que enarbola un acta de un examen que no hizo? ¿Quién mejor que ella puede saber que ese certificado es falso?

El Partido Socialista y Podemos deciden presentar una moción de censura y Ciudadanos, que lleva el banderín de la lucha contra la corrupción, inexplicablemente, no la suscribe alegando que quienes la presentan quieren repartirse los sillones. No, señor Rivera, no se puede decir con rigor que cuando otros hacen una moción de censura es para repartirse sillones y cuando la suscribe Ciudadanos es para denunciar la corrupción. Todos pueden buscar sillones (incluido usted) y todos pueden denunciar la corrupción (incluidos los adversarios). De lo contrario usted estará defendiendo la ética de aquella singular manera: “ética es aquello de lo que los demás carecen”.

El profesor de esa misma Universidad Salvador Perelló (militante del PSOE), que destapó el escándalo, dice que le llegaron en un sobre cerrado y anónimo informaciones sobre el fraude que se estaba cometiendo en el Máster. Y las entregó a un periódico. Por un burdo mecanismo intelectual se ha desatado la furia del Partido Popular contra él y le han llamado psicópata y conspirador. ¿No es su deber denunciar la corrupción? Ya se sabe: cuando el dedo señala la luna, el necio mira la mano.

Ciudadanos, que había pedido una comisión de investigación, no acepta la pretensión del PP de poner el foco de la misma en el denunciante en lugar de ponerlo en los hechos delictivos. Pide la dimisión de la Presidenta. Yo también.

Formación en la práctica

7 Abr

Se está dando en llamar, de forma claramente incorrecta, MIR EDUCATIVO, a una parte de la formación docente que pretende asimilar los ejes de la formación práctica de los Médicos Internos Residentes. Apoyo incondicionalmente la idea, aunque no el nombre.

Conozco muy bien el llamado MIR sanitario porque realicé durante dos años la evaluación de esta parcela de la formación médica, a petición de sus responsables. Fruto de esa evaluación nació el libro: “Evaluación externa de la formación de médicos internos residentes o el arte de mejorar a través del conocimiento”, editado por la Semfyc (Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria). Fue un trabajo apasionante de un equipo de evaluación. Durante dos años observamos consultas, guardias, urgencias, cursos, sesiones clínicas… Hicimos numerosas entrevistas a tutores/as, a Jefes de Unidad, a médicos internos residentes de I, II, III y IV año. Analizamos también los materiales de trabajo utilizados para la formación.

Un proceso largo que concluyó con la entrega del informe. Quizá largo en exceso. Aun recuerdo las palabras de la doctora Paqui Muñoz (mi actual médica de familia) cuando recibió el informe:

– Habéis tardado mucho en cerrar el proceso porque, desde que empezó la evaluación hasta ahora, yo he tenido dos niños y no han sido gemelos.

El libro era el número 1 de una colección que llevaba como título “El médico como docente” e iba a estar integrada por doce títulos. La colección se interrumpió no recuerdo ahora en qué número, por problemas de financiación. Se secaron las fuentes (laboratorios farmacéuticos) de las que manaba el agua de la ayuda.

El Informe estaba encaminado a la mejora. No pretendía comparar, ni clasificar, ni controlar. Todas las partes del mismo que estaban relacionadas con decisiones de mejora aparecían sobreimpresas en azul. Si se leían solo esas partes se podía elaborar fácilmente un programa de transformación.

Recuerdo que las sesiones de negociación eran interminables. ¿Qué podemos hacer ahora los jefes de Unidad a la luz del Informe? ¿Y los tutores? ¿Y los responsables de la formación?, ¿y los MIR? Tuvimos que decir: “Bueno, nos vamos, tenemos que hacer otras cosas”. Ese hecho desvela el sentido y la finalidad que había tenido la evaluación

Quiero hacer algunas consideraciones sobre esta modalidad de formación docente que se inspira en el MIR sanitario, estrategia formadora que considero de gran valor.

La primera cuestión importante sobre esta formación en la práctica es que se realiza en el lugar donde se desarrolla la acción profesional. No se habla de los pacientes en las clases o en los libros sino en la consulta, en la urgencia, en la Unidad, en el Hospital. Es decir, allí donde se produce el acto médico.

La segunda cuestión es que realizan el MIR aquellos profesionales que van a ejercer, que ya están empezando a ejercer. No se forma a miles de médicos, de los cuales no van a trabajar más que una pequeña parte, como sucede con los profesionales de la enseñanza.

