La isla de los inventos

19 Oct

Me ha preocupado desde siempre cómo emplean el tiempo de ocio los niños y los jóvenes. Para preparar a las personas al mundo del trabajo se destina tiempo, dinero, esfuerzo y recursos amplísimos. El sistema educativo pretende formar a las personas para el mundo del trabajo (aunque no solo, claro está). Para enseñar a vivir el ocio de manera sana y divertida se hace muy poco.

No tener trabajo o tener un trabajo empobrecido y mal remunerado, ha destruido la vida de muchas personas. Pero ha destruido más vidas no saber vivir adecuadamente el ocio. Están al acecho males gravísimos: aburrimiento, molicie, delincuencia, droga, y alcohol, entre

El ocio es un fenómeno extraordinariamente complejo. Tiene dimensiones sociológicas, psicológicas, éticas, económicas, filosóficas, educativas, relacionales, organizativas, lúdicas, afectivas… Es curioso comprobar la poca importancia que se le concede. Sin embargo, cada día tenemos más tiempo libre. Un tiempo que nos organiza la sociedad a cambio de dinero. La iniciativa particular se extingue. La creatividad está en las manos de otros.

Escuela, familia y sociedad se desentienden de esa preocupación como si se pudiera aprender a vivir el ocio positivamente de manera espontánea, sin ninguna ayuda, sin ningún medio, sin ninguna atención.

Acabo de visitar, en la ciudad argentina de Rosario, acompañado por mis amigos Silvia y Perico, La isla de los inventos. Nunca se lo agradeceré de forma suficiente.

En primer lugar porque me divertí admirando tantas propuestas interesantes y llevando a la práctica algunas de ellas. En segundo lugar porque pude tomar nota de muchas iniciativas originales. Mencionaré algunas:

– Archivo de los miedos. Esta fue una de las experiencias que llevé a cabo, siguiendo un estricto protocolo que me iba dictando el monitor. Tengo delante una copia del documento que tuve que rellenar y del recibo que él me entregó. Mi miedo quedó depositado en el correspondiente cajón de un inmenso armario.

– Pócima mágica. Para realizar esta experiencia hubo que esperar hasta que se formó un grupo de niños, jóvenes y adultos. El monitor fue dialogando con los miembros del grupo: ¿para qué queremos la pócima?, ¿qué ingredientes debe tener?, ¿cómo podemos administrarla?… El monitor me entregó un gran cuaderno y me pidió que fuese anotando lo que se iba diciendo y haciendo. Al fin tuvimos la fórmula para que se pudieran cumplir los deseos.

– Círculos de césped. Colgados en una pared se encuentran círculos de césped artificial. Quien desea hacer una actividad de campo, toma uno de los círculos y lo coloca en el suelo. Sobre los círculos pude observar a diferentes grupos: una familia que merendaba, unos niños que practicaban un juego sedentario, unos amigos que conversaban.

Juegos diversos, composición de rimas, vivencia del tiempo, expresión de deseos, fabricación de papel, pintura colectiva, pruebas de ingenio, artes diversas… Las actividades van cambiando. No son siempre las mismas. Se trata de que la monotonía no se instale en una experiencia que pretende ser creativa.

Monitores contratados por la Municipalidad dirigen las actividades y atienden las demandas de los visitantes. Una forma de ejercitar la responsabilidad, de ocupar a jóvenes y de ayudar a ganar un dinero.

Resulta muy significativo que las experiencias se puedan compartir entre “chicos y mayores”, como dice la publicidad que me entregaron. Daba gusto ver a padres y a hijos practicando las diversas actividades. Sin masificación, sin prisas, sin agobio. Aprendiendo y disfrutando.

La Isla de los inventos forma parte de un Tríptico de la Infancia (entre chicos y mayores), iniciativa a la que se añaden El Jardín de los niños y La Granja de la infancia. Estas propuestas de la municipalidad forman parte, a su vez, de la ciudad educadora. En la documentación que se facilita a los visitantes se dice: “El Tríptico de la Infancia materializa ese nuevo modo de pensar la ciudad a través de la creación de tres espacios públicos para el juego y la convivencia”. “La ciudad es un texto poderoso para abrazar la vida, atreverse a pensar y a convivir, generar una actitud crítica, proponer, crear y soñar”, añade el precioso elfolleto..

