Ingenieros del alma

24 Jun

Alguien ha utilizado hace unos días esta expresión para referirse a los docentes Me ha parecido una interesante, hermosa y profunda metáfora. Nada será suficiente para comprender y ensalzar la más compleja y decisiva tarea que se le ha encomendado al ser humano en la historia: trabajar con la mente, el corazón (y el cuerpo, me corrigió en cierta ocasión un profesor de Educación Física) de las personas. Los docentes manejan “materiales” de altísima sensibilidad: ideas, expectativas, motivaciones, concepciones, actitudes, sentimientos, valores… En cualquier otra actividad, el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en la profesión docente es el que más y mejor los libera.

La ingeniería es el arte y la ciencia de tomar decisiones, partiendo de datos incompletos e inexactos, a la hora de buscar de entre las posibles soluciones de un problema, aquella que es la más adecuada. El ingeniero en su profesión acostumbra a tomar decisiones y realizar compromisos, siempre con el objetivo de encontrar soluciones y resolver problemas. Es la justa réplica a las exigencias de la tarea educativa. Partiendo de datos incompletos, inconexos y frecuentemente inexactos el educador ofrece orientaciones para el aprendizaje de las ideas, el desarrollo emocional y las actuaciones morales.

Hay, sin embargo, una variable que hace diferente una ingeniería y otra. Los materiales inertes responden de manera idéntica en un lugar u otro, en un momento u otro, en una situación u otra. El ser humano, por contra, es impredecible. En educación no sucede que si A, entonces B. Lo que sucede realmente es que si A, entonces B, quizás. En primer lugar porque cada persona es diferente. En segundo lugar porque el momento, el lugar y la situación pueden ser determinantes. En tercer lugar, porque todo ser humano tiene una historia que le ha llevado hasta el momento que está viviendo.

No hay tarea más compleja. No hay tarea más importante. Lo debería reconocer cada ciudadano y ciudadana de un país. Lo deberían reconocer pública y eficazmente los políticos. Pericles reunió en cierta ocasión a los arquitectos, a los matemáticos, a los filósofos, a los guerreros, a todos los que con su trabajo defendían la ciudad de Atenas. De pronto se dio cunea de una curiosa ausencia. Faltaban los maestros, Los mando llamar. Y dijo:

– Aquí estaban quienes con su esfuerzo embellecen y protegen las ciudad, pero faltaban ustedes, que tienen la misión más importante y elevada de todas, la de transformar y embellecer el alma de los atenienses.

Mi entrañable amigo Horacio Muros, ingeniero de profesión me dijo un día al terminar una conferencia en Malargüe:
– Profesor, soy un converso.
– ¿Un converso?, pregunté.
– Si. Soy ingeniero de formación. Pero me he convertido a la educación. Porque la educación es un arte sublime ya que influye en la formación de los seres humanos y, a través de ellos, en la sociedades.

He dirigido durante años la tesis doctoral de Ruby Miranda Osorio, una profesora de Santiago de Chile, Tesis que se defenderá pronto en la Universidad de Alcalá de Henares. Este es el significativo título del trabajo: “El reto de enseñar en la Universidad. Trayectorias docentes de profesionales de ingeniería que han elegido la docencia como segunda carrera”.

En esas historia se puede comprobar, según manifiestan los interesados, que la complejidad de las tareas de ingeniería aumenta cuando la materia de intervención es la mente, es el corazón de las personas. Es más compleja y, a la vez, más apasionante. Es más compleja por la naturaleza de la tarea. Manipular, decía más arriba, es más fácil que liberar. El ingeniero que trabaja con objetos no tiene réplicas, no tiene objeciones, no tiene discrepancias. Es dócil hasta el límite de lo posible. El ingeniero de almas trabaja con personas que tienen capacidad de respuesta, capacidad de reacción, capacidad de criterio. Por otra parte, la finalidad de una obra y de otra es diferente. En el caso del ingeniero de los materiales, lo que pretende es hacer lo que él desea, pero el ingeniero del espíritu tiene que ayudar a que el alumno consiga hacer y ser aquello que le interesa. Lo que le dice al ingeniero del alma es: “Ayúdame a hacerlo solo, ayúdame a ser autónomo. Ayúdame a pensar por mí mismo, a decidir por mí mismo, a responsabilizarme por mí mismo”.

El Consejo Federal de Decanos de Ingeniería de la República Argentina (CONFEDI) redacta en 2001 un interesante Informe sobre la exploración del vocablo ingeniería. “El vocablo ingeniería, se dice en la introducción al informe, debe tener la majestad, nobleza y dignidad que tienen los nombres de todas las profesiones intelectuales universitarias en el mundo”.

