Terapias indecentes

4 May

En el Centro de Orientación Familiar del obispado de Alcalá de Henares se imparten unas terapias para curar la homosexualidad. Una indecencia. Un horror. Porque solo se cura una enfermedad. Ahí está la clave de mi indignación. ¿Una enfermedad? ¿Lo dice, acaso, la Organización Mundial de la Salud? No. Lo dice un obispado. ¿Qué autoridad médica tiene el obispado? Ninguna. Puede tener autoridad moral, pero para sus fieles, no para la humanidad. Hace ya algunos años escribí en este mismo espacio un artículo dirigido a los señores obispos que tenía un título más que significativo: “Salgan de la cama de la gente”. ¿Por qué ese empeño en gobernar la sexualidad del género humano? Al parecer, los cursos están dirigidos por una psicoterapeuta de más que dudosa formación y de muy clara dependencia de la jerarquía eclesiástica. He oído algunas de las frases que la susodicha profesional de la psicología plantea a los supuestos enfermos. ¡Qué barbaridades! ¡Qué estupideces! No las voy a repetir aquí. No merecen ser reproducidas. De sobra son conocidas, por otra parte, las homilías homófobas del prelado de la diócesis Juan Antonio Reig Pla.

La información ha sido brindada por un periodista de eldiario.es infiltrado en los cursos. Se hizo pasar por homosexual y se inscribió de manera camuflada en la terapia. Una buena estrategia para conocer desde dentro la trampa tendida a los incautos. Algún monseñor ha dicho que se trata de una curación espiritual. Ininteligible. E inadmisible. ¿”Curación espiritual”? ¿De qué enfermedad espiritual? ¿La de no pensar como monseñor?¿La de no actuar y vivir como él propone o, mejor, impone?

En la web del obispado de Alcalá de Henares hay un apartado que se titula “Homosexualidad y esperanza”, en el que se asegura que una “aproximación al tema de la homosexualidad” indica que las personas con atracción sexual hacia el mismo sexo “deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales”.
“La Iglesia Católica enseña en su magisterio que es necesario distinguir entre las personas que sienten inclinación homosexual, la inclinación homosexual propiamente dicha (objetivamente desordenada) y los actos homosexuales (intrínsecamente desordenados)”, prosigue el texto de la web.
“Muchos casos, especialmente si la práctica de actos homosexuales no se ha enraizado, pueden ser resueltos positivamente con una terapia apropiada”, añade el Obispado.
He visto la película estadounidense de 2018 “Identidades borradas” (mejor por más duro y cruel el título original Boy Erased) de Joel Edgerton en la que se cuenta la historia del hijo (Lucas Hedges) del predicador baptista (Russell Crowe) de una pequeña ciudad norteamericana que se ve obligado a participar en unas sesiones para curar su homosexualidad, apoyado por la iglesia. Cuando a los 19 años cuenta a sus padres Nancy y Marshall Eamons (la madre está interpretada por Nicole Kidman) que es gay, el joven comienza a ser presionado para que asista a un programa de terapia de conversión gay si no quiere ser rechazado por su familia, por sus amigos y por la iglesia. Durante las sesiones, Jared se enfrentará al terapeuta jefe Victor Sykes, que está interpretado por Joel Edgerton, director de la película. Desde el punto de vista cinematográfico no es una obra maestra, pero denuncia una realidad inadmisible y ayuda a pensar.

La película es, al parecer, el reflejo fidedigno de un hecho real. Y, por lo que sabemos de las terapias episcopales de Alcalá de Henares, un fiel reflejo de lo que hoy está pasando en algunos lugares.

Del cine a la televisión. La serie “Modern family” está haciendo, a mi juicio, mucho bien. Es protagonista en ella una pareja de homosexuales varones que han adoptado una niña vietnamita. Nosotros vemos en familia la serie. Nos gusta a los tres. Sonreímos ante las situaciones de humor y admiramos la bondad de las personas. Hace años hubiera sido inimaginable que se exhibiese esta serie en televisión. Ahora nuestra hija de catorce años ve con absoluta normalidad otra modalidad de familia. Sin escandalizarse. Sin horrorizarse. Porque nadie le ha llenado la cabeza de prejuicios. Y ve en la serie a una niña feliz que disfruta de sus dos padres sin que se vea “contagiada” de un mal que luego tendría que curar cualquier obispado.