La Granja de la infancia es un predio de 35.000 metros cuadrados lleno de caminos, cascadas, escaleras, muros de piedra recorridos laberínticos y sonoros e iniciativas apasionantes como la Torre del catalejo, la Calle de los sucesos, la Máquina de trepar, la Máquina de Volar y la Máquina de Sonar…

El jardín de los niños es un predio de cinco hectáreas. En él se encuentran el Laboratorio de curiosidades, la Dulcería y horno de pan, Cuentos y susurros, Hacer nacer, Bosque de papel, Anfiteatro…

He querido compartir esta hermosa iniciativa que muestra que es posible poner las ideas y el dinero al servicio de la infancia y de la juventud, más allá de las palabras y los discursos. Es un ejemplo de cómo se puede construir una ciudad a la medida de los niños y no de conductores frenéticos, crispados y apresurados que solo buscan su interés.

En la misma página del periódico La Capital en que se me hacía una entrevista, se anunciaba que en el mes de octubre impartiría una conferencia en las tres sedes del Tríptico Francesco Tonucci. Conocida es su idea de que la ciudad debe construirse con el parámetro de un niño. Cuando es así, en ella caben todos: mujeres embarazadas, ancianos, enfermos, discapacitados… No es bueno tener ciudades en las que solo tienen cabida varones ricos, sanos, apresurados y violentos. Me remito a su obra “La ciudad de los niños”.

¿Qué sentido tiene tener los centros escolares cerrados durante los fines de semana, los puentes y las vacaciones mientras los chicos vagan por las calles sin tener donde ir o encerrados en los centros comerciales pagando un dinero que muchos no tienen? Hace años titulé uno de mis artículos con la petición de un niño cuando le preguntaron cómo quería que fuese su ciudad: Queremos jugar gratis, dijo. ¿Por qué no utilizar la biblioteca, el salón de actos, las canchas de deporte, el gimnasio o las aulas para celebrar reuniones y realizar actividades? Ya sé que esa decisión exigiría de personal y de medios. Pero esa sería una excelente forma de emplearlos.

¡Te pillé!

13 Oct

Conozco docentes obsesionados porque los alumnos no les engañen en las evaluaciones. Y para ello ponen todos los medios posibles e imaginables al servicio del control: les retiran los apuntes donde no puedan ser alcanzados, cuentan minuciosamente las fotocopias de las preguntas (si falta una ha podido ser sustraída fraudulentamente), colocan a los alumnos en lugares distantes para que no puedan susurrarse las respuestas, vigilan de forma intensa, tratan de detectar la copia cuando corrigen, procuran descubrir los cientos de estrategias que se han inventado en el arte de la copia…

Cuando encuentran a un alumno copiando, cuando sorprenden a una alumna que está haciendo una trampa, tienen un sentimiento incontrolado de victoria:

– ¡Te pillé!, dicen orgullosos de su astucia.

También he conocido alumnos que han intentado (y a veces conseguido) el éxito a base de trampas. Han conseguido los exámenes previamente, han copiado o han dado el cambiazo del ejercicio que han hecho por otro que llevaban preparado. Algunos realizan unos esfuerzos tan sofisticados para aprobar fraudulentamente que supera el trabajo que tendrían que hacer para conseguirlo de forma honrada.

Sé que hay estrategias tramposas no solo individuales sino colectivas, es decir de todo el grupo. Una profesora de historia dictaba las preguntas del examen mientras pasaba las páginas del libro delante de sus alumnos. Nunca las anotaba. Cinco preguntas siempre. Los alumnos acordaban contestar a cinco preguntas que habían seleccionado y preparado previamente (todos la misma, claro). Un acto solidario en busca de resultados. Un engaño masivo.

En la medida en que la evaluación se realice a través de exámenes habrá más posibilidades de que haya trampas. Si la evaluación fuese continua, habría menos posibilidades de distorsión y mucha más confianza en que todo transcurriría de forma confiada y transparente.

Pero, claro, hay pruebas que no pueden sustituirse por la evaluación continua. Pienso, por ejemplo, en las oposiciones o en las pruebas externas en general.

Nunca he estado obsesionado por ganar ese pulso de astucia. Probablemente me hayan considerado un ingenuo. He preferido confiar plenamente en mis alumnos y alumnas y, de la misma forma, he querido que ellos y ellas confiasen en mí. He preferido ser ingenuo a ser justiciero. Ser comprensivo a ser cruel.