El Informe presenta 32 definiciones recogidas de diferentes academias, diccionarios y expertos. Cribando semánticamente las definiciones y otras de mi propia cosecha he reconocido siete características del concepto todas ellas aplicables a la tarea del educador como ingeniero del alma. En ellas aparece la idea de que la ingeniería es un arte, una técnica y una ciencia. En segundo lugar, se plantea la aplicabilidad del conocimiento que encierra (se habla de tomar decisiones), en tercer lugar, se infiere que en el concepto debe estar presente un componente creativo o imaginativo, en cuarto lugar, las definiciones hacen referencia al carácter problemático e incompleto de los datos de los que se parte para hacer la intervención. En quinto lugar se habla de una aplicación que se hace con criterio (con racionalidad) y conciencia (así escrito, junto, haciendo expresa referencia a la ética). En sexto lugar, se afirma que esos conocimientos nacen del estudio, de la experiencia, de la investigación y de la práctica. En séptimo lugar, la finalidad siempre se sitúa en la mejora de la realidad presente, en la transformación del material sobre el que el ingeniero interviene.

La práctica de la ingeniería, frecuentemente realizada en equipo, pone en ejercicio numerosas funciones que tienen la correspondiente traslación a la práctica educativa:

Dice el Informe de la CONFEDI: “La práctica de la ingeniería comprende el estudio de factibilidad técnica económica, investigación, desarrollo e innovación, diseño, proyecto, modelación, construcción, pruebas, optimización, evaluación, gerencia, dirección y operación de todo tipo de componentes, equipos, máquinas, instalaciones, edificios, obras civiles, sistemas y procesos. Las cuestiones relativas a la seguridad y la preservación del medio ambiente, constituyen aspectos fundamentales que la práctica de la ingeniería debe observar”.

No obstante, la gran diferencia que encubre la metáfora se encuentra en el hecho de que el ingeniero del alma puede ser, a su vez, transformado y mejorado por aquellas personas sobre las que actúa. Lo expresa claramente el titulo de un libro mío ya alejado en el tiempo, pero presente en la esencia. Yo te educo, tú me educas.

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Y no me busques la boca

17 Jun

Hace pocos días, una profesora de un Instituto de Enseñanza Secundaria, me hace partícipe de unos hechos que me ayudan a poner sobre el tapate algunas reflexiones sobre la relación entre familia y escuela.

Todas las piedras que lanzan los padres y las madres al tejado de la escuela caen inexorablemente sobre la cabeza de sus hijos e hijas. Lo cual no significa que tengan que renunciar a la crítica y a la exigencia de mejores prácticas profesionales del profesorado. Porque la crítica y la exigencia razonables, abiertas y sinceras constituyen una ayuda y no son una pedrada. Una pedrada es la descalificación o ridiculización sistemática del profesorado, la falta de apoyo al cumplimiento de las normas por parte de sus hijos e hijas, la desautorización de la dirección del centro, la desinformación permanente, la falta de diálogo, la indiferencia ante los malos resultados…

Estos son los hechos. Una excelente profesora, de compromiso acendrado y de manifiesta cercanía emocional, llama a una alumna para advertirle, con exquisito respeto y a la vez con firmeza, de que la indumentaria que lleva no es adecuada para acudir al Instituto. Nada le dice sobre lo que tienen que hacer en su casa, en la calle o en la discoteca de turno. Viste un pantalón escandalosamente corto y apretado y un top que le deja al descubierto todo el vientre, en cuyo ombligo se puede ver un piercing reluciente. Para su sorpresa y no menor indignación, la alumna le responde con insolencia :

– No le hago caso ni a mi madre…. como para hacértelo a ti. Y no me busques la boca…

No sé si en todos los países de habla hispana es conocida esta ultima expresión. Ni siquiera sé si lo es en todos los lugares de este país. “No me busques la boca” es una expresión retadora, chulesca, provocadora… Tiene ingredientes de desafío, de altanería, de amenaza… Viene a decir que el interlocutor tiene que medir bien sus palabras porque se puede encontrar con una sorpresa desagradable. La insolencia no puede ser mayor. Trata de tú, no de usted, a la profesora, se muestra impertinente, amenaza de forma insolente y, en definitiva, se niega a aceptar una norma que de sobra conoce.