Dejemos el cine y la televisión. Hablemos de la vida. El próximo mes de agosto estamos invitados a la boda de dos amigos. Un acontecimiento feliz. Otro paso hacia la normalización de una realidad que antes permanecía escondida, maldecida y perseguida con saña. ¿Por qué? Ha llegado la hora de que personas decentes, competentes en sus profesiones, respetuosas con el prójimo, generosas y solidarias dejen de sufrir injustamente. Ya era hora. Tantos siglos de persecución, de crueldad y de dolor. Tantos siglos de miseria moral. No la que se les suponía sino la de los crueles censores.

En el año 2010 viví en Argentina un hecho doloroso e indignante. La Editorial Bonum de Buenos Aires, vinculada “espiritualmente” a la Iglesia católica y al Opus Dei, me censuró el libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” por una carta dirigida a un profesor homosexual. Una carta que nacía de un sentimiento de compasión hacia una persona que sufre injustamente. Una carta que, sin citarlo, estaba dirigida a un amigo. Sirvan estas palabras como resarcimiento del silencio y del dolor que mis amigos del alma han vivido durante muchos años. En sus familias, en sus contextos laborales, en el círculo social en el que viven. Pocas veces me he encontrado con personas más honestas, más trabajadoras, más bondadosas, más admirables que los que pronto contraerán matrimonio.

La Editorial, de forma poco decente, propuso solucionar el problema poniendo algo de cada parte. Yo debía retirar la carta y la editorial haría una nueva edición del libro sin ella. Increíble. Les dije que si alguien tenia unos supuestos principios no debería tener dificultad en comprender que otras personas tuviesen otros principios diferentes. Les dije que no estaba dispuesto a retirar la carta. Mi principio era defender la bondad y la inocencia de la persona a la que había dedicado la carta. Les dije más, que iba a ser sumamente generoso con ellos al no denunciar el incumplimiento de contrato que la editorial había realizado al censurar un libro que me había pedido y cuyo contrato habíamos firmado libremente. Afortunadamente, el libro fue editado íntegramente de nuevo, con el mismo título, por la Editorial Homo Sapiens, de Rosario.

No sé qué más tiene que pasar para que estas personas puedan vivir felizmente, sin esconderse, sin camuflar sus sentimientos o sus tendencias. ¿Por qué tiene nadie que meterse en sus vidas si no hacen daño a nadie, si no se meten con nadie, si son personas, ciudadanos y profesionales ejemplares?

¿Cuándo aceptaremos de verdad y de corazón la diversidad? Un negro no es un blanco defectuoso, un inmigrante no es un autóctono defectuoso, un niña no es niño defectuoso, un agnóstico no es un creyente defectuoso, un homosexual no es un heterosexual defectuoso.

¿Les parecería bien a los censores que les invitasen (o les obligasen) a someterse a unas terapias para curar su homofobia? Sería una experiencia interesante ver a un grupo de reverendos monseñores en una terapia dirigida por un psicólogo (o, mejor, una psicóloga) homosexual. Esa sí que sería una curación.

La igualdad está en tus manos

27 Abr

Hace algunos años, hablé en este mismo espacio de una interesante experiencia educativa que encontré en el Hostal Acuarela de Burgos. El artículo se titulaba “Pequeños amos (y amas) de casa”. Allí explicaba la iniciativa que había puesto en marcha Ana Sandro, gerente del Hostal, comunicadora social y emprendedora de vocación.

Preocupada por las cuestiones relacionadas con la igualdad, puso en marcha un proyecto en el que un grupo de niños y niñas de algún colegio realizaba en el Hostal tareas domésticas de índole diverso. Allí aprendían los niños y las niñas, en equipo, a planchar una camisa, a hacer una cama, a limpiar un espejo, a quitar el polvo, a tender la ropa. La pretensión era conseguir que los niños y las niñas dejasen de pensar que esas tareas son consustanciales a las mujeres, que hay que hacerlas en la casa y que se pueden y deben hacer con gusto y perfección.

El trabajo doméstico ha sido durante siglos patrimonio exclusivo de la mujer. Lo ha sido y casi lo sigue siendo. Nosotros, los varones, en el mejor de los casos, echamos una mano, colaboramos un poco. No es nuestra responsabilidad, nuestra obligación. Si somos sensibles y buenos compañeros, ayudamos un poco. Nos asomamos a la cocina y decimos:

– ¿Te echo una mano?

Pero la responsabilidad, la planificación y el trabajo duro de la casa, son propiedad casi exclusiva de la mujer. Aun hoy. Por eso llamamos a la mujer “ama de casa”, es decir, deshaciendo el eufemismo, sirvienta.

Como, por otra parte, cuando nos ponemos manos a la obra, al no tener mucha destreza, acabamos haciendo las tareas de manera poco satisfactoria, somos expulsados de la cocina de manera un tanto destemplada:

– Déjalo, así no lo tengo que hacer dos veces.