De todos modos, creo que es necesario crear un clima de transparencia y de honradez. No me gustan las trampas. Ni las que tienden los profesores a los alumnos ni las que practican los alumnos para engañar quienes les evalúan.

He recibido una historia muy significativa al respecto. La voy a compartir con mis lectores y lectoras. Creo que encierra algunas interesantes enseñanzas.

Tres estudiantes no se prepararon para un examen y decidieron no presentarse con el fin de ganar tiempo y poder hacerlo. Elaboraron un plan para conseguir que el profesor hiciera una nuevo examen a los tres. Se ensuciaron con grasa negra, aceite y residuos del escape de un coche. Y fueron a ver al profesor con cara da de inocentes.

– Profesor, le pedimos disculpas. No pudimos venir al examen ya que fuimos a una boda y, de regreso, el coche tuvo un accidente. Por eso estamos tan sucios, como puede ver.

El profesor aceptó las excusas y accedió al aplazamiento. Les dijo:

– Podéis preparar el examen durante una semana y, una vez finalizada, fijamos la nueva fecha.

Pasada la semana de estudio de los tres estudiantes, el profesor fijó la nueva fecha, indicando el lugar y la hora. Llegado el momento, colocó a cada uno en un aula diferente. Y les entregó en un sobre las 4 únicas preguntas que debían responder:

1. ¿Quién se casó?
2. ¿A qué hora se accidentó el coche?
3. ¿Dónde exactamente se produjo el accidente?
4. ¿Cuál es la matrícula del vehículo?

Debajo de las preguntas aparecía la siguiente nota: Si las respuestas son idénticas, tendrán la posibilidad de hacer el nuevo examen. ¡Buena suerte!

Se puede deducir fácilmente cuál fue el resultado de aquel curioso examen. De lo cual se derivan dos moralejas complementarias:

Moraleja 1: Hagas lo que hagas, jamás pretendas hacer tonto a alguien más viejo que tú, más leído que tú, más viajado que tú y más trajinado que tú.

Moraleja 2: ¿Quieres un 10? Te lo pongo. La vida se encargará de suspenderte y ponerte un cero.

Hasta aquí, el relato que he recibido. Respecto a las moralejas he de hacer dos salvedades. La primera encierra un planteamiento peligroso. Es la idea de quién engaña a quién. Es el desafío que se produce cuando tratamos de ver quién es más listo o más sagaz que el otro. No me gusta ese modo de actuar. Yo prefiero hacerlo desde la confianza y no desde la sospecha, desde la sinceridad y no desde el engaño. Hay que actuar honestamente no porque no se pueda engañar al otro sino porque no se quiere ni se desea hacerlo. Creo que esta primera moraleja peca por defecto de lo que la segunda plantea por exceso. No es verdad que la vida corrija siempre esa forma de proceder tramposa. Muchas veces la acrecienta y la subraya. Es como si el ejercicio de las trampas te hiciese más eficaz en su manejo y en sus resultados.

En lo relacionado con las trampas que se pueden hacer en la evaluación mantengo una postura que está alejada de la obsesión por el control y de la ingenuidad bobalicona. No me gustan las trampas, ni la copia, ni el plagio, ni la falsedad. No todos los evaluados son tramposos potenciales. Y tampoco me gusta la estupidez de quien da pábulo a la falsificación y al engaño. No todos los evaluados son honestos. Abogo por la confianza en las personas y por la honradez en las prácticas.

Si descubriese a alguien copiando, no diría con satisfacción victoriosa: ”te pillé”. Me preguntaría con inquietud y tristeza: “¿en qué he fallado?”.

Un ramo de flores para los docentes

6 Oct

Me encuentro estos días realizando una gira por Argentina para impartir un ciclo de conferencias en lugares diferentes de varias provincias: Córdoba (Alta Gracia y Villa Allende), Rosario, General Ramírez, Paraná, Venado Tuerto, Santa Fe…

Ayer, día 5 de octubre, celebré el Día Internacional del Docente trabajando en una experiencia de formación en la ciudad de Paraná. Resulta admirable, como comenté en este mismo espacio hace meses, la receptividad y la generosidad de los docentes argentinos que acuden a las iniciativas de capacitación, previo pago de un dinero que restan con sacrificio de un magro sueldo.