La profesora, sin responder ni añadir comentario alguno, le abre un parte disciplinario que, según figura en la Normativa, debe ser firmado por el padre o la madre de la alumna. Informada la madre, reacciona en un tono parecido al de su hija:

– “Ustedes tendrán sus normas, pero yo tengo las mías y no estoy de acuerdo con esta advertencia…. Así que no pienso ir a firmar el parte.

No sé cómo han seguido los hechos, pero con lo que sé sobre la sucedido es más que suficiente para redactar estas líneas.

Hay varias cuestiones que atraviesan el relato, de forma claramente aleccionadora. Por una parte está la cuestión relacionada con la norma o, más ampliamente, con la normativa. Tiene que haber normas en las instituciones. De lo contrario no podrían funcionar, no se podría convivir y trabajar en ellas. Razonables, justas, respetuosas… Pero normas. No es antidemocrático tener normas. Todo lo contrario: las normas son esenciales en una democracia. Normas que todos nos damos para poder convivir dignamente. La libertad de cada individuo acaba donde comienza la libertad de los demás. La democracia está en los antípodas de la anarquía, en la que cada uno hace lo que se le antoja aunque perjudique a los otros.

Tener normas, darse normas implica el deber de respetarlas, de cumplirlas. Me gustaría que los alumnos participasen en la elaboración de las normas. Porque las normas no sirven al poder, no son caprichosas. Sirven a la comunidad.

Hemos vivido el siglo XX como el siglo de los derechos. Me gustaría que le XX! fuese el de los deberes. Claro que tenemos derechos. José Antonio Marina dice en su libro Ética para náufragos que los seres humanos decidimos conferirnos, por el mismo hecho de serlo, una dignidad absoluta. Por consiguiente somos sujetos de derechos. Pero también tenemos obligaciones.

Téngase en cuenta, además, que se trata de un centro educativo. Es decir, de un lugar donde se aprende ciudadanía, donde se aprende a convivir, a cumplir las normas, a respetar loa demás.

La segunda cuestión que este hecho trae a mi consideración es el respeto no solo a la norma sino a la autoridad que exige su cumplimiento. Todos hemos de respetarla. Resulta inadmisible que la autoridad que encarna el profesor sea retada, menospreciada, amenazada.

No es de recibo en un centro educativo esa falta de respeto que se construye sobre la provocación, la chulería y la desvergüenza. Decirle a una profesora “y no me busques la boca” es decirle “ten cuidado con lo que dices o haces porque puede tener consecuencias imprevisibles y negativas”. Es abiertamente intolerable. Por eso la profesora cumple con un deber insoslayable cuando abre el parte disciplinario. No le ayudaría mucho si pasa por alto su forma de vestir o le ríe la pretendida gracia.

Pero el aspecto más reseñable, a mi juicio, es la postura de la madre. Ahí reside, a mi juicio, la base del comportamiento negativo de esta adolescente. Cuenta con el apoyo de la madre para reírse del centro donde estudia, para desobedecer, para enfrentarse a la profesora

En lugar de castigar su actitud, la apoya diciendo que ella tiene sus normas y las del instituto no lo resultan aceptables. Qué equivocación. Qué torpeza. Qué irresponsabilidad. Ya se ve que la madre tiene sus normas, pero su propia hija dice que no las cumple. Tampoco le importa la actitud altanera de la chica ante la profesora. Y el pésimo ejemplo que ofrece a sus compañeros y compañeras.

Esta familia está creando un monstruo. Y a quien primero va a devorar es a quien tiene más cerca. Esta chica no va a ir a buscar una familia de Japón, de Londres o de Estambul para acabar con ella. Tiene una muy cerquita para rebelarse contra ella y machacarla con la crueldad y con el desprecio.

La colaboración entre la familia y la escuela es fundamental para la buena educación de los hijos. ¿Cómo explicar esa ceguera obstinada y dañina, cómo puede darse una actitud de consecuencias tan dramáticas? ¿Es tan difícil entender que si unos reman en una dirección y otros en la contraria, la barca no puede avanzar?

Alguna vez me he referido al tenis antipedagógico. Se trata de una partido de tenis en el que los profesores echan la pelota de la responsabilidad a los padres y estos a los profesores, en la que los padres echan la culpa de todos los males a los docentes y éstos a los padres… Esa partida de tenis siempre tiene al mismo perdedor: el alumno.

Se imagina uno fácilmente a la niña y a la madre burlándose de la profesora, ridiculizado su actitud, despreciando los planteamientos del Instituto. Tampoco cuesta imaginar el final de la historia. Una adolescente egoísta, caprichosa, ingobernable, entregada a los caprichos y sin capacidad para afrontar las adversidades de la vida.

