Freddie Mercury que estás en los cielos

29 Nov
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Freddie Mercury que estás en los cielos. Ya hace 25 años. Ya hace demasiado tiempo de todo. Recuerdo el día de tu muerte como recuerdo otros días señalados: la muerte de Kurt Cobain, la boda de Lady Di, el gol de Iniesta…, como recordaré, dentro de años, la muerte de Fidel o el anuncio del Papa Francisco. Estaba en el instituto y ese día, tras escuchar la noticia en la radio, me puse mi vinilo de “Innuendo” y debí escuchar mil veces “The Show Must Go on” encerrado en mi habitación. La habitación de un adolescente es un templo que nunca se vuelve a reconquistar. El espectáculo debe continuar, cantabas, y esa frase me la repito desde entonces, todas las mañanas, justo antes de empezar.

Una fuerza de la naturaleza con la velocidad de un huracán. Hasta los científicos intentaron explicar el torrente inconcebible de tu voz, su belleza, sus matices, sus sombras… En un informe, científicos de varios países resaltaron el uso de “subarmónicos” por la vibración de tus pliegues ventriculares: podías armonizar con la garganta, joder. También encontraron que tu frecuencia de vibrato era más potente que la de vocalistas con preparación clásica. Decía Disraeli que “nada revela tan fiablemente el carácter de una persona como su voz”.

Llegué tarde a Queen. Debía tener 15 años. Mi hermano era heavy y mi hermana pop y yo, el pequeño, tuve que optar por la tercera vía. Innuendo fue mi primer LP comprado en inglés. Innuendo, del verbo latino innuere, es un término que nos ha llegado a través del inglés y que significa insinuación de conducta inapropiada o inmoral. Yo era un crío y tú, Freddie Mercury, a pesar de encontrarte en una etapa avanzada del SIDA, sabiendo que ibas a morir pronto, lograste interpretar el álbum de forma meritoria. Rock duro y progresivo, matices, sorpresas, obra póstuma y testamento monstruoso.

Cuentan que dijiste: “no seré una estrella de rock. Seré una leyenda”. Lo conseguiste. Esta semana, ahora que hace 25 años de tu muerte, todos te recordamos.  También cuentan que, en otra ocasión, dijiste: ““No me importa morir mañana. He vivido, en toda la extensión de la palabra”. El poder creativo de tu imaginación para vivir a fondo el instante, la lírica, las melodías, los excesos, el eco de tu voz retumbando en las paredes de la sala de espera, la delgadez de los últimos días, guardado todo en la memoria, generando la energía de un central nuclear… Vivir, vivir, vivir…!!!

Peter Freestone, tu asistente personal, dijo: “Nunca he visto a un hombre atrapar el mundo entero en la palma de su mano de esa forma”. Sucedió el 12 de julio de 1986 en el estadio de Wembley, de Londres. El concierto pasaría a la historia de la música y de la cultura popular: el mundo dejó de girar durante tres horas y toda una generación asociaría para siempre a Freddie Mercury, líder de Queen, con esa chaqueta amarilla, ese bigote y ese éxtasis musical casi religioso. We will rock you.

Luego llegó Bohemian Rhapsody. Fausto a capella, República Checa y hambre, voces entrelazadas, llanto de la madre, muñecas rusas, Brian May y el verso, el asesinato de un hombre, Scaramouche, Galileo, Bach y fandango… Por supuesto, Dios. Una de esas obras cumbres que resultan insuperables y atemporales, que vuelve, una y otra vez, y que nunca se agota. Sólo por Bohemian Rhapsody merece la pena todo el camino.

Ya hace 25 años, Fredie. Ya hace demasiado tiempo de todo. Yo he crecido. Escribo mi artículo 150 para La Opinión y de fondo suena Don´t Stop me Now, y sonrío bajo mi bigote que tanto recuerda al tuyo, aunque no fue premeditado, y pienso en todo lo que marca, en lo que sigue vivo, en lo que jamás desaparecerá (who wants to live forever)… Gracias por todo, Fredie, amigo.