Quiero rendir homenaje a todos los (y las) profesionales de la enseñanza, que ayer celebraron su día, presentando aquí el último libro que he publicado y que, precisamente, lleva por título “Un ramo de flores para los docentes del mundo”. Lo ha editado Homo Sapiens en la hermosa ciudad de Rosario, cuna de la bandera argentina. Y en esa misma ciudad lo he presentado ante cientos de docentes el pasado día 2.

El libro es, como digo, un homenaje a los docentes y las docentes del mundo. Pensé que, frente a tantos actos de desafecto, era necesario reconocer la humilde, generosa, decisiva y difícil tarea de los docentes y las docentes. Son muchas las dificultades que tienen que afrontar cada día los profesionales de la enseñanza: políticos que, dando la espalda a los problemas, a las inquietudes y a las palabras de los docentes, hacen leyes a su antojo; familias que muestran desafección y rechazo a la tarea de quienes con tanta paciencia educan a sus hijos; alumnos y alumnas que llegan a las aulas sin las mínimas condiciones de alimentación y de interés; medios de comunicación que promueven modelos engañosos de éxito social…

Es necesario que la sociedad se detenga un momento para admirar, agradecer y felicitar a los docentes por la extraordinaria función que desempeñan. No hay otra, a mi juicio, más importante. En la introducción al escrito Sobre Pedagogía, que Kant publica en 1803, sintetiza la esencia de la formación humana: “El hombre solo puede ser hombre por la educación. No es nada más que lo que la educación hace de él”.

La metáfora del ramo de flores es sencilla y clara. En muchas sociedades, cuando alguien quiere hacer un regalo de felicitación, tener un gesto de gratitud o plantear una declaración de amor, regala un ramo de flores.

Éste que yo he confeccionado para los docentes tiene flores de ocho colores diferentes (de cada color hay siete u ocho flores). Sé que la florilogía no siempre vincula los colores a los mismos sentimientos. Depende de las culturas, de los momentos y de las intenciones. La vinculación del color a los ideas y a los sentimientos no puede ser más subjetiva. Me ha salido del alma.

Para confeccionar el ramo he elegido flores blancas de ilusión porque “he conocido miles de profesores y profesoras apasionados por la tarea que realizan, apesadumbrados porque llega el final de una carrera cargada de emociones. Los he visto disfrutar cada día, acudir a la escuela silbando de contento, recogiendo cosechas asombrosas de afecto y gratitud”. (Los entrecomillados corresponden a textos del libro. Son, pues, autocitas).

También he puesto flores amarillas de aprendizaje porque “el docente, más que un profesional de la enseñanza, lo es del aprendizaje. Porque nadie que no es está en disposición de aprender puede desarrollar plenamente la acción de enseñar”.

He seleccionado algunas flores rosas de compromiso porque “el compromiso exige no solo la convicción de que lo que se está haciendo es algo valioso y trascendental para las personas y las sociedades. Exige también el apasionamiento del corazón, la implicación de las actitudes y de las emociones. Y la plenitud de la acción bien hecha”.

He buscado flores verdes de optimismo porque “no hay otra profesión como ésta. La influencia que ejerce sobre los alumnos y las alumnas se concreta en sentimientos y acciones bondadosas. El aprendizaje nos hace mejores. Y despierta un sentimiento de amor y de gratitud hacia quien ha producido tanto bien”.

Hay también en el ramo flores azules de esfuerzo porque “el esfuerzo necesario para dar lo mejor de nosotros mismos cada día, para superarnos, para intentar ser mejores. Para estudiar sin cesar, para preparar bien las clases, para evaluar con rigor, para poner lo mejor de nosotros en las reuniones”.

No podían faltar algunas flores rojas de dolor porque “los docentes sienten el techo sobre la nuca con tanta fuerza que les hace mirar hacia abajo. En efecto, hay pocos alicientes de promoción en la docencia. Solo el que supone ser cada vez mejores docentes”.

Eran indispensables algunas flores violetas de mejora. “Una mejora que surgirá del compromiso profesional de los docentes, de los interrogantes que se formulen sobre sus prácticas, de su reflexión rigurosa sobre las mismas, de su capacidad de maniobra, del apoyo de los directivos y la ayuda de los colegas”.

He dejado para el final las flores más necesarias. Flores naranjas de amor. Las he elegido porque “quien ama educa y quien educa ama. No hay educación sin amor. Dice Emilio Lledó: esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña”.

El libro consta de un prólogo, ocho capítulos y un epílogo. Tiene, además, una nota sobre el lenguaje sexista y las correspondientes referencias bibliográficas.