El doble trabajo de la mujer ha acabado siendo una condena y no una liberación. Además del trabajo que ya tenía, ahora tiene otro fuera de la casa.

En el libro que presentaré este próximo mes de mayo en la ciudad de Rosario (editorial Homo Sapiens), titulado “Contra el sexismo. Textos y prácticas por la igualdad para la escuela y el aula”, he incluido algunas imágenes para avivar la reflexión. En una de ellas se ve a un hombre sentado cómodamente en el sofá de su casa. Tiene al lado el maletín de ejecutivo. Ha llegado a casa después del trabajo y espera la llegada de su mujer. En la imagen se ve que ella entra en la casa llevando un maletín de ejecutiva. Se ve que realiza un trabajo similar al de su marido. Cuando éste la ve entrar, exclama alborozado:

– ¡Por fin! ¿Qué hay para cenar?

Ella llega mas tarde que él. Probablemente ha trabajado más. Él ha llegado antes, pero no prepara la cena sino que espera a quien tiene encomendada en la familia la tarea de hacerlo.

Recuerdo una viñeta de Forges en la que se ve al marido gritando lleno de alegría: ¡Domingoooooo! A su lado, se puede contemplar a la esposa con el delantal puesto, barriendo la casa, el niño en brazos y atendiendo la preparación de la comida. Quino, a través de Mafalda, nos recuerda con frecuencia esta esclavitud de la mujer. En una de sus viñetas, la mamá., inmersa en taras domésticas, pregunta a Mafalda qué tal le ha ido en la escuela. Mafalda contesta que muy bien, que ha aprendido muchas cosas. Y entonces Mafalda le dice: “Y a vos, mamá? ¿Qué tal te ha ido en este antro de rutina?

Cuando el marido se jubila, se jubila. Cuando la mujer lo hace, solo lo puede hacer a medias porque la casa sigue abierta y funcionando. La casa siempre la está reclamando.

Ana Sancho ha comercializado unos guantes de limpieza de color amarillo que se venden en una atractiva cajita que tiene el título “El poder del guante”. La he llamado para felicitarla por la iniciativa. Aquel proyecto del que hablé en sus inicios sigue creciendo y perfeccionándose. Bromeé con ella diciendo que a su iniciativa sobre la comercialización de guante se le podía aplicar aquel lema que circuló profusamente a propósito del uso del preservativo: “Póntelo, pónselo”.

Tengo delante la caja que acabo de recibir. Me he puesto los guantes. Tienen talla única. Ana me dice que los niños y las niñas se los colocan en las manos con rapidez y alegría. Se familiarizan (niños y niñas) con una práctica necesaria. Digo necesaria porque las tareas domésticas no son un deporte opcional sino una práctica indispensable. Hay que vivir en un entorno limpio, sano y hermoso. No es igual vivir en una cuadra que en un lugar acogedor. Nosotros hacemos los espacios y los espacios nos hacen a nosotros.

En la caja que contiene los guantes puede leerse: “Las tareas del hogar no entienden de género, edad o status social. La igualdad está en tus manos”. Y a continuación, explicita, la finalidad que inspiró la iniciativa: “Para educar la igualdad potenciando el trabajo en equipo, la conciliación, la autonomía personal, el respeto, la organización, la solidaridad y al autoestima”.

Ana Sancho hace muchas más cosas por esta causa : organiza circuitos por la igualdad en los que, mediante talleres rotativos, los niños y las niñas aprenden a realizar tareas domésticas diversas. Tiene también una página web (https://pequenosamosdecasa.com/) en la que se pueden visualizar tutoriales para aprender a realizar bien las tarea de la casa. Porque hay una diferencia enorme entre hacer las cosas de cualquier manera y hacerlas con pulcritud y perfección. Ella muestra, por ejemplo, tres formas de hacer la cama: método del fantasma, método del rulo y método del zig-zag. Hay que verlos. Muestra de forma precisa y práctica cómo planchar un pantalón, una camisa, un jersey y una camisita. Explica cómo limpiar el polvo, el wáter, la mampara de la ducha, la vitrocerámica, el lavabo o la alfombra. Y así avanza el catálogo de de tareas domesticas, casi infinitas: tender la ropa, doblar una camiseta, poner la lavadora, barrer, cambiar la bombilla de una lámpara…

Todas estas cosas no se hacen solas, aunque lo parezca. Hay unas manos mágicas e incansables que lo hacen de manera casi invisible. Casi siempre las manos de una mujer. Todas estas innumerables cosas se pueden hacer de manera cuidadosa o de cualquier manera. Ellas las hacen con mimo y perfección. Es la hora de los varones.

