Un abuelo

21 Oct

 

Ayer se cumplieron cinco años de la muerte de mi abuelo Manuel. Yo fui un nieto afortunado, que tuvo a este abuelo hasta los 35. La memoria de los muertos, para quienes no creemos en trascendencia de tipo alguno, debe servir para mejorar la existencia de los vivos. Y es lo que voy a procurar en estas líneas: que a quienes las lean, les sirvan de provecho.

Si fuera supersticioso, los 20 de octubre no me debería levantar de la cama. En esa fecha se produjeron las dos muertes – hoy por hoy y esto refleja mi fortuna – que más han marcado mi existencia. En el de 2007 murió Juan Antonio Cebrián. El hombre que generó el principio del cambio en mi forma de ver la vida, la política y la cultura. Y en el de 2013 falleció mi abuelo Manuel.

El padre de mi madre y yo tuvimos una relación especial desde mi nacimiento, según me cuentan. Yo puedo dar fe de ella desde que tengo uso de razón. Los primeros recuerdos de mi vida son viendo desfiles de hormigas junto a mi abuelo. Mi respeto y admiración por las señoras del inframundo tienen en aquellos días su origen. Les dábamos algún trocito de patata frita o una miga de pan y seguíamos a la portadora del tesoro al hormiguero. Las hormigas trabajan en equipo y no se rinden nunca, me decía mi abuelo. Y es cierto.

Resulta complicado escribir sobre un ser querido y su muerte. Siento que expone en demasía, pero creo que puede ser importante. Viví muchos años preocupado por el momento de la muerte de mi abuelo. Demasiados años, puesto que esta preocupación me dio malos ratos que no podían cambiar nada. Y la experiencia me diría que la muerte llega a cualquiera en cualquier momento de forma implacable. Imaginé muchas veces su entierro y en alguna ocasión lloré por anticipado su marcha. Me equivoqué, es un error la tristeza anticipada.

Por otro lado sí acerté en pasar con él todo el tiempo que fuera posible. Si dudaba en ir o no a comer con mi abuelo, iba. Si dudaba en llamarle, le llamaba. Esto sumado a las miles de veces que no dudaba, hizo que el número de horas, de conversaciones, de risas y de cariño que disfrutamos juntos mi abuelo y yo, sean insuperables.

Si dudas si llamar o no por teléfono a tu abuelo, a tu padre a tu madre, hazlo. Que el devenir de nuestras ajetreadas vidas no te despiste de algo primordial como esto. Si no sabes si ir a comer con ellos, ve. Si dudas en comprarle un regalo, cómpralo. Si no sabes si decirle lo mucho que le quieres o lo importante que es para ti, díselo.

Yo hice todo esto. Y cuando murió no tuve la sensación de haberme dejado nada pendiente. Eso sí, no hay trucos ni atajos para el duelo.

Si pierdes a un ser querido, muy querido, toca pasarlo mal. Es inevitable. No debe tratar de esquivarse. Yo cometí errores. Quise prepararme para ese momento armándome de conocimiento. Empecé por Kübler-Ross y lecturas similares. Lecturas interesantes, muy bonitas pero inútiles para quienes tenemos la convicción de que todo termina aquí. Luego pasé por otros autores que investigan el duelo desde el punto de vista psicológico. Las fases y demás. No eran lo que necesitaba.

Fue después de muerto ya mi abuelo y tras haber pasado ya los dolorosos primeros meses, cuando di con el Problema del dolor y Una pena en observación de C.S. Lewis. Conocía la magnífica película Tierras de Penumbra (Richard Attenborough, 1993), que se basa parcialmente en el segundo, pero no había leído los libros.

Con el autor de Narnia aprendí que todo es tremendamente parecido cuando una persona pierde a un ser muy querido. Que esa desgracia y ese dolor que sientes, lo van a sufrir la mayoría de las personas y que es parte de la vida.

Sería con Lewis con quien descubriese que la muerte de quien quieres, ha de afrontarse más con valor que con conocimiento. Porque cuando pasan los días del revuelo, el funeral y el cariño inmediato de tu entorno, llega la pena. Una pena durante la que te da miedo estar solo, quieres gente a tu alrededor, pero para que hagan ruido, aunque deseas que no se dirijan a ti. Hay unos días en que incluso parece que hay una especie de velo entre tú y la realidad. Como si vieras todo desde fuera de ti mismo. Pero poco a poco aterrizas y con el paso de los meses, todo vuelve a la normalidad, añadiendo, eso sí, el recuerdo imborrable de la persona perdida.

Sí me molesta cómo en el transcurso de estos 5 años, la imagen de mi abuelo como tal – y esto lo cuenta Lewis en su obra también – se va difuminando. La física eres incapaz de reconstruirla mentalmente con nitidez, siempre están las fotos, y la mental poco a poco va siendo sustituida por otra idealizada que se aleja de mi abuelo. Tengo que llamarme al orden a mí mismo para recomponer, en la medida en que puedo a Manuel, con sus virtudes y sus defectos. Tuve la tentación de hacer cosas o sugerirlas “porque él lo habría querido así”. Pero corregí rápido este uso de la memoria de un muerto como salvoconducto que es tan habitual en otras personas.

Lo que nunca volverá, y eso todavía hoy me duele, son las palabras de apoyo siempre, la risa reconfortante que mi abuelo tenía, la forma de mirarme cuando aparecía en su campo de visión para visitarle. Esa mirada plenamente azul que no he visto en 5 años pero que empiezo a identificar hoy en los ojos de mi hijo de 3 meses. Es una forma de mirar que sólo se da en línea ascendente o descendente. Es una mirada de la que procuro ser digno cada día, porque contenía todo lo bueno que existe entre dos personas.

Y es que el mayor error que cometí, era que me preparé para perder a un abuelo, algo biológicamente normal y aceptable. Estaba listo para dejar de ver al miembro más viejo de mi familia. Supe cuando moría y pude estar con él casi hasta el último instante. Mi abuelo se moría, lo tenía asumido. Pero no sabía que para lo que tendría que haberme preparado era para seguir adelante en la vida sin el mejor amigo que he tenido.

 

 

 

 

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