He presentado, al comienzo del libro, una nota sobre el lenguaje sexista. Entre otras codas, digo en ella lo siguiente: “Verá el lector (la lectora) que hago referencia muchas veces a los docentes y a las docentes, a los alumnos y a las alumnas, a los supervisores y a las supervisoras. No es capricho. No es frivolidad. No es esnobismo. Es la consecuencia de una convicción inquietante: Hay que eliminar todos los elementos que contribuyen a mantener y potenciar el androcentrismo. Por pequeños que sean. Que nunca son pequeños cuando se trata de la discriminación de la mujer. De cualquier manera, solo he querido dejar constancia de este hecho en algunas ocasiones, no en todas de forma exhaustiva. No lo he hecho, por ejemplo, en el título del libro, ya que me refiero en él a “los docentes. del mundo”. Está claro que están incluidas las docentes. Pero no las nombro explícitamente. Por eso hago aquí esta llamada de atención, que es más necesaria que en muchos otros casos, ya que hay más mujeres docentes en el mundo.

Esta decisión hace el discurso más farragoso, más reiterativo, más lento. Menos elegante, quizás. Sé que la economía del lenguaje y el rigor gramatical no aconsejan estas decisiones. Pero cuando chocan dos principios (en este caso uno lingüístico y otro ético), creo que hay que dar prioridad al de más categoría moral”.

El prólogo se titula Del propio jardín. Hago referencia para explicar el título a un libro de Adolfo Bioy Casares que se titula De jardines ajenos. Dice en la entrada: “A lo largo de la vida copié en cuadernos versos breves y fragmentos en prosa que me parecieron muy atinados, o muy hermosos, o muy absurdos. Hoy me resuelvo a publicarlos con el título De jardines ajenos. Ojalá te diviertan”. Este libro que tienes en las manos, por el contrario, está preparado con flores del propio jardín. Es decir con textos de mi autoría que han sido publicados previamente. Hoy he decidido presentarlos en este libro titulado “Un ramo de flores para los docentes del mundo”. Ojalá os interese.

Cierra el libro un epílogo titulado “Decirlo con flores”. Cuento en él que una persona acudió a una floristería para comprar una flor. La dueña le preguntó:

– Solo una?
El comprador contestó lacónicamente:
– Soy persona de pocas palabras.

Yo he utilizado muchas. Ojalá que todas sean fragantes y hermosas y que los pensamientos asociados a ellas sean inteligibles y motivadores. Están llenos, eso sí, de afecto y sinceridad.

Una fuente de felicidad y de vida

29 Sep

Ya está en marcha el nuevo curso escolar en España. Unos profesores han acudido a las aulas con el corazón inflamado. Otros, por el contrario, han vuelto echando chispas. ¿Por qué?

Unos disfrutan de la tarea cada día y hacen que sus compañeros y alumnos disfruten y otros se instalan en el mal humor y en la queja permanentes y amargan la vida de los demás. ¿Por qué?

Unos, con los años se van haciendo más sabios, más optimistas, más generosos, más abiertos y más nobles; otros, por el contrario, se van haciendo más torpes, más pesimistas, más egoístas, más cerrados, más cínicos. ¿Por qué?

Unos están deseando que llegue la jubilación, anhelando el fin del ejercicio profesional y otros lo están temiendo cada día con más fuerza, a medida que llega la hora del adiós. ¿Por qué?

Unos miran hacia el pasado pensando que, afortunadamente dejaron atrás un infierno y otros, como acabo de leer en el estupendo libro de Emilio Lledó “Sobre la educación” (Editorial Taurus, 2018), dicen que la enseñanza ha sido “una fuente de felicidad y de vida”. No me resisto a reproducir una cita más larga del filósofo sevillano: “El autor de estas líneas ha estado sumergido en el mundo de la enseñanza, como profesor. Un trabajo que durante todo este tiempo ha sido una fuente de felicidad y de vida. Y no se trata de la retórica sentimental con que, a veces, la memoria nos acompaña por si nos invade la melancolía del tiempo que se aleja. Es más bien el sentimiento de haber, tal vez por el azar, encontrado en la educación uno de los trabajos más gratificantes de la existencia”.

Cunado hablo de unos, me refiero también a unas. Cuando menciono a otros, incluyo también a otras. Pocas cuestiones más importantes que ésta. Porque se trata de la forma de vivir, feliz o desgraciada, de la actitud con la que se afronta el trabajo y, por consiguiente, la vida.