Cuando, hace ahora treinta y nueve años, era yo director pedagógico del Colegio La Vega (Madrid), pusimos en marcha un proyecto para la coeducacion del alumnado (y la nuestra, claro). Estuvimos un año entero analizando las pautas sexistas de nuestras concepciones, actitudes y prácticas. Quedamos impresionados de lo profundas que eran las raíces del sexismo.

Uno de los aspectos que fundamentaron el proyecto (la experiencia se plasmó en un libro titulado Coeducar en escuela. Por una enseñanza no sexista y liberadora, editado por Zero-Zyx) fue una exploración sobre las actitudes sexistas que estaban ya instaladas en las mentes de nuestros escolares.

Les pedimos a los más pequeños que dibujasen a los miembros de la familia haciendo algo. Los resultados fueron espectaculares. Lo explicaban con toda sencillez y claridad: mamá limpia los platos o hace la comida, papá lee el periódico o ve la televisión. Esa era una respuesta repetida.

A los medianos les pedimos que contestasen a una pregunta: ¿de quién crees que son propias estas tareas? Las tareas tenían que ver con las ocupaciones domésticas: fregar el suelo, hacer la comida, limpiar el polvo, planchar la ropa, poner la mesa, barrer el suelo, hacer la compra… La respuesta tenía tres opciones: mujer, hombre, ambos. Ya se supone de qué tipo eran las respuestas.

En el proyecto estaba inmersa toda la comunidad. Los profesores y las profesoras, las familias, el personal de administración y servicios. Una vez más es preciso recordar el sabio proverbio africano: hace falta un pueblo entero para educar a un niño.

El dolor de Lola

19 Abr

Me duele Manolo Alcántara. El mundo de la palabra le llora con lágrimas sinceras de admiración, de reconocimiento y de afecto. Han sido más de 30.000 regalos en forma de columnas breves, contundentes, magistrales. ¿Cómo devolverle algo de lo mucho que nos entregó desde su humildad de sabio, desde su sonrisa socarrona, desde su inteligencia excepcional, desde su magnánimo corazón?

A mí me hizo un regalo especial. Un regalo que siempre agradecí emocionado. Escribió un prólogo para uno de mis libros. Generosamente. Cordialmente. Ahí está, abriendo las páginas de mi libro “La pedagogía contra Frankenstein” (Editorial Graó). Por una vez, el prólogo es mucho más importante que el libro que presenta. Si alguien me hubiera preguntado por qué había escrito el libro, hubiera dicho que para que Manolo Alcántara me escribiera ese prólogo. Es breve, pero enjundioso, como todo lo que escribía.

Durante diez años compartí columna con Manuel Alcántara en el periódico Sur. Me sentía privilegiado por escribir en el mismo diario en el que lo hacía alguien que ocuparía, sin duda alguna, que ocupaba ya, un espacio de honor en cualquier Historia de la Literatura Española.

Leía cada mañana el artículo de Alcántara con las rodillas del alma pegadas al suelo. De atrás hacia delante, como casi todos quienes le leían. Era más importante su columna que los titulares del día. Siempre el ingenio dominando las líneas, siempre la cita oportuna, siempre el humor inteligente. En tan poco espacio. En esas pocas líneas escritas con el dedo índice en su eterna Olivetti. Decía que para él vivir esa escribir su artículo diario. Quiso morir “con las teclas puestas”. Y lo consiguió.

Porque cumplía el mandamiento tantas veces citado ayer y hoy que cumplía con más perfección que nadie: “No aburrirás a Dios sobre todas las cosas”. Nunca terminabas defraudado. Ni siquiera en los últimos días de escritura cuando la memoria flaqueaba y el artículo parecía un milagro cotidiano.

Me duele Manolo Alcántara, vecino de mi mar Mediterráneo. Veíamos el mismo mar tranquilo desde nuestras casas del Rincón de la Victoria. Se nos ha ido silenciosamente, sin ningún alarde. Me contaba Lola que, en los últimos años, no quería ir al cementerio por si alguien, decía, le invitaba a quedarse.

He vivido a Manuel Alcántara, en buena medida, a través de Lola, su única hija, amiga entrañable, compañera de Departamento, miembro del equipo decanal que presidía nuestro común amigo Antonio Fortes, que también se fue hace años con la mayoría.