La tercera cuestión es que se trata de cuatro años en los que aprenden, pero ya ejercen, asumiendo una responsabilidad progresiva. La asunción paulatina de decisiones autónomas es clave. El tutor va dejando a los MIR cada vez mayor iniciativa. Se va haciendo cada días más prescindible.

La cuarta cuestión es que quien aprende no es solo el que se forma sino los que enseñan. Cuando fui Director del ICE (Instituto de Ciencias dela Educación) de la Universidad de Málaga organicé un CAP (Curso de Aptitud Pedagógica) experimental que tenía como eje la inmersión en el centro. Allí trabajaban con alumnos de carne y hueso, con clases reales, con integración en las dinámicas institucionales. Los tutores me hablaban insistentemente de las enormes ventajas que tenía su actividad formadora: les hacía pensar, preparar materiales, observar con atención, ofrecer respuestas a preguntas insospechadas…

La quinta cuestión es que los aprendices tienen un tutor o tutora que se encarga de la formación. He participado muchas veces (casi cien) en cursos para la formación de tutores y tutoras junto a mi querido amigo Daniel Prados Torres, Jefe de la Unidad Docente sita en el Hospital Civil de Málaga. En el Informe de la evaluación a la que me he referido aconsejábamos que los MIR tuviesen diferentes tutores, no uno solo. De esa manera no se presenta un solo estilo, una sola forma de ser profesional de la salud.

La sexta cuestión tiene que ver con la dimensión institucional. El proceso de enseñanza/aprendizaje no se reduce a la interacción entre quien aprende y quien enseña. Es la institución entera la que forma. Por eso pienso que el aprendiz de docente tiene que estar en las reuniones del Claustro, en el Consejo Escolar, en las sesiones de evaluación…

La séptima y última cuestión que voy a plantear es la que se refiere a la remuneración por el trabajo que se realiza. Si se desempeña una labor en el sistema, ha de tener un justa recompensa económica. Lo digo para la planificación que se está haciendo de la formación de docentes.

Los tutores/as tienen formación médica, pero no didáctica. La demanda de esos cursos era extraordinaria. Y la preparación y desarrollo de los mismos estaba cuidada al máximo: grupos de 25, entrega de materiales bien seleccionados, puntualidad extrema, asistencia controlada…

Recuerdo las observaciones de las consultas. Vi tutores que convertían al MIR en mano de obra gratuita: “haz el parte”, “extiende la receta”, “entrega la documentación”… Otros, con más sentido didáctico, dejaban la dirección de la cultura al MIR, le pedían opinión sobre el electro…. Hacían protagonista al aprendiz.

Quiero dejar constancia de otra cuestión importante. La inmensa mayoría de los tutores se preocupaban de aspectos actitudinales de la formación. Es decir, no se contentaban con formar buenos profesionales sino profesionales buenos.

Recuerdo la anécdota que me contó una cirujana cardiovascular. Un MIR de la especialidad estaba haciendo una guardia en un gran Hospital. De pronto recibe una llamada de una habitación. La enfermera le dice que hay una emergencia porque un paciente ha entrado en crisis… El joven médico llama a su tutor y le dice: “Oye, mira, han llamando de la habitación X, vete tú porque yo estoy terminando de ver una película.…”. Sobre esta historia me pidió un artículo para una revista de la especialidad. ¿Cómo trabajará este profesional en un equipo? ¿Cómo actuará este personaje cuando tenga poder en la institución? ¿Cómo tratará a los pacientes sui trata así a los jefes?

La formación de los profesionales de la educación es, a mi juicio, la cuestión más determinante de la calidad del sistema educativo. No hay mejora posible (me refiero a mejora auténtica, si no se garantiza la competencia de los profesionales.

Una de las modalidades más eficaces de la formación es la que se asienta en la práctica. Una formación que produce en y se destina a la práctica. No es que no sea necesaria la teoría pero la práctica resulta indispensable. Las dos facetas de la formación tienen que complementarse. Tiene que haber una buena simbiosis entre teoría y práctica.

Nadie aprende a montar en bicicleta escuchando explicaciones o leyendo prospectos. Nadie aprende a nadar con el estudio de la química del agua, la psicología del nadador o la historia de la navegación. Nadie aprende a cocinar leyendo libros de cocina sin tocar siquiera una sartén.

Creo que la formación de los docentes en la práctica ha sido y está siendo deficiente. Tiene que ser más larga, más profunda y más exigente. Similar a la que hacen los profesionales de la salud.