Estoy planteando la cuestión de manera excesivamente dicotómica. La división no es, quizás, tan tajante. La separación entre unos y otros, probablemente, no es tan radical. Todos pasamos por altibajos. Unas veces nos domina el entusiasmo y otras el desánimo. Sin embargo existen dos tendencias básicas contrapuestas. Si hablo de ellas es para que se entiendan más claramente mis argumentos.

La vida es una obra de teatro que no admite ensayos. Cada profesional tiene en las manos su destino. Con el mismo Ministro de Educación, el mismo inspector, el mismo director, los mismos alumnos, las mismas familias, el mismo contexto, las mismas condiciones laborales, de un lado del tabique (20 centímetros de grosor), está un profesional entusiasmado que contagia alegría a todos los que mira y del otro lado está un profesional amargado que hace triste todo lo que toca.

¿De qué depende? Depende de muchos factores pero, sobre todo, de la actitud de cada uno. Depende, claro está, de lo cohesionado, formado y entusiasmado que esté el resto del equipo del que forma parte, de la calidad de la dirección, de la colaboración de las familias, del compromiso con el aprendizaje que tienen sus alumnos y alumnas, de las condiciones de trabajo… Pero, sobre todo, insisto, depende de su actitud

Hace dos años publiqué en Argentina en la Editorial Homo Sapiens (Rosario) un libro titulado “La casa de los mil espejos y otros relatos para la Educación Inicial” (nosotros hablamos de Educación Infantil). Da título al libro uno de los relatos que el libro contiene en el que se cuenta la historia de una casa abandonada que hay en las afueras de una ciudad. En esa casa se encuentra una sala circular con mil espejos. Un perro vagabundo que transita por la zona entra en la casa por un hueco que hay en la puerta, sube las escaleras y llega a la sala de los mil espejos. El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Muy sorprendido, observa que mil perros dan a su alrededor saltos de alegría como los suyos y piensa que ese es un lugar fantástico. Mueve el rabo de manera festiva y ve que mil perros mueven también el rabo como él.. Y se dice que ese es un lugar maravilloso al que volverá siempre que pueda. Horas después aparece por la zona otro perro vagabundo. Entra por el mismo agujero, sube por la misma escalera y llega a la misma sala. Saca los colmillos de manera agresiva y ve que mil perros muestran los colmillos como él, ladra de manera violenta y ve que mil perros ladran como él de forma violenta. Y piensa que ese es un lugar horrible. Un lugar insoportable. Concluyo el relato preguntándome si no será la escuela la casa de los mil espejos. Una casa que nos devuelve multiplicada por mil la actitud con la que nosotros llegamos.

La práctica es un aula viva llena de aprendizajes. El profesional se hace mejor a través del ejercicio crítico de la práctica. Ser profesional es el oficio de aprender. Son los profesores quienes pueden transformar el mundo de la enseñanza, comprendiéndola, le oí decir a Laurence Stenhouse. La investigación del profesor sobre su práctica es el camino para transformar su racionalidad y su justicia.

Hay quien repite, un año tras otro durante muchos años, lo mismo que hizo el primero. Sin crecer, sin desarrollarse. Y hay quien cada día aprende porque se cuestiona, se interroga, investiga y comprende.

El conocimiento pedagógico crece sin cesar, la ciencia avanza de forma acelerada, la psicología de los aprendices se transforma, el contexto se modifica, las exigencias de la sociedad cambian. ¿Qué decir de las consecuencias que tiene la cultura digital, tanto por lo que respecta al conocimiento como a las relaciones interpersonales?

En ese desarrollo hay problemas, errores, fracasos. Pero pueden utilizarse para el crecimiento, para el aprendizaje, para la felicidad personal. Existen un arte y una ciencia imprescindibles en la vida que permiten construir con dos signos menos un signo más.

Lo explico con esta fábula que da título al libro “La estrategia del caballo y otras fábulas para trabajar en el aula” (Homo Sapiens también). Una familia tenía un caballo. Un día, el caballo se escapa y, después de varias horas de búsqueda infructuosa, descubren que se ha caído a un pozo. El pozo es tan profundo y el caballo tan viejo que deciden enterrarlo y cegar el pozo para evitar el peligro de que caiga en él alguna persona. Van con palas y arrojan tierra encima del caballo. Al sentirla sobre su lomo, se mueve con energía, la tierra cae a sus pies y él sube de nivel. Le siguen echando tierra, él la sacude, cae a sus pies y sube de nivel. Le siguen echando tierra y él va subiendo, va subiendo, hasta poder salir trotando en libertad. Las paladas de tierra que pretendían sepultarlo, son transformadas en una escalera para la liberación.