No tiene que ser fácil vivir al lado de un sol tan deslumbrante. Tanta luz, tanto calor, tanta fuerza, exigen un saber ser, un saber hacer y una saber estar que contribuyan al permanente homenaje que le tributa la vida pero sin quemarse por los destellos. Tampoco tiene que ser fácil vivir este frenético aluvión de aplausos y de lágrimas en el momento de la muerte, tan propicio para la hagiografía. Decía Saint Just que a la muerte como al sol no se les puede mirar de frente.

Acudí con Lourdes, mi mujer, al Salón de los Espejos del Ayuntamiento en la mañana de su fallecimiento, cuajado ya de autoridades. Y allí estaba mi amiga Lola soportando el dolor y el vacío de la pérdida y llenándolo todo con su entereza.

Detrás del féretro habían colocado un busto y Lola volvió a dejar en nuestros oídos otra chispa de ingenio de su padre:

– Cuando corrió la cortinilla y vio el busto, mi padre dijo que se había quedado de piedra.

He leído, y solo han pasado dos días de la muerte de Alcántara, decenas de artículos sobre su vida, sobre su obra, sobre su condición de poeta y articulista (“los poetas dicen que soy un excelente articulista y los articulistas que soy un excelente poeta”, decía), sobre sus tertulias, sobre sus amistades. No es fácil seguir el paso a un protagonista de esta talla.

Lola ha heredado de su padre ese ingenio y esa perspicacia que siembra de joyas la conversación más trivial. Lo he heredado su padre y de la lectura voraz que es otro gen del alma que heredó tan intensamente.

No sabías, cuando hablabas con ella, si era su padre o era ella quien había dejado caer ese pensamiento, esa cita, esa ocurrencia genial. Tal para cual.

Y ese sentido de la amistad. He aquí otro rasgo que define al padre y a la hija. Desde que llegué a Málaga en 1984 no he dejado de recibir ni un solo año la llamada de Lola en la fecha de mi cumpleaños. ¿De quién se puede decir otro tanto?

He citado muchas veces a Manolo Alcántara. Muchas veces. “Cuando un pobre come jamón, o está malo el pobre o está malo el jamón”, decía. Excavabas sus artículos con la seguridad de que había una pepita de otro. O mejor, con la seguridad de que el artículo era una pepita de oro. Contaba en una ocasión que había entrado en un restaurante y que había visto a cuatro comensales, cada uno con su móvil. Y pensó:

– Estos tienen muchos amigos, pero ninguno está aquí en la mesa.

Muchos le habremos citado. Con sorna decía en algún artículo que se había inventado una cita de un clásico y la había visto repetida con una inquietante precisión en el artículo de algún sedicente escritor.

Yo colecciono búhos desde hace muchos años. Supe que también Manolo Alcántara tenía una colección semejante. Y decía: “Hace falta tener mucha personalidad para no tener una colección de búhos”. No sé cómo te has ido, a los coleccionistas siempre nos interesa seguir viviendo por si llega esa pieza excepcional que nos faltaba.

Tiene una Fundación que lleva su nombre, un Instituto de Enseñanza Secundaria, una calle en Rincón de la Victoria, una glorieta en Málaga, una calle en Estepona, un Premio de poesía… Que yo sepa. Tiene todos los premios que se pueden tener en el mundo de las letras. Pero estoy seguro que tiene una calle con su nombre en el corazón de todos los lectores y lectoras de periódicos de la red Vocento.

En algún país que ahora no recuerdo, para decir que alguien ha muerto, se utiliza la expresión de que “no aparece por ninguna parte”. No se podrá decir eso de Manuel Alcántara porque estará en muchos sitios. Estará en cada uno de quienes le hemos leído y disfrutado durante tantos años.

Me duele Manolo Alcántara. Su muerte es algo excesivo. Muchos te vamos a echar de menos cada día, querido Manolo, pero nadie tanto como tu hija Lola.

Hablamos lo que somos

13 Abr

“Las palabras tienen un poder mágico”, dice Sigmund Freud. Somos lo que hablamos y hablamos como somos. La primera parte de esta última frase reproduce el título del último libro del psiquiatra Luis Rojas Marcos (Editorial Grijalbo, 2019): “Somos lo que hablamos. El poder terapéutico de hablar y de hablarnos”. Me ha encantado la lectura porque se trata de un texto claro, sencillo, aleccionador y fundamentado (el autor hace frecuentemente referencias a investigaciones científicas, como suele hacer en todos sus libros).

Cuántas ideas interesantes, cuántas sugerencias aprovechables para observarnos, entendernos, comunicarnos y mejorarnos. En una cuestión esencial como es encontrar el camino para ser más felices y más longevos. El famoso psiquiatra neoyorquino asegura que hablar mucho alarga la satisfacción de vivir y la vida misma.