Cuesta poco, en definitiva, imaginar a la chica rechazando las normas morales de atención a sus mayores cuando pasen algunos años y la vejez se haya echado encima de quienes aplaudieron tanta desvergüenza.

Mitomanías sobre educación

10 Jun

Mi amigo Marcelo David Sosa, ex ministro de educación de la provincia de San Luis (Argentina), me regaló hace unas semanas un interesante libro de Alejandro Grimson y Emilio Tenti Fanfani, antropólogo el primero y sociólogo el segundo, que se titula “Mitomanías de la educación argentina” (Editorial Siglo XXI). Creo que hubiera sido preferible utilizar en el título la preposición “sobre” que la preposición “de”. He leído el libro de un tirón. Abordan en él los autores un tema del que ya me había ocupado hace algunos años, en un escrito titulado “Mitos y errores sobre la profesión docente”.

Comenzaré haciendo una sencilla y espero que clara distinción entre mito y mitomanía porque, como es obvio, no son lo mismo. Un mito es “un relato compartido por un significativo número de personas que explica una dimensión del mundo pero de forma errónea o poco fundamentada”. Mitomanía es la tendencia o inclinación a fabular o transformar la realidad al explicar o narrar un hecho.

Los mitos son muy perjudiciales para comprender un fenómeno complejo porque simplifican, distorsionan, falsean y enturbian el conocimiento. Y, desde esas perspectivas erróneas, se pervierte también la actitud y la acción.

El libro de Grimson y Tanti Fanfani está estructurado en diversos bloques temáticos. En cada uno de ellos analizan, con tino y claridad, los mitos más usados y dañinos. En total, 63, agrupados sobre estos ejes temáticos: 1. La decadencia educativa (6 mitos). 2. Los alumnos (3 mitos). 3. Los docentes (11 mitos). 4. Lo que la escuela debe enseñar (8 mitos). 5. La autoridad, el orden, la disciplina y la violencia escolar (9 mitos). 6. La escuela pública y la privada (3 mitos). 7. La educación y la igualdad (4 mitos). 8. Las soluciones mágicas para la educación (7 mitos). 9. El presupuesto y el federalismo (4 mitos). 10. Las universidades (8 mitos).

Dicen los autores en la introducción: “Circulan de boca en boca frases que construyen estereotipos, sin matices, sobre los docentes, los alumnos, los padres, la escuela, la nación, la pedagogía. Son fórmulas que implicas profundas simplificaciones y no dejan lugar para los grises y las relativizaciones”.

Me ha sorprendido comprobar que la inmensa mayoría de los mitos, por no decir todos, tiene plena vigencia entre nosotros y, sospecho que, en mayor o menor medida, en todos los países del mundo. ¿Quién no ha oído alguna vez decir: “La LOGSE fue un fracaso”, “estamos en el tren de cola de PISA”, “el nivel educativo ha bajado”, “ha desaparecido el esfuerzo de las aulas”, “los alumnos no se interesan por nada”, “los profesores solo quieren muchas vacaciones y poco trabajo”, “antes había más orden y disciplina”, “las familias de hoy no colaboran con la escuela”, “todo se resuelve con la educación”, “se mejora si se invierte más”…?

Esas frases hechas empobrecen el debate y lo acaban cerrando. Se dan por indiscutibles esas supuestas verdades y, como consecuencia, no se considera necesario estudiar con más profundidad la cuestión.

Las creencias versan sobre dos dimensiones diferentes, aunque complementarias,. Por una parte describen como está la realidad educativa y por otra dicen qué se debería hacer para mejorarla. Se centran en los problemas y en las soluciones. Siempre con falta de rigor. Siempre de forma simplista.

Muchas de esas frases hechas se contradicen entre sí como sucede con los refranes. Alguien decía: “A ver si se aclaran de una vez porque con eso de “a quien madruga Dios le ayuda” y “por mucho madrugar no amanece más temprano”, estoy hecho un lío y no sé a qué hora levantarme”.

Las mitomanías educativas tienden a desentenderse de la complejidad. “No es posible una sociedad sin mitos, dicen los autores de esta obra. El problema son las mitomanías, es decir, la incapacidad de reflexionar y tomar distancia respecto de esas creencias que se convierten en verdades absolutas”.