Nadie puede evitar que otros caven pozos y que echen tierra sobre las espaldas de los profesionales de la enseñanza, pero nadie puede arrebatarles la estrategia del caballo.

Lo que nos da la experiencia de manera inexorable son años. No nos da necesariamente sabiduría. Depende de la actitud de cada uno. Sé que la evolución no es rectilínea. Tiene avances y retrocesos. Hay etapas en las que todo parece ir bien y otras en las que todo parece torcerse. Lo importante es el sentido de la evolución. Esa evolución no solo beneficia (o perjudica) a los profesionales. Tiene una repercusión inequívoca en los alumnos y en la comunidad. Creo que no hay señal más clara y definitiva de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas.

Las emociones de la profesión docente

22 Sep

No digo que en la profesión docente solo haya alegrías. Pero las hay. Y muchas. Y muy profundas. Cuando solo vemos los agujeros en el queso estamos haciendo un ejercicio de realismo, sí, porque los agujeros están ahí. Pero también de parcialidad. Porque no solo hay agujeros en el queso. Nos quedamos sin queso si pensamos así. Lo mismo sucede cuando solo vemos las partes oscuras y dolorosas de la profesión docente. Nos quedamos sin profesión cuando la vemos de forma pesimista.

Quiero compartir con mis lectores y lectoras una emocionante experiencia que he vivido hace unos días en Madrid, después de pronunciar una conferencia organizada por el Colegio de Doctores y Licenciados en el marco de una hermosa iniciativa denominada Universidad de Otoño que este año alcanza su 39 edición. El Presidente del Colegio, Roberto Salmerón, presidió el acto de apertura junto al Director del Colegio, Francisco J. Anegón. Ambos estuvieron presentes en primera fila hasta el final tomando notas como escolares aplicados. A eso se le llama predicar con el ejemplo. Eso es un buen ejercicio de la autoridad.

La conferencia se titulaba “El coraje de enseñar en la escuela que aprende”. Después de la breve y enjundiosa presentación de mis queridos amigos Darío Pérez y Carmen Castilla me tocó salir a la palestra. Como no me gusta hablar desde el estrado, me coloqué a pie de auditorio. Esa ubicación me permite mirarme en los ojos de los asistentes y seguir de cerca sus reacciones.

La entrada en el Colegio concertado Beata Filipina, en el que impartía la conferencia, me deparó una primera sorpresa agradable ya que una de las profesoras del Colegio, de nombre Isabel, se me acercó con mi libro “La evaluación, un proceso de diálogo, comprensión y mejora y me dijo”:

– Fuiste mi profesor en la Complutense. Te recuerdo con afecto y gratitud. Y quiero que me dediques este libro que hemos trabajado intensamente en el Colegio.

Lo abrió y me fue mostrando las páginas acribilladas de subrayados de diversos colores. No había duda. El libro estaba leído y releído, trabajado y requetetrabajado. Se lo dediqué encantado recordando a García Márquez que dice que un libro no se acaba de escribir hasta que no se dedica.

Apoyado en un power point impartí mi conferencia de hora y media. (Me hizo gracia no hace mucho un profesor portugués al que preguntaron al llegar a la sede donde iba a disertar si traía power point. Le oí contestar: solo power).

Al final se produjo un hecho para mí extraordinario y emocionante. Otra profesora perteneciente al claustro del colegio Beata Filipinas, Esther Cervantes, se me acercó con los ojos empañados.

En un momento de la conferencia había contado que en una de mis últimas clases de la Facultad había pedido a mis alumnos y alumnas que escribieran el nombre del profesor (o profesora, claro) que más les había marcado en la vida. Lo hicieron. Luego les pedí que dijesen por qué les había marcado. Y fue esta segunda parte la que expusieron en público. La mayoría de las explicaciones era de este tipo: “me comprendía”, “se preocupaba por mí,” “me escuchaba”, “yo le importaba”, “me quería”, “era cercano”, “era sensible”… Nadie dijo: aquel docente o aquella docente era una biblioteca andante… Me pregunté qué se tiene en cuenta sobre esas cuestiones en la formación inicial y en la selección del profesorado.