El capítulo primero se titula “Hablar: medicina de la calidad de vida”. Lo abre diciendo: “Un número creciente de estudios científicos demuestra que algo tan natural para cualquier ser humano como hablar está íntimamente relacionado con la buena salud y la satisfacción con la vida en general. De hecho, hablar, en cualquiera de sus formas, no solo añade vitalidad a los años sino también años a la vida”.

Distingue Rojas Marcos dos tipos de lenguaje: el que utilizamos para relacionarnos con los demás (lenguaje social) y aquel con el que nos dirigimos a nosotros mismos (lenguaje privado). Ambos son beneficiosos para la estabilidad emocional, la vitalidad y la satisfacción personal.

Tomar la iniciativa de hablar pone el foco de las decisiones en nosotros. Dice el autor que “ante las amenazas o las desgracias, las personas que localizan el centro de control dentro de sí mismas y piensan razonablemente que dominan sus circunstancias resisten mejor y tienen más probabilidades de sobrevivir que quienes sienten que no controlan sus vidas o que sus decisiones no cuentan y depositan sus esperanzas en poderes ajenos a ellos como el destino o la suerte”. En otro lugar del libro dice que tenemos que abandonar la consabida y enajenante expresión “que sea lo que Dios quiera”.

Aconseja también que hablemos con el perro, el gato y el pajarito. No solo por el bien de los animales sino para bien de quien les habla. No añado que también podemos hablar con las plantas.

“Sin duda, dice Rojas Marcos, para la mayoría de los seres humanos lo más importante del mundo es uno mismo. Cuando conversamos con alguien cercano o con nosotros mismos, los temas que nos resultan más relevantes son aquellas que tratan sobre alguna faceta de nuestra persona o sobre hechos que nos afectan en particular… Como ejemplo, aunque un tanto extremo, recuerdo al alcalde de Nueva York, Edwuard Koch, con quien trabajé en los años ochenta, que en una entrevista interrumpió al periodista y le dijo: ¡Pero basta ya de mí! Hablemos de ti… ¿Qué piensas de mí?”.

En resumen, dice al final del libro “compartir con personas comprensivas y solidarias las coas que nos afligen es una estrategia de eficacia probada. El mero hecho de transformar sentimientos de ansiedad, de tristeza o indefensión en palabras, de explicar en voz alta nuestros miedos y dar sentido a las situaciones confusas nos tranquiliza y nos ayuda a pasar página”.

Me han llamado mucho la atención las páginas que dedica a la terapia del grito primario, de Arthur Janov, creador de esta modalidad de psicoterapia y autor del libro “El grito primal”. Lo digo porque participé en ese tipo de terapias durante varios años como colaborador de dos terapeutas alemanes que venían periódicamente a España para dirigir las sesiones. Leí entonces el libro de Daniel Casriel “A un grito de felicidad” y escribí un artículo titulado “La terapia por el grito”, artículo que fue publicado en el nº 149 de la Revista española de Pedagogía en el año 1980.

Contar con sinceridad lo que nos pasa, compartir tristezas, preocupaciones y alegrías, expresar las emociones que nos invaden, nos ayuda a ser mejores personas. Haruki Marakami dice: “¿Qué pasa cuando las personas abren sus corazones? Mejoran”.

Las mujeres hablan más que los hombres y ese es uno de los motivos por el que son más longevas. Las mujeres son más locuaces (se dice que el mes en que menos hablan las mujeres es el mes de febrero) y ese hecho las hace sentirse mejor, relacionarse más intensamente y vivir algunos años más que los hombres.

Hace unos días, en la ciudad castellonense de Vila-real, en las X Jornadas de Alumnos mediadores, el mago Manuel Oliver, en el transcurso de su intervención titulada “La magia de la comunicación”, invitó a hablar a los asistentes. Una alumna salió al escenario (había más de quinientas personas) y contó una dramática experiencia que había vivido hacia un tiempo. Se había arrojado desde una altura de 8 metros con intención de suicidarse. Se había roto la espalda y los tobillos. Entre lágrimas, esta chica nos dijo a los asistentes:

– Contad lo que os pase.

El auditorio, en pie, la aplaudió emocionado. Estaba en plena lectura del libro que estoy comentando. Y comprobé cómo coincidían el mensaje angustiado y desgarrador de la chica y el pensamiento elaborado y sereno del psiquiatra: contad, contad, contad.