Si se profundiza un poquito, se descubre que responden a una mera conjetura, a una suposición o a la repetición de un tópico sin fundamento alguno. Se repiten en las tertulias, en las conversaciones de café, en los diálogos de amigos, en las reuniones de padres, en los pasillos de las escuelas, en las sobremesas familiares… Y pocos se atreven a contestarlas o a ponerlas en entredicho.

Es importante manejar la duda como un mecanismo protector contra las verdades absolutas que acechan en todos los dogmas, en todas las mitologías.

El estado de opinión se construye sobre frases hechas, sobre eslóganes, sobre estereotipos. En definitiva, sobre falsedades y simplificaciones. Se hacen unas generalizaciones (me sorprende que los autores no trabajen más con esta idea de la generalización) que desvirtúan la realidad. Y, además, con frecuencia, conducen a un estado de ánimo negativo y pesimista sobre la realidad.

Voy a elegir tres mitos para que lector se haga una idea del planteamiento de los autores y, sobre todo, de la necesidad de desmontar esas falsedades que hacen tanto daño.

Primer mito: Las escuelas privadas son mejores que las públicas. Pues si, un mito. Cuando los alumnos de las escuelas privadas obtienen mejores resultados en pruebas estandarizadas no es porque estas escuelas tengan una mayor calidad de la enseñanza sino porque han seleccionado previamente a los mejores alumnos, a los hijos de familias más cultas, con más medios, con más expectativas. “La evidencia empírica disponible, dicen los autores de la obra citada, indica que no se aprende más en las escuelas privadas”.

Segundo mito: La docencia es un oficio para mujeres. A primera vista esta afirmación no parece un mito sino un hecho. Otra cosa es la idea de que así debería ser. Este mito recoge la idea de que la escuela es una extensión del hogar y de que las mujeres tienen cualidades naturales para hacerse cargo de la primera educación. Según este mito no sería de hombres ejercer el oficio de la enseñanza. “Sobra decir que, cuando en una sociedad machista determinado oficio u ocupación se define como “para mujeres”, eso quiere decir que es un oficio subordinado, menos importante que las ocupaciones de los varones”, dicen Grimson y Tenti Fanfani. A medida que se asciende en el nivel educativo la feminización disminuye o incluso llega a revertirse.

Tercer mito: A los alumnos de hoy no les interesa nada. Este mito que manejan interesadamente muchos docentes no responde a la realidad. Cuando un docente lo da por bueno dirigirá su enseñanza hacia aquellos que muestras interés. Por lo tanto si los chicos no aprenden lo que deben, dicen Grimson y Tantoi Fanfani, es porque no estudian, y si no estudian es porque no tienen interés por aprender. En términos generales el argumento es correcto. Pero el nudo del problema radica en saber si el maestro y la escuela sólo tienen el deber de enseñar o bien deben contribuir a suscitar el interés y la curiosidad de los jóvenes alumnos por la cultura y el conocimiento”.

Detrás de esos estereotipos se esconden la pereza mental, los intereses egoístas y la actitud servil hacia a las ideologías. Algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. ¿Cómo se desmontan los mitos? Con más estudio, con más investigación, con más rigor en el análisis, con más honestidad, con más exigencia en la búsqueda de la verdad. Así sea.

Colón murió sin darse cuenta

3 Jun

He impartido unas conferencias en la ciudad argentina Justo Daract (provincia de San Luis). Admirable actitud la de unos educadores que dedican una parte de su magro sueldo a formarse y, a veces entre varios, a comprar un libro que leen con avidez. La formación permanente, que en España es sufragada por la Administración, allí tienen que pagarla de su bolsillo. Por eso no se entiende la típica pregunta de quien, al inscribirse en un curso de uno de nuestros Centros de Profesorado, dice:

– ¿A cuánto se puede faltar?

La pregunta esconde un planteamiento bastante mezquino: “Necesito saber de cuántas horas “me puedo librar (ese verbo es muy pertinente, muy preciso: uno se libera de la muerte, de la opresión, del castigo, de algo malo…) sin perder el derecho al certificado de asistencia”. Y de ese tiempo “libre” se aprovecha (o, visto desde el otro lado) se desaprovecha hasta el último minuto.

Se mide cuán bueno es un profesor por el ángulo que forman los certificados obtenidos, una vez colocados debajo del brazo. Algunos van por la escuela con los brazos extendidos sujetando innumerables papeles de acreditación, de modo que, si alguien solicita que le eche una mano dirán:

– No puedo echar una mano a nadie ya que tengo que sostener mis muchas acreditaciones.