Pues bien, Esther me dice que, al escuchar aquella experiencia, ella había caído en la cuenta de que el profesor en el que había pensado en ese momento, el profesor que más la había marcado cuando era estudiante de 3º de bachillerato, estaba allí delante. De pronto se produjo en ella un chispazo, una conexión mágica entre lo que tenía en la mente y la persona que les estaba hablando. Hizo la vivencia del ¡ah! de la que habla el psicólogo Daniel Katz. Se emocionó, se echó a llorar y compartió el descubrimiento con quien estaba a su lado.

– Increíble! ¡Fue mi profesor de filosofía en tercero de Bachillerato!

Esas clases de filosofía habían tenido lugar en un Colegio de Madrid llamado La Vega del que yo era Director Pedagógico hace exactamente 35 años. A mí me emocionó también su relato. Quedamos en escribirnos. Y yo me comprometí a enviarle el libro “Yo te educo, tú me educas”, en el que hablo, entre otras muchas cosas, de aquellas para mí inolvidables clases de filosofía. Ese libro, editado primero por la desaparecida Editorial Zero Zyx (1982), tuvo una segunda edición corregida en la Editorial Sarriá de Málaga (1999) y fue traducido al portugués por la Editorial ASA con el título “Uma pedagogIa da libertâçâo. Crónica sentimental de uma expêriencia” (2001).

En la página 221 de la primera edición puede leerse en la entradilla que preside el relato: “Clase de filosofía. Hacemos un rolle-playing sobre la pena de muerte. Las sesiones de los lunes nos gustan a todos. Ésta, en concreto, también”.

Y, luego, a pie quebrado (así está escrito todo el libro, yo mismo me pregunto el porqué) : ”Me gusta sentarme con vosotros,/ amigos de tercero,/ y dialogar sobre la vida/ y también sobre la muerte…”.

Y más adelante: “Es un modo de estudiar,/-otro-,/ que pone inyección en la propia carne/ de realidades que parecen lejanas./Realidades que están ahí, acechando,/tangentes ahora a nuestras vidas/ pero dentro de la vida del mundo”.

Acabo de enviar a Esther un ejemplar de los poquitos que me quedan de la primera edición. Dedicado, claro. Cuando le hablé de la posibilidad de contar esta experiencia me dijo: “Me parece genial que cuentes esta historia en tu blog, es muy bonita. Gracias por querer hacerlo”. No creo que tenga problema en que haga público el correo que me envió al día siguiente.

“Hola Miguel Ángel: Es verdad, profesor, qué emoción… Todavía estoy emocionada. De camino a casa tuve que compartirla y llamé por teléfono, primero a mi madre. El día de ayer fue un regalo. Por tus palabras en la conferencia y por recordarte. Qué cóctel de emociones y sentimientos (tus clases, el día de la despedida, los compañeros, “tus profesores”, que abandonaron el colegio al irte tú …) De repente, te vi, así es, “el profesor que más me marcó”. ¡No te reconocí hasta entonces! No me lo podía creer. Debes estar muy orgulloso, es la mayor satisfacción de un profesor… En tus clases se notaba la pasión por la profesión…desde el corazón, con alegría, con amabilidad…clases motivadoras y divertidas… Aprendíamos contigo, “no enseñabas”. No cabe duda de que una parte de lo que hoy soy, se lo debo a tu forma de educar. GRACIAS Me encantaría recibir tu libro, y ¡con dedicatoria! Qué ilusión!! Me gustaría que me dijeras cuando das la conferencia en La Vega para escucharte y saludarte de nuevo. MUCHAS GRACIAS. Esther Cervantes”.

Es de esos correos que te gustaría enmarcar, de esos correos que deberías aprender de memoria, porque también a ti te marcan para siempre.

Muchas veces no somos conscientes de la influencia que ejercemos, para bien o para mal. Pero la ejercemos.

He contado esta historia no por petulancia, no por considerarme distinto o mejor que los demás. La he contado porque tengo la convicción de que a todos y a topas quienes nos dedicamos a esta tarea nos pasa lo mismo. La he contado para animar a que los demás cuenten las suyas. Y por otro motivo: para persuadir a los profesores y a las profesoras de la importancia inconmensurable de su tarea.