Habla Rojas Marcos de un singular grupo de personas que cierra su boca de manera definitiva y voluntaria en los conventos de clausura. Silencio completo. Pero con hipertrofia, pienso yo, del discurso interior, de lo que el autor llama lenguaje privado. Esas personas hablan incesantemente con Dios y consigo mismas. Oí hace muchos años la simpática historia de un monje que ingresa en un Monasterio trapense. Solo puede decir dos palabras cada cinco años. Después de los cinco primeros, el monje es invitado a pronunciar esas dos palabras selectas. Dijo.
– Cama dura.
Pasan otros cinco años y se le vuelve a decir al mismo monje que había llegado el momento de pronunciar otras dos palabras. Entonces dice solemnemente:
– Comida mala.
A los cinco años (quince después del ingreso) se le volvió a preguntar por tercera vez qué era lo que quería decir. Estas fueron las dos palabras que eligió:
– Me voy.
El abad sentenció:
– No me sorprende. No has parado de quejarte desde tu ingreso.

Afortunadamente, este eficaz medio de mejorar la salud y de aumentar la satisfacción vital es totalmente gratuito y se puede practicar de forma incesante, sobre todo en los referido al lenguaje privado.

En el año 1980, José María Cabodevilla (el autor que más ha marcado mi estilo literario) escribió un hermoso libro titulado “Palabras son amores”. El título es la réplica al conocido dicho de nuestro refranero “obras son amores y no buenas razones”. Es un libro sobre la palabra, es un libro sobre el diálogo. Lo estoy releyendo ahora para redactar estas líneas. Dice Cabodevilla: “Las palabras son lo único que no se lleva el viento. Las palabras quedan. Más duraderas que el bronce. Mueren los imperios, los monumentos se derrumban, perecen los hombres y bajan al pozo del olvido. Pero antes de expirar el moribundo pronunció una frase entrecortada, la última que a duras penas pudo articular. Sus hijos la recordarán mientras vivan, lo mismo que su madre había recordado siempre aquella primera palabra que él balbuceó un día, ochenta años atrás. Entre un extremo y otro, la vida humana está hecha de palabras”. Hablemos.

nn

Ir a la escuela en Chiloé

6 Abr

He tenido la fortuna de visitar el archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. Todo el mundo sabe que un archipiélago es un conjunto de islas unidas por aquello que las separa. También sucede allí. Alrededor de cuarenta islas diseminadas que me hubiera gustado recorrer por tierra y mar y, además, contemplar desde el aire. Hace años había estado en Osorno y en Puerto Montt, pero no había tenido la oportunidad de pasar a las islas. Y tenía interés en hacerlo, sobre todo después de leer la novela de Isabel Allende “Cuadernos de Maya”, una novela que tiene como escenario el archipiélago, un escenario cargado de leyendas, de mitos, de ritos y de magia.

Había trabajado los días anteriores en las comunas de Temuco, Pucón y Padre las Casas. Llegué por carretera y crucé el canal ya de noche. Viajé por caminos tortuosos hasta la localidad de Delcahue y me alojé en el Hotel “Refugio de Navegantes”, una construcción de madera de alerce, cargada de silencio, de comodidades, de amables atenciones y de un singular encanto. Pocas horas de sueño reparador.

Por la mañana, muy temprano., viajé hasta Curaco de Vélez y comencé el trabajo en el Liceo Alfredo Barría Oyarzún, alma mater de esa población de unos 4000 habitantes. El Director, Mario Yánez Ruiz, un hombre apasionado que traspira entusiasmo par los poros, hizo de anfitrión y me acompañó en la visita de laboratorios, biblioteca, sala de enfermería, cocina, gimnasio, diversas aulas… Unas estupendas y amplias instalaciones que empezaron a utilizarse hace un año. Se notaba que allí habitaban duendes de hace muchos años. Referencias a la historia del Liceo (fundado en 1987), docentes que consideraban la trayectoria del centro como parte de su propia historia, declaraciones de amor a la experiencia vivida… Había solera entre aquellas paredes nuevas. Me gusta que los centros educativos sean así. Instalaciones amplias, luminosas, funcionales, bonitas, creativas… No me gusta que las escuelas sean edificios miserables al lado de viviendas lujosas. En Curaco de Vélez llama la atención desde fuera aquella imponente, hermosa y sólida construcción. Ese hecho invita a decir: “ahí dentro se está haciendo algo importante para la sociedad y para las personas”. He visto en muchas ocasiones que, cuando se ha producido una catástrofe natural, el primer edificio desaparecido ha sido la escuela, un edificio endeble hecho de cualquier manera. En Curaco de Vélez no es así. Por eso también, están lógicamente orgullosos de su Liceo.