¿Para qué les sirvieron si no mejoraron su práctica? ¿Qué dicen de ellos los niños y las niñas? ¿Qué piensan de su tarea los padres y las madres? ¿Qué dicen los colegas? ¿Que piensan los directivos de su actuación profesional? Esos son lis indicadores precisos de la calidad profesional.

Gelner ironizaba sobre esta obsesión meritocrática (ya sé que no se mete en ella el profesor por propia iniciativa sino que el sistema le arroja de cabeza en ella) con una simpática anécdota. Decía que, por las afueras de la ciudad de Edimburgo paseaba un individuo excéntrico que se entretenía en preguntar a los viandantes:

– ¿Le puedo hacer una pregunta?
– Sí dígame, solían decir.
– ¿Está usted bien de la cabeza?, interrogaba.
– Sí, ¿por qué me lo pregunta?
El susodicho personaje preguntaba entonces, dejando desconcertado al interlocutor.
– ¿Me lo puede acreditar?
– No sé cómo se acredita eso, pero sé que yo estoy cuerdo.
El interpelante añadía.
– Yo le voy a demostrar a usted que estoy en mis cabales. Y sacaba de su cartera un certificado que decía: Certificado de alta del manicomio.

¿Es usted un buen profesor? Sí, mire cuántos certificados de asistencia a cursos, congresos y seminarios he acumulado a lo largo de mi vida.

Algunas veces me preguntan los docenes argentinos cuánto cobran al mes los profesores y profesoras españoles, cuántos alumnos tienen en las clases, cuántas horas trabajan, con qué medios cuentan… y les contestas a cada una de ellas. Entonces te dicen:

-¡Estarán dando saltos de alegría!

Les digo que la mayoría sí. Que disfrutan de su trabajo y valoran las condiciones que tienen. Pero que no siempre es así y que algunos dan saltos hacia abajo, aunque parezca imposible.

Al llegar al Colegio Gregorio Agüero de Justo Daract, ya de noche, celebramos una hermosa velada en torno a unas estupendas viandas que habían preparado las docentes (gracias, querida Bibi). Hermosa reunión en la que compartimos risas, preocupaciones y vivencias. Compartir, un verbo que hemos de conjugar más frecuentemente en los diversos escenarios de la vida.

Abordé en las dos conferencias que impartí el espinoso tema de la evaluación de los aprendizajes. Siempre se producen intercambios interesantes de experiencias y de emociones. Dentro y fuera de las salas de sesiones.

Una de las profesoras de la escuela, excelente profesional, me contó que siendo niña leyó en el libro de Historia la siguiente frase: “Colón murió sin darse cuenta”. Y que esa frase le había causado una pesadumbre enorme durante mucho tiempo.

Tardó en cerrar la frase con el pensamiento que seguía: “Colón murió sin darse cuenta… de que la tierra era redonda”. Ella quedó atrapada sin remedio en aquella primera parte de la frase. Puso un punto final antes de tiempo. A ella le daba una pena enorme que Colón se hubiese ido del mundo sin despedirse de forma explícita, sin plena conciencia, casi de puntillas. La angustia le dominaba al pensar en el descubridor yéndose al otro mundo sin tener claro lo que estaba sucediendo. Pobre Colón. Tan avispado para descubrir otras tierras y tan torpe para dejar la que pisaba.

He sido testigo de ese defecto de lectura que deja el pensamiento inconcluso. El alumno leía obstinadamente en voz alta: “Porque San Francisco de Asís dormía con una vieja”. El profesor daba un pequeño golpe en la mesa para que leyera de nuevo. Mi compañero volvía a repetir el enunciado: “Porque San Francisco de Asís dormía con una vieja”. Y colocaba allí un punto que no figuraba en el libro. El profesor sugirió:

– ¿Quiere pasar la página, por favor?

Fue entonces cuando el alumno hizo lo que se le pedía y pudo completar la frase: “Porque San Francisco de Asís dormía con una vieja manta”.

Leer de manera incorrecta genera problemas de comprensión. En estas mismas páginas he contado que, en una clase, el profesor preguntó en voz alta:

-¿Quién fue el sucesor de Felipe II?

Uno de esos alumnos que tiene flojo el muelle de las respuestas, levantó la mano de forma impulsiva. El profesor, dirigiéndose a él, repitió:

– A ver, tú, ¿quién fue el sucesor de Felipe II?

El niño, con todo el aplomo del mundo, contestó: Su primo Genito.

– No puede ser. La línea dinástica no puede venir por los primos., dijo el profesor.

– Lo dice el libro. Lo he leído muchas veces.

– Es imposible. Lee bien

El texto decía: A Felipe II le sucedió su primogénito. Él no echaba de menos la letra mayúscula de Genito y no unía la palabra que estaba dividida en dos partes al final y al comienzo de las líneas.

Qué importante es compartir lo que vivimos y lo que hacemos. La experiencia compartida enriquece a quien da y a quien recibe la comunicación. Todo lo aprendemos entre todos.

Hay dos caminos para compartir con eficacia. Uno de ellos es el diálogo, el otro la escritura. En Justo Daract pude dialogar con los docentes. La profesora de música, protagonista de la frase que da titulo al artículo y de la historia de la lectura truncada me hizo partícipe de una vivencia infantil que solo ella poseía. Yo le conté a ella la historia escandalosa de San Francisco de Asís y la extraña modalidad de sucesión dinástica que había tenido Felipe II.

Con las ideas sucede lo contrario que con el dinero. Si le das a alguien dinero, te quedas sin él. Si le ofreces las experiencia, la acrisolas. Si alguien te da su experiencia no se queda sin ella sino que la enriquece al contarla.

Nadie hay nadie tan rico que no tenga nada que recibir y nadie tan pobre que no tenga nada que dar. Por eso insto desde estas páginas a compartir las vivencias. Los pequeños y los grandes momentos de la experiencia cotidiana. Las emociones felices compartidas se multiplican, las preocupaciones y los dolores se dividen.

Deberían existir tiempos y espacios para el intercambio relajado, para compartir lo que nos sucede, bueno y malo, para aprender de los otros, para contar historias. Y deberíamos tener una actitud abierta y generosa para la dádiva y humilde y sincera para la recepción. Todos seríamos más ricos en sabiduría y más felices en las relaciones. Compartir: he aquí un verbo clave. Una actitud decisiva.

Malditos adoctrinadores

27 May

Una vez más el terrorismo ha herido el corazón de la democracia occidental. 22 personas inocentes (cuesta poner un número sin mencionar el nombre de cada una de las victimas), en su mayoría niños y jóvenes, han visto arrebatada su vida por el fanatismo, la intolerancia y la brutalidad. 60 personas inocentes han recibido heridas cuyas cicatrices psicológicas nunca se cerrarán. Miles de asistentes al Concierto de Ariana Grande han visto marcadas sus vidas por el miedo a la violencia inesperada y gratuita. El mundo entero se ha sobrecogido ante la barbarie. Todos hemos aprendido el miedo y hemos experimentado indignación, impotencia y rabia. Manchester. Una nueva ciudad para el museo mundial del terror.

La cantante estadounidense, de 23 años, ha suspendido la gira “Dangerous Woman Tour” y ha regresado a Florida, visiblemente conmocionada por el atentado. Ha tenido el hermoso y noble gesto de pagar el funeral de quienes murieron en su concierto. Sembraba felicidad con su arte, con su música, con su preciosa voz. Un joven inglés de 22 años, Salman Abadi, de ascendencia Libia, nacido en Manchester, ha puesto fin a su vida sembrando dolor y destrucción en el Manchester Arena. Antes de cometer el atentado llamó a su madre para pedirle perdón. Hubiera sido mejor no realizarlo. Dos jóvenes con un proyecto de vida muy diferente. Es la destrucción de la libertad lo que buscan quienes generan de manera tan brutal e indiscriminada el terror. “No más conciertos, no más música, no más diversión, no más libertad”, nos dicen con el atentado. Las personas libres no debemos hacer del miedo un sistema de vida. Los terroristas habrían ganado la batalla.

No ha importado que el público estuviese integrado por jóvenes y por niños y niñas acompañados por sus padres y madres. Es más, puede ser que se haya tratado de una elección muy pensada: donde más daño haga. La masacre se ha cebado en seres humanos que recorrían los primeros años de una infancia y una juventud cargadas de expectativas e ilusiones. Una crueldad inusitada.

La desfachatez de los responsables políticos del IS exhiben de manera casi obscena e insoportable la autoría del atentado. Como si de un acto heroico se tratase. Incluso en el caso de que el suicida se haya autoinmolado por propia iniciativa, sin una estrategia programada desde arriba. El caso es sacarle partido a esa inadmisible atrocidad.

¿Por qué? ¿Para qué?
¿Quién ha dado a los terroristas el poder de acabar con la vida o con la felicidad de un ser humano?
¿Quién se han creído que son?
¿Quién ha metido en la cabeza del suicida las ideas que le han llevado a quitarse la vida y a cortar de cuajo la vida de quienes disfrutaban de la música en una noche pacífica en Manchester?

Los hechos me llevan a una cuestión de vital importancia. La diferencia entre educación y adoctrinamiento. Las personas que han lavado el cerebro del joven terrorista se han quedado tan orondas disfrutando esa noche de la cena y del descanso. Han llevado a las mentes de ese jóven la idea de que quienes son infieles no tienen derecho a vivir. Y les han persuadido de que, por una acción así, tendrán un premio eterno en el paraíso.

Educar no es igual que adoctrinar. Porque el adoctrinador no respeta la libertad del aprendiz. Es un fanático, no un maestro. El aprendiz tiene que acabar sintiendo y pensando como su mentor. Quien no asimile sus dogmas, quien no haga suyas esas supuestas verdades, quien piense por sí mismo se verá constreñido a la condición de hereje. El adoctrinador no tolera que el aprendiz piense por sí mismo, no permite que dude de la ortodoxia, no acepta que se ponga en tela de juicio el credo. Pero todo valor que se impone por la fuerza deja de serlo.

Educar es enseñar a pensar y a convivir. Las dos exigencias básicas se truncan en este tipo de adoctrinamiento. No se enseña a pensar porque solo se espera que el adoctrinado piense como el adoctrinador. No se enseña a convivir porque el adoctrinador lo que propone y exige es matar al diferente, eliminar al infiel.

Me imagino a estos seductores en las sesiones de enseñanza, transmitiendo mentiras y falsedades, proponiendo una mística que obnubila, instando al suicidio y al exterminio para hacerse dignos de una eterna recompensa en un cielo lleno de uríes. ¿Y las mujeres? Esa es otra parte del horror que también produce víctimas de forma abusiva, persistente y repugnante. Otro tipo de fanatismo y de crueldad más sibilino pero no menos eficaz: la discriminación de la mujer.

Las redes sociales han venido a dar soporte a los adoctrinadores y falsos maestros que explican sus dogmas y enseñan cómo fabricar bombas que producirán cientos de cadáveres para hacer con ellos una escalera que les lleve hasta el cielo. Malditos adoctrinadores.

Los líderes no se inmolan. Consiguen formar adeptos o secuaces que lo hacen por ellos. Los líderes llenan las mentes de mensajes que son como órdenes indiscutibles, los corazones de ilusiones estúpidas y la voluntad de un heroísmo por el que recibirán premios que nunca podrán ser confirmados.

Se rompe la ética en mil pedazos al imponer la moral particular de un credo que siembra la muerte y la destrucción de quienes son diferentes. Los adoctrinadores contagian sus fantasías a sus fieles y estos las hacen suyas con una pasión digna de mejor causa. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Fanatismo puro y duro. Intolerancia pura y dura. Nazismo puro y duro. Quien no piense como nosotros está equivocado y no merece ocupar un lugar en el planeta. Quien no siga nuestro credo es un infiel que merece ser aniquilado. Quien tenga otros valores diferentes a los nuestros debe desaparecer de la faz de la tierra.

El término fanático procede del latín fanum=templo. Se asignaba a los sacerdotes presos de un delirio sagrado. “El fanatismo designa una actitud de defensa exaltada y excluyente de una causa así como el empleo de todos los medios para imponerla. El fanatismo no admite término medio y divide a los hombres en amigos y adversarios, fieles e infieles”, dice Jorge Vigil Rubio en su excelente “Diccionario de vicios, pecados y enfermedades morales”. Un fanático no es un maestro, es un adoctrinador.

Nietzsche afirma en el marco de la crítica a la moral de la resignación que “el fanatismo es la única fuerza de voluntad de que son capaces los débiles”. Para Voltaire “el fanatismo es efecto de una conciencia falsa, que sujeta la religión a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones”. El fanático pone la propia vida al servicio de la doctrina. En el estado más elevado, pone incluso la vida de los demás al servicio de esa causa convirtiéndose en un asesino. Pero eso nada importa.

La policía busca a los terroristas, actúen solos o en células. Quienes se inmolan no necesitan ser perseguidos. Allí están sus cadáveres como testimonio de la estupidez y de la crueldad humana. Yo buscaría a sus adoctrinadores que se esconden bajo el manto del terror. Yo buscaría a quienes han metido en la cabeza a esos jóvenes que la vida tiene sentido cuando matan por una estúpida causa. El suicida se va al cielo. El adoctrinador se queda para captar a otros desgraciados.