La institución cuenta con 466 alumnos y alumnas (si mal no recuerdo el número exacto) procedentes de varias islas. Llegan de lugares muy retirados. Casi la mitad permanecen durante la semana en un internado. Los internos llegan el domingo a mediodía y salen a sus casas el viernes por la tarde. Van en el transporte escolar hasta el lugar en el que una barca rudimentaria hace luego una travesía de cuatro o cinco horas hasta el lugar de destino. Desde allí caminan o se desplazan en vehículos hasta sus casas. Y lo mismo al regreso cada domingo. Cuando se puede, claro. Porque el tiempo, a veces, no permite el viaje en la pequeña barca. Es decir, que esos chicos, esas chicas invierten 5, 6, 7 horas en llegar a la escuela y en volver a sus casas. El Liceo es para ellos como el Arca de Noé. Fuera del Arca no hay salvación del diluvio de la ignorancia, de la desigualdad, de la injusticia y de la insolidaridad. Es en el saber donde van a encontrar la superación de sus limitaciones y de sus carencias culturales.

Mi amigo Arnoldo Fuentes, que me acompañaba en el viaje como miembro de Global Advisor, me habló de algún accidente en el mar, provocado por el temporal hace años y el naufragio de la débil embarcación. Esos chicos encontraron la muerte por desear aprender. Canjearon la escuela por la vida. Qué lección para nuestros escolares que se desplazan de la casa a la escuela caminando unos metros o haciendo un breve viaje de unos minutos en el transporte escolar o en el vehículo de sus padres.

Es la escuela la tabla de salvación de una población escolar que, como me explicaba el Director, tiene un porcentaje de alumnos vulnerables suprior al 93 por ciento. ¿Quién salva a esos chicos de la falta de horizontes?, ¿quién los redime de sus carencias culturales?, ¿quién los catapulta hacia carreras universitarias…? Solo la escuela. Solo el Liceo Afredo –. Un escuela pública completamente gratuita. Muchos de ellos comen allí, estudian allí, duermen allí. La escuela lo es todo para ellos y para ellas.

Entré en algunas clases para compartir algunos minutos con ellos y con ellas. Les dije que persiguieran sus sueños hasta alcanzarlos, a pesar de las dificultades (espero que recuerden la historia del filósofo optimista que les conté con la consigna de que “todo es para bien”). Les pedí que no se olvidasen de poner el conocimiento adquirido al servicio de su mejora y al servicio de la solidaridad humana. Y les insté a que, por tener derechos pero también obligaciones, tratasen de que su Liceo fuera mejor porque ellos estaban estudiando en él.

Departí un rato con los directivos y con los responsables de la Unidad Técnica Pedagógica. Considero importante que quien dirige una institución sea esa fuerza que ayuda a crecer a la comunidad. No una rémora, no un peso muerto o un elemento tóxico. Les dije que la palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

Luego impartí una conferencia a los docentes del Licio. Hicieron bien en abrir la convocatoria a docentes de otras escuelas. Era viernes. Me conmovió ver aquella sala abarrotada con personas que tenían a la espalda una semana cargada de ocupaciones y por delante un fin de semana de descanso. Cuando todo era una invitación a la escapada, permanecieron allí con una atención y una receptividad extraordinaria.

Hay que conocer el contexto para entender el texto. Aquella es una realidad única y, por consiguiente, también la escuela es única. Me hubiera gustado sentarme ante todos aquellos magníficos profesionales que realizan esa tremenda tarea con alumnos y alumnas tan necesitados. Son su ejército de salvación. Me hubiera gustado callarme y escuchar. No hubiera tenido límites de tiempo y de atención mi escucha. Porque estoy seguro de que me hubieran enseñado más de lo que yo pude enseñarles a ellos en las dos horas de mi intervención. Les hubiera hecho miles de preguntas, les hubiera pedido emocionado que compartiesen conmigo sus vivencias.

Comí después, entre palafitos, unas excelentes ostras y un curanto gourmet (método milenario de la cocina chilota) con mis amigos Eduardo y Arnoldo. Me supieron a gloria en aquel escenario espectacular, después de aquella experiencia inolvidable, saboreando ya el regreso a mi casa para encontrarme con la familia. Todavía resuenan en mis oídos las palabras pronunciadas por mi hija Carla cuando tenía ocho años y le anuncié un largo viaje a Chile: Papá, tus viajes me van a arruinar la vida. Era la hora del regreso y tenía la mochila de las emociones a rebosar de gratitud, de admiración y